18 de julio de 2026

Estampa playera

 Pereza veraniega. Me obligo a clicar sobre el ícono de Libreoffice; se abre la hoja retroiluminada en blanco. A lo que salga. Desde las profundidades del estómago se me recuerda que la digestión del café y la media tostada con aceite y tomate progresa adecuadamente. Todo va muy lento, a tono con la somanta de calor propia de estas fechas de julio, cambio climático mediante. La brisa prefabricada del ventilador alivia bastante. Imagino harapos de sudor volatilizándose como calima sobre mi piel, electrolitos que abandonan este cuerpo desganado. Pienso en la botella de Solán de Cabras que descansa en el oscuro de la nevera. A lo que salga. 

Orfeón playero. Una mujer en bikini frente a un combinado de doce o quince bañistas de ambos sexos en plena faena coral, todos con el agua a media cintura: exótica polifonía superpuesta al eco del Mar Menor y al runrún habitual de una playa en temporada alta. La mujer del bikini no tenía batuta, lo cual es lógico. Termina la performance y aplaudo como puedo; esto es, aplaudo con las chanclas que porto en la mano. Continuo la pequeña caminata al borde del mar hasta el trozo de playa de siempre. Atravieso el huerto de hamacas de alquiler en el que los turistas extranjeros se retuestan a conciencia: pura exhibición de callo solar. Paradójicamente, los hijos pequeños de otros turistas importados de la UE van embutidos en bañadores victorianos de colores, víctimas de la censura solar que marca tendencia hoy en día entre progenitores ultra ortodoxos. Se me ocurre que Sorolla no habría tenido tema con esos zagales burkinizados. Las señoras británicas devoran novelas románticas (a juzgar por las portadas) generalmente escritas por otras mujeres. Los hombres, calvos y panzones en su mayoría, no leen, pero al igual que ellas se someten, sumisos y felices, a los abusos del astro rey. Observo al bies los primeros metros de mar a contar desde la línea de arena, y puedo apreciar el reflejo irisado de los rayos de sol sobre una película de grasa translúcida. Desde luego, la loción solar que los veraneantes se administran a capazos no tiene nada que envidiar a las sobras de combustible que flota en los pantalanes de cualquier puerto deportivo de costa. Muslos, espaldas y culos varios embadurnados obsesivamente por si acaso el cáncer y también, y posiblemente, porque uno en la playa no tenga nada mejor que hacer. Eso, y/o beberse una lata de cerveza recalentada bajo el escueto perímetro de una sombrilla haciendo scroll con el celular, que viene siendo sinónimo del ocio y del disfrute en España desde los tiempos de Eva María. Festival de tatuajes insospechados en cualquier otra época del año y tangas que muestran la versatilidad erótica del triángulo isósceles en todas sus variantes trigonométricas. Una preadolescente regordeta toma carrerilla y se arroja en plancha contra el agua mansa para a continuación exclamar feliz: ¡¡máma, me he reventao una teta!! Máma, con acento en la “a”. Un día más, en fin, de playa. Estampa para releer fuera de contexto; en invierno, por ejemplo. Guardo y cierro.

14 de julio de 2026

Expertos

 Expertos. Gente que sabe mucho de muy poco, profundamente conocedora de su árbol, pero que posiblemente ignore casi todo del bosque en el que vive. Hay pregoneros que amplifican la voz de esos expertos y sus ecos resuenan en todo el ecosistema. Otra clase de expertos en lo suyo proyectan el relumbrón de su prestigio sobre asuntos de la flora y fauna de los que tienen poco o ningún conocimiento o, al menos, no más del que atesore cualquier otro arbusto del montón. Dicho lo anterior, hay que tener bien presente que para los pregoneros responsables no existe más que su soldada, las audiencias y la libertad de opinión. Así es su oficio, como cualquier otro. En resumidas cuentas, si usted es lavanda, desconfíe de lo que opine el tejo a propósito de las higueras, y si el tejo habla de los asuntos del tejo, recuerde que usted es lavanda. Y sobre todo, tenga presente a la hora de dar consejos o de formarse una opinión sobre esto, aquello o lo de más allá que no todo el mundo huele tan bien como usted.

