Ha pasado tanto tiempo que uno nunca piensa que el verano pueda acabarse, pero lo cierto es que el futuro ya está aquí otra vez, que el mundo sigue girando, otro cuarto de vuelta de tuerca en la rosca infinita. La fresca se adelanta y ya podemos salir a trotar a horas decentes. Por la noche, las cucarachas ciegas se lo piensan dos veces antes de asomar las antenas y los mosquitos me hallan arropado debajo de la sábana cual momia, de forma que sólo les es dado repostar sangre en los espacios útiles de mi cabeza y en algún brazo despistado. Septiembre ya boquea y, de repente, me veo arrancando tres hojas del calendario de golpe, como un hard reset del conteo mecánico de los días. La playa ya no es rutina innegociable: nadar hasta la boya deja de ser un placentero garbeo amniótico y se vuelve braceo vigoroso para equilibrar la temperatura corporal en aguas cada vez más ásperas para esta nutria mediterránea en la que me he convertido al cabo de casi tres meses. Acelero las lecturas pendientes porque cuando me marche dentro de unos días, ahí se quedarán todos esos libros heredados y aún no leídos en una casa que volveré a ocupar cuando sea una persona un poco diferente, tal vez con nuevas rutinas inventadas, algunos achaques insospechados y el cargamento de sucesos, venturas y desventuras del año próximo que afrontaré esta vez sin las abstracciones ontológicas ni los sesgos de una agenda psicoastrológica. Quedarán encerradas en la oscuridad de los armarios todas esas camisetas y demás indumentaria de usar y nunca tirar que jamás pasa de moda, calzoncillos con tomates inclusive (versión masculina de la tradicional braga de regla) como un ajuar eterno que hace innecesario el trajín de viajar con una maleta como dios manda. Descalcismos aparte, soy -o creo ser- un orgulloso pordiosero minimalista. Se acabó el verano, como de costumbre entre trombas de agua y bajonas térmicas. La matraca de los niños aulladores se ha desvanecido en la disciplina de las aulas, las familias han abandonado las hileras de adosados y aparcar deja de ser un privilegio. Algunas veces, pasada la media noche y antes de acostarme, salgo al patio y me asomo a una calle vacía donde sólo quedan las farolas encendidas por obligación, mi Citroën azul mal estacionado y el ladrido suelto de algún perro inquieto que pone contrapunto al silencio que gobierna a esas horas. Muy de lejos, el bullicio animado de los ingleses, los alemanes y otros turistas no de aquí que regresan a sus hoteles satisfechos (los turistas), probablemente macerados en cerveza. Respiro un par de veces sin pensar en nada y regreso dentro. Mañana el verano amanecerá un poco más difuminado y la ducha fría se hará respetar. Puedo contar con los dedos de la mano cuántas tostadas de aceite y tomate chafado representan los días que me quedan aquí.
18 de septiembre de 2026
15 de septiembre de 2026
Hallux
Entre los riesgos recurrentes del descalcista valiente está el reventarse de vez en cuando alguno de los diez dígitos del pié. Ayer le tocó el turno al dedo gordo (hallux) del pie derecho, posiblemente fisurado, a juzgar por el dolor que experimento al movilizar la zona. Afortunadamente el tropezón me pilló a las puertas del adosado, en plena zancada floja, cuando el corredor ya ha cruzado la línea de meta. Al igual que en otras ocasiones (recuerdo ahora otro aplastamiento a cuenta de una silla porta-niños acorazada en otra vida ya muy lejana) corrió la sangre escandalosa bajo el colgajo de carne desgarrada, dejando un reguero de goterones desde el salón hasta el bidet donde me brindé los primeros -y últimos- auxilios del macho recio: chorreón de agua oxigenada, una pella de algodón y un pedazo de cinta aislante. Y a correr (es un decir). Antes de la cura espartana, y por experimentar, opté por no tirar a la basura la boina de pellejo, y la reubiqué cual cataplasma orgánica sobre el cráter de la herida. Ha sido una noche de ardor y dolores, como si tuviera una baliza V16 adherida a las terminales nerviosas del dedo convaleciente. Pero esta mañana estoy mejor. Espero un cambio de color y una cojera disimulada durante los próximos días. En cuanto pueda, más pronto que tarde, retomo la carrera a pie gentil, y que sea lo que Dios quiera.
10 de septiembre de 2026
Supertacañones
De regreso al adosado, me dedico a descargar otra temporada de Slow Horses para empezar la mañana, a la vuelta del desayuno en el bar murciano de costumbre, adonde he llegado sin las gafas de dos dioptrías y media que habitualmente cuelgo del cuello de la camiseta cuando salgo a desayunar, además del libro electrónico con una novela de Le Carré en las tripas del aparato; narrativa buena, si bien un tanto pasada de moda. Una novela de esas en las que la tecnología aún no se había infiltrado en las tramas del thriller detectivesco y era razonablemente fácil montar una intriga en un mundo sin cámaras omniscientes, ni torres de telefonía capaces de hacer ping en cualquier teléfono inteligente, ni localizadores ni redes sociales que habrían pillado al mayordomo con el carrito del helado desde el capítulo cero. Así que, constante el desayuno y sin la compañía de las gafas baratas, digo, no he tenido más remedio que sorber el café contemplando en el televisor adosado a la pared del bar, en sordina y con subtítulos, imágenes repetidas ad nauseam de la toma de Ceuta por los desheredados del mundo. Se me vienen a la cabeza las Bienaventuranzas a cuenta de los pobres, los que lloran, los mansos y los perseguidos que, al parecer, no se conforman con el Reino de los Cielos que les ha tocado en herencia y exigen con razón su pájaro en mano o, cuanto menos, la posibilidad de un anticipo a este lado del muro de Europa, donde hoy no se fía ni mañana tampoco y está reservado el derecho de admisión. A esta discoteca no se entra con alpargatas. En los flancos de la imagen, los tertulianos opinan con mayor o menor vehemencia según el plumero que se le aprecia a cada uno, vistos los subtítulos (sólo veo mal de cerca). Supongo que al cierre de la emisión, como todos, los tertulianos se irán a su casa, a sus cosas cotidianas, dejando la pose crítica en suspenso, congelada, hasta el día siguiente. Igual, imagino, harán los diputados, muy atentos a las instrucciones del partido (probablemente impartidas vía Whatsapp) del partido para el teatrillo del día siguiente. Yo, pertrechado con mis opiniones de cuñado en el zurrón, me alegro de no ser tertuliano ni, desde luego, político. Tan pronto empiezo a reflexionar sobre esta descomunal crisis de valores (derechos humanos vs. españoles de bien; prioridad nacional vs. prioridad internacional...) se me aparecen problemas y soluciones que se autosabotean sucesivamente hasta el infinito. Y más allá sólo existe una zona negativa, como de antimateria, donde campa el grito, el insulto y, si me apuran, la violencia.
Me da por acordarme ahora del viejo programa concurso “Un, Dos, Tres Responda otra Vez”, a propósito de los “Supertacañones” (Valentín Tornos, Paco Cecilio et. al.), como la metáfora de una élite malcarada, que glosaban en verso el acierto o el error en las respuestas de unos concursantes aspirantes a ese trasunto de la felicidad que encarnaba el apartamento en Torrevieja o el coche utilitario... Como dicen los abogados, siendo bien cierto que la cruda realidad pone de manifiesto que, hoy por hoy, las Bienaventuranzas no son más que un brindis al sol, no resulta ser menos cierto, señoría, que los Supertacañones existen -no daré nombres aquí-, y que al otro lado de la caja fuerte bajo su custodia anda criando telarañas esa parte de la herencia que, aquí y ahora, correspondería por derecho a pobres, mansos y perseguidos.
6 de septiembre de 2026
Carpe Diem
Cada vez que uno ve las orejas al lobo asomar por la casa del vecino de enfrente, uno se da cuenta de que vivir no tiene nada de particular: todo el mundo está vivo menos los que se mueren. En el gran casino de la vida todo el mundo gana menos el que pierde. Vivir es natural. Morir también. Están las muertes del Telediario y los anuncios que vendrán después y la vida sigue y mañana habrá otro Telediario y tal vez otra crónica de muertos muy lejanos sin eco ni registro en nuestro día a día: otra sota, otro caballo, otro rey y vuelta a empezar. Hasta aquí, la teoría de la muerte. Pero con el paso de los años, a los veteranos en la brega de vivir les toca acudir a maniobras con fuego real: se suicida un vecino, se muere un amigo, empieza a haber bajas en la parte alta de la familia... De camino al centro de salud para hacerte una analítica de rutina, sentado con un ticket tal que E-239 arrugado entre las manos, ensimismado en los turnos que canta el monitor, de repente, se te insinúa la parca -algo muy común en los entornos hospitalarios- y te echa un piropo de baboso, pero haces como si la cosa no va contigo y piensas: "me verás, pero no me f0ll@rás, maldita". Y sigues atento al juego del boleto, que ya toca. Sin embargo, en el fondo de ese corazón tuyo, cada vez más desfondado por tanta sístole y diástole, sabes que no quieres saber que lo que hoy ha sido un piropo retrechero mañana (o pasado) acabará en acoso verdadero sin Ministerio de Igualdad que te defienda porque, irónicamente, y como dicen por ahí, la muerte ya nos iguala a todos. Así que, todo a su debido tiempo. Entre tanto, olvidémonos del asunto y celebremos la posibilidad de regresar a casa acompañados y borrachos y, acaso, el cigarrito compartido de después. Se os quiere.
3 de septiembre de 2026
Lecturas saboteadas
Los niños del vecino gritan, gritan y vuelven a gritar. Se comunican, parece, a base de aullidos histéricos. No es normal, pienso, con un libro entre las manos que, en medio del pandemonio, queda rebajado a bloque de papel sobre los muslos. Si me dan a elegir, opto por las cotorras argentinas. Abandonados al cuidado impotente de sus abuelos, que ya no están para estos trotes, los niños vociferantes se hacen amos del patio contiguo. Me da por acordarme de los protestones colindantes del Madring en horario de Gran Premio de Fórmula Uno.
Entran en escena los progenitores, jóvenes profesionales ambos. Los yayos pasan a segundo plano y llega el momento de las admoniciones por este o aquel comportamiento irracional (he de aclarar que el griterío no computa como tal) que derivarán en sucesivos berrinches emocionales de niño A, niña B o niño C por motivos que se me escapan, pero que surgen en el contexto de los juegos en los que papá es partícipe y, a la vez, árbitro. Desde este lado del patio, declarar mi admiración por el empeño que demuestra ese hombre por metamorfosearse en compañero de juegos durante las horas que hagan falta. Y hablo de primera mano, porque vengo siendo testigo de ello -sufriéndolo- desde hace más de una semana. Enviar también desde aquí un guiño de complicidad a mamá, que, más astuta, se refugia todo el tiempo en el interior del adosado. La imagino mirando el móvil, tendida en la cama, ajena a esa sesión continua de role-playing infernal. Nunca los he oído intercambiar charla amable o conversación alguna, de lo que deduzco que ese matrimonio se sostiene exclusivamente sobre la crianza de los churumbeles desaforados, lo cual me produce una leve sensación de tristeza. Se van mañana, según me cuentan -o mejor, dejan caer- los abuelos. Pronto regresaré a mis lecturas reposadas en el patio. La abuela, a sus rosas. El matrimonio, a su desgaste profesional. Los niños, al colegio. Me voy a la playa.
