10 de mayo de 2026

En memoria de una acacia

 

A propósito de la obra de enfrente, esa que más de una vez ha hecho las veces de muletilla al modesto relato de mi vida reciente. El caso es que en el tramo de acera adyacente al solar, ayer cráter excavado, hoy flamante complejo residencial (club social y piscinita en la azotea), viven cuatro acacias en sus alcorques adoquinados, de esas que abundan por las calles de Madrid por obra y gracia de los urbanismos del Ayuntamiento. La más grande de todas ellas es un coloso de tres plantas de altura que, con la fronda recién estrenada como cada primavera, regala, sin pedir nada a cambio, un oasis de sombra e intimidad a los futuros residentes (el barrio se gentrifica, ya no quedan vecinos). La acacia en cuestión se yergue frente a mi apartamento, al otro lado de la calle. Como a sus hermanas más pequeñas, la he contemplado vestirse y desnudarse una y otra vez con el paso de las estaciones. Constante la obra, su tronco se ha beneficiado de una tutela administrativa en forma de malla corrugada frente a las embestidas de grúas, camiones, carretillas elevadoras y otros brutos mecánicos habituales en la construcción. Así, una vez culminado el proyecto residencial al compás de mayo, la acacia ha sobrevivido incólume, y su carpa verde ha vuelto a sobrevolar la calle como cada año. Por desgracia, el estudio de arquitectura que diseñó y homologó los planos no tuvo en cuenta que el árbol tutelado obstaculizaba de plano el pasaje de entrada al aparcamiento subterráneo del edificio, por lo que se ha solicitado y obtenido el correspondiente permiso municipal de tala, a cambio de cincuenta y seis pimpollos que el consistorio plantará donde estime conveniente. Asomado a la terraza cada mañana ya no puedo ver más que una acacia muerta en vida. Desarrollo urbano, sadismo administrativo y el triunfo incontestable del homo residentiae. Un día a finales de mayo los operarios municipales, embutidos en sus monos verde-amarillos y armados con sierras motorizadas descuartizarán el árbol en un santiamén para que luego una cuadrilla de obreros proceda a sellar con adoquines el alcorque, y donde antes hubo fronda no quede ahora más que paso franco de acceso a unas cocheras. Y la vida sigue. Cosas del progreso.

7 de mayo de 2026

Pies Sucios

 

Salgo a trotar. A raíz. Para quienes observan estupefactos, las aceras de Madrid son un repositorio de meadas de perro, cristales emboscados, gargajos, polvo sucio, excrementos de rata, bacterias letales, clavos, agujas quirúrgicas posiblemente infectadas de VIH y todas las variantes implícitas en el genérico mierda. Los niños, aún incontaminados por el consenso social del asco, se limitan a expresar sorpresa: mamá ese señor va descalzo o similares. El señor descalzo, o sea yo, picotea los adoquines grises ajeno a todo eso, más atento a los mensajes sensoriales que le comunican izquierda derecha izquierda derecha las suelas orgánicas de las palmas de los pies, por fin libres de la tiranía menor de las sandalias. Zapatos, deportivas y calcetines sacrificados hace tiempo en el ara de una vida, acaso más incómoda, para qué negarlo, fuera de la matrix comercial que promete la superación centesimal de los límites del ser humano a base de prótesis mágicas y tecnología que para mí no valen más que la perra gorda del refrán. Después de casi diez años puedo aventurar la hipótesis de que quien corre descalzo no compite ni busca mejorar tiempos ni técnica de carrera. Corre así porque quiere y porque puede. Mientras pueda. Así de simple y, a la vez, así de complejo.

27 de abril de 2026

Mulas

 

Qué pereza ponerse a escribir de lo cotidiano de uno. Más pereza aún da divagar sobre cualquier chorrada circunstancial, a sabiendas de la ignorancia crasa que subyace en la fuente de toda convicción mía. En cualquier caso me autoindulto por las opiniones -o mejor, ocurrencias- posiblemente descerebradas que se me vienen a la cabeza, aun cuando no superen el listón de lo respetable. Y este es el secreto, la fórmula que me permite seguir escribiendo sin convertirme en hater de mí mismo. La extravagancia terapéutica de escribir por escribir. Me pregunto que pensarán de sí mismos, y a este respecto, quienes vierten sus opiniones en los medios a cambio de un estipendio. Para mí, desde luego, supone un descargo de responsabilidad enorme el saber que publico para nadie, porque quiero, porque puedo y porque es gratis. Cambio de tercio. Me acuerdo ahora de las pobres mulas de la Feria, obscenamente rasuradas, dejando a la vista una trama irregular de venas engrosadas por el esfuerzo de arrastrar a los turistas horteras entre el tráfico y los atascos de Sevilla. Una estampa más bien anacrónica e incongruente. Y hasta triste. La plastificación comercial del romántico paseo en calesa por las calles de una ciudad antaño hermosa que hoy, como tantas otras, se ahoga entre comercios, marquesinas y semáforos. Espero al menos que, ya que no les pagan por su labor tan ingrata, sus amos las traten bien.


