Aturdido por el calor. Los ventiladores diseminan aire turbio por la penumbra de mi casa. Retorno de la inconsciencia de la siesta. Una vaharada de alpechín se cuela por las mosquiteras y por un momento las estancias huelen a pulpa de orujo. Siento un impulso de escuchar esa canción que corrobora todo lo escrito hasta aquí. La plataforma de streaming obliga y el baflecito rojo obedece: No Mercy on July. Se acaba Grant Lee Philips y yo ya he abdicado en el piloto automático del algoritmo, que de momento acierta con Tom Petty y después ya veremos. Me asomo al patio. Arriba, en el cielo, un paredón de calima tapa el sol y evita que me abrase los pies descalzos. Y sucios. Aprovecho para regar un rato las plantas. Se me viene a la cabeza el discurso sobrado de una chica, mona y rozagante a sus veintitantos años, videoexhibiéndose, supongo, porque ella lo vale y así lo ha decidido. El mensaje es simple: para qué tanto ejercicio y tanta dieta si ya estoy bien buena como me ven (bueno, ella dice algo así como que su cuerpo es funcional, y yo lo traduzco al román palatino), a lo que intercala, como quien no quiere la cosa, que no está bien opinar sobre otros cuerpos. La muchacha, embutida en un top que resalta sus curvas morenas a la par que una variedad de tatuajes acorde con los tiempos que corren, se come un yogur gigante a cucharadas para apuntalar su tesis. Otra enemiga de según qué adjetivos, pensaba yo unas horas después, mientras braceaba de camino a la boya. ¿Es correcto valorar estéticamente un cuerpo? Y, en general, ¿está bien opinar mal sobre cualquier cosa? Gordo, coja, tarado, subnormal, calvo, maricón, enana y similares son calificativos proscritos de cara a la galería, víctimas de la una neolengua que ya ha encontrado atajos para disfrazar con otras palabras idéntica visceralidad… pero, en fin, yo a mi crawl bilateral mientras se me pasaban por la cabeza esos y otros pensamientos intrascendentes sin billete de vuelta. Eso, creo, es una forma de meditar.
Le explico al camarero jefe del bar murciano en el que desayuno cada mañana que, RAE mediante, el implemento de metal que porta la aceitera y el salero con el que aliño la tostada se llama convoy. Esto es síntoma de confianza forjada a lo largo de más un mes de desayunos a la misma hora. De otra forma considero que habría sido un atrevimiento por mi parte. El camarero se ha sorprendido, pero desde luego hemos convenido en que convoy es una palabra muy chula, muy dinámica y muy ad hoc para nombrar al cacharro en cuestión. Abandono el bar con la sensación improbable de haber hecho una buena obra e, inmediatamente, me veo aplastado por la masa canicular que me recuerda que la soberbia es pecado venial. Mi penitencia: salir a correr a la caída de la tarde.