28 de agosto de 2026
Farmear aura
Van ya tres o cuatro días de leer la prensa de todos los colores en diagonal (como de costumbre) y me encuentro con que todos dejan sus respectivos sesgos a un lado para cargar tintas sociológicas en una cosa que hacen los jóvenes de ahora que se llama “farmear aura” que, a lo que parece, es algo así como dar el cante en el mundo de carne y hueso, grabarlo y multiplicarlo en las redes sociales con la sana intención de fardar y, de paso, expandir la masa de seguidores. El objetivo último de este postureo forzado, nadie lo ignora, es transmutarse en influencer de pro y así generar ingresos por la cara, en el más amplio sentido de la expresión. Y a mí me parece bien, si tenemos en cuenta que en este mundo existen -y dentro de la legalidad- muchas otras formas de ganar dinero a espuertas que son moralmente reprobables, cuando no directamente miserables, merecedoras de análisis y denuncia editorial desde todos los frentes del espectro ideológico. Sospecho que por carecer de tirón mediático o por mero interés político-financiero, todos esos asuntos de actualidad se quedan castigados en el cuarto de los ratones.
“Farmear aura” no es más que otra noticia de verano insertada con calzador en el universo de eso que denominamos información. En el fondo, se trata de escoger al enemigo más débil y descargar en él la artillería pesada: un obús periodístico apuntado a una caca de cucaracha que genera un gigantesco cráter de despropósito pero, eso sí, bien escrito, bien razonado y, como siempre, con el apoyo de expertos en la materia. Los suscriptores de pago comentan airadamente el tema (mejores, más recientes, mejor valorados), que obviamente no va con ellos, pero que de alguna forma también demuestra un interés inconfeso en dejar su huella de dinosaurio en las redes. Ejem, como yo, supongo. Así que un muerto por aquí, un tiroteo por allá (lejos), muchas mujeres -y hombres- florero pisando alfombras rojas y photocalls, el misterio de andar por casa del trapo en el fregadero, las primicias aterradoras de la DGT, los inquietantes bloques de noticias “patrocinadas”, chollos en Amazon, el cebo envenenado de magnos truños cinematográficos o musicales por venir. Se entenderá, a la vista del panorama, que no me quede otra que leer esa prensa de todos los colores vía Bypass Paywalls Clean con bloqueador de anuncios y en diagonal. A veces me da por pensar que filtrar toda esa porquería con el noble propósito de estar informado no merece la pena. Y entre tanto, toda esa masa social con derecho constitucional de voto (ojo) que no pierde el tiempo con la prensa convencional se dedica, bien a la vendimia o bien a la cata de aura. Quién dice que esa no sea una forma más válida de tomarle el pulso a la realidad... Me voy a comer con unos amigos.
24 de agosto de 2026
Gordo y moreno, pero bien
Me queda una hora aproximadamente para escribir esto, antes de que haya de cumplirse la ortodoxia de la rutina que me llevará hasta la playa y después a la boya para regresar a casa con una vaga idea de lo que vaya a comer: cosa sencilla de vuelta y vuelta, acompañamientos simplones, juntos pero no revueltos (qué pereza, cocinar para uno) y de postre un humilde flas golosina baratuno de colores radiactivos, puro veneno, de esos que venden en los supermercados, pero que, he de confesar, me encanta chupetear coincidiendo aproximadamente con la crónica de deportes y el parte del tiempo en la televisión. Es lunes, el verano pierde fuelle. He alcanzado los límites razonables del tostado integral; mi melatonina de hombre blanco no da para más. Aparte del moreno, yo diría, a juzgar por la presión de los bermudas en el perímetro de la cintura que estoy un poco más gordo, heteronomativamente hablando, y sólo un poco. Por ahí también rondo ciertos límites razonables que espero no superar gracias al deporte. Sería dramático verme obligado renunciar ahora a mi tostada de tomate y a los Lacasitos del after-postre y a los helados brutales del monoposte del Burguer King. Ya llegará el invierno de mi descontento. Por el momento, la pereza, el abandono y, en fin, el dolce far niente caracterizan mi existencia mientras dure este largo y muy cálido verano del 26. Vámonos a la playa, otra vez.
19 de agosto de 2026
Lecturas de agosto
Tengo un ventilador que compré en un Chino el año pasado. Hace un ruido infernal, pero también genera una poderosa corriente de aire huracanado que impide el aterrizaje de los mosquitos sobre mis apetitosas carnes morenas, además de rebajar unos cuantos grados la temperatura media del salón, que en las últimas semanas no baja de 30 grados.
De modo que este agosto, al menos por el momento, no es de frío en rostro, así que otro refrán que se va al carajo, igual que el de las mil lluvias de abril, que ahora son DANAs trimestrales, y pobre del que se resista con el sayo puesto hasta el cuarenta de mayo. El cambio climático arrasa con la sabiduría popular. Yo sudo cada vez peor.
Ayer me robaron la bandana naranja en la playa. Como siempre que voy a nadar, la dejo debajo de una piedra de dimensiones considerables para que el resto de veraneantes de toalla y sombrilla no den por hecho que es un trapo abandonado. Pero ni así. En cualquier caso tengo cuatro o cinco más, pero de regreso al adosado con la calva tendida al sol me di cuenta de que a la hora de la verdad los consejos del estoico Marco Aurelio no surtían efecto alguno en mi mal talante. Creo que somos como somos y que eso de tomarse las cosas con filosofía no sirve más que para atragantarse con la mala leche que a cada quien le venga de serie. En fin, un trapo menos. Hoy probaremos con la bandana azul y un pedrolo aún más grande.
He empezado a leer un libro titulado “Por qué leer los clásicos”. Resulta que el autor (Italo Calvino) ya se los ha leído, pero yo no, así que me cuesta bastante interactuar con la prosa de ese señor tan erudito, que pretende mi complicidad, por ejemplo, cuando me narra los entresijos de la Anabasis de Jenofonte o las Metamorfosis de Ovidio, y yo a esos señores no les conozco más que de muy lejos, así que me obligo a leer con la autoestima intelectual por los suelos y, por qué no reconocerlo, un poco picado (Marco Aurelio, de nuevo, no acude en mi ayuda). Dejando a un lado la reflexión, certera aunque un punto sofisticada, de que uno no lee dos veces el mismo libro, yo opino que se habría honrado más a la verdad si la obra se hubiera titulado “Por qué releer los clásicos”. Soy consciente de que el haberlo hecho así posiblemente hubiera acarreado un estrepitoso fracaso editorial, dado que es un hecho notorio que apenas nadie ha leído los clásicos, y ello habría reducido sustancialmente el universo de potenciales lectores-compradores, yo incluido. Pero, en fin, libro que vuela, a la cazuela. Aunque se me atragante, yo soy hombre de digestiones pesadas, ya estoy acostumbrado. Sigo sudando.
14 de agosto de 2026
De cerdos y migrantes
Escucho un disco viejo de Joaquín Carbonell, de cuando la Transición, en aquellos tiempos en los que mi madre y sus amigos progres de buena fe tertuliaban la revolución pendiente en el salón de mi casa, hoy alquilada a una divorciada norteamericana. Las canciones se dan de hostias con la alegre canícula que reina esta mañana en el adosado. Canciones de invierno en las tierras baldías de Aragón que demuestran que la climatología interior de uno no rinde pleitesía a los modelos meteorológicos.
Y a pesar de que todo está perdido // a pesar de que aún hay quien tira piedras // no podrán con mis dioses ni mis gentes // que en las noches de nevada siempre sueñan.
No es fácil encajar esos versos con treinta grados a la sombra y el ventilador puesto a las doce de la mañana de un catorce de agosto de 2026.
En Ceuta y en Melilla se inventan obstáculos flotantes de quita y pon, como de Bricomanía, para acatar la virtualidad legislativa que avala las devoluciones en caliente, y a mí me recuerda un poco a la picardía medieval de arrojar los cerdos a la corriente para después repescarlos en las aguas del río y así pasarse la Cuaresma por el arco del triunfo. Argucias legales que en lugar de homologar cerdos muertos para su degustación en Viernes Santo devuelven a la oscuridad de la miseria a migrantes vivos, acaso con una historia que contar que ya quisieran para sí muchos influencers de esos que recorren el mundo a la contra, con billete de vuelta, pasaporte de la UE, móvil y colchoncito consular, por si acaso.
12 de agosto de 2026
Cucaracha
Acabo de gasear a una cucaracha imprudente que, a plena luz del día, reposaba tranquila en una esquina del techo de mi dormitorio, aferrada al gotelet con esas patas como pestañas postizas venidas a menos. El bicho ha reaccionado esprintando hasta el marco de la ventana para descolgarse por el visillo, pero creo que se ha debido atorar a mitad de camino, tal vez presa de los efectos fulminantes del gas neurotóxico. Ahí la he dejado, agonizando, mal colgada de una pata entre los pliegues de la tela, pensando que a mi regreso de la playa me la encontraría panza arriba y cruzada de patas (muerte típica de las cucarachas envenenadas) en el suelo del cuarto. La idea era oficiar las exequias habituales mediante escoba y recogedor para después depositar el cadáver con el resto de la orgánica en el interior del cubo de basura. Pero no. Cuando más tarde (nadar, boya, caminata al borde del mar, etc...) vuelvo a entrar en el dormitorio, ya duchado y con el Telediario puesto, la cucaracha ha desaparecido o al menos se las ha apañado para agonizar en algún rincón insospechado del cuarto. No soy un tipo especialmente aprensivo, así que me he limitado a indagar entre las sábanas por si acaso esta noche. Pero nada. En fin, aparte de esta desaparecida en combate, este verano he aniquilado por la vía del spray a seis, más una por aplastamiento con chancleta barefoot, todas rubias, por cierto. Descansen en paz.
Como cada tarde me voy a leer un rato al porche en compañía de un vaso de agua con dos hielotes de supermercado, jugo de lima (natural), una pizca de sal y una novela. Sabré del eclipse cuando la penumbra sobrevenida me dificulte la lectura. Y sí, claro que sí, llevaré las gafas puestas. Pero las de leer.
10 de agosto de 2026
Eclipse intelectual
El país se chamusca porque en invierno, cuando no hacía tanta falta, cayó la del pulpo y ahora, mecachis, no llueve. Como si la naturaleza tuviera un punto de sadismo o de mala leche. En fin, de momento parece que se han quemado menos estadios de fútbol -la nueva unidad de medida desde lo de Luis de la Fuente- que la pasada temporada de incendios. E agosto va, pian piano: aún no está todo dicho...
Cada fin de año los medios de comunicación se dedican a insultar la inteligencia del personal a propósito del conteo de las doce uvas. Pero con la Pandemia del Eclipse se ha alcanzado otro nivel: de un tiempo a esta parte, pareciera darse una competencia encarnizada entre los medios para idear escenarios apocalípticos en los que una masa cretinizada de ciudadanos-zombis se autolesionan gravemente, embelesados en la contemplación en vivo y en directo del sol nuestro de cada día taponado por la luna nueva. El terror flota en el aire: se rumorea que el pueblo español, envalentonado con el triunfo en la Copa del Mundo, se siente capaz de bordar una estrella en el ranking de la oligofrenia. La maquinaria institucional ha de emplearse a fondo, porque una cosa es atragantarse con las uvas en fin de año y otra muy distinta que todos acabemos ciegos como en una novela de Ernesto Sábato. Pero ahí está el Estado-Padrecito, repartiendo gafas y advertencias a diestro y siniestro para evitar la avalancha de discapacitados visuales (¡las pensiones!), que bastante tenemos ya con el resto de taras que nos aquejan: discapacidad económica, discapacidad política, discapacidad educativa y discapacidad social. Somos los bobos de Messi. Tenemos el eclipse que nos merecemos.
