Nunca vi un capítulo de Los Serrano ni de Cuéntame ni de Aída ni de La que Se Avecina ni, en fin, de ninguna de esas series de televisión que conozco porque leo un poco los periódicos y vago sin rumbo por Internet. Nada que opinar sobre las telenovelas de época. Tampoco presto atención a los concursos que reparten botes millonarios a diestro y siniestro, ni a los realities que dan vergüencilla ajena (que son todos, creo yo), ni a los shows estrella que iluminan los cielos del Prime Time televisivo, donde la pugna por las audiencias parece haberse convertido en un fin que justifica los medios (los medios, quiero decir, en el doble sentido del término). Broncano, Motos, Giró, Buenafuente, Álvarez y otros monologuistas telepredicadores venden fórmulas de entretenimiento visual a las que no acabo de cogerles el punto: puro empalago de tontadas, chiste malo y buenrrollismo histriónico forzoso por parte de los invitados que acuden al programa. Abandoné la televisión en 2001 como quien deja de practicar un deporte y me doy cuenta veinticinco años después de que ya no soy capaz de reengancharme, entre otras cosas por haber desarrollado intolerancia severa a los importunos intermedios publicitarios. Creo que ser telespectador requiere hábito, esfuerzo y adaptación, como cualquier disciplina en la que se desee alcanzar la excelencia. Tal vez la práctica intensiva desde la infancia sea la clave de la contemplación embelesada y pasiva durante largos períodos de tiempo, necesaria para la construcción del ciudadano conformista o, cuanto menos, poco disidente, confortable en su nicho de la pirámide social. Creo que una formación televisiva básica es esencial para acceder sin estridencias al universo de las plataformas y otras formas de entontecimiento acrítico más sofisticadas. En este sentido es gran verdad que la televisión educa al tiempo que entretiene.
WATIBLOG
Alojamiento virtual de un usuario razonablemente infeliz
10 de julio de 2026
8 de julio de 2026
Tedio mundialista
A ratos vivo sin vivir en mí. Me observo desde fuera y veo un hombre muy del montón; un hombre como yo, que no tiene otra cosa mejor que hacer que encender el televisor a deshoras para ver un encuentro de fútbol entre equipos que representan a países sobre los que ignoro casi todo lo que es posible ignorar tanto geográfica como políticamente. Tampoco sé mucho del llamado deporte rey. Ingenuamente demando verticalidad, contragolpe, emociones y goles a cascoporro. Mi disfrute como espectador exige la ruptura del partido desde el primer minuto de la primera parte. No comprendo conceptos aparentemente absurdos como el del juego sin balón, espacios, defensa en bloque y otras exquisiteces del juego, ampliamente glosados por la triada de comentaristas que, ahora me doy cuenta, se ha hecho necesario para rellenar con entresijos tácticos los avatares de un encuentro que es visual desde que el vídeo mato a la estrella de la radio, y que ya nos es imposible imaginar: la mera narración tradicional de lo que es obvio, en color y alta resolución resultaría redundante cuando no insoportable. Vivo sin vivir en mí, y observo a un hombre muy del montón que ha extraviado la memoria del niño que fue y de los partidos de patio de colegio o en descampados los fines de semana. Todos corriendo detrás del único balón, bajo el imperio de la ley de la botella (el que la tira va a por ella), y en el que la regla del fuera de juego no se aplicaba porque no había árbitro ni falta que hacía, que ya nos apañábamos -y bastante bien- nosotros. En mi fútbol de aquellos días no había padres ni madres. Éramos críos autogestionados, abandonados a nuestra buena suerte. Y no, no veíamos los partidos en la televisión. Para qué, cuando podíamos disfrutar de la práctica a pelo: cometer y recibir faltas, marcar goles, correr, regatear, cabecear… Todo eso se me ha perdido definitivamente en aras de un espectáculo trufado de tecnicismos, estadísticas y glosa teórica de difícil digestión. Veo a España jugar sus partidos y, en general, me sobra tiempo para leer noticias o prepararme tranquilamente la cena. El entrenador me cae bien: un estratega modesto (quiero decir, poco dado a declaraciones estridentes) y