El nuevo disfraz del muermo es lencería que no deja nada a la imaginación; al contrario, evidencia cuánto se aburre el personal, yo incluido. Antes, no era tan sencillo aventurar esta conclusión al no existir indicadores fiables del tedio: un paseo con las manos a la espalda, una sentada solitaria en cualquier banco de la calle, una caña entre taburetes desocupados en la barra de un bar. Pero hoy en día el teléfono móvil nos delata como quien coloca una baliza GPS en el techo del vehículo para señalizar un accidente. Una buena parte del mundo se aburre, especialmente en vacaciones. Baste darse una vuelta por la playa para detectar una masa de veraneantes autoinculpándose frente a un celular a la sombra de una sombrilla. Sospecho que muchos reos de aburrimiento tratan de invalidar esta presunción fingiendo disfrute y acción vacacional en las redes sociales posteando imágenes o vídeos elaborados desde el hastío, intentando alardear precisamente de lo contrario. Me too, ya digo. Escribo esto a sabiendas de que mi lencería taoista barata mas que ocultar me señala: “Ten paciencia. Espera hasta que el barro se asiente y el agua esté clara. Permanece inmóvil hasta que la acción correcta surja por si misma”. No creo que estas letras al boleo sean sinónimo de acción correcta sino más bien de impaciencia cuando la inmovilidad demuestra no ser una opción ante la turbidez permanente de la vida. Sorbo el tazón de café mientras muerdo distraído la media tostada de aceite y tomate que es el pan mío de cada día. El algoritmo se adueña de mí.
WATIBLOG
Alojamiento virtual de un usuario razonablemente infeliz
2 de agosto de 2026
28 de julio de 2026
Clicad, malditos
“Dejar un vaso sobre una hoja de papel en el fregadero antes de irse de vacaciones: ¿para qué sirve y por qué se recomienda?” Desde hace ya un tiempo este titular viene intentando secuestrar mi de por sí jibarizado span de atención. Su resiliencia en la página web del periódico (ojo, de tirada nacional) es sorprendente. Y mira que el mundo da tumbos y la realidad espurria noticias de relleno que compiten por hacerse un hueco en forma de hiperenlace. Pero no, ahí está el misterio de la hoja de papel en el fregadero, otra vaca muerta atorada en un meandro de la corriente de la realidad. En fin, suscriptores habrá que no lo consideren una estupidez de última generación, supongo. Hasta habrá quienes lo vean potencialmente instructivo y se acojan a su derecho fundamental de no acostarse sin saber una cosa más. Como fuere, el titular parece no tener fecha de caducidad, así que Clicad, malditos. En lo que a mí respecta, he convertido en punto de honor ignorar su contenido: el enigma permanecerá irresuelto pero yo, en contrapartida, habré ahorrado un par de neuronas, que ya van escaseando. Y aunque me hallo de vacaciones, duermo tranquilo a sabiendas de que mi domicilio habitual cuenta con un seguro que probablemente cubra siniestros derivados de un olvido de este tipo (dejé el fregadero tal cual). Dicen por ahí que cuanto uno más conoce a los abogados, menos confía en los médicos. Visto lo visto, tampoco recomendaría la licenciatura en periodismo.
P.s. Acaba de desatarse un infierno sonoro: un vehículo ha cubierto los doscientos metros que mide mi calle aporreando el claxon y por un momento yo he pensado evacúen sus hogares de inmediato, estamos cercados por las llamas, Dios mío, para cuándo la alerta SMS... Pero no. El Hombre Ambulante del Queso.