25 de abril de 2026

En la Periferia de la Feria

 

Hoy he encintado y pintado de blanco dos techos y una habitación. Recién llegué a casa y lo celebro con Pink Floyd y unos Lacasitos, después de recoger la ropa tendida desde que me marché esta mañana. El cuerpo, naturalmente, cubierto de ronchas y motas blancas que se curarán con la próxima ducha, mañana. Debo dejar constancia de que hace unos días anduve felizmente desorientado por el recinto de la Feria de Sevilla de la mano de D., camuflados entre hordas polvorientas de asesores inmobiliarios y gitanas engalanadas con flores de plástico muy realistas. La Feria de Sevilla me parece un evento desenfadado de quita y pon; de plástico, bombilla y rebujito. Muy encorsetado por la normativa municipal y la privacidad de las casetas desmontables, donde cada quién interpreta su sentir ebrio en medio de una bullanga en la que todos se entienden pero nadie entiende nada. Anda, jaleo, jaleo. Un plato de pescado variado y la consabida jarra de rebujito en la periferia de la Feria nos hizo felices al compás del tiempo compartido. Tomo buena nota de ello en el archivo de la memoria y lo elevo a Instagram, por si algún día se me extraviase el recuerdo.

13 de abril de 2026

Galaxia Gineceo

 

Lo que ellas quieren, lo que ellas esperan, lo que ellas desean, lo que ellas padecen, lo que ellas aborrecen, lo que ellas... Ellas y más ellas. Ellas y su cosmología biológico-moral en la que la ciencia de las cosas, los axiomas, normas, estándares y referentes rinden pleitesía al sacrosanto canon femenino. Algunos postulados interesantes que rigen en esta especie de Galaxia Gineceo son los siguientes: (i) somos seres más complejos, (ii) estamos dotadas de una sensibilidad superior, (iii) trabajamos más y mejor, (iv) sufrimos más, (v) poseemos una superioridad moral innata, (iv) somos líderes en sacrificio o abnegación, (v) delimitamos las fronteras del humor y de lo políticamente correcto, (vi) gozamos de patente de corso en las comparaciones de lo odioso, (vii) somos manifiestamente superiores en cualquier comparativa con el sexo opuesto y no existe prueba en contrario que no sea discriminación disfrazada, (viii) somos víctimas del lenguaje, (ix) somos víctimas de la Historia, (x) representamos el futuro y el progreso. Los hombres son toscos utensilios simplones, casi relegados a su faceta reproductiva, cuya valía depende de la capacidad de adaptación a las asfixiantes condiciones que determinan la supervivencia en armonía con el Gran Ombligo Femenino. Llegados a este punto creo necesario señalar que la Galaxia Gineceo adolece de infestaciones masculinas insurgentes como machirulos, maltratadores, pollaviejas, incels y otros parásitos que hallan en ese ecosistema un caldo de cultivo ideal para su proliferación. Por fortuna, y como en las franquicias Marvel, existen universos paralelos que posibilitan existencias alternativas. Así, y en mi caso, hace tiempo que emigré a otra galaxia habitada por personas. Del sexo que sea, pero personas a fin de cuentas. Estoy tramitando la residencia permanente.


11 de abril de 2026

Avanzadilla de primavera

 

Tres días de sol como tres espejismos del verano que vendrá, pero que aún no ha llegado. Cuando las temperaturas caigan a plomo me pillarán con la guardia baja. Dejaré de subir a la terraza de arriba con la manga corta por bandera y la ilusión cumplida de desayunos entre brotes verdes y floraciones que prestan oídos sordos a la dictadura del calendario. Disfrutemos del presente improbable, qué demonios: aún queda sábado que quemar, al calor, ya menguante, de esta anomalía climatológica. Sólo o acompañado (los amigos sirven para eso), me he propuesto descorchar ahí arriba una botella de Marqués de Cáceres y, apalancado en alguna de las cuatro sillas azules, picar algo al tran-tran del mediodía y, a partir de ahí, andamiar un tardeo sin Telediarios y sin siesta, amenizado con cualquier capricho de mi rebotica musical, por obra y gracia de la tecnología Bluetooth. Están invitados.