centrado que, supongo, sabrá lo que hay que hacer para que el equipo medre en las subsiguientes fases de la competición. Y si es necesario aburrir a un personal que ha olvidado que una vez pateó felizmente un balón y que ahora es adicto a los análisis previos y posteriores al partido, que sea lo que tenga que ser. Sin embargo, y a propósito del último partido de España, quisiera dar voz al niño de mis recuerdos y adicionarle el resabio de toda la vida de después, para escribir alto y claro que el duelo en cuestión fue, a los ojos de ese niño, un coñazo imperial. Y que la prensa especializada me perdone por la osadía, pero intuyo que, de haber sido otro el resultado, el guion de la crónica funesta, sesudamente fundamentado, ya estaba precocido en los fogones de la prensa con un sinfín de pecados deportivos por expiar. Espero y deseo que la emoción a partir de estos cuartos de final no se limite a celebrar un resultado casi improvisado en el último minuto, y que el juego vibrante, como la fuerza, también nos acompañe.
7 de julio de 2026
Vaca muerta
Flojera veraniega, como tiene que ser. Ganas de hacer nada, una nada que yo relleno a base de micro-rutinas como calistenias mentales debajo del ventilador, intentando no embrutecerme más de la cuenta. Desde mi apalancamiento, observo el denuedo con el que el turista forzoso apura hasta las heces su chupito vacacional antes de volver a su dieta estricta de trabajo, cortisol y libranzas estipuladas. Recuerdo lo mucho que significaban para mí veinte o veinticinco días; cómo entonces me afanaba en desinfectar y suturar las pequeñas heridas de guerra, el estrés postraumático de baja intensidad del vasallo asalariado del sistema. Recuerdo el heroísmo impostado del mochilero con billete de regreso garantizado en el punto de extracción, y el sentimiento de superioridad moral, nunca expresada abiertamente, sobre los compañeros que habían superpuesto su experiencia vacacional al dedillo de este o aquel catálogo de agencia de viajes. Pero, al cabo, eramos criaturas que fichaban en el mismo hormiguero, hermanadas en la same old shit. El disfraz de verano es ahora indumentaria permanente y la obsolescencia profesional, el sujeto improductivo que ahora soy, es motivo de perversa e íntima satisfacción. Sé que aún me queda lastre por soltar, cosas por desaprender, dolores con los que convivir en armonía. Pero ahora mi tiempo es mío, un tiempo maleable, fluido, permeable, de ida y vuelta, acrisolado. El problema reside, como algunos sabemos y también muchos desconocen, en cómo gestionar ese caudal inmenso de libertad sin ahogarse y acabar arrastrado como una vaca muerta en la corriente de la vida. Lo que me recuerda, ya fuera de la metáfora, que aún me espera el mar de verdad, la boya de verdad, la respiración controlada y los pensamientos aleatorios y descafeinados, tal vez el momento presente más presente de cada día, de saber que uno no es, al menos de momento, y de regreso a la metáfora, una vaca muerta. Me felicito.
29 de junio de 2026
Gerrymandering con las líneas rojas
No sé qué habrá hecho o que habrá dejado de hacer este Gobierno que de un tiempo a esta parte copa los titulares de los medios de prensa y televisión de todo el espectro político. Hay mucha posverdad por ahí suelta. El caso es que, con los datos en la mano, parece que el hombre que hoy por hoy manda en este país tiene a su esposa imputada, a su hermano imputado, a un exministro de primera línea y al exsecretario de organización del partido condenados a un quintal de años de presidio. También imputado el que fuera presidente de este batiburrillo autonómico que hoy es España, hasta ahora con una estrella en el el paseo de la fama del socialismo, por un asunto enjundioso de joyas, dictaduras bananeras, nepotismos y corruptelas variadas dignas de un documental de Netflix, por no hablar del elenco de minions tenebrosos al servicio del poder socialista que retozaban en las charcas fecales de la política -yo les llamaría secundarios de lujo-, algunos imputados y otros directamente en el trullo. Haciendo un poco de demagogia en clave progresista, yo diría que al gobierno de este país le faltan fuerzas hasta para rendirse.
