Me queda una hora aproximadamente para escribir esto, antes de que haya de cumplirse la ortodoxia de la rutina que me llevará hasta la playa y después a la boya para regresar a casa con una vaga idea de lo que vaya a comer: cosa sencilla de vuelta y vuelta, acompañamientos simplones, juntos pero no revueltos (qué pereza, cocinar para uno) y de postre un humilde flas golosina baratuno de colores radiactivos, puro veneno, de esos que venden en los supermercados, pero que, he de confesar, me encanta chupetear coincidiendo aproximadamente con la crónica de deportes y el parte del tiempo en la televisión. Es lunes, el verano pierde fuelle. He alcanzado los límites razonables del tostado integral; mi melatonina de hombre blanco no da para más. Aparte del moreno, yo diría, a juzgar por la presión de los bermudas en el perímetro de la cintura que estoy un poco más gordo, heteronomativamente hablando, y sólo un poco. Por ahí también rondo ciertos límites razonables que espero no superar gracias al deporte. Sería dramático verme obligado renunciar ahora a mi tostada de tomate y a los Lacasitos del after-postre y a los helados brutales del monoposte del Burguer King. Ya llegará el invierno de mi descontento. Por el momento, la pereza, el abandono y, en fin, el dolce far niente caracterizan mi existencia mientras dure este largo y muy cálido verano del 26. Vámonos a la playa, otra vez.
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