Escucho un disco viejo de Joaquín Carbonell, de cuando la Transición, en aquellos tiempos en los que mi madre y sus amigos progres de buena fe tertuliaban la revolución pendiente en el salón de mi casa, hoy alquilada a una divorciada norteamericana. Las canciones se dan de hostias con la alegre canícula que reina esta mañana en el adosado. Canciones de invierno en las tierras baldías de Aragón que demuestran que la climatología interior de uno no rinde pleitesía a los modelos meteorológicos.
Y a pesar de que todo está perdido // a pesar de que aún hay quien tira piedras // no podrán con mis dioses ni mis gentes // que en las noches de nevada siempre sueñan.
No es fácil encajar esos versos con treinta grados a la sombra y el ventilador puesto a las doce de la mañana de un catorce de agosto de 2026.
En Ceuta y en Melilla se inventan obstáculos flotantes de quita y pon, como de Bricomanía, para acatar la virtualidad legislativa que avala las devoluciones en caliente, y a mí me recuerda un poco a la picardía medieval de arrojar los cerdos a la corriente para después repescarlos en las aguas del río y así pasarse la Cuaresma por el arco del triunfo. Argucias legales que en lugar de homologar cerdos muertos para su degustación en Viernes Santo devuelven a la oscuridad de la miseria a migrantes vivos, acaso con una historia que contar que ya quisieran para sí muchos influencers de esos que recorren el mundo a la contra, con billete de vuelta, pasaporte de la UE, móvil y colchoncito consular, por si acaso.
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