Se me acaban las excusas para hacer algo de provecho en esta vida ociosa. Vencida la burocracia fiscal española, la herencia está tramitada, los bienes vendidos, los impuestos liquidados, parte del capital expatriado y la restante descansa por fin en las cuentas de los herederos patrios. También en la mía. Podría recopilar en una pequeña novela todos los correos electrónicos de ida y regreso enviados a lo largo del tiempo, mientras el proyecto languidecía por falta de poderes, apostillas y certificaciones. Mi relación con el oficial de la notaría ha sido más intensa que la que he llegado a mantener con algunas exnovias, y los intercambios paralelos con la gerente de la oficina bancaria responsable de las cuentas heredadas me han sabido un poco como a infidelidad; igual que si hubiera mantenido a una amante escondida en este culebrón testamentario. Bueno. Todo eso ha quedado atrás, al cabo de más de seis años en los que o caducaba mi empeño o prescribían los impuestos. Sucedió, lógicamente, esto último y hubo triunfo y dinero para todos. Mi prestigio familiar está en máximos históricos.