10 de febrero de 2026

Uber y las mujeres

 

Siempre que me enfado y me pongo a escribir delante de un portátil lo que sale, sale bastante peor de lo habitual, que ya es decir en mi caso. Así que lo siento. Como hombre, como ciudadano, como trabajador que camina, consume, paga sus impuestos y baja la basura cuando toca no puedo soportar, me revuelvo contra ciertas noticias que vuelan hasta mi cabeza desde los Telediarios. Uber, muy avispados ellos, lanza un servicio para mujeres que desean otra mujer al volante, por si acaso. Yo debo de tener la piel muy fina, pero aquí se insinúa -y se acepta, no sé si con o sin resignación- la hipótesis de que los taxistas o los conductores hombres son violadores o agresores sexuales en potencia, y el mercado responde acorde a los malos aires sociológicos que soplan disfrazados de aires de progreso. Me cago en la leche. Yo en los bares quiero que me atiendan hombres, no sea que me intente emborrachar y arruinar una aviesa putita disfrazada de camarera: sumisión química de billetera. Me cago en la leche. Me pregunto si las clientas de estos servicios aceptarían a un castrado al volante. Si así se sentirían también seguras cuando es el conductor capado el que las acerca borrachas a casa a deshoras. La discriminación fascista avanza imparable sin frenos y cuesta abajo. La funesta hermandad del Yo Sí Te Creo perpetra atrocidades polarizantes que cada vez más hace más vergonzoso y humillante el declararse hombre y feminista. El feminismo cuñadista emerge victorioso, proyectando una distorsión de la realidad en la que todos (los taxistas, entre otros) somos presuntos delincuentes, violadores, asesinos, acosadores, babosos, machirulos, maltratadores, putañeros. Escoja usted el reproche y, si no estuviera catalogado, incorpórelo al Código Penal, que hay barra libre legislativa, todo incluido, gracias a la labor de zapa y demolición de determinados colectivos que se dicen feministas, pero que en realidad no son más que revanchistas de género. Hombre feminista se me hace bola y oxímoron, igual que lluvia seca o guerra pacífica. El nuevo feminismo populista avanza por caminos paralelos a las reivindicaciones ultranacionalistas: Put@ España. Put0s taxistas y, en fin, Put0s hombres.

9 de febrero de 2026

One Battle After Another

 

Una Batalla tras Otra, un truño detrás de otro. Leí la novela de Pynchon hace treinta años y apenas si guardo un vago recuerdo. Me gustó y quise más de él. Compré Gravity’s Rainbow. Me superó. Compré Mason & Dixon. También me superó, pero fue a causa del síndrome de pereza lectora de literatura enjundiosa en versión original. A esa le debo una revancha, y al tiempo. En fin, volviendo a la película con nosecuántas candidaturas al Óscar. ¿Cómo, cómo, cómo pero cómo puede ser? Yo recuerdo vagamente a mi abuela, que falleció a finales de los setenta. Eso no quiere decir que si alguien intentara convencerme de que la abuela Pepa era mulata, por muy vaga que fuese mi memoria de ella, yo le diese la razón. Pues, en fin, lo mismo digo de Vineland y su trasunto cinematográfico. Por lo demás, el trauma de guión (ejem, guion) de siempre: los norteamericanos, que echan a los descendientes del nido sepan o no volar, que los desheredan a la primera de cambio y que son pioneros en las cuchilladas intergeneracionales desde el diván del sicólogo, luego fabrican películas hipócritas en las que ensalzan hasta el paroxismo los valores familiares, que en el cine comercial son mimbres industriales sobre los que se forjan todos los scripts, además de la inclusividad con calzador. Sobre esta base de sofrito, apta para el gusto de todas las audiencias, cocinan el resto de la película que durará menos que nada en las salas comerciales antes de su traslado a las plataformas de pago: armas, barra libre de violencia, sexo sin pezones, muertos, muertas, efectos especiales, ruido y diálogos zumbones. Y promoción, mucha promoción. Hollywood, que no es ya más que una mastodóntica franquicia de photocall, moda y salseo está devorando al cine que lo parió. Los premios de la Academia cada vez más se parecen a un premio Planeta o un Nadal. O al revés.