Leo en la prensa que se ha muerto Mari Carmen (o Maricarmen), la anciana estrella de los desahucios, y pienso que con el nivel de estrés que la pobre señora debió de vivir a cuenta del espectáculo mundial que supuso esa derrota tan mediática, no es de extrañar su deceso. En lugar de protegerla, dada la fragilidad que se le supone a una persona de tan avanzada edad (87) que ha vivido una situación traumática; en lugar de protegerla, digo, igual que se protege a las víctimas de una violación o a los menores, el llamado Sindicato de Inquilinas, la prensa de todos los colores y, cómo no, la progresía de salón no han dudado en aprovechar que la ocasión la pintan calva para montar un mega pollo alrededor de la postración de Maricarmen; convirtiéndola en esa Superestrella de la canción de Aitana, pero con un costal de años más: photocalls desde una cama en el Gregorio Marañón con la vía puesta, en cama articulada y luciendo la bata hospitalaria de rigor. Y, en fin, que la buena señora no lo ha resistido. Es normal, pienso. A partir de ciertas edades, los hospitales no son más que antesalas de la muerte que hay que evitar a toda costa. Vamos, que si el abuelo no se puede quedar en su hogar por la razón que sea, pues a casa de cualquier familiar a convalecer sin sobresaltos, y a cruzar los dedos, que los baches a esas alturas de la vida son a cara o cruz... Tranquilidad, cariño y buenos alimentos. No dudo de que la conciencia le haya de escocer, en primer lugar, a todos los cooperadores necesarios del desahucio (jueces, policía, propietarios...): ley y avaricia suelen ir juntos de la mano. Pero lo que me da verdaderamente miedo es la falta de calidad humana que han demostrado quienes no han dudado en sacrificar a la anciana en pro de una causa que, precisamente por ello, ya empieza a oler a podrido.
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Alojamiento virtual de un usuario razonablemente infeliz
8 de octubre de 2026
5 de octubre de 2026
Regreso a la capital (otra vez)
De vuelta en Madrid, resignado a degradar mi discreto bronceado hasta sus niveles de pantone habituales, comunes al hombre blanco heterosexual mal vestido -aunque duchado- que aborda un vagón de Metro a las ocho y treinta minutos de la mañana. Retomo la normalidad sin objetivos ni otras incertidumbres que la certeza de ignorar quién soy, de dónde vengo y adónde voy; nada nuevo bajo el sol. Mi vida sin esas respuestas, como la de casi todos, debo suponer. En fin.
Finiquitada la obra de enfrente al cabo de más de dos años, se me perdió el referente que marcaba el progresar del tiempo, la meditación ensimismada de tantos y tantos tiempos muertos frente a un edificio en construcción. Ya sólo me resta, para calibrar el paso de mis días, el factor climatológico en abstracto: el invierno que vendrá, la bomba de calor, el edredón y los pies fríos. Y la melancolía de una terraza despelucada de hojas por barrer, día sí, día también.
Regresan las sesiones de boxeo, los descalcismos aventureros por las calles adoquinadas de la capital (menos arriesgados, por cierto, que los asfaltados asesinos en Los Alcázares), las escaleras y las duchas frías: por Esparta y la salud hasta que el cuerpo aguante, que cada vez aguanta menos, por cierto.
Noto, desde que empecé a publicar este diario en abierto, que el exceso en el consumo de Instagram me deriva mentalmente hacia la idiocia, resecándome la sesera, atravesándola de sesgos a su antojo, abonando una atención deficitaria y la insensibilidad del espíritu crítico. Así, lo que antes era el hábito sencillo de leer cualquier cosa que se me pasara por las estanterías, repantigado en el sillón o en la cama, se ha tornado en esfuerzo por evitar el consumo compulsivo de sabrosos contenidos ultraprocesados, en analogía con los atracones de comida basura y otras mierdas saturadas de umami. Y, he de confesar, ya me cuesta abordar mis lecturas ante la tentación del scroll inifinito ("confortably numb"; ahí lo clavaron los Pink Floyd). Otro frente abierto en la batalla por madurar dignamente, con el desván amueblado y sin riesgo de desahucio mental en el camino hacia la vejez vulnerable. Evitar a toda costa esa gran trampa degradante que es la indefensión aprendida... Qué lucha, señor.
27 de septiembre de 2026
El Decreto Maricarmen, Franco y la A.I.
Esta vez, me apoltronaré y dejaré que la máquina indiferente arroje luz en las similitudes intuidas entre la legislación franquista en materia de arrendamientos urbanos y los acampados utópicos de la Puerta del Sol. Que cada quién alcance sus propias conclusiones, que sin duda serán de naturaleza variopinta. Personalmente, y dado el clima político mediatizado por las encuestas de intención de voto, espero una apresurada y monumental cagada legislativa.
