A ratos me quedo parado, inmóvil. Es una inmovilidad incómoda, un ataque de hastío, una parálisis ante un cruce metafórico de caminos donde cada cartel indicador apunta bien hacia lo irrelevante o hacia más de lo mismo o tal vez hacia un propósito inabordable. El presente inmediato como una ciénaga de tiempo pegajoso en la que las rutinas que ayer se me antojaban amables se transforman en cargas odiosas: escribir, leer, marujear, abastecerme, cocinar, barrer, elegir la banda sonora de cada día... Digamos, por ejemplo, que la responsabilidad de preparar o no una infusión de te es mía y sólo mía. Y lo mismo podría decirse del resto de tareas modestas sobre las sigo edificando lo poco que ya me queda para terminar la Sagrada Familia de mi vida. Sin beso que la trabe (Antonio Gala), la libertad me muestra a veces su rostro más desagradable. Así resulta que a ratos -como hoy- me quedo parado, inmóvil y me pregunto para qué. No exactamente: pa qué es más fiel, va más a tono con la desgana que me ha llevado a escribir esto. Son pataletas de jubilado, lo reconozco, pero ahora un beso tuyo, si es que existes, me vendría bien de cuando en vez. Podría trabarme con Dios por lo civil o abandonarme al cómodo yugo de los horóscopos; hallar la alquimia bastarda que me permitiera por fin abdicar de mi libre albedrío en los días gachos como este que me ocupa. Pero no. Puede que sea un magro consuelo, pero haber pagado la cuota mensual del gimnasio me fuerza de algún modo a dejarme de jeremiadas y calzarme vendas y guantes apestosos en poco más de veinte minutos. Con toda seguridad cuando regrese sudado y vapuleado, mi casa se habrá transformado de nuevo en el refugio caótico que mañana me verá escribir, leer, marujear, abastecerme, cocinar, barrer y elegir con alegría la banda sonora que me acompañe. Con alegría.