27 de julio de 2026
Yo, pecador
Uno habita una casa llena de libros, muchos libros, libros que en su mayoría no ha leído y además es ese tipo de persona práctica y desacomplejada que no tiene reparo en la simplificación del coñazo doméstico de cada día. Así, uno, sin ascos ni reparos, es capaz de ver sedimentos compactados de papel polvoriento en lugar de historias encuadernadas. El papel, igual que el vidrio, es materia uniforme y reciclable. Por tanto, reciclar adecuadamente la biblioteca (“reciclar” entendido como sustituto elegante de tirar a la basura, igual que quien dice “pompis” en lugar de culo) puede hasta considerarse un acto solidario con el medio ambiente: las cenizas de la madre muerta nutrirán un plantón de madroño cortesía del tanatorio igual que el ejemplar de La Regenta acabará felizmente transmutado en la piel de cartón de un envío de Amazon. Pero a ese uno, que soy yo, le falta valor para deshacerse de toda esa montaña de relatos y ensayos vírgenes e -irónicamente- pasar página. Así, mi colección heredada de cientos de tapas duras y ediciones de bolsillo sin más valor económico que el que marque su peso en tanto que potencial pulpa (descontados los portes: ridículo o negativo), continuará acumulando mierda en sus estantes, acusándome de enanismo intelectual, benigno pero incurable ya a estas alturas de mi vida. Algunas veces envidio a todos los analfabetos funcionales y a esas nuevas generaciones inmunizadas por sobreexposición a las pantallas de sus teléfonos móviles, a quienes no remuerde la conciencia ni hallan inconsistencia alguna ni les resulta extraño no haber leído un libro en su vida. Otras, malvivo en la fantasía del héroe anónimo, lector ocasional en un mundo de catetos, a sabiendas de no ser más que un impostor ávido de un poco de autoestima. Lo cierto es que me falta valor para deshacerme de todos esos volúmenes apolillados que cada día me recuerdan que la ignorancia dolosa es, o debiera ser, pecado capital. Yo, pecador.
23 de julio de 2026
No Mercy on July
Aturdido por el calor. Los ventiladores diseminan aire turbio por la penumbra de mi casa. Retorno de la inconsciencia de la siesta. Una vaharada de alpechín se cuela por las mosquiteras y por un momento las estancias huelen a pulpa de orujo. Siento un impulso de escuchar esa canción que corrobora todo lo escrito hasta aquí. La plataforma de streaming obliga y el baflecito rojo obedece: No Mercy on July. Se acaba Grant Lee Philips y yo ya he abdicado en el piloto automático del algoritmo, que de momento acierta con Tom Petty y después ya veremos. Me asomo al patio. Arriba, en el cielo, un paredón de calima tapa el sol y evita que me abrase los pies descalzos. Y sucios. Aprovecho para regar un rato las plantas. Se me viene a la cabeza el discurso sobrado de una chica, mona y rozagante a sus veintitantos años, videoexhibiéndose, supongo, porque ella lo vale y así lo ha decidido. El mensaje es simple: para qué tanto ejercicio y tanta dieta si ya estoy bien buena como me ven (bueno, ella dice algo así como que su cuerpo es funcional, y yo lo traduzco al román palatino), a lo que intercala, como quien no quiere la cosa, que no está bien opinar sobre otros cuerpos. La muchacha, embutida en un top que resalta sus curvas morenas a la par que una variedad de tatuajes acorde con los tiempos que corren, se come un yogur gigante a cucharadas para apuntalar su tesis. Otra enemiga de según qué adjetivos, pensaba yo unas horas después, mientras braceaba de camino a la boya. ¿Es correcto valorar estéticamente un cuerpo? Y, en general, ¿está bien opinar mal sobre cualquier cosa? Gordo, coja, tarado, subnormal, calvo, maricón, enana y similares son calificativos proscritos de cara a la galería, víctimas de la una neolengua que ya ha encontrado atajos para disfrazar con otras palabras idéntica visceralidad… pero, en fin, yo a mi crawl bilateral mientras se me pasaban por la cabeza esos y otros pensamientos intrascendentes sin billete de vuelta. Eso, creo, es una forma de meditar.
Le explico al camarero jefe del bar murciano en el que desayuno cada mañana que, RAE mediante, el implemento de metal que porta la aceitera y el salero con el que aliño la tostada se llama convoy. Esto es síntoma de confianza forjada a lo largo de más un mes de desayunos a la misma hora. De otra forma considero que habría sido un atrevimiento por mi parte. El camarero se ha sorprendido, pero desde luego hemos convenido en que convoy es una palabra muy chula, muy dinámica y muy ad hoc para nombrar al cacharro en cuestión. Abandono el bar con la sensación improbable de haber hecho una buena obra e, inmediatamente, me veo aplastado por la masa canicular que me recuerda que la soberbia es pecado venial. Mi penitencia: salir a correr a la caída de la tarde.
