Uno habita una casa llena de libros, muchos libros, libros que en su mayoría no ha leído y además es ese tipo de persona práctica y desacomplejada que no tiene reparo en la simplificación del coñazo doméstico de cada día, porque en lugar de historias ve sedimentos de papel polvoriento. El papel, igual que el vidrio, es materia uniforme y reciclable. Por tanto, reciclar adecuadamente la biblioteca de uno (“reciclar” entendido como sustituto elegante de tirar a la basura, igual que quien dice “pompis” en lugar de culo) puede hasta considerarse un acto solidario con el medio ambiente: las cenizas de la madre muerta nutrirán un madroño cortesía del tanatorio igual que el ejemplar de La Regenta acabará felizmente transmutado en la piel de cartón de un envío de Amazon. Pero a ese uno, que soy yo, le falta valor para deshacerse de toda esa montaña de historias vírgenes e -irónicamente- pasar página. Así, mi colección heredada de tapas duras y ediciones de bolsillo sin valor alguno más allá del que marque su peso en tanto que potencial pulpa (descontados los portes), continuará acumulando mierda en sus estantes, recordándome que padezco enanismo intelectual, benigno pero incurable ya a estas alturas de mi vida. Algunas veces envidio a todos los analfabetos funcionales y a esas nuevas generaciones vacunadas por sobreexposición a las pantallas de sus teléfonos móviles, a quienes no remuerde la conciencia ni hallan inconsistencia alguna ni les resulta extraño no haber leído un libro en su vida. Otras malvivo en la fantasía del héroe anónimo, lector ocasional en un mundo de catetos, a sabiendas de no ser más que un impostor ávido de autoestima. Lo cierto es que me falta valor para deshacerme de todos esos volúmenes apolillados que cada día me recuerdan que la ignorancia dolosa es, o debiera ser, pecado capital. Yo, pecador.
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Alojamiento virtual de un usuario razonablemente infeliz
27 de julio de 2026
23 de julio de 2026
No Mercy on July
Aturdido por el calor. Los ventiladores diseminan aire turbio por la penumbra de mi casa. Retorno de la inconsciencia de la siesta. Una vaharada de alpechín se cuela por las mosquiteras y por un momento las estancias huelen a pulpa de orujo. Siento un impulso de escuchar esa canción que corrobora todo lo escrito hasta aquí. La plataforma de streaming obliga y el baflecito rojo obedece: No Mercy on July. Se acaba Grant Lee Philips y yo ya he abdicado en el piloto automático del algoritmo, que de momento acierta con Tom Petty y después ya veremos. Me asomo al patio. Arriba, en el cielo, un paredón de calima tapa el sol y evita que me abrase los pies descalzos. Y sucios. Aprovecho para regar un rato las plantas. Se me viene a la cabeza el discurso sobrado de una chica, mona y rozagante a sus veintitantos años, videoexhibiéndose, supongo, porque ella lo vale y así lo ha decidido. El mensaje es simple: para qué tanto ejercicio y tanta dieta si ya estoy bien buena como me ven (bueno, ella dice algo así como que su cuerpo es funcional, y yo lo traduzco al román palatino), a lo que intercala, como quien no quiere la cosa, que no está bien opinar sobre otros cuerpos. La muchacha, embutida en un top que resalta sus curvas morenas a la par que una variedad de tatuajes acorde con los tiempos que corren, se come un yogur gigante a cucharadas para apuntalar su tesis. Otra enemiga de según qué adjetivos, pensaba yo unas horas después, mientras braceaba de camino a la boya. ¿Es correcto valorar estéticamente un cuerpo? Y, en general, ¿está bien opinar mal sobre cualquier cosa? Gordo, coja, tarado, subnormal, calvo, maricón, enana y similares son calificativos proscritos de cara a la galería, víctimas de la una neolengua que ya ha encontrado atajos para disfrazar con otras palabras idéntica visceralidad… pero, en fin, yo a mi crawl bilateral mientras se me pasaban por la cabeza esos y otros pensamientos intrascendentes sin billete de vuelta. Eso, creo, es una forma de meditar.