10 de julio de 2026

Telespectador

 Nunca vi un capítulo de Los Serrano ni de Cuéntame ni de Aída ni de La que Se Avecina ni, en fin, de ninguna de esas series de televisión que conozco porque leo un poco los periódicos y vago sin rumbo por Internet. Nada que opinar sobre las telenovelas de época. Tampoco presto atención a los concursos que reparten botes millonarios a diestro y siniestro, ni a los realities que dan vergüencilla ajena (que son todos, creo yo), ni a los shows estrella que iluminan los cielos del Prime Time televisivo, donde la pugna por las audiencias parece haberse convertido en un fin que justifica los medios (los medios, quiero decir, en el doble sentido del término). Broncano, Motos, Giró, Buenafuente, Álvarez y otros monologuistas telepredicadores venden fórmulas de entretenimiento visual a las que no acabo de cogerles el punto: puro empalago de tontadas, chiste malo y buenrrollismo histriónico forzoso por parte de los invitados que acuden al programa. Abandoné la televisión en 2001 como quien deja de practicar un deporte y me doy cuenta veinticinco años después de que ya no soy capaz de reengancharme, entre otras cosas por haber desarrollado intolerancia severa a los importunos intermedios publicitarios. Creo que ser telespectador requiere hábito, esfuerzo y adaptación, como cualquier disciplina en la que se desee alcanzar la excelencia. Tal vez la práctica intensiva desde la infancia sea la clave de la contemplación embelesada y pasiva durante largos períodos de tiempo, necesaria para la construcción del ciudadano conformista o, cuanto menos, poco disidente, confortable en su nicho de la pirámide social. Creo que una formación televisiva básica es esencial para acceder sin estridencias al universo de las plataformas y otras formas de entontecimiento acrítico más sofisticadas. En este sentido es gran verdad que la televisión educa al tiempo que entretiene.

8 de julio de 2026

Tedio mundialista

 A ratos vivo sin vivir en mí. Me observo desde fuera y veo un hombre muy del montón; un hombre como yo, que no tiene otra cosa mejor que hacer que encender el televisor a deshoras para ver un encuentro de fútbol entre equipos que representan a países sobre los que ignoro casi todo lo que es posible ignorar tanto geográfica como políticamente. Tampoco sé mucho del llamado deporte rey. Ingenuamente demando verticalidad, contragolpe, emociones y goles a cascoporro. Mi disfrute como espectador exige la ruptura del partido desde el primer minuto de la primera parte. No comprendo conceptos aparentemente absurdos como el del juego sin balón, espacios, defensa en bloque y otras exquisiteces del juego, ampliamente glosados por la triada de comentaristas que, ahora me doy cuenta, se ha hecho necesario para rellenar con entresijos tácticos los avatares de un encuentro que es visual desde que el vídeo mato a la estrella de la radio, y que ya nos es imposible imaginar: la mera narración tradicional de lo que es obvio, en color y alta resolución resultaría redundante cuando no insoportable. Vivo sin vivir en mí, y observo a un hombre muy del montón que ha extraviado la memoria del niño que fue y de los partidos de patio de colegio o en descampados los fines de semana. Todos corriendo detrás del único balón, bajo el imperio de la ley de la botella (el que la tira va a por ella), y en el que la regla del fuera de juego no se aplicaba porque no había árbitro ni falta que hacía, que ya nos apañábamos -y bastante bien- nosotros. En mi fútbol de aquellos días no había padres ni madres. Éramos críos autogestionados, abandonados a nuestra buena suerte. Y no, no veíamos los partidos en la televisión. Para qué, cuando podíamos disfrutar de la práctica a pelo: cometer y recibir faltas, marcar goles, correr, regatear, cabecear… Todo eso se me ha perdido definitivamente en aras de un espectáculo trufado de tecnicismos, estadísticas y glosa teórica de difícil digestión. Veo a España jugar sus partidos y, en general, me sobra tiempo para leer noticias o prepararme tranquilamente la cena. El entrenador me cae bien: un estratega modesto (quiero decir, poco dado a declaraciones estridentes) y centrado que, supongo, sabrá lo que hay que hacer para que el equipo medre en las subsiguientes fases de la competición. Y si es necesario aburrir a un personal que ha olvidado que una vez pateó felizmente un balón y que ahora es adicto a los análisis previos y posteriores al partido, que sea lo que tenga que ser. Sin embargo, y a propósito del último partido de España, quisiera dar voz al niño de mis recuerdos y adicionarle el resabio de toda la vida de después, para escribir alto y claro que el duelo en cuestión fue, a los ojos de ese niño, un coñazo imperial. Y que la prensa especializada me perdone por la osadía, pero intuyo que, de haber sido otro el resultado, el guion de la crónica funesta, sesudamente fundamentado, ya estaba precocido en los fogones de la prensa con un sinfín de pecados deportivos por expiar. Espero y deseo que la emoción a partir de estos cuartos de final no se limite a celebrar un resultado casi improvisado en el último minuto, y que el juego vibrante, como la fuerza, también nos acompañe.