En realidad, esta situación tan lamentable no es más que un reflejo del signo de los tiempos. Pensemos, por ejemplo, en el mandato de Donald Trump, caracterizado por indultos vergonzosos, fascismo migratorio a cara descubierta, mentiras gruesas, escándalos de sacar pecho, mala educación, guerras comerciales y de las otras, que es peor, y todo un manual de guarrería geopolítica fuera de las fronteras de los USA, que solía ser (o al menos aparentar ser) la nación campeona del mundo libra por libra en el octógono de la democracia y la libertad. Quienes le han votado (y probablemente le vuelvan a votar) tienen desde luego la piel muy gruesa. Y son muchos, me temo.
Hablemos ahora del partido actualmente en las trincheras de oposición, que también tuvo su momento estelar hace un par de legislaturas: el extesorero mafioso, la sede del partido pagada con fondos indocumentados, el exministro (¡y expresidente del FMI!) que se comió unos años de cárcel, la guerra sucia contra el adversario político, los sobres en B, las leyes fiscales a medida y con la garantía del Ministerio de Hacienda y, a pesar de los últimos avances en criptografía, aún es imposible descifrar la identidad que se oculta bajo las siglas M. Rajoy. El caso es que aquel gobierno infame pasó, gracias a Dios, y ganaron los otros, que son los que ahora no dimiten ni a tiros. Sin embargo, los sondeos son implacables y tarde o temprano los de antes volverán con sus banderas victoriosas y, me temo, de la mano de otros cuyas aptitudes para el mal gobierno en provecho propio están aún por demostrar, pero como el valor en el antiguo servicio militar se le supone. O yo se lo supongo. Al tiempo.
Estamos en democracia. Yo no sé si el votante es espejo espejito del gobernante o al revés, pero parece que el afán por superarse, por alcanzar cotas de excelencia más altas, por el más difícil todavía, no queda restringido al ámbito del progreso, sino que es extensible al lado más oscuro, cabrón y miserable del ser humano. Así que me barrunto que quienes vengan después impulsados por las urnas, se vengarán de los de antes y derogarán las leyes -buenas o malas, da igual- que aprobaron los de antes, cometerán aún mayores desafueros, desafiarán los límites del sistema a su conveniencia y, al igual que los colonos de Israel, deformarán impunemente la frontera de líneas rojas de nuestra geografía moral en una suerte de Gerrymandering diabólico con el sólo propósito de aferrarse a los escaños del poder cuantas más legislaturas, mejor. Los sondeos no mienten: ahí tienen a la Presidenta de la Comunidad de Madrid, cabeza de puente de lo que habrá de venir. Pongan sus hirsutas barbas a remojar.
27 de junio de 2026
Un día de playa
Pian piano, yo creía. Y creía bien. Pero piano piano vale también para lo mismo, que viene a ser poco a poco o despacito, como el título de esa canción que yo, por viejo y desfasado, adjudicaba a una dupla, estilo Andy y Lucas, pero luego resulta que Luis Fonsi no hay más que uno. Toda esta tontería se me ha venido a la cabeza al hilo de lo que quería contarme para las relecturas en la residencia de viejos donde seguramente acabaré arrumbado (no muy pronto pero no demasiado tarde) si no lo remedio antes y salto la valla en vez de hacer la cola, como cantaba la Rosenvinge, que según me informa la Wikipedia es de mi quinta y de seguro se habrá sentido víctima de sus propias letras a ratos. Así que, pian piano, nado yo hasta la boya como cada día, lejos de la orilla del Mar Menor, y quedo flotando en la soledad de unas aguas casi amnióticas. Lejos de las leyes de los hombres, y también como cada día, me abandono a una meada caprichosa a pie de boya, que es como una garrapata amarilla amorrada a la piel salada del mar. Me siento perro. Me siento nutria. Las cosas de la costa me importan poco; aquí no hay más que agua y cielo y, también, y de vez en cuando, algún insensato hijo de la gran puta a lomos de una moto acuática alquilada que piensa que la línea de boyas está para hacer slalom, lo que por cierto incrementa mis posibilidades de saltar la valla inopinadamente. Hoy no toca.
