11 de febrero de 2026

Herencias y burocracias

 

Se me acaban las excusas para hacer algo de provecho en esta vida ociosa. Vencida la burocracia fiscal española, la herencia está tramitada, los bienes vendidos, los impuestos liquidados, parte del capital expatriado y la restante descansa por fin en las cuentas de los herederos patrios. También en la mía. Podría recopilar en una pequeña novela todos los correos electrónicos de ida y regreso enviados a lo largo del tiempo, mientras el proyecto languidecía por falta de poderes, apostillas y certificaciones. Mi relación con el oficial de la notaría ha sido más intensa que la que he llegado a mantener con algunas exnovias, y los intercambios paralelos con la gerente de la oficina bancaria responsable de las cuentas heredadas me han sabido un poco como a infidelidad; igual que si hubiera mantenido a una amante escondida en este culebrón testamentario. Bueno. Todo eso ha quedado atrás, al cabo de más de seis años en los que o caducaba mi empeño o prescribían los impuestos. Sucedió, lógicamente, esto último y hubo triunfo y dinero para todos. Mi prestigio familiar está en máximos históricos.

10 de febrero de 2026

Uber y las mujeres

 

Siempre que me enfado y me pongo a escribir delante de un portátil lo que sale, sale bastante peor de lo habitual, que ya es decir en mi caso. Así que lo siento. Como hombre, como ciudadano, como trabajador que camina, consume, paga sus impuestos y baja la basura cuando toca no puedo soportar, me revuelven, ciertas noticias que vuelan hasta mi cabeza desde los Telediarios. Uber, muy avispados ellos, lanza un servicio para mujeres que desean otra mujer al volante, por si acaso. Yo debo de tener la piel muy fina, pero aquí se insinúa -y se acepta, no sé si con o sin resignación- la hipótesis de que los taxistas o los conductores hombres son violadores o agresores sexuales en potencia, y el mercado responde acorde a los malos aires sociológicos que soplan disfrazados de aires de progreso. Me cago en la leche. Yo en los bares quiero que me atiendan hombres, no sea que me intente emborrachar y arruinar una aviesa putita disfrazada de camarera: sumisión química de billetera. Me cago en la leche. Me pregunto si las clientas de estos servicios aceptarían a un castrado al volante. Si así se sentirían también seguras cuando es el conductor capado el que las acerca borrachas a casa a deshoras. La discriminación fascista avanza imparable sin frenos y cuesta abajo. La funesta hermandad del Yo Sí Te Creo perpetra atrocidades polarizantes que cada vez más hace más vergonzoso y humillante el declararse hombre y feminista. El feminismo cuñadista emerge victorioso, proyectando una distorsión de la realidad en la que todos (los taxistas, entre otros) somos presuntos delincuentes, violadores, asesinos, acosadores, babosos, machirulos, maltratadores, putañeros. Escoja usted el reproche y, si no estuviera catalogado, incorpórelo al Código Penal, que hay barra libre legislativa, todo incluido, gracias a la labor de zapa y demolición de determinados colectivos que se dicen feministas, pero que en realidad no son más que revanchistas de género. Hombre feminista se me hace bola y oxímoron, igual que lluvia seca o guerra pacífica. El nuevo feminismo populista avanza por caminos paralelos a las reivindicaciones ultranacionalistas: Put@ España. Put0s taxistas y, en fin, Put0s hombres.