Preguntado el agente de A.I. en los siguientes términos:
Durante el franquismo se modificaron o crearon las leyes que regulaban los arrendamientos, que son las que ahora se denominan de "renta antigua"; es decir que, en un momento legislativo, se congelaron las rentas de las viviendas.... ¿Podrías decirme cuál fue la ley franquista que aprobó esta medida y en qué año?
A.I. responde:
La norma franquista clave fue la Ley de Arrendamientos Urbanos de 31 de diciembre de 1946, aprobada durante el régimen de Franco.
Ahora bien, conviene precisar que no fue exactamente una congelación absoluta e indefinida de todas las rentas. La ley consolidó un sistema de:
- Prórroga forzosa del contrato a voluntad del inquilino;
- Limitación de las causas por las que el propietario podía recuperar la vivienda;
- Rentas legalmente limitadas, con actualizaciones muy restringidas;
- Posibilidad de subrogación familiar, es decir, que determinados familiares continuaran el contrato tras la muerte del arrendatario.
Ese régimen fue desarrollado y mantenido por normas posteriores, especialmente la Ley de Arrendamientos Urbanos de 13 de abril de 1956 y la Ley 40/1964, de 11 de junio, que reformó la anterior. Por eso, cuando se habla de “renta antigua”, normalmente se alude al régimen de alquileres sometidos a la legislación de 1964 y anteriores, no solo a una congelación puntual aprobada en 1946.
[...] La liberalización para los contratos nuevos comenzó con el Decreto Boyer de 1985, que mantuvo, no obstante, el régimen de los contratos anteriores.
Repregunto a la A.I.
¿Podrías analizar el contexto social que llevó a la aprobación de toda esta regulación legal antigua?
A.I. responde:
Sí. La regulación de la llamada “renta antigua” debe entenderse como la respuesta a una crisis de vivienda urbana, pero también como un instrumento de control social y político. Además, no nació íntegramente con el franquismo: algunas medidas de intervención de alquileres se habían iniciado antes, especialmente durante la crisis de la vivienda de los años veinte y la Segunda República. El franquismo las heredó, las amplió y las integró en un sistema mucho más duradero.
El contexto puede resumirse en varios factores.
1. Escasez extrema de viviendas
Durante la Guerra Civil se paralizó prácticamente la construcción privada y se produjeron daños en numerosas ciudades. Después de 1939, la construcción siguió siendo muy limitada por la falta de cemento, hierro, madera y financiación. A ello se sumó el crecimiento de ciudades como Madrid, Barcelona, Bilbao o Sevilla, impulsado por la emigración desde el campo.
La demanda de viviendas aumentó mucho más deprisa que la oferta. En un mercado libre, esa situación habría provocado fuertes subidas de alquiler y expulsión de los hogares con menos ingresos. El Estado optó por impedir que el ajuste recayera directamente sobre los inquilinos.
2. Empobrecimiento y salarios bajos
La posguerra estuvo marcada por el racionamiento, el desempleo, la inflación y una caída importante del nivel de vida. Aunque la legislación pretendía limitar las rentas, los ingresos de muchas familias también se habían deteriorado. Un alquiler que hubiera sido asumible antes de la guerra podía convertirse en una carga desproporcionada después de 1939.
La limitación de los alquileres funcionaba, por tanto, como una forma de política social indirecta: no se concedía necesariamente una vivienda pública, pero se mantenía bajo el coste de la vivienda ya ocupada.
3. Evitar desplazamientos y conflictos sociales
La vivienda era un asunto especialmente sensible porque una subida brusca de los alquileres podía producir desahucios masivos, hacinamiento y conflictos. El régimen, que carecía de legitimidad democrática y reprimía las organizaciones obreras independientes, tenía un fuerte incentivo para evitar un problema social visible en las grandes ciudades.
La prórroga forzosa cumplía una función decisiva: el propietario no podía terminar libremente el contrato, mientras que el inquilino obtenía una estabilidad excepcional. Así se impedía que la escasez se tradujera automáticamente en rotación forzosa de familias o en subidas de renta cada vez que vencía el contrato.
4. La ideología social del régimen
El franquismo se presentaba como un régimen protector de la familia, el orden y la propiedad, pero no como un sistema de mercado plenamente liberal. La intervención en los alquileres encajaba en esa combinación:
- Se protegía al inquilino para preservar la paz social;
- Se defendía la familia como unidad estable;
- Se mantenía la propiedad privada, pero sometida a importantes restricciones;
- Se intentaba evitar la imagen de un Estado indiferente ante la pobreza urbana.
La legislación no era, por tanto, simplemente una medida económica. También formaba parte de la política de “paz social” del régimen.
5. Compensar la protección del inquilino con incentivos a la construcción
El problema era que congelar o limitar las rentas reducía la rentabilidad de los propietarios. Si el arrendamiento antiguo quedaba sometido a una renta muy baja, construir viviendas para alquilar resultaba poco atractivo. El franquismo trató de compensarlo mediante vivienda protegida, beneficios fiscales, préstamos y estímulos a la construcción de viviendas en propiedad.