Bajo el agua, un descampado de algas cortas, un prado vegetal sin vacas ni peces a la vista por el que sobrevuelan (¿sobreflotan?) las medusas como ordenadores cuánticos errantes, como metáforas perfectas del silencio. Intuyo que pasa el tiempo, pero no acertaría a decir cuánto. Cada día regreso a remolque de brazadas perezosas hasta la playa, un poco a regañadientes por transitar de nuevo a la gravedad ordinaria y las exigencias de la bipedestación.
El paseo por la playa descalzo de regreso al adosado es volver a llenar con pensamientos, ahora descafeinados, una cabeza vacía cubierta con un trapo de colores. Me aguarda una ducha, un Telediario y descifrar una vez más el contenido de la nevera. Y la paz de otra siesta.
25 de junio de 2026
Añicos de un retrato social
El look de invitado a esta o aquella boda, comunión o evento, los ochenta y seisavos de final de cualquier subtrama deportiva ordeñada hasta extremos insoportables, la precampaña electoral permanente sobre la que pivota el destino de los países y sus ciudadanos, los previos, precuelas, prólogos y preselecciones -ya no sólo la resurrección- de esos viejos festivales en los que nuevos cantantes hacen el ridículo, como nos advertía Jorge Martínez, que en paz descanse, la compra anticipada de entradas y las reservas vacacionales a años luz de un presente en el que ya no vive nadie, la atomización interesada del dato estadístico hasta el límite de lo irrisorio, los pies de barro de tantos ídolos de quita y pon a capricho de multitudes teledirigidas, el despiece en clave psicológica del cerebro humano donde cada quién escoge un trauma prêt-à-porter, millones de singularidades aupadas a categoría absoluta y el subsiguiente autoflagelo social a cuenta de la polarización, los espacios virtuales entendidos como repositorio de armagedones a demanda de descreídos conspiranoicos, la inmolación de la masa empanada contra el mínimo de inevitabilidad, las hembras de la especie humana transmutan en resentimiento la compasión biológica que tal vez merezcan, la ciencia avanza a razón de mini-saltito diario proclamado como zancada de siete leguas según el interés de aquellos más dispuestos a prostituirla, la vida y milagros inanes de quienes amasan poder y dinero: artistas en boga, reyes, reinas, aristócratas, millonarios degenerados, trileros y mercachifles exhiben lujo, moda, mansiones y cirugías y aprovechan su crestita de la ola para proferir necedades que los medios travisten de tendencias u opiniones respetables, el negocio de hacer caja a costa de la catarsis colectiva de admiradores ávidos de alcanzar por la vía rápida ese mismo poder y dinero del que por supuesto carecen, los falsos profetas y los fantoches verdaderos se multiplican aprovechando las corrientes fluidas de la realidad, la vida sana es hoy una cosa y mañana la contraria, hay expertos para todos los gustos, verdadero y falso desprovistos de letra pequeña son categorías fácilmente intercambiables si se escoge la fuente que más conviene, verdadero o falso como consejos comerciales. La sociedad, en fin, y a pesar de todo, avanza. Y evoluciona. Como afiliado del colectivo gris NSNC (no sabe, no contesta) sólo puedo proclamar desde el anonimato y con relativo orgullo que tenemos lo que nos merecemos.