Tengo un ventilador que compré en un Chino el año pasado. Hace un ruido infernal, pero también genera una poderosa corriente de aire huracanado que impide el aterrizaje de los mosquitos sobre mis apetitosas carnes morenas, además de rebajar unos cuantos grados la temperatura media del salón, que en las últimas semanas no baja de 30 grados.
De modo que este agosto, al menos por el momento, no es de frío en rostro, así que otro refrán que se va al carajo, igual que el de las mil lluvias de abril, que ahora son DANAs trimestrales, y pobre del que se resista con el sayo puesto hasta el cuarenta de mayo. El cambio climático arrasa con la sabiduría popular. Yo sudo cada vez peor.
Ayer me robaron la bandana naranja en la playa. Como siempre que voy a nadar, la dejo debajo de una piedra de dimensiones considerables para que el resto de veraneantes de toalla y sombrilla no den por hecho que es un trapo abandonado. Pero ni así. En cualquier caso tengo cuatro o cinco más, pero de regreso al adosado con la calva tendida al sol me di cuenta de que a la hora de la verdad los consejos del estoico Marco Aurelio no surtían efecto alguno en mi mal talante. Creo que somos como somos y que eso de tomarse las cosas con filosofía no sirve más que para atragantarse con la mala leche que a cada quien le venga de serie. En fin, un trapo menos. Hoy probaremos con la bandana azul y un pedrolo aún más grande.
He empezado a leer un libro titulado “Por qué leer los clásicos”. Resulta que el autor (Italo Calvino) ya se los ha leído, pero yo no, así que me cuesta bastante interactuar con la prosa de ese señor tan erudito, que pretende mi complicidad, por ejemplo, cuando me narra los entresijos de la Anabasis de Jenofonte o las Metamorfosis de Ovidio, y yo a esos señores no les conozco más que de muy lejos, así que me obligo a leer con la autoestima intelectual por los suelos y, por qué no reconocerlo, un poco picado (Marco Aurelio, de nuevo, no acude en mi ayuda). Dejando a un lado la reflexión, certera aunque un punto sofisticada, de que uno no lee dos veces el mismo libro, yo opino que se habría honrado más a la verdad si la obra se hubiera titulado “Por qué releer los clásicos”. Soy consciente de que el haberlo hecho así posiblemente hubiera acarreado un estrepitoso fracaso editorial, dado que es un hecho notorio que apenas nadie ha leído los clásicos, y ello habría reducido sustancialmente el universo de potenciales lectores-compradores, yo incluido. Pero, en fin, libro que vuela, a la cazuela. Aunque se me atragante, yo soy hombre de digestiones pesadas, ya estoy acostumbrado. Sigo sudando.