2 de agosto de 2026
Aburrimiento
El nuevo disfraz del muermo es lencería que no deja nada a la imaginación; al contrario, evidencia cuánto se aburre el personal, yo incluido. Antes, no era tan sencillo aventurar esta conclusión al no existir indicadores fiables del tedio: un paseo con las manos a la espalda, una sentada solitaria en cualquier banco de la calle, una caña entre taburetes desocupados en la barra de un bar. Pero hoy en día el teléfono móvil nos delata como quien coloca una baliza GPS en el techo del vehículo para señalizar un accidente. Una buena parte del mundo se aburre, especialmente en vacaciones. Baste darse una vuelta por la playa para detectar una masa de veraneantes autoinculpándose frente a un celular a la sombra de una sombrilla. Sospecho que muchos reos de aburrimiento tratan de invalidar esta presunción fingiendo disfrute y acción vacacional en las redes sociales posteando imágenes o vídeos elaborados desde el hastío, intentando alardear precisamente de lo contrario. Me too, ya digo. Escribo esto a sabiendas de que mi lencería taoista barata mas que ocultar me señala: “Ten paciencia. Espera hasta que el barro se asiente y el agua esté clara. Permanece inmóvil hasta que la acción correcta surja por si misma”. No creo que estas letras al boleo sean sinónimo de acción correcta sino más bien de impaciencia cuando la inmovilidad demuestra no ser una opción ante la turbidez permanente de la vida. Sorbo el tazón de café mientras muerdo distraído la media tostada de aceite y tomate que es el pan mío de cada día. El algoritmo se adueña de mí.
28 de julio de 2026
Clicad, malditos
“Dejar un vaso sobre una hoja de papel en el fregadero antes de irse de vacaciones: ¿para qué sirve y por qué se recomienda?” Desde hace ya un tiempo este titular viene intentando secuestrar mi de por sí jibarizado span de atención. Su resiliencia en la página web del periódico (ojo, de tirada nacional) es sorprendente. Y mira que el mundo da tumbos y la realidad espurria noticias de relleno que compiten por hacerse un hueco en forma de hiperenlace. Pero no, ahí está el misterio de la hoja de papel en el fregadero, otra vaca muerta atorada en un meandro de la corriente de la realidad. En fin, suscriptores habrá que no lo consideren una estupidez de última generación, supongo. Hasta habrá quienes lo vean potencialmente instructivo y se acojan a su derecho fundamental de no acostarse sin saber una cosa más. Como fuere, el titular parece no tener fecha de caducidad, así que Clicad, malditos. En lo que a mí respecta, he convertido en punto de honor ignorar su contenido: el enigma permanecerá irresuelto pero yo, en contrapartida, habré ahorrado un par de neuronas, que ya van escaseando. Y aunque me hallo de vacaciones, duermo tranquilo a sabiendas de que mi domicilio habitual cuenta con un seguro que probablemente cubra siniestros derivados de un olvido de este tipo (dejé el fregadero tal cual). Dicen por ahí que cuanto uno más conoce a los abogados, menos confía en los médicos. Visto lo visto, tampoco recomendaría la licenciatura en periodismo.
P.s. Acaba de desatarse un infierno sonoro: un vehículo ha cubierto los doscientos metros que mide mi calle aporreando el claxon y por un momento yo he pensado evacúen sus hogares de inmediato, estamos cercados por las llamas, Dios mío, para cuándo la alerta SMS... Pero no. El Hombre Ambulante del Queso.
27 de julio de 2026
Yo, pecador
Uno habita una casa llena de libros, muchos libros, libros que en su mayoría no ha leído y además es ese tipo de persona práctica y desacomplejada que no tiene reparo en la simplificación del coñazo doméstico de cada día. Así, uno, sin ascos ni reparos, es capaz de ver sedimentos compactados de papel polvoriento en lugar de historias encuadernadas. El papel, igual que el vidrio, es materia uniforme y reciclable. Por tanto, reciclar adecuadamente la biblioteca (“reciclar” entendido como sustituto elegante de tirar a la basura, igual que quien dice “pompis” en lugar de culo) puede hasta considerarse un acto solidario con el medio ambiente: las cenizas de la madre muerta nutrirán un plantón de madroño cortesía del tanatorio igual que el ejemplar de La Regenta acabará felizmente transmutado en la piel de cartón de un envío de Amazon. Pero a ese uno, que soy yo, le falta valor para deshacerse de toda esa montaña de relatos y ensayos vírgenes e -irónicamente- pasar página. Así, mi colección heredada de cientos de tapas duras y ediciones de bolsillo sin más valor económico que el que marque su peso en tanto que potencial pulpa (descontados los portes: ridículo o negativo), continuará acumulando mierda en sus estantes, acusándome de enanismo intelectual, benigno pero incurable ya a estas alturas de mi vida. Algunas veces envidio a todos los analfabetos funcionales y a esas nuevas generaciones inmunizadas por sobreexposición a las pantallas de sus teléfonos móviles, a quienes no remuerde la conciencia ni hallan inconsistencia alguna ni les resulta extraño no haber leído un libro en su vida. Otras, malvivo en la fantasía del héroe anónimo, lector ocasional en un mundo de catetos, a sabiendas de no ser más que un impostor ávido de un poco de autoestima. Lo cierto es que me falta valor para deshacerme de todos esos volúmenes apolillados que cada día me recuerdan que la ignorancia dolosa es, o debiera ser, pecado capital. Yo, pecador.
23 de julio de 2026
No Mercy on July
Aturdido por el calor. Los ventiladores diseminan aire turbio por la penumbra de mi casa. Retorno de la inconsciencia de la siesta. Una vaharada de alpechín se cuela por las mosquiteras y por un momento las estancias huelen a pulpa de orujo. Siento un impulso de escuchar esa canción que corrobora todo lo escrito hasta aquí. La plataforma de streaming obliga y el baflecito rojo obedece: No Mercy on July. Se acaba Grant Lee Philips y yo ya he abdicado en el piloto automático del algoritmo, que de momento acierta con Tom Petty y después ya veremos. Me asomo al patio. Arriba, en el cielo, un paredón de calima tapa el sol y evita que me abrase los pies descalzos. Y sucios. Aprovecho para regar un rato las plantas. Se me viene a la cabeza el discurso sobrado de una chica, mona y rozagante a sus veintitantos años, videoexhibiéndose, supongo, porque ella lo vale y así lo ha decidido. El mensaje es simple: para qué tanto ejercicio y tanta dieta si ya estoy bien buena como me ven (bueno, ella dice algo así como que su cuerpo es funcional, y yo lo traduzco al román palatino), a lo que intercala, como quien no quiere la cosa, que no está bien opinar sobre otros cuerpos. La muchacha, embutida en un top que resalta sus curvas morenas a la par que una variedad de tatuajes acorde con los tiempos que corren, se come un yogur gigante a cucharadas para apuntalar su tesis. Otra enemiga de según qué adjetivos, pensaba yo unas horas después, mientras braceaba de camino a la boya. ¿Es correcto valorar estéticamente un cuerpo? Y, en general, ¿está bien opinar mal sobre cualquier cosa? Gordo, coja, tarado, subnormal, calvo, maricón, enana y similares son calificativos proscritos de cara a la galería, víctimas de la una neolengua que ya ha encontrado atajos para disfrazar con otras palabras idéntica visceralidad… pero, en fin, yo a mi crawl bilateral mientras se me pasaban por la cabeza esos y otros pensamientos intrascendentes sin billete de vuelta. Eso, creo, es una forma de meditar.
Le explico al camarero jefe del bar murciano en el que desayuno cada mañana que, RAE mediante, el implemento de metal que porta la aceitera y el salero con el que aliño la tostada se llama convoy. Esto es síntoma de confianza forjada a lo largo de más un mes de desayunos a la misma hora. De otra forma considero que habría sido un atrevimiento por mi parte. El camarero se ha sorprendido, pero desde luego hemos convenido en que convoy es una palabra muy chula, muy dinámica y muy ad hoc para nombrar al cacharro en cuestión. Abandono el bar con la sensación improbable de haber hecho una buena obra e, inmediatamente, me veo aplastado por la masa canicular que me recuerda que la soberbia es pecado venial. Mi penitencia: salir a correr a la caída de la tarde.
20 de julio de 2026
El día de después
Se acabó el terremoto del Mundial, pero aún faltan las réplicas: los análisis deportivos a toro pasado, las crónicas hagiográficas de plantilla y cuerpo técnico, la recepción fastuosa de los vencedores, muy al estilo de la Roma imperial, con el pueblo llano entregado incondicionalmente -por ganas de celebrar que no sea-, aunque a estas alturas de siglo cada vez haya en Europa más circo y menos pan. La cosa también tendrá su vertiente política, que podría resumirse en dos tesis contrapuestas: España es campeona del mundo gracias a Pedro Sánchez o a pesar de Pedro Sánchez y, trazada esa divisoria, la acostumbrada riña a garrotazos entre tertulianos. “Yo soy español” es campo de batalla demagógica en el que la derecha carcamal parecía haber afianzado su pica. Sin embargo, y tras la victoria en la Copa del Mundo, no descartaría yo el contrataque de la progresía, jugándose la potente baza implícita en los franceses de nuestra Selección. Creo que España, como Hacienda, somos todos: todos los que son, pero también, y mal que le pese a algunos, todos los que ahora están, y también los que estaban y no eran y luego fueron. Empleando la etimología de forma interesada, Ishapan es, ha sido y será tierra de conejos, con o sin bendición administrativa. Como cantaba Pau Donés, "en lo puro no hay futuro; la pureza está en la mezcla"... En fin, aunque la derivada comercial de estos eventos sea el motor de la historia (sin y con mayúsculas), siempre nos quedará algún beneficio sociológico colateral y, en en este sentido, bienvenida sea la segunda estrella.
18 de julio de 2026
Estampa playera
Pereza veraniega. Me obligo a clicar sobre el ícono de Libreoffice; se abre la hoja retroiluminada en blanco. A lo que salga. Desde las profundidades del estómago se me recuerda que la digestión del café y la media tostada con aceite y tomate progresa adecuadamente. Todo va muy lento, a tono con la somanta de calor propia de estas fechas de julio, cambio climático mediante. La brisa prefabricada del ventilador alivia bastante. Imagino harapos de sudor volatilizándose como calima sobre mi piel, electrolitos que abandonan este cuerpo desganado. Pienso en la botella de Solán de Cabras que descansa en el oscuro de la nevera. A lo que salga.