20 de julio de 2026
El día de después
Se acabó el terremoto del Mundial, pero aún faltan las réplicas: los análisis deportivos a toro pasado, las crónicas hagiográficas de plantilla y cuerpo técnico, la recepción fastuosa de los vencedores, muy al estilo de la Roma imperial, con el pueblo llano entregado incondicionalmente -por ganas de celebrar que no sea-, aunque a estas alturas de siglo cada vez haya en Europa más circo y menos pan. La cosa también tendrá su vertiente política, que podría resumirse en dos tesis contrapuestas: España es campeona del mundo gracias a Pedro Sánchez o a pesar de Pedro Sánchez y, trazada esa divisoria, la acostumbrada riña a garrotazos entre tertulianos. “Yo soy español” es campo de batalla demagógica en el que la derecha carcamal parecía haber afianzado su pica. Sin embargo, y tras la victoria en la Copa del Mundo, no descartaría yo el contrataque de la progresía, jugándose la potente baza implícita en los franceses de nuestra Selección. Creo que España, como Hacienda, somos todos: todos los que son, pero también, y mal que le pese a algunos, todos los que ahora están, y también los que estaban y no eran y luego fueron. Empleando la etimología de forma interesada, Ishapan es, ha sido y será tierra de conejos, con o sin bendición administrativa. Como cantaba Pau Donés, "en lo puro no hay futuro; la pureza está en la mezcla"... En fin, aunque la derivada comercial de estos eventos sea el motor de la historia (sin y con mayúsculas), siempre nos quedará algún beneficio sociológico colateral y, en en este sentido, bienvenida sea la segunda estrella.
18 de julio de 2026
Estampa playera
Pereza veraniega. Me obligo a clicar sobre el ícono de Libreoffice; se abre la hoja retroiluminada en blanco. A lo que salga. Desde las profundidades del estómago se me recuerda que la digestión del café y la media tostada con aceite y tomate progresa adecuadamente. Todo va muy lento, a tono con la somanta de calor propia de estas fechas de julio, cambio climático mediante. La brisa prefabricada del ventilador alivia bastante. Imagino harapos de sudor volatilizándose como calima sobre mi piel, electrolitos que abandonan este cuerpo desganado. Pienso en la botella de Solán de Cabras que descansa en el oscuro de la nevera. A lo que salga.
Orfeón playero. Una mujer en bikini frente a un combinado de doce o quince bañistas de ambos sexos en plena faena coral, todos con el agua a media cintura: exótica polifonía superpuesta al eco del Mar Menor y al runrún habitual de una playa en temporada alta. La mujer del bikini no tenía batuta, lo cual es lógico. Termina la performance y aplaudo como puedo; esto es, aplaudo con las chanclas que porto en la mano. Continuo la pequeña caminata al borde del mar hasta el trozo de playa de siempre. Atravieso el huerto de hamacas de alquiler en el que los turistas extranjeros se retuestan dolosamente: pura exhibición de resistencia a la radiación UVA. Paradójicamente, los hijos pequeños de otros turistas importados de la UE van embutidos en bañadores victorianos de colores, víctimas de la censura solar que marca tendencia hoy en día entre progenitores ultra ortodoxos. Se me ocurre que Sorolla no habría tenido tema con esos zagales burkinizados. Las señoras británicas devoran novelas románticas (a juzgar por las portadas) generalmente escritas por otras mujeres. Los hombres, calvos y panzones en su mayoría, no leen, pero al igual que ellas se someten, sumisos y felices, a los abusos del astro rey. Observo al bies los primeros metros de mar a contar desde la línea de arena, y puedo apreciar el reflejo irisado de los rayos de sol sobre una película de grasa translúcida. Desde luego, la loción solar que los veraneantes se administran a capazos no tiene nada que envidiar a las sobras de combustible que flota en los pantalanes de cualquier puerto deportivo de costa. Muslos, espaldas y culos varios embadurnados obsesivamente por si acaso el cáncer y también, y posiblemente, porque uno en la playa no tenga nada mejor que hacer. Eso, y/o beberse una lata de cerveza recalentada bajo el escueto perímetro de una sombrilla, haciendo scroll con el celular, que viene siendo sinónimo del ocio y del disfrute en España desde los tiempos de Eva María. Festival de tatuajes insospechados en cualquier otra época del año y tangas que muestran la versatilidad erótica del triángulo isósceles en todas sus variantes trigonométricas. Una preadolescente regordeta toma carrerilla y se arroja en plancha contra el agua mansa para a continuación exclamar feliz: ¡¡máma, me he reventao una teta!! Máma, con acento en la “a”. Un día más, en fin, de playa. Estampa para releer fuera de contexto; en invierno, por ejemplo. Guardo y cierro.