De regreso al adosado, me dedico a descargar otra temporada de Slow Horses para empezar la mañana, a la vuelta del desayuno en el bar murciano de costumbre, adonde he llegado sin las gafas de dos dioptrías y media que habitualmente cuelgo del cuello de la camiseta cuando salgo a desayunar, además del libro electrónico con una novela de Le Carré en las tripas del aparato; narrativa buena, si bien un tanto pasada de moda. Una novela de esas en las que la tecnología aún no se había infiltrado en las tramas del thriller detectivesco y era razonablemente fácil montar una intriga en un mundo sin cámaras omniscientes, ni torres de telefonía capaces de hacer ping en cualquier teléfono inteligente, ni localizadores ni redes sociales que habrían pillado al mayordomo con el carrito del helado desde el capítulo cero. Así que, constante el desayuno y sin la compañía de las gafas baratas, digo, no he tenido más remedio que sorber el café contemplando en el televisor adosado a la pared del bar, en sordina y con subtítulos, imágenes repetidas ad nauseam de la toma de Ceuta por los desheredados del mundo. Se me vienen a la cabeza las Bienaventuranzas a cuenta de los pobres, los que lloran, los mansos y los perseguidos que, al parecer, no se conforman con el Reino de los Cielos que les ha tocado en herencia y exigen con razón su pájaro en mano o, cuanto menos, la posibilidad de un anticipo a este lado del muro de Europa, donde hoy no se fía ni mañana tampoco y está reservado el derecho de admisión. A esta discoteca no se entra con alpargatas. En los flancos de la imagen, los tertulianos opinan con mayor o menor vehemencia según el plumero que se le aprecia a cada uno, vistos los subtítulos (sólo veo mal de cerca). Supongo que al cierre de la emisión, como todos, los tertulianos se irán a su casa, a sus cosas cotidianas, dejando la pose crítica en suspenso, congelada, hasta el día siguiente. Igual, imagino, harán los diputados, muy atentos a las instrucciones del partido (probablemente impartidas vía Whatsapp) del partido para el teatrillo del día siguiente. Yo, pertrechado con mis opiniones de cuñado en el zurrón, me alegro de no ser tertuliano ni, desde luego, político. Tan pronto empiezo a reflexionar sobre esta descomunal crisis de valores (derechos humanos vs. españoles de bien; prioridad nacional vs. prioridad internacional...) se me aparecen problemas y soluciones que se autosabotean sucesivamente hasta el infinito. Y más allá sólo existe una zona negativa, como de antimateria, donde campa el grito, el insulto y, si me apuran, la violencia.
Me da por acordarme ahora del viejo programa concurso “Un, Dos, Tres Responda otra Vez”, a propósito de los “Supertacañones” (Valentín Tornos, Paco Cecilio et. al.), como la metáfora de una élite malcarada, que glosaban en verso el acierto o el error en las respuestas de unos concursantes aspirantes a ese trasunto de la felicidad que encarnaba el apartamento en Torrevieja o el coche utilitario... Como dicen los abogados, siendo bien cierto que la cruda realidad pone de manifiesto que, hoy por hoy, las Bienaventuranzas no son más que un brindis al sol, no resulta ser menos cierto, señoría, que los Supertacañones existen -no daré nombres aquí-, y que al otro lado de la caja fuerte bajo su custodia anda criando telarañas esa parte de la herencia que, aquí y ahora, correspondería por derecho a pobres, mansos y perseguidos.