Orfeón playero. Una mujer en bikini frente a un combinado de doce o quince bañistas de ambos sexos en plena faena coral, todos con el agua a media cintura: exótica polifonía superpuesta al eco del Mar Menor y al runrún habitual de una playa en temporada alta. La mujer del bikini no tenía batuta, lo cual es lógico. Termina la performance y aplaudo como puedo; esto es, aplaudo con las chanclas que porto en la mano. Continuo la pequeña caminata al borde del mar hasta el trozo de playa de siempre. Atravieso el huerto de hamacas de alquiler en el que los turistas extranjeros se retuestan dolosamente: pura exhibición de resistencia a la radiación UVA. Paradójicamente, los hijos pequeños de otros turistas importados de la UE van embutidos en bañadores victorianos de colores, víctimas de la censura solar que marca tendencia hoy en día entre progenitores ultra ortodoxos. Se me ocurre que Sorolla no habría tenido tema con esos zagales burkinizados. Las señoras británicas devoran novelas románticas (a juzgar por las portadas) generalmente escritas por otras mujeres. Los hombres, calvos y panzones en su mayoría, no leen, pero al igual que ellas se someten, sumisos y felices, a los abusos del astro rey. Observo al bies los primeros metros de mar a contar desde la línea de arena, y puedo apreciar el reflejo irisado de los rayos de sol sobre una película de grasa translúcida. Desde luego, la loción solar que los veraneantes se administran a capazos no tiene nada que envidiar a las sobras de combustible que flota en los pantalanes de cualquier puerto deportivo de costa. Muslos, espaldas y culos varios embadurnados obsesivamente por si acaso el cáncer y también, y posiblemente, porque uno en la playa no tenga nada mejor que hacer. Eso, y/o beberse una lata de cerveza recalentada bajo el escueto perímetro de una sombrilla, haciendo scroll con el celular, que viene siendo sinónimo del ocio y del disfrute en España desde los tiempos de Eva María. Festival de tatuajes insospechados en cualquier otra época del año y tangas que muestran la versatilidad erótica del triángulo isósceles en todas sus variantes trigonométricas. Una preadolescente regordeta toma carrerilla y se arroja en plancha contra el agua mansa para a continuación exclamar feliz: ¡¡máma, me he reventao una teta!! Máma, con acento en la “a”. Un día más, en fin, de playa. Estampa para releer fuera de contexto; en invierno, por ejemplo. Guardo y cierro.
14 de julio de 2026
Expertos
Expertos. Gente que sabe mucho de muy poco, profundamente conocedora de su árbol, pero que posiblemente ignore casi todo del bosque en el que vive. Hay pregoneros que amplifican la voz de esos expertos y sus ecos resuenan en todo el ecosistema. Otra clase de expertos en lo suyo proyectan el relumbrón de su prestigio sobre asuntos de la flora y fauna de los que tienen poco o ningún conocimiento o, al menos, no más del que atesore cualquier otro arbusto del montón. Dicho lo anterior, hay que tener bien presente que para los pregoneros responsables no existe más que su soldada, las audiencias y la libertad de opinión. Así es su oficio, como cualquier otro. En resumidas cuentas, si usted es lavanda, desconfíe de lo que opine el tejo a propósito de las higueras, y si el tejo habla de los asuntos del tejo, recuerde que usted es lavanda. Y sobre todo, tenga presente a la hora de dar consejos o de formarse una opinión sobre esto, aquello o lo de más allá que no todo el mundo huele tan bien como usted.
10 de julio de 2026
Telespectador
Nunca vi un capítulo de Los Serrano ni de Cuéntame ni de Aída ni de La que Se Avecina ni, en fin, de ninguna de esas series de televisión que conozco porque leo un poco los periódicos y vago sin rumbo por Internet. Nada que opinar sobre las telenovelas de época. Tampoco presto atención a los concursos que reparten botes millonarios a diestro y siniestro, ni a los realities que dan vergüencilla ajena (que son todos, creo yo), ni a los shows estrella que iluminan los cielos del Prime Time televisivo, donde la pugna por las audiencias parece haberse convertido en un fin que justifica los medios (los medios, quiero decir, en el doble sentido del término). Broncano, Motos, Giró, Buenafuente, Álvarez y otros monologuistas telepredicadores venden fórmulas de entretenimiento visual a las que no acabo de cogerles el punto: puro empalago de tontadas, chiste malo y buenrrollismo histriónico forzoso por parte de los invitados que acuden al programa. Abandoné la televisión en 2001 como quien deja de practicar un deporte y me doy cuenta veinticinco años después de que ya no soy capaz de reengancharme, entre otras cosas por haber desarrollado intolerancia severa a los importunos intermedios publicitarios. Creo que ser telespectador requiere hábito, esfuerzo y adaptación, como cualquier disciplina en la que se desee alcanzar la excelencia. Tal vez la práctica intensiva desde la infancia sea la clave de la contemplación embelesada y pasiva durante largos períodos de tiempo, necesaria para la construcción del ciudadano conformista o, cuanto menos, poco disidente, confortable en su nicho de la pirámide social. Creo que una formación televisiva básica es esencial para acceder sin estridencias al universo de las plataformas y otras formas de entontecimiento acrítico más sofisticadas. En este sentido es gran verdad que la televisión educa al tiempo que entretiene.
8 de julio de 2026
Tedio mundialista
A ratos vivo sin vivir en mí. Me observo desde fuera y veo un hombre muy del montón; un hombre como yo, que no tiene otra cosa mejor que hacer que encender el televisor a deshoras para ver un encuentro de fútbol entre equipos que representan a países sobre los que ignoro casi todo lo que es posible ignorar tanto geográfica como políticamente. Tampoco sé mucho del llamado deporte rey. Ingenuamente demando verticalidad, contragolpe, emociones y goles a cascoporro. Mi disfrute como espectador exige la ruptura del partido desde el primer minuto de la primera parte. No comprendo conceptos aparentemente absurdos como el del juego sin balón, espacios, defensa en bloque y otras exquisiteces del juego, ampliamente glosados por la triada de comentaristas que, ahora me doy cuenta, se ha hecho necesario para rellenar con entresijos tácticos los avatares de un encuentro que es visual desde que el vídeo mato a la estrella de la radio, y que ya nos es imposible imaginar: la mera narración tradicional de lo que es obvio, en color y alta resolución resultaría redundante cuando no insoportable. Vivo sin vivir en mí, y observo a un hombre muy del montón que ha extraviado la memoria del niño que fue y de los partidos de patio de colegio o en descampados los fines de semana. Todos corriendo detrás del único balón, bajo el imperio de la ley de la botella (el que la tira va a por ella), y en el que la regla del fuera de juego no se aplicaba porque no había árbitro ni falta que hacía, que ya nos apañábamos -y bastante bien- nosotros. En mi fútbol de aquellos días no había padres ni madres. Éramos críos autogestionados, abandonados a nuestra buena suerte. Y no, no veíamos los partidos en la televisión. Para qué, cuando podíamos disfrutar de la práctica a pelo: cometer y recibir faltas, marcar goles, correr, regatear, cabecear… Todo eso se me ha perdido definitivamente en aras de un espectáculo trufado de tecnicismos, estadísticas y glosa teórica de difícil digestión. Veo a España jugar sus partidos y, en general, me sobra tiempo para leer noticias o prepararme tranquilamente la cena. El entrenador me cae bien: un estratega modesto (quiero decir, poco dado a declaraciones estridentes) y centrado que, supongo, sabrá lo que hay que hacer para que el equipo medre en las subsiguientes fases de la competición. Y si es necesario aburrir a un personal que ha olvidado que una vez pateó felizmente un balón y que ahora es adicto a los análisis previos y posteriores al partido, que sea lo que tenga que ser. Sin embargo, y a propósito del último partido de España, quisiera dar voz al niño de mis recuerdos y adicionarle el resabio de toda la vida de después, para escribir alto y claro que el duelo en cuestión fue, a los ojos de ese niño, un coñazo imperial. Y que la prensa especializada me perdone por la osadía, pero intuyo que, de haber sido otro el resultado, el guion de la crónica funesta, sesudamente fundamentado, ya estaba precocido en los fogones de la prensa con un sinfín de pecados deportivos por expiar. Espero y deseo que la emoción a partir de estos cuartos de final no se limite a celebrar un resultado casi improvisado en el último minuto, y que el juego vibrante, como la fuerza, también nos acompañe.
7 de julio de 2026
Vaca muerta
Flojera veraniega, como tiene que ser. Ganas de hacer nada, una nada que yo relleno a base de micro-rutinas como calistenias mentales debajo del ventilador, intentando no embrutecerme más de la cuenta. Desde mi apalancamiento, observo el denuedo con el que el turista forzoso apura hasta las heces su chupito vacacional antes de volver a su dieta estricta de trabajo, cortisol y libranzas estipuladas. Recuerdo lo mucho que significaban para mí veinte o veinticinco días; cómo entonces me afanaba en desinfectar y suturar las pequeñas heridas de guerra, el estrés postraumático de baja intensidad del vasallo asalariado del sistema. Recuerdo el heroísmo impostado del mochilero con billete de regreso garantizado en el punto de extracción, y el sentimiento de superioridad moral, nunca expresada abiertamente, sobre los compañeros que habían superpuesto su experiencia vacacional al dedillo de este o aquel catálogo de agencia de viajes. Pero, al cabo, eramos criaturas que fichaban en el mismo hormiguero, hermanadas en la same old shit. El disfraz de verano es ahora indumentaria permanente y la obsolescencia profesional, el sujeto improductivo que ahora soy, es motivo de perversa e íntima satisfacción. Sé que aún me queda lastre por soltar, cosas por desaprender, dolores con los que convivir en armonía. Pero ahora mi tiempo es mío, un tiempo maleable, fluido, permeable, de ida y vuelta, acrisolado. El problema reside, como algunos sabemos y también muchos desconocen, en cómo gestionar ese caudal inmenso de libertad sin ahogarse y acabar arrastrado como una vaca muerta en la corriente de la vida. Lo que me recuerda, ya fuera de la metáfora, que aún me espera el mar de verdad, la boya de verdad, la respiración controlada y los pensamientos aleatorios y descafeinados, tal vez el momento presente más presente de cada día, de saber que uno no es, al menos de momento, y de regreso a la metáfora, una vaca muerta. Me felicito.
29 de junio de 2026
Gerrymandering con las líneas rojas
No sé qué habrá hecho o que habrá dejado de hacer este Gobierno que de un tiempo a esta parte copa los titulares de los medios de prensa y televisión de todo el espectro político. Hay mucha posverdad por ahí suelta. El caso es que, con los datos en la mano, parece que el hombre que hoy por hoy manda en este país tiene a su esposa imputada, a su hermano imputado, a un exministro de primera línea y al exsecretario de organización del partido condenados a un quintal de años de presidio. También imputado el que fuera presidente de este batiburrillo autonómico que hoy es España, hasta ahora con una estrella en el el paseo de la fama del socialismo, por un asunto enjundioso de joyas, dictaduras bananeras, nepotismos y corruptelas variadas dignas de un documental de Netflix, por no hablar del elenco de minions tenebrosos al servicio del poder socialista que retozaban en las charcas fecales de la política -yo les llamaría secundarios de lujo-, algunos imputados y otros directamente en el trullo. Haciendo un poco de demagogia en clave progresista, yo diría que al gobierno de este país le faltan fuerzas hasta para rendirse.
En realidad, esta situación tan lamentable no es más que un reflejo del signo de los tiempos. Pensemos, por ejemplo, en el mandato de Donald Trump, caracterizado por indultos vergonzosos, fascismo migratorio a cara descubierta, mentiras gruesas, escándalos de sacar pecho, mala educación, guerras comerciales y de las otras, que es peor, y todo un manual de guarrería geopolítica fuera de las fronteras de los USA, que solía ser (o al menos aparentar ser) la nación campeona del mundo libra por libra en el octógono de la democracia y la libertad. Quienes le han votado (y probablemente le vuelvan a votar) tienen desde luego la piel muy gruesa. Y son muchos, me temo.
Hablemos ahora del partido actualmente en las trincheras de oposición, que también tuvo su momento estelar hace un par de legislaturas: el extesorero mafioso, la sede del partido pagada con fondos indocumentados, el exministro (¡y expresidente del FMI!) que se comió unos años de cárcel, la guerra sucia contra el adversario político, los sobres en B, las leyes fiscales a medida y con la garantía del Ministerio de Hacienda y, a pesar de los últimos avances en criptografía, aún es imposible descifrar la identidad que se oculta bajo las siglas M. Rajoy. El caso es que aquel gobierno infame pasó, gracias a Dios, y ganaron los otros, que son los que ahora no dimiten ni a tiros. Sin embargo, los sondeos son implacables y tarde o temprano los de antes volverán con sus banderas victoriosas y, me temo, de la mano de otros cuyas aptitudes para el mal gobierno en provecho propio están aún por demostrar, pero como el valor en el antiguo servicio militar se le supone. O yo se lo supongo. Al tiempo.
