7 de julio de 2026

Vaca muerta

 Flojera veraniega, como tiene que ser. Ganas de hacer nada, una nada que yo relleno a base de micro-rutinas como calistenias mentales debajo del ventilador, intentando no embrutecerme más de la cuenta. Desde mi apalancamiento, observo el denuedo con el que el turista forzoso apura hasta las heces su chupito vacacional antes de volver a su dieta estricta de trabajo, cortisol y libranzas estipuladas. Recuerdo lo mucho que significaban para mí veinte o veinticinco días; cómo entonces me afanaba en desinfectar y suturar las pequeñas heridas de guerra, el estrés postraumático de baja intensidad del vasallo asalariado del sistema. Recuerdo el heroísmo impostado del mochilero con billete de regreso garantizado en el punto de extracción, y el sentimiento de superioridad moral, nunca expresada abiertamente, sobre los compañeros que habían superpuesto su experiencia vacacional al dedillo de este o aquel catálogo de agencia de viajes. Pero, al cabo, eramos criaturas que fichaban en el mismo hormiguero, hermanadas en la same old shit. El disfraz de verano es ahora indumentaria permanente y la obsolescencia profesional, el sujeto improductivo que ahora soy, es motivo de perversa e íntima satisfacción. Sé que aún me queda lastre por soltar, cosas por desaprender, dolores con los que convivir en armonía. Pero ahora mi tiempo es mío, un tiempo maleable, fluido, permeable, de ida y vuelta, acrisolado. El problema reside, como algunos sabemos y también muchos desconocen, en cómo gestionar ese caudal inmenso de libertad sin ahogarse y acabar arrastrado como una vaca muerta en la corriente de la vida. Lo que me recuerda, ya fuera de la metáfora, que aún me espera el mar de verdad, la boya de verdad, la respiración controlada y los pensamientos aleatorios y descafeinados, tal vez el momento presente más presente de cada día, de saber que uno no es, al menos de momento, y de regreso a la metáfora, una vaca muerta. Me felicito.