Le explico al camarero jefe del bar murciano en el que desayuno cada mañana que, RAE mediante, el implemento de metal que porta la aceitera y el salero con el que aliño la tostada se llama convoy. Esto es síntoma de confianza forjada a lo largo de más un mes de desayunos a la misma hora. De otra forma considero que habría sido un atrevimiento por mi parte. El camarero se ha sorprendido, pero desde luego hemos convenido en que convoy es una palabra muy chula, muy dinámica y muy ad hoc para nombrar al cacharro en cuestión. Abandono el bar con la sensación improbable de haber hecho una buena obra e, inmediatamente, me veo aplastado por la masa canicular que me recuerda que la soberbia es pecado venial. Mi penitencia: salir a correr a la caída de la tarde.
20 de julio de 2026
El día de después
Se acabó el terremoto del Mundial, pero aún faltan las réplicas: los análisis deportivos a toro pasado, las crónicas hagiográficas de plantilla y cuerpo técnico, la recepción fastuosa de los vencedores, muy al estilo de la Roma imperial, con el pueblo llano entregado incondicionalmente -por ganas de celebrar que no sea-, aunque a estas alturas de siglo cada vez haya en Europa más circo y menos pan. La cosa también tendrá su vertiente política, que podría resumirse en dos tesis contrapuestas: España es campeona del mundo gracias a Pedro Sánchez o a pesar de Pedro Sánchez y, trazada esa divisoria, la acostumbrada riña a garrotazos entre tertulianos. “Yo soy español” es campo de batalla demagógica en el que la derecha carcamal parecía haber afianzado su pica. Sin embargo, y tras la victoria en la Copa del Mundo, no descartaría yo el contrataque de la progresía, jugándose la potente baza implícita en los franceses de nuestra Selección. Creo que España, como Hacienda, somos todos: todos los que son, pero también, y mal que le pese a algunos, todos los que ahora están, y también los que estaban y no eran y luego fueron. Empleando la etimología de forma interesada, Ishapan es, ha sido y será tierra de conejos, con o sin bendición administrativa. Como cantaba Pau Donés, "en lo puro no hay futuro; la pureza está en la mezcla"... En fin, aunque la derivada comercial de estos eventos sea el motor de la historia (sin y con mayúsculas), siempre nos quedará algún beneficio sociológico colateral y, en en este sentido, bienvenida sea la segunda estrella.
18 de julio de 2026
Estampa playera
Pereza veraniega. Me obligo a clicar sobre el ícono de Libreoffice; se abre la hoja retroiluminada en blanco. A lo que salga. Desde las profundidades del estómago se me recuerda que la digestión del café y la media tostada con aceite y tomate progresa adecuadamente. Todo va muy lento, a tono con la somanta de calor propia de estas fechas de julio, cambio climático mediante. La brisa prefabricada del ventilador alivia bastante. Imagino harapos de sudor volatilizándose como calima sobre mi piel, electrolitos que abandonan este cuerpo desganado. Pienso en la botella de Solán de Cabras que descansa en el oscuro de la nevera. A lo que salga.