Estamos en democracia. Yo no sé si el votante es espejo espejito del gobernante o al revés, pero parece que el afán por superarse, por alcanzar cotas de excelencia más altas, por el más difícil todavía, no queda restringido al ámbito del progreso, sino que es extensible al lado más oscuro, cabrón y miserable del ser humano. Así que me barrunto que quienes vengan después impulsados por las urnas, se vengarán de los de antes y derogarán las leyes -buenas o malas, da igual- que aprobaron los de antes, cometerán aún mayores desafueros, desafiarán los límites del sistema a su conveniencia y, al igual que los colonos de Israel, deformarán impunemente la frontera de líneas rojas de nuestra geografía moral en una suerte de Gerrymandering diabólico con el sólo propósito de aferrarse a los escaños del poder cuantas más legislaturas, mejor. Los sondeos no mienten: ahí tienen a la Presidenta de la Comunidad de Madrid, cabeza de puente de lo que habrá de venir. Pongan sus hirsutas barbas a remojar.
27 de junio de 2026
Un día de playa
Pian piano, yo creía. Y creía bien. Pero piano piano vale también para lo mismo, que viene a ser poco a poco o despacito, como el título de esa canción que yo, por viejo y desfasado, adjudicaba a una dupla, estilo Andy y Lucas, pero luego resulta que Luis Fonsi no hay más que uno. Toda esta tontería se me ha venido a la cabeza al hilo de lo que quería contarme para las relecturas en la residencia de viejos donde seguramente acabaré arrumbado (no muy pronto pero no demasiado tarde) si no lo remedio antes y salto la valla en vez de hacer la cola, como cantaba la Rosenvinge, que según me informa la Wikipedia es de mi quinta y de seguro se habrá sentido víctima de sus propias letras a ratos. Así que, pian piano, nado yo hasta la boya como cada día, lejos de la orilla del Mar Menor, y quedo flotando en la soledad de unas aguas casi amnióticas. Lejos de las leyes de los hombres, y también como cada día, me abandono a una meada caprichosa a pie de boya, que es como una garrapata amarilla amorrada a la piel salada del mar. Me siento perro. Me siento nutria. Las cosas de la costa me importan poco; aquí no hay más que agua y cielo y, también, y de vez en cuando, algún insensato hijo de la gran puta a lomos de una moto acuática alquilada que piensa que la línea de boyas está para hacer slalom, lo que por cierto incrementa mis posibilidades de saltar la valla inopinadamente. Hoy no toca.
Bajo el agua, un descampado de algas cortas, un prado vegetal sin vacas ni peces a la vista por el que sobrevuelan (¿sobreflotan?) las medusas como ordenadores cuánticos errantes, como metáforas perfectas del silencio. Intuyo que pasa el tiempo, pero no acertaría a decir cuánto. Cada día regreso a remolque de brazadas perezosas hasta la playa, un poco a regañadientes por transitar de nuevo a la gravedad ordinaria y las exigencias de la bipedestación.
El paseo por la playa descalzo de regreso al adosado es volver a llenar con pensamientos, ahora descafeinados, una cabeza vacía cubierta con un trapo de colores. Me aguarda una ducha, un Telediario y descifrar una vez más el contenido de la nevera. Y la paz de otra siesta.
25 de junio de 2026
Añicos de un retrato social
El look de invitado a esta o aquella boda, comunión o evento, los ochenta y seisavos de final de cualquier subtrama deportiva ordeñada hasta extremos insoportables, la precampaña electoral permanente sobre la que pivota el destino de los países y sus ciudadanos, los previos, precuelas, prólogos y preselecciones -ya no sólo la resurrección- de esos viejos festivales en los que nuevos cantantes hacen el ridículo, como nos advertía Jorge Martínez, que en paz descanse, la compra anticipada de entradas y las reservas vacacionales a años luz de un presente en el que ya no vive nadie, la atomización interesada del dato estadístico hasta el límite de lo irrisorio, los pies de barro de tantos ídolos de quita y pon a capricho de multitudes teledirigidas, el despiece en clave psicológica del cerebro humano donde cada quién escoge un trauma prêt-à-porter, millones de singularidades aupadas a categoría absoluta y el subsiguiente autoflagelo social a cuenta de la polarización, los espacios virtuales entendidos como repositorio de armagedones a demanda de descreídos conspiranoicos, la inmolación de la masa empanada contra el mínimo de inevitabilidad, las hembras de la especie humana transmutan en resentimiento la compasión biológica que tal vez merezcan, la ciencia avanza a razón de mini-saltito diario proclamado como zancada de siete leguas según el interés de aquellos más dispuestos a prostituirla, la vida y milagros inanes de quienes amasan poder y dinero: artistas en boga, reyes, reinas, aristócratas, millonarios degenerados, trileros y mercachifles exhiben lujo, moda, mansiones y cirugías y aprovechan su crestita de la ola para proferir necedades que los medios travisten de tendencias u opiniones respetables, el negocio de hacer caja a costa de la catarsis colectiva de admiradores ávidos de alcanzar por la vía rápida ese mismo poder y dinero del que por supuesto carecen, los falsos profetas y los fantoches verdaderos se multiplican aprovechando las corrientes fluidas de la realidad, la vida sana es hoy una cosa y mañana la contraria, hay expertos para todos los gustos, verdadero y falso desprovistos de letra pequeña son categorías fácilmente intercambiables si se escoge la fuente que más conviene, verdadero o falso como consejos comerciales. La sociedad, en fin, y a pesar de todo, avanza. Y evoluciona. Como afiliado del colectivo gris NSNC (no sabe, no contesta) sólo puedo proclamar desde el anonimato y con relativo orgullo que tenemos lo que nos merecemos.
21 de junio de 2026
Un cúmulo de sucesos extraordinarios
Relato cronológico de la concatenación de sucesos extraños o incluso, yo diría, extraordinarios.
Como antecedente general, apuntaré que he vivido -y vivo- en este mismo domicilio desde 2001, y que a lo largo de todo este tiempo (25 años), ninguno de los hechos que aquí apunto tiene precedente.
- Noche del 19 de junio de 2026. Regalo a un amigo una casa-refugio de murciélagos, construida en madera rústica, que permanecía arrumbada en un rincón de la terraza de mi casa, sin utilidad ninguna. La casa en cuestión estuvo colgada en un punto de la fachada durante dos años en los que ningún murciélago mostró interés por habitarla. Al cabo, se descolgó y pasó a convertirse en trasto inútil durante, calculo yo, otros dos años.
- Mañana del 20 de junio de 2026. Bajo a comprar un ladrillo de café al supermercado y me encuentro, orillado en una esquina a pie del portal (aclaro: no a pie de calle, sino en pleno territorio de la comunidad de propietarios), un grueso mojón de mierda humana, de una sola pieza y de dimensiones, si no descomunales, al menos considerables: tumefacta, oscura, festejada por una avanzadilla de moscas de coraza verde metalizada. He tenido perro y conozco la diferencia entre unas y otras heces. A mi vuelta del supermercado hago de tripas corazón y, con ayuda de una bolsa de fruta, retiro el truño semiseco y lo deposito en la papelera más cercana. Desbandada de moscas.
- Noche del 20 de junio de 2026 (I). Interrumpo el visionado de la serie de turno porque mi amigo me envía a través de Telegram una fotografía en la que se aprecia la casa-refugio de murciélagos debidamente suspendida a más de tres metros de altura en el tronco de un pino de su parcela, orientación sur-sureste. Me alegro por los murciélagos, que con toda seguridad podrán habitarla y, también, porque la casita ha cumplido por fin su propósito: orden y justicia en oposición al caos y sinsentido del devenir universal. O eso pensaba yo.
- Noche del 20 de junio de 2026 (II). Retomo el visionado de la serie de turno. De repente, percibo un impacto seco en el cerramiento de la terraza del salón. Mi primera reacción mental es “polilla”. Pienso: “polilla grande” al tiempo que la visión periférica me revela el cruce fugaz de un bulto oscuro seguido de un segundo impacto en algún lugar indeterminado de la sala -tal vez el techo- e, inmediatamente, un tercer impacto. Pongo la serie en pausa. Se hace un silencio incómodo, o tal vez expectante. Descartadas mis primeras impresiones, comienzo la búsqueda del murciélago intruso -qué otra cosa podía ser- que al final aparece disfrazado de mancha oscura sobre el parquet, desparramado e inmóvil, junto al rodapié. Como el asno Platero, el bicho es pequeño y peludo y posiblemente suave al tacto, extremo que no quise comprobar, limitándome a recogerlo con mucho cuidado entre los pliegues de la camiseta que llevo puesta mientras rememoro estos hechos. Salgo a la terraza y deposito la prenda sobre el alféizar. En la penumbra, deshago amorosamente los pliegues y descubro al pobre bicho aferrado con los garfios a la tela que, nada más verse al fresco y en la oscuridad se arroja al vacío y remonta el vuelo, alejándose con esa trayectoria aparentemente caprichosa que caracteriza a los quirópteros. ¡Un murciélago se acaba de colar en mi casa! Termino de ver el capítulo de El Eternauta y me voy a la cama rumiando si estos sucesos tendrán algún significado oculto o premonitorio.
- Madrugada del 21 de junio de 2026. Por primera vez en mi vida el guion del sueño que me ha venido acompañando de uvas a peras durante más de treinta años incorpora, por fin, una variación: he terminado la carrera, ya no hay asignaturas pendientes. Novedosísima premisa inicial sobre la que esta madrugada pivotó el resto de la trama onírica [que ya he olvidado porque no importa: creo que me reunía con una antigua compañera de facultad, cum laude, tremendamente ambiciosa con un ego desmesurado y carente de escrúpulos profesionales, pero esa es otra historia...]. Como venía diciendo, y hasta la noche pasada, esos sueños recurrentes se construían sobre la angustia y la desazón de saberme un impostor por realizar tareas reservadas a los licenciados en Derecho, sin saber ni cómo ni cuándo iba a presentarme a los exámenes que me permitirían enderezar de una vez mi situación profesional en la oficina de la multinacional, a lo que había que añadir la convicción ansiosa de saber que más pronto que tarde iba a ser descubierto, expedientado y despedido. Aunque no alcanzaban la categoría de pesadilla, eran para mí sueños amargos. Por primera vez se ha roto el bucle: lo onírico ya corre paralelo con lo real, e intuyo que aquellas oscuras golondrinas… no volverán.
- Mañana del 21 de junio de 2026: Sin leche en la nevera. Acarajotado por recién despierto, tomo el ascensor, cazador-recolector urbano de buena mañana este domingo, otra vez camino del supermercado. Curiosamente, el ascensor se detiene en la segunda planta. Se deslizan las correderas metálicas y al otro lado me encuentro a un policía municipal, parado frente a la puerta de una de las dos viviendas del rellano. La puerta está abierta. Me observa y no dice nada ni hace ademán de moverse, limitándose a mirarme inquisitivo, así que yo, un tanto incómodo (ante la autoridad no puedo evitar sentirme culpable de algo, de lo que sea, pero de algo...) le pregunto que si baja, a lo que me responde negativamente. El policía me pregunta -o mejor: me interpela- a su vez que si yo bajo, lo que me descoloca un poco. Le respondo afirmativamente y retomo trayecto descendente hasta el portal.