7 de julio de 2026

Vaca muerta

 Flojera veraniega, como tiene que ser. Ganas de hacer nada, una nada que yo relleno a base de micro-rutinas como calistenias mentales debajo del ventilador, intentando no embrutecerme más de la cuenta. Desde mi apalancamiento, observo el denuedo con el que el turista forzoso apura hasta las heces su chupito vacacional antes de volver a su dieta estricta de trabajo, cortisol y libranzas estipuladas. Recuerdo lo mucho que significaban para mí veinte o veinticinco días; cómo entonces me afanaba en desinfectar y suturar las pequeñas heridas de guerra, el estrés postraumático de baja intensidad del vasallo asalariado del sistema. Recuerdo el heroísmo impostado del mochilero con billete de regreso garantizado en el punto de extracción, y el sentimiento de superioridad moral, nunca expresada abiertamente, sobre los compañeros que habían superpuesto su experiencia vacacional al dedillo de este o aquel catálogo de agencia de viajes. Pero, al cabo, eramos criaturas que fichaban en el mismo hormiguero, hermanadas en la same old shit. El disfraz de verano es ahora indumentaria permanente y la obsolescencia profesional, el sujeto improductivo que ahora soy, es motivo de perversa e íntima satisfacción. Sé que aún me queda lastre por soltar, cosas por desaprender, dolores con los que convivir en armonía. Pero ahora mi tiempo es mío, un tiempo maleable, fluido, permeable, de ida y vuelta, acrisolado. El problema reside, como algunos sabemos y también muchos desconocen, en cómo gestionar ese caudal inmenso de libertad sin ahogarse y acabar arrastrado como una vaca muerta en la corriente de la vida. Lo que me recuerda, ya fuera de la metáfora, que aún me espera el mar de verdad, la boya de verdad, la respiración controlada y los pensamientos aleatorios y descafeinados, tal vez el momento presente más presente de cada día, de saber que uno no es, al menos de momento, y de regreso a la metáfora, una vaca muerta. Me felicito.

29 de junio de 2026

Gerrymandering con las líneas rojas

 

No sé qué habrá hecho o que habrá dejado de hacer este Gobierno que de un tiempo a esta parte copa los titulares de los medios de prensa y televisión de todo el espectro político. Hay mucha posverdad por ahí suelta. El caso es que, con los datos en la mano, parece que el hombre que hoy por hoy manda en este país tiene a su esposa imputada, a su hermano imputado, a un exministro de primera línea y al exsecretario de organización del partido condenados a un quintal de años de presidio. También imputado el que fuera presidente de este batiburrillo autonómico que hoy es España, hasta ahora con una estrella en el el paseo de la fama del socialismo, por un asunto enjundioso de joyas, dictaduras bananeras, nepotismos y corruptelas variadas dignas de un documental de Netflix, por no hablar del elenco de minions tenebrosos al servicio del poder socialista que retozaban en las charcas fecales de la política -yo les llamaría secundarios de lujo-, algunos imputados y otros directamente en el trullo. Haciendo un poco de demagogia en clave progresista, yo diría que al gobierno de este país le faltan fuerzas hasta para rendirse.


En realidad, esta situación tan lamentable no es más que un reflejo del signo de los tiempos. Pensemos, por ejemplo, en el mandato de Donald Trump, caracterizado por indultos vergonzosos, fascismo migratorio a cara descubierta, mentiras gruesas, escándalos de sacar pecho, mala educación, guerras comerciales y de las otras, que es peor, y todo un manual de guarrería geopolítica fuera de las fronteras de los USA, que solía ser (o al menos aparentar ser) la nación campeona del mundo libra por libra en el octógono de la democracia y la libertad. Quienes le han votado (y probablemente le vuelvan a votar) tienen desde luego la piel muy gruesa. Y son muchos, me temo.

Hablemos ahora del partido actualmente en las trincheras de oposición, que también tuvo su momento estelar hace un par de legislaturas: el extesorero mafioso, la sede del partido pagada con fondos indocumentados, el exministro (¡y expresidente del FMI!) que se comió unos años de cárcel, la guerra sucia contra el adversario político, los sobres en B, las leyes fiscales a medida y con la garantía del Ministerio de Hacienda y, a pesar de los últimos avances en criptografía, aún es imposible descifrar la identidad que se oculta bajo las siglas M. Rajoy. El caso es que aquel gobierno infame pasó, gracias a Dios, y ganaron los otros, que son los que ahora no dimiten ni a tiros. Sin embargo, los sondeos son implacables y tarde o temprano los de antes volverán con sus banderas victoriosas y, me temo, de la mano de otros cuyas aptitudes para el mal gobierno en provecho propio están aún por demostrar, pero como el valor en el antiguo servicio militar se le supone. O yo se lo supongo. Al tiempo.

Estamos en democracia. Yo no sé si el votante es espejo espejito del gobernante o al revés, pero parece que el afán por superarse, por alcanzar cotas de excelencia más altas, por el más difícil todavía, no queda restringido al ámbito del progreso, sino que es extensible al lado más oscuro, cabrón y miserable del ser humano. Así que me barrunto que quienes vengan después impulsados por las urnas, se vengarán de los de antes y derogarán las leyes -buenas o malas, da igual- que aprobaron los de antes, cometerán aún mayores desafueros, desafiarán los límites del sistema a su conveniencia y, al igual que los colonos de Israel, deformarán impunemente la frontera de líneas rojas de nuestra geografía moral en una suerte de Gerrymandering diabólico con el sólo propósito de aferrarse a los escaños del poder cuantas más legislaturas, mejor. Los sondeos no mienten: ahí tienen a la Presidenta de la Comunidad de Madrid, cabeza de puente de lo que habrá de venir. Pongan sus hirsutas barbas a remojar.