Truenan los altavoces a volumen políticamente incorrecto en detrimento de ese lujo cuestionable que es pensar. Pierdo el foco de atención. Todo lo que vuelco aquí está embadurnado de música poco familiar, de esa que le envía a uno el algoritmo de los pobres. Expndo un poco la línea de razonamiento a lecturas y experiencias y alcanzo el lugar común del tipo y su circunstancia. Triunfará el alquimista que formule la vaselina magistral; el lubricante del orificio receptor de principios, gustos y convicciones que hagan de mí un hombre con autoestima a la altura de los tiempos. Reviso un contrato que no me importa. Opino en letras rojas y comento marginalmente, todo sin demasiado afán, a impulsos de una lealtad cada vez más socavada por el tiempo y la distancia. Celebro una fiesta con amigos nuevos. Mientras haya amigos nuevos aún queda espacio para evolucionar, aunque mis lealtades a estas alturas de la vida ya no sean como las de antes. Normal, pienso: La decadencia de la lealtad, síntoma natural de la vejez, amén de los naturales achaques de los cuales parece no querer ocuparse nunca la Seguridad Social, expertos en finta burocrática y locución telefónica desesperante. El viejo enfermo tiene que optar entre la cola estoica ante las puertas del especialista o que el tiempo, que todo lo cura, lo cure todo. O entrar triunfalmente y a golpe de talonario en la consulta privada que ese mismo especialista mantiene, tal vez a unas manzanas del hospital. Este viejo que aquí escribe tiene achaques y también calorón de ático mal aislado. Aún no añoro, sin embargo, un pasado reciente de bomba de calor, casto pijama y cubrecolchón eléctrico. Cuando el calor entra por la puerta, el fresquito salta por la ventana. Se avecinan tiempos de hacer nada en la playa en mi Castelgandolfo particular. ¡Que viene el Papa! (niña, ¿por qué lloras?, ¿qué no viene el Papa?)