Llegado a este punto, no puedo hacer otra cosa que detener las formas con las que hasta ahora he narrado estos hechos extraños, por respeto a la vecina que yacía muerta sobre la acera con la cabeza abierta -reventada- a escasos cuatro metros del portal. La mujer policía que acompañaba al cadáver me preguntó si podía identificarla, aunque al cabo se lo pensó mejor y concluyó que era mejor que no me acercase al cuerpo por razones obvias. Al parecer, se había arrojado por el balcón. Qué podía hacer yo. En ese momento, y en mi mente, la realidad se transforma misericordiosamente en una ficción absolutamente necesaria para que la vida no se detenga y la existencia se haga soportable. Yo salía del portal un domingo por la mañana a comprar un brick de leche, repasando mentalmente mojones, murciélagos y los sueños victoriosos de la noche anterior. Confieso que no me fue difícil acorazarme mentalmente y fingir que la vida seguía su curso al margen de los acontecimientos. Qué podía hacer yo. A la vuelta del supermercado portando un cartón de leche semidesnatada y unas galletas de fibra no pude evitar sentirme un despropósito ambulante (insisto: ¡qué podía hacer yo!). La pobre mujer ya estaba cubierta con la preceptiva manta térmica, supongo que a la espera del forense y el juez que estuvieran de guardia. Ya pasado el medio día sólo quedaba en el lugar un manchón de lejía o producto de limpieza similar en lugar de sangre y fluidos corporales. Espero y deseo olvidar.
Aquí concluye el relato de este cúmulo de acontecimientos heterogéneos que han impactado como munición de racimo en un acotado de mi vida de poco más de cuarenta y ocho horas, y que he intentado plasmar aquí de la mejor forma posible, pero cuyo sentido oculto no me es dado conocer. Siguiendo la recomendación de una amiga entre coñas y cañas, someteré la literalidad de todo esto (copia-pega) al oráculo de la Inteligencia Artificial, a fin de que un modelo de lenguaje a sueldo de los algoritmos halle algún sentido en todo este caos de sucesos. Entonces veremos y, si procede, publicaremos.
18 de junio de 2026
Tricky en la sala de máquinas
“Walking on the road with my liquor and gun; cock it for fun...” Ah, Tricky. Música densa y oscura del pasado que me reconcilia con ese futuro que ahora se vuelve a hacer presente. En pleno verano, primera ola de calor, pero aquí dentro, en mi cabeza, todo es bruma, inmovilidad y confort intrauterino. Desplazarse en el tiempo sin saber exactamente adónde. Así debe ser. Y todo eso es lo que sucede en el sofoco de la sala de máquinas de este yate de recreo. El mecánico y los otros marineros escuchan a Tricky. Arriba, en cubierta, sol implacable, gorra y gafas ahumadas de torturador. Sin pasajeros, sin novedad reseñable. Salvo por minúsculos rotos en las costuras yo diría que la tramoya de la realidad ha entrado en bucle. Este verano ya lo he vivido antes, muchas veces. No hay más soplo de brisa fresca que el que uno pueda procurarse pagando ventiladores y aires acondicionados, que es como una metáfora del putero. Del putero climático, pero también de los otros. Y en cuanto a los rotos, que debiera de ser la temática de estas letras, he de confesar que según progresaba en la entrada se me iban quitado las ganas de escribir sobre costurones y remiendos. Mejor me bajo a la sala de máquinas, a sudar con el resto de la tripulación. “Walking on the road with my soul in my hand”.
25 de mayo de 2026
Divagando
Truenan los altavoces a volumen políticamente incorrecto en detrimento de ese lujo cuestionable que es pensar. Pierdo el foco de atención. Todo lo que vuelco aquí está embadurnado de música poco familiar, de esa que le envía a uno el algoritmo de los pobres. Expndo un poco la línea de razonamiento a lecturas y experiencias y alcanzo el lugar común del tipo y su circunstancia. Triunfará el alquimista que formule la vaselina magistral; el lubricante del orificio receptor de principios, gustos y convicciones que hagan de mí un hombre con autoestima a la altura de los tiempos. Reviso un contrato que no me importa. Opino en letras rojas y comento marginalmente, todo sin demasiado afán, a impulsos de una lealtad cada vez más socavada por el tiempo y la distancia. Celebro una fiesta con amigos nuevos. Mientras haya amigos nuevos aún queda espacio para evolucionar, aunque mis lealtades a estas alturas de la vida ya no sean como las de antes. Normal, pienso: La decadencia de la lealtad, síntoma natural de la vejez, amén de los naturales achaques de los cuales parece no querer ocuparse nunca la Seguridad Social, expertos en finta burocrática y locución telefónica desesperante. El viejo enfermo tiene que optar entre la cola estoica ante las puertas del especialista o que el tiempo, que todo lo cura, lo cure todo. O entrar triunfalmente y a golpe de talonario en la consulta privada que ese mismo especialista mantiene, tal vez a unas manzanas del hospital. Este viejo que aquí escribe tiene achaques y también calorón de ático mal aislado. Aún no añoro, sin embargo, un pasado reciente de bomba de calor, casto pijama y cubrecolchón eléctrico. Cuando el calor entra por la puerta, el fresquito salta por la ventana. Se avecinan tiempos de hacer nada en la playa en mi Castelgandolfo particular. ¡Que viene el Papa! (niña, ¿por qué lloras?, ¿qué no viene el Papa?)
21 de mayo de 2026
El avestruz en su terraza
Pasan los días y pasan cosas en el mundo. Y yo, aquí, hamacado en la terraza de casa sin hacer ni escribir nada en especial, mirando la vida pasar. Es la flojera de la felicidad, como una especie de parálisis benigna o el avestruz que esconde su cabeza en un agujero entre las nubes. El caso es que los verdugos del Ayuntamiento decapitaron por fin a la acacia condenada. El alcorque vacío es aún tumba sin lápida de adoquines sobre la que pronto rodarán los Suv de esos residentes de pro que vendrán a poblar la colmena de lujo. Shakira confesó haber defraudado a Hacienda (Hacienda somos todos) durante los ejercicios de 2012, 2013 y 2014. Delincuente sin cárcel durante todo ese tiempo y, curiosamente, mártir fiscal en lo tocante al ejercicio de 2011. La prensa carga más las tintas en el martirio que en los antecedentes penales de la diva ahora residente en Bahamas, lejos de las garras depredadoras del fisco patrio. A mi entender todo esto revela el consenso social tácito de que, al cabo, pagar impuestos es una putada y en este sentido Shakira somos todos. Florentino Pérez exhibe ante los medios su liderazgo jurásico, como de jefe antiguo, haciendo gala de campechanía tardo-franquista que rechina en un mundo 2.0. en el que se respira cancelación. Toda la prensa se ha percatado de que su barbilla es idéntica a la de una marioneta, pero están a otras cosas. A Zapatero se le ve el plumero, pero asesores áulicos con carné de partido los hay de todos los colores. Se habla con naturalidad de puertas giratorias, consultorías estratégicas, think tanks y fundaciones que forran los bolsillos de las viejas glorias de la política. El tradicional dile a menganito que vas de mi parte evoluciona y se enrevesa hasta los entramados empresariales off-shore. Una constelación de favores de pago que van y vienen como los satélites de Starlink. Favores que igual son legales o a lo mejor no. En el mundo, ya digo, pasan cosas, pero pasan lejos de la terraza. Yo, a mi novela, a mi cerveza y a mis otros menesteres irrelevantes. By the way, tengo pendiente preparar el IRPF, a ver cuánto me toca palmar este año.
10 de mayo de 2026
En memoria de una acacia
A propósito de la obra de enfrente, esa que más de una vez ha hecho las veces de muletilla al modesto relato de mi vida reciente. El caso es que en el tramo de acera adyacente al solar, ayer cráter excavado, hoy flamante complejo residencial (club social y piscinita en la azotea), viven cuatro acacias en sus alcorques adoquinados, de esas que abundan por las calles de Madrid por obra y gracia de los urbanismos del Ayuntamiento. La más grande de todas ellas es un coloso de tres plantas de altura que, con la fronda recién estrenada como cada primavera, regala, sin pedir nada a cambio, un oasis de sombra e intimidad a los futuros residentes (el barrio se gentrifica, ya no quedan vecinos). La acacia en cuestión se yergue frente a mi apartamento, al otro lado de la calle. Como a sus hermanas más pequeñas, la he contemplado vestirse y desnudarse una y otra vez con el paso de las estaciones. Constante la obra, su tronco se ha beneficiado de una tutela administrativa en forma de malla corrugada frente a las embestidas de grúas, camiones, carretillas elevadoras y otros brutos mecánicos habituales en la construcción. Así, una vez culminado el proyecto residencial al compás de mayo, la acacia ha sobrevivido incólume, y su carpa verde ha vuelto a sobrevolar la calle como cada año. Por desgracia, el estudio de arquitectura que diseñó y homologó los planos no tuvo en cuenta que el árbol tutelado obstaculizaba de plano el pasaje de entrada al aparcamiento subterráneo del edificio, por lo que se ha solicitado y obtenido el correspondiente permiso municipal de tala, a cambio de cincuenta y seis pimpollos que el consistorio plantará donde estime conveniente. Asomado a la terraza cada mañana ya no puedo ver más que una acacia muerta en vida. Desarrollo urbano, sadismo administrativo y el triunfo incontestable del homo residentiae. Un día a finales de mayo los operarios municipales, embutidos en sus monos verde-amarillos y armados con sierras motorizadas descuartizarán el árbol en un santiamén para que luego una cuadrilla de obreros proceda a sellar con adoquines el alcorque vacío, y donde antes hubo tronco y fronda pronto no quedará más que paso franco de acceso a unas cocheras. Y la vida sigue. Cosas del progreso.
7 de mayo de 2026
Pies Sucios
Salgo a trotar. A raíz. Para quienes observan estupefactos, las aceras de Madrid son un repositorio de meadas de perro, cristales emboscados, gargajos, polvo sucio, excrementos de rata, bacterias letales, clavos, agujas quirúrgicas posiblemente infectadas de VIH y todas las variantes implícitas en el genérico mierda. Los niños, aún incontaminados por el consenso social del asco, se limitan a expresar sorpresa: mamá ese señor va descalzo o similares. El señor descalzo, o sea yo, picotea los adoquines grises ajeno a todo eso, más atento a los mensajes sensoriales que le comunican izquierda derecha izquierda derecha las suelas orgánicas de las palmas de los pies, por fin libres de la tiranía menor de las sandalias. Zapatos, deportivas y calcetines sacrificados hace tiempo en el ara de una vida, acaso más incómoda, para qué negarlo, fuera de la matrix comercial que promete la superación centesimal de los límites del ser humano a base de prótesis mágicas y tecnología que para mí no valen más que la perra gorda del refrán. Después de casi diez años puedo aventurar la hipótesis de que quien corre descalzo no compite ni busca mejorar tiempos ni técnica de carrera. Corre así porque quiere y porque puede. Mientras pueda. Así de simple y, a la vez, así de complejo.