Orfeón playero. Una mujer en bikini frente a un combinado de doce o quince bañistas de ambos sexos en plena faena coral, todos con el agua a media cintura: exótica polifonía superpuesta al eco del Mar Menor y al runrún habitual de una playa en temporada alta. La mujer del bikini no tenía batuta, lo cual es lógico. Termina la performance y aplaudo como puedo; esto es, aplaudo con las chanclas que porto en la mano. Continuo la pequeña caminata al borde del mar hasta el trozo de playa de siempre. Atravieso el huerto de hamacas de alquiler en el que los turistas extranjeros se retuestan dolosamente: pura exhibición de resistencia a la radiación UVA. Paradójicamente, los hijos pequeños de otros turistas importados de la UE van embutidos en bañadores victorianos de colores, víctimas de la censura solar que marca tendencia hoy en día entre progenitores ultra ortodoxos. Se me ocurre que Sorolla no habría tenido tema con esos zagales burkinizados. Las señoras británicas devoran novelas románticas (a juzgar por las portadas) generalmente escritas por otras mujeres. Los hombres, calvos y panzones en su mayoría, no leen, pero al igual que ellas se someten, sumisos y felices, a los abusos del astro rey. Observo al bies los primeros metros de mar a contar desde la línea de arena, y puedo apreciar el reflejo irisado de los rayos de sol sobre una película de grasa translúcida. Desde luego, la loción solar que los veraneantes se administran a capazos no tiene nada que envidiar a las sobras de combustible que flota en los pantalanes de cualquier puerto deportivo de costa. Muslos, espaldas y culos varios embadurnados obsesivamente por si acaso el cáncer y también, y posiblemente, porque uno en la playa no tenga nada mejor que hacer. Eso, y/o beberse una lata de cerveza recalentada bajo el escueto perímetro de una sombrilla, haciendo scroll con el celular, que viene siendo sinónimo del ocio y del disfrute en España desde los tiempos de Eva María. Festival de tatuajes insospechados en cualquier otra época del año y tangas que muestran la versatilidad erótica del triángulo isósceles en todas sus variantes trigonométricas. Una preadolescente regordeta toma carrerilla y se arroja en plancha contra el agua mansa para a continuación exclamar feliz: ¡¡máma, me he reventao una teta!! Máma, con acento en la “a”. Un día más, en fin, de playa. Estampa para releer fuera de contexto; en invierno, por ejemplo. Guardo y cierro.
14 de julio de 2026
Expertos
Expertos. Gente que sabe mucho de muy poco, profundamente conocedora de su árbol, pero que posiblemente ignore casi todo del bosque en el que vive. Hay pregoneros que amplifican la voz de esos expertos y sus ecos resuenan en todo el ecosistema. Otra clase de expertos en lo suyo proyectan el relumbrón de su prestigio sobre asuntos de la flora y fauna de los que tienen poco o ningún conocimiento o, al menos, no más del que atesore cualquier otro arbusto del montón. Dicho lo anterior, hay que tener bien presente que para los pregoneros responsables no existe más que su soldada, las audiencias y la libertad de opinión. Así es su oficio, como cualquier otro. En resumidas cuentas, si usted es lavanda, desconfíe de lo que opine el tejo a propósito de las higueras, y si el tejo habla de los asuntos del tejo, recuerde que usted es lavanda. Y sobre todo, tenga presente a la hora de dar consejos o de formarse una opinión sobre esto, aquello o lo de más allá que no todo el mundo huele tan bien como usted.
10 de julio de 2026
Telespectador
Nunca vi un capítulo de Los Serrano ni de Cuéntame ni de Aída ni de La que Se Avecina ni, en fin, de ninguna de esas series de televisión que conozco porque leo un poco los periódicos y vago sin rumbo por Internet. Nada que opinar sobre las telenovelas de época. Tampoco presto atención a los concursos que reparten botes millonarios a diestro y siniestro, ni a los realities que dan vergüencilla ajena (que son todos, creo yo), ni a los shows estrella que iluminan los cielos del Prime Time televisivo, donde la pugna por las audiencias parece haberse convertido en un fin que justifica los medios (los medios, quiero decir, en el doble sentido del término). Broncano, Motos, Giró, Buenafuente, Álvarez y otros monologuistas telepredicadores venden fórmulas de entretenimiento visual a las que no acabo de cogerles el punto: puro empalago de tontadas, chiste malo y buenrrollismo histriónico forzoso por parte de los invitados que acuden al programa. Abandoné la televisión en 2001 como quien deja de practicar un deporte y me doy cuenta veinticinco años después de que ya no soy capaz de reengancharme, entre otras cosas por haber desarrollado intolerancia severa a los importunos intermedios publicitarios. Creo que ser telespectador requiere hábito, esfuerzo y adaptación, como cualquier disciplina en la que se desee alcanzar la excelencia. Tal vez la práctica intensiva desde la infancia sea la clave de la contemplación embelesada y pasiva durante largos períodos de tiempo, necesaria para la construcción del ciudadano conformista o, cuanto menos, poco disidente, confortable en su nicho de la pirámide social. Creo que una formación televisiva básica es esencial para acceder sin estridencias al universo de las plataformas y otras formas de entontecimiento acrítico más sofisticadas. En este sentido es gran verdad que la televisión educa al tiempo que entretiene.