Las Galerías de Famosos que se
publican en los medios de prensa respetable contienen, a lo que he
podido mirar, y en su mayoría, a mujeres más o menos mediáticas en
posados que yo calificaría de indecentes si la vara de medir fuese
la cosificación o sexualización tan denostada por el feminismo
chusco. Curiosamente, los calendarios de tías en bolas que antaño
colgaban en fruterías, talleres y bares de viejos se han trasladado
ahora a los dominios virtuales, y ahora lo llaman bikinazo. Las
propietarias de los cuerpos en cuestión, of course, tienen ideas
propias al respecto, a veces paradójicas hasta el sonrojo, y
defienden a capa y espada sus virtudes profesionales en el prime time
de la parrilla televisiva o, arropadas por sus community managers
(los nuevos negros), en las leyendas a pie de imagen en Instagram o
plataforma similar. La vertiente visual, la parte florero, la que
salta a la vista, la que nutre los ratings de audiencia, quizá por
obvia, no merece comentario, reflexión u opinión sin pelos en la
lengua por parte de nadie, so pena de destierro al ghetto de la
machosfera. Hipocresía moderna en este mundo de cancelación en el
que sobrevuela amenazante un reproche criminal al primero que se le
ocurra decir esta boca es mía, me parece a mí. En fin, volviendo a
las chicas-anuncio (influencers, entiéndaseme), su cuerpo es suyo:
nosotras facturamos, nosotras decidimos; nada que objetar en tanto
que forma legítima como cualquier otra de buscarse las habichuelas.
Pero tampoco me parece bien, no es justo ni paritario ni equitativo
afear la conducta mental de aquellos o aquellas a quienes se la trae
al pairo el minivestido, la lencería, el yate, la playa paradisíaca
o el producto promocionado y se limitan a generar un simple juicio
estético -no moral- sobre el cuerpo glorioso de soporte.