27 de abril de 2026
Mulas
Qué pereza ponerse a escribir de lo cotidiano de uno. Más pereza aún da divagar sobre cualquier chorrada circunstancial, a sabiendas de la ignorancia crasa que subyace en la fuente de toda convicción mía. En cualquier caso me autoindulto por las opiniones -o mejor, ocurrencias- posiblemente descerebradas que se me vienen a la cabeza, aun cuando no superen el listón de lo respetable. Y este es el secreto, la fórmula que me permite seguir escribiendo sin convertirme en hater de mí mismo. La extravagancia terapéutica de escribir por escribir. Me pregunto que pensarán de sí mismos, y a este respecto, quienes vierten sus opiniones en los medios a cambio de un estipendio. Para mí, desde luego, supone un descargo de responsabilidad enorme el saber que publico para nadie, porque quiero, porque puedo y porque es gratis. Cambio de tercio. Me acuerdo ahora de las pobres mulas de la Feria, obscenamente rasuradas, dejando a la vista una trama irregular de venas engrosadas por el esfuerzo de arrastrar a los turistas horteras entre el tráfico y los atascos de Sevilla. Una estampa más bien anacrónica e incongruente. Y hasta triste. La plastificación comercial del romántico paseo en calesa por las calles de una ciudad antaño hermosa que hoy, como tantas otras, se ahoga entre comercios, marquesinas y semáforos. Espero al menos que, ya que no les pagan por su labor tan ingrata, sus amos las traten bien.
25 de abril de 2026
En la Periferia de la Feria
Hoy he encintado y pintado de blanco dos techos y una habitación. Recién llegué a casa y lo celebro con Pink Floyd y unos Lacasitos, después de recoger la ropa tendida desde que me marché esta mañana. El cuerpo, naturalmente, cubierto de ronchas y motas blancas que se curarán con la próxima ducha, mañana. Debo dejar constancia de que hace unos días anduve felizmente desorientado por el recinto de la Feria de Sevilla de la mano de D., camuflados entre hordas polvorientas de asesores inmobiliarios y gitanas engalanadas con flores de plástico muy realistas. La Feria de Sevilla me parece un evento desenfadado de quita y pon; de plástico, bombilla y rebujito. Muy encorsetado por la normativa municipal y la privacidad de las casetas desmontables, donde cada quién interpreta su sentir ebrio en medio de una bullanga en la que todos se entienden pero nadie entiende nada. Anda, jaleo, jaleo. Un plato de pescado variado y la consabida jarra de rebujito en la periferia de la Feria nos hizo felices al compás del tiempo compartido. Tomo buena nota de ello en el archivo de la memoria y lo elevo a Instagram, por si algún día se me extraviase el recuerdo.
13 de abril de 2026
Galaxia Gineceo
Lo que ellas quieren, lo que ellas esperan, lo que ellas desean, lo que ellas padecen, lo que ellas aborrecen, lo que ellas... Ellas y más ellas. Ellas y su cosmología biológico-moral en la que la ciencia de las cosas, los axiomas, normas, estándares y referentes rinden pleitesía al sacrosanto canon femenino. Algunos postulados interesantes que rigen en esta especie de Galaxia Gineceo son los siguientes: (i) somos seres más complejos, (ii) estamos dotadas de una sensibilidad superior, (iii) trabajamos más y mejor, (iv) sufrimos más, (v) poseemos una superioridad moral innata, (iv) somos líderes en sacrificio o abnegación, (v) delimitamos las fronteras del humor y de lo políticamente correcto, (vi) gozamos de patente de corso en las comparaciones de lo odioso, (vii) somos manifiestamente superiores en cualquier comparativa con el sexo opuesto y no existe prueba en contrario que no sea discriminación disfrazada, (viii) somos víctimas del lenguaje, (ix) somos víctimas de la Historia, (x) representamos el futuro y el progreso. Los hombres son toscos utensilios simplones, casi relegados a su faceta reproductiva, cuya valía depende de la capacidad de adaptación a las asfixiantes condiciones que determinan la supervivencia en armonía con el Gran Ombligo Femenino. Llegados a este punto creo necesario señalar que la Galaxia Gineceo adolece de infestaciones masculinas insurgentes como machirulos, maltratadores, pollaviejas, incels y otros parásitos que hallan en ese ecosistema un caldo de cultivo ideal para su proliferación. Por fortuna, y como en las franquicias Marvel, existen universos paralelos que posibilitan existencias alternativas. Así, y en mi caso, hace tiempo que emigré a otra galaxia habitada por personas. Del sexo que sea, pero personas a fin de cuentas. Estoy tramitando la residencia permanente.
11 de abril de 2026
Avanzadilla de primavera
Tres días de sol como tres espejismos del verano que vendrá, pero que aún no ha llegado. Cuando las temperaturas caigan a plomo me pillarán con la guardia baja. Dejaré de subir a la terraza de arriba con la manga corta por bandera y la ilusión cumplida de desayunos entre brotes verdes y floraciones que prestan oídos sordos a la dictadura del calendario. Disfrutemos del presente improbable, qué demonios: aún queda sábado que quemar, al calor, ya menguante, de esta anomalía climatológica. Sólo o acompañado (los amigos sirven para eso), me he propuesto descorchar ahí arriba una botella de Marqués de Cáceres y, apalancado en alguna de las cuatro sillas azules, picar algo al tran-tran del mediodía y, a partir de ahí, andamiar un tardeo sin Telediarios y sin siesta, amenizado con cualquier capricho de mi rebotica musical, por obra y gracia de la tecnología Bluetooth. Están invitados.
9 de abril de 2026
Beta-Testers de la estupidez
Bebo y bebo y vuelvo a beber de las fuentes efímeras de Instagram, en detrimento de artículos de prensa que demandan casi siempre una lectura más intensa y proactiva. Desde mi pereza, observo con cierto asombro una mutación del sesgo que depende de la comunidad de afines con los que intercambies reels como en una dinámica de fuego amigo: Ahora parece estar de moda fumigar la plaga de malas hierbas conspiranoicas a base de herbicidas cargados de ciencia, historia, sociología y otros compuestos culturales. Influencers cizañeros vs. divulgadores ilustrados: ¡la batalla está servida! (haciendo un inciso, debo decir aquí que los remedios caseros de toda la vida a base de intuición y sensatez también me sirven para detectar a priori las mamarrachadas que circulan por ahí sin que tenga que terciar Carl Sagan en el asunto...) Los propaladores de chorradas sin fundamento gozan de una obvia ventaja a la hora de incrementar la masa de seguidores: cuanto más escandalosa sea la sandez, mayor número de replicantes acríticos, lo que a su vez dispara la notoriedad y por ende la posibilidad de ingresos publicitarios -dinero fácil- que en el fondo es lo que anhela la inmensa mayoría de jugadores que postean con denuedo en las plataformas virtuales. El tiempo de reflexión es enemigo de la inmediatez. La gente lo quiere fácil y lo quiere ya. Pensar lo justo para dedicarse a lo importante: consumir, que es la ilusión nuestra de cada día. Los Iluminati no buscan otra cosa que una humanidad empanada, dividida y manipulable, y con este fin nos envían una sonda de conspiranoicos, como beta-testers del imparable avance de la estupidez humana.
31 de marzo de 2026
Rosalía raca-que-te-raca
Detrás de la turra mercadotécnica de Taylor Swift, ahora le llega el turno a la matraca Rosalía raca-que-te-raca. Me imagino a todo ese colectivo de periodistas a sueldo de los diarios en la redacción o teletrabajando con resignación profesional en la cobertura informativa del espectáculo circense dentro y fuera del Movistar Arena. Los promotores afinan cálculos y estiman que cuatro conciertos cuatro en la capital ofrecen el máximo retorno financiero. Es el ordeño integral del maravilloso mundo de Rosalía del que, como el cerdo, se aprovecha todo. Antes, Rosalía se coronaba en la disco con sus Motomamis, y yo imaginaba una especie de despedida de soltera con muchachas alcoholizadas estilo Magaluf y de repente una redada tipo ICE en la que detenían a la mitad de los varones de la disco por borrachos y lujuriosos. Bueno, eso era antes, porque ahora a alguien de su equipo se le ha ocurrido dar volantazo, y la catalana se nos aparece casta diva a la manera de Santa Teresa, así como de buen rollito con Dios y sinfónica de altos vuelos. El residuo musical que descanse muy al fondo del espectáculo irá seguramente a la basura como los posos del café. Y atentos al desembarco en Madrid de Shakira como una Godzilla colombiana con una mastodóntica máquina de facturar bajo el brazo. Confieso que a mí siempre me habían gustado los gorgoritos de la de Barranquilla way back when, pero eso es otra historia.
28 de marzo de 2026
Esta noche nos saltamos un meridiano por la cara
Esta noche nos saltamos un meridiano por la cara. Me gusta pensar que vienen días felices, tardes tibias de luz larga, calefacción apagada, ventanas abiertas y la linda pubertad verde del arbolado urbano en sus alcorques y, también, de mis macetas. Madrid se ha quedado razonablemente despoblado, prueba de que la felicidad vacacional aún nos iguala como seres humanos más allá de rifirrafes e ideologías, hasta nueva orden, digan lo que digan los Telediarios. Para celebrarlo como se merece: Silla, velador de mármol, manga corta, bandana tapacalvas, plato de langostinos cocidos y latita helada de Mahou de esas de a 25 centilitros. Se me cruza por la periferia de los cielos una nube despistada que pone en perspectiva toda esa masa azul que, al menos hoy, no se derrumbará sobre mi cabeza. Amancio Ortega en su yate no lo habría hecho mejor.
26 de marzo de 2026
Bikinazo
Las Galerías de Famosos que se publican en los medios de prensa respetable contienen, a lo que he podido mirar, y en su mayoría, a mujeres más o menos mediáticas en posados que yo calificaría de indecentes si la vara de medir fuese la cosificación o sexualización tan denostada por el feminismo chusco. Curiosamente, los calendarios de tías en bolas que antaño colgaban en fruterías, talleres y bares de viejos se han trasladado ahora a los dominios virtuales, y ahora lo llaman bikinazo. Las propietarias de los cuerpos en cuestión, of course, tienen ideas propias al respecto, a veces paradójicas hasta el sonrojo, y defienden a capa y espada sus virtudes profesionales en el prime time de la parrilla televisiva o, arropadas por sus community managers (los nuevos negros), en las leyendas a pie de imagen en Instagram o plataforma similar. La vertiente visual, la parte florero, la que salta a la vista, la que nutre los ratings de audiencia, quizá por obvia, no merece comentario, reflexión u opinión sin pelos en la lengua por parte de nadie, so pena de destierro al ghetto de la machosfera. Hipocresía moderna en este mundo de cancelación en el que sobrevuela amenazante un reproche criminal al primero que se le ocurra decir esta boca es mía, me parece a mí. En fin, volviendo a las chicas-anuncio (influencers, entiéndaseme), su cuerpo es suyo: nosotras facturamos, nosotras decidimos; nada que objetar en tanto que forma legítima como cualquier otra de buscarse las habichuelas. Pero tampoco me parece bien, no es justo ni paritario ni equitativo afear la conducta mental de aquellos o aquellas a quienes se la trae al pairo el minivestido, la lencería, el yate, la playa paradisíaca o el producto promocionado y se limitan a generar un simple juicio estético -no moral- sobre el cuerpo glorioso de soporte.
23 de marzo de 2026
Pa qué
A ratos me quedo parado, inmóvil. Es una inmovilidad incómoda, un ataque de hastío, una parálisis ante un cruce metafórico de caminos donde cada cartel indicador apunta bien hacia lo irrelevante o hacia más de lo mismo o tal vez hacia un propósito inabordable. El presente inmediato como una ciénaga de tiempo pegajoso en la que las rutinas que ayer se me antojaban amables se transforman en cargas odiosas: escribir, leer, marujear, abastecerme, cocinar, barrer, elegir la banda sonora de cada día... Digamos, por ejemplo, que la responsabilidad de preparar o no una infusión de te es mía y sólo mía. Y lo mismo podría decirse del resto de tareas modestas sobre las sigo edificando lo poco que ya me queda para terminar la Sagrada Familia de mi vida. Sin beso que la trabe (Antonio Gala), la libertad me muestra a veces su rostro más desagradable. Así resulta que a ratos -como hoy- me quedo parado, inmóvil y me pregunto para qué. No exactamente: pa qué es más fiel, va más a tono con la desgana que me ha llevado a escribir esto. Son pataletas de jubilado, lo reconozco, pero ahora un beso tuyo, si es que existes, me vendría bien de cuando en vez. Podría trabarme con Dios por lo civil o abandonarme al cómodo yugo de los horóscopos; hallar la alquimia bastarda que me permitiera por fin abdicar de mi libre albedrío en los días gachos como este que me ocupa. Pero no. Puede que sea un magro consuelo, pero haber pagado la cuota mensual del gimnasio me fuerza de algún modo a dejarme de jeremiadas y calzarme vendas y guantes apestosos en poco más de veinte minutos. Con toda seguridad cuando regrese sudado y vapuleado, mi casa se habrá transformado de nuevo en el refugio caótico que mañana me verá escribir, leer, marujear, abastecerme, cocinar, barrer y elegir con alegría la banda sonora que me acompañe. Con alegría.
22 de marzo de 2026
Peces abisales
Peces abisales, raros, extravagantes, siniestros. Qué sabrán ellos de las sardinas. Y viceversa. La presión que ejerce la masa compactada de miles de millones de dólares no está hecha para según qué especies. A lo anterior debe añadirse la ínfima densidad fiscal que es natural en aquellas profundidades. Adaptación y supervivencia en entornos económicamente irreconciliables generan espacios incompartidos en el océano de la humanidad.
21 de marzo de 2026
Detrás del escaparate
Emboscado al otro lado del escaparate de la cafetería, cruasán y taza en bandeja, miro pasar a los viandantes al otro lado de los arañazos, mugres, churretones y demás cicatrices de la mampara: Adolescentes pintones, con la vida aún por estrenar y ya con vapeador o cigarrillo entre los dedos. Un abrigo móvil que seguramente haya sacado a pasear al viejo artrítico que lleva dentro. Zombies de toda edad y condición demoran el paso, abducidos por las pantallas de sus teléfonos móviles. La vieja grimosa de todos mis desayunos, esta vez sin la perra negra paticorta, infiltra su fétido karma en mi campo visual durante unos segundos, hasta que interrumpe la escena un pelotón de mujeres sin complejos embutidas en mallas prietas, generalmente negras -las mallas-, inmunes a la dictadura de según qué biotipos. Bien por ellas: hermana, yo sí te miro. Un hombre con aspecto de padre de familia pasea de la mano de un niño curiosillo. Me llama la atención su barba corta, bicolor, absolutamente maniquea. Me pregunto qué extraño disgusto le habrá deparado la vida para lucir al abuelo prematuro al otro lado del mentón. Un bulldog bastante feo, valga la redundancia, rebufa y tensa con redoblado esfuerzo la correa que lo ata a su dueño. Una fe inquebrantable parece teledirigir toda su compacta musculatura hacia el alcorque en el que yace abandonada a su suerte media barra de pan. Cruza un muchacho en manga corta, brazos razonablemente tatuados, como cabe esperar de cualquier bro que combate orgulloso la climatología adversa a base de juventud y hormonas. Seguro que va camino del Chino a comprarse un RedBull, pienso. Soy un malpensado, pienso casi inmediatamente, mientras continuo haciendo scroll infinito con el newsletter de la realidad. El teléfono móvil, claro, se me quedó estacionado en casa a media carga. Qué iba a mirar yo si no...
20 de marzo de 2026
Amazon y el punto G
Compro cosas que realmente no me hacen falta en Amazon. Como todo el mundo. El consumo descerebrado nos iguala a todos. Cómo funcionen los mecanismos cerebrales que nos animan a proporcionarnos un gusto tan efímero como puede ser el click que corona una transacción indolora para inmediatamente percibir que no hemos engordado un gramo en términos de felicidad, que la vida sigue igual a sí misma es, para mí, un misterio. El misterio de los Usuarios Premium. Por pura pereza no me afanaré en desentrañar ese enigma, que se amontona con el resto de aspectos asumidos, ignorados o incomprendidos que configuran el escenario en el que discurre mi vida cada día: cómo carbura un algoritmo, si las bolsas de plástico vienen de París, qué clase de criatura es una croqueta, el consenso secreto de los semáforos, la lógica arcana de los impuestos y el resto de casi todo lo que me rodea. Para mi vergüenza de gandul, y más allá de su nombre, ignoro todo y más sobre esas criaturas macetarias que vienen a ser las plantas que ocupan alegremente mi terraza desde hace más de veinte años. Riego, abono y punto: y funcionan. Ya está. Volviendo al adaptador Xiaomi de carga rápida que no necesito, supongo que Amazon tiene la clave, los dedos curvos que sobreestimulan brevemente el punto G de una existencia -la mía- en período refractario permanente. Amazon ha edificado un imperio sobre la menopausia vital de la humanidad.
19 de marzo de 2026
Virus
Las noticias de la guerra se hacen gradualmente pequeñas en la interfaz de la primera plana de los diarios; el espacio virtual se reubica para acomodar nuevos sucesos escandalosos. La vida sigue. La muerte también. Y la obra de enfrente de mi casa da sus últimas bocanadas al compás de la primavera que la sangre altera o, como diría -o seguramente pensaría- algún cristiano de bien, que por cielo tierra y mar se espera. Mi gran terraza se acicala casi obsesivamente para recibir con todos los honores a esos primeros brotes verdes, como síntomas del virus de la belleza contra el que la humanidad, al menos de momento, no ha desarrollado vacuna, a pesar de los esfuerzos coordinados de la especie contra la naturaleza, que es el enemigo a batir: Deforestación, guerra química contra el suelo y las aguas, sobreexplotación de recursos y, también, carbonización extrema del aire respirable. De momento sin éxito, si bien los avances resultan prometedores. Por desgracia, este año aún seguiremos padeciendo alergias y catarros de entretiempo. Pero seamos optimistas y pensemos que nuestros nietos o, al menos, los nietos de Donald Trump heredarán un planeta libre de polen y, con suerte, de vida.
18 de marzo de 2026
Elipsis. Avatares en el pudridero.
Yo tenía que estar en Australia, pero estalló la guerra en el día festivo en que hubiera tenido que transbordar desde uno de esos estados de lujo teocrático, chilaba blanca y petroleo a cascoporro donde ahora arraciman los cielos drones y misiles como estrellas de oriente de saldo, fuera de temporada. Y aquí estoy, exiliado en mi propia casa, rumiando mi suerte gris tirando a negra, aún indigesto de lluvias y otros sucesos infaustos que se agolpan contra los muros de mi consciencia, empeñados en colarse en mi día a día. Y a fe mía que lo consiguen. Pero también ha habido cosas muy buenas. Cosas de cal o de arena, nunca supe cuál se corresponde con qué. Tantos días ya sin escribir y las cosas se me pudren dentro. Para bien, tal vez. Suelo fértil, agusanado para imaginar esos dioses o monstruos de chichinabo que pueblan mi vida. Desmantelaron la grúa ciclópea al otro lado de la calle. La obra está casi terminada y pronto se mudarán a las viviendas por estrenar gentes de dinero a los que la palabra vecino no les queda bien, me parece a mí.
15 de febrero de 2026
Cuba, hoy por la mañana
Preparo un te con miel de doble saco. Siempre he pensado que esas bolsitas con cordel y cartoncito contienen una cantidad, primero, minúscula y, segundo, de calidad cuestionable. Así que dupliquemos la dosis. Abro el periódico. Cuba se sigue desangrando. El sadismo político de ambos bandos es demencial. Unos se aferran al régimen porque saben que la venganza -y llegará la venganza- será terrible, y para ello no dudan en sacrificar a la población cubana. Los otros aprietan en nombre de la democracia -hipócritas- cuando lo único que buscan es rentabilidad geopolítica y ordeñar la isla a su conveniencia. Y entre tanto, los cubanos de a pie comiendo m1erd@ a paletadas. Conozco Cuba. He leído las novelas de Mario Conde.
11 de febrero de 2026
Herencias y burocracias
Se me acaban las excusas para hacer algo de provecho en esta vida ociosa. Vencida la burocracia fiscal española, la herencia está tramitada, los bienes vendidos, los impuestos liquidados, parte del capital expatriado y la restante descansa por fin en las cuentas de los herederos patrios. También en la mía. Podría recopilar en una pequeña novela todos los correos electrónicos de ida y regreso enviados a lo largo del tiempo, mientras el proyecto languidecía por falta de poderes, apostillas y certificaciones. Mi relación con el oficial de la notaría ha sido más intensa que la que he llegado a mantener con algunas exnovias, y los intercambios paralelos con la gerente de la oficina bancaria responsable de las cuentas heredadas me han sabido un poco como a infidelidad; igual que si hubiera mantenido a una amante escondida en este culebrón testamentario. Bueno. Todo eso ha quedado atrás, al cabo de más de seis años en los que o caducaba mi empeño o prescribían los impuestos. Sucedió, lógicamente, esto último y hubo triunfo y dinero para todos. Mi prestigio familiar está en máximos históricos.
10 de febrero de 2026
Uber y las mujeres
Siempre que me enfado y me pongo a escribir delante de un portátil lo que sale, sale bastante peor de lo habitual, que ya es decir en mi caso. Así que lo siento. Como hombre, como ciudadano, como trabajador que camina, consume, paga sus impuestos y baja la basura cuando toca no puedo soportar, me revuelven, ciertas noticias que vuelan hasta mi cabeza desde los Telediarios. Uber, muy avispados ellos, lanza un servicio para mujeres que desean otra mujer al volante, por si acaso. Yo debo de tener la piel muy fina, pero aquí se insinúa -y se acepta, no sé si con o sin resignación- la hipótesis de que los taxistas o los conductores hombres son violadores o agresores sexuales en potencia, y el mercado responde acorde a los malos aires sociológicos que soplan disfrazados de aires de progreso. Me cago en la leche. Yo en los bares quiero que me atiendan hombres, no sea que me intente emborrachar y arruinar una aviesa putita disfrazada de camarera: sumisión química de billetera. Me cago en la leche. Me pregunto si las clientas de estos servicios aceptarían a un castrado al volante. Si así se sentirían también seguras cuando es el conductor capado el que las acerca borrachas a casa a deshoras. La discriminación fascista avanza imparable sin frenos y cuesta abajo. La funesta hermandad del Yo Sí Te Creo perpetra atrocidades polarizantes que cada vez más hace más vergonzoso y humillante el declararse hombre y feminista. El feminismo cuñadista emerge victorioso, proyectando una distorsión de la realidad en la que todos (los taxistas, entre otros) somos presuntos delincuentes, violadores, asesinos, acosadores, babosos, machirulos, maltratadores, putañeros. Escoja usted el reproche y, si no estuviera catalogado, incorpórelo al Código Penal, que hay barra libre legislativa, todo incluido, gracias a la labor de zapa y demolición de determinados colectivos que se dicen feministas, pero que en realidad no son más que revanchistas de género. Hombre feminista se me hace bola y oxímoron, igual que lluvia seca o guerra pacífica. El nuevo feminismo populista avanza por caminos paralelos a las reivindicaciones ultranacionalistas: Put@ España. Put0s taxistas y, en fin, Put0s hombres.