Esto produjo una evolución importante: el régimen acabó favoreciendo cada vez más que las familias fueran propietarias en lugar de inquilinas. De ahí procede, en parte, la fuerte cultura española de la propiedad de vivienda. La regulación antigua protegía mucho a quienes ya tenían un alquiler, pero hacía menos atractivo ofrecer nuevas viviendas en alquiler bajo condiciones semejantes.
6. La ley de 1946 consolidó, más que inventó, el sistema
La Ley de Arrendamientos Urbanos de 1946 debe verse como la consolidación franquista de una intervención que tenía antecedentes. Su lógica era proteger la continuidad del arrendatario en un momento excepcional de escasez. Las reformas de 1956 y, sobre todo, de 1964 mantuvieron y desarrollaron ese esquema, aunque introdujeron mecanismos de actualización y otras modificaciones.
Por eso “renta antigua” no designa únicamente una cifra congelada en una fecha concreta. Designa un conjunto de derechos acumulados:
- Duración muy prolongada del contrato;
- Prórroga forzosa;
- Rentas inicialmente muy limitadas;
- Actualizaciones restringidas;
- Subrogaciones a favor de determinados familiares;
- Dificultad del propietario para recuperar la vivienda.
En síntesis, la regulación surgió de la combinación de escasez de viviendas, pobreza de la posguerra, migración hacia las ciudades y temor a la conflictividad social. El franquismo la justificó como protección de las familias, pero también la utilizó para garantizar estabilidad y control político. Su efecto a largo plazo fue ambivalente: protegió eficazmente a muchos inquilinos antiguos, pero redujo la inversión en alquiler y contribuyó a que el mercado arrendaticio quedara dividido entre contratos muy protegidos y contratos nuevos mucho más caros y flexibles.
23 de septiembre de 2026
El dilema de la tirita
Con o sin tirita en el dedo gordo lastimado, la duda me corroe. La farmacéutica tuvo a bien informarme de que el agua oxigenada que venía aplicando diligentemente en la herida impedía que ésta se cerrase. La solución magistral pasó por colocarme una pomada antibiótica a cambio de unos ocho euros y, ya de paso, y por si las moscas, intentó engordar la factura a cuenta de unas ampollas de suero salino que posiblemente hubieran duplicado su importe, a lo que razoné que un vaso de agua con dos pellizcos de sal funcionaría más o menos igual para el prelavado de la herida, lo cual no pareció hacerle demasiada gracia, pero a mí, plim. Ayer no fui a la playa por culpa del esparadrapo con gasa y pomada ceñido al pulgarcito lesionado, y hoy creo que el baño en pleno Veranillo de San Miguel justifica plenamente el dilema que me planteaba al principio, teniendo en cuenta que ya he vuelto a correr con el dedo enmascarado, sin complejos. Así que si me zambullo en el agua tirita mediante, bien pudiera ser que se me desprendiera inadvertidamente entre brazada y patada, y no es cuestión de guarrear un poco más el pobre Mar Menor, que ya lleva lo suyo entre nitritos freáticos, loción solar, fecales de desborde y la diáspora de plásticos abandonados a su suerte en el lecho marino. Pero sin tirita va a ser una herida indefensa, que acabará costrada de arena de orígenes dudosos: sospecho que las playas, aquí en Los Alcázares, a la vista de su tosca granulometría, no deben de ser más que áridos importados de graveras del interior. Me arriesgaré con la tirita. Me voy a nadar, y que Dios y el Mar Menor me perdonen si la cosa sale mal.
18 de septiembre de 2026
No quedan días de verano
Ha pasado tanto tiempo que uno nunca piensa que el verano pueda acabarse, pero lo cierto es que el futuro ya está aquí otra vez, que el mundo sigue girando; otro cuarto de vuelta de tuerca en la rosca infinita. La fresca se adelanta, y ya podemos salir a trotar a horas decentes. Por la noche, las cucarachas ciegas se lo piensan dos veces antes de asomar las antenas y los mosquitos me hallan arropado debajo de la sábana cual momia, de forma que sólo les es dado repostar sangre en los espacios útiles de mi cabeza y en algún brazo despistado. Septiembre ya boquea y, de repente, me veo arrancando tres hojas del calendario de golpe, como un hard reset del conteo mecánico de los días. La playa ya no es rutina innegociable: nadar hasta la boya deja de ser un placentero garbeo amniótico y se vuelve braceo vigoroso para equilibrar la temperatura corporal en aguas cada vez más ásperas para esta nutria mediterránea en la que me he convertido al cabo de casi tres meses. Acelero las lecturas pendientes porque cuando me marche dentro de unos días, ahí se quedarán todos esos libros heredados y aún no leídos en una casa que volveré a ocupar cuando sea una persona un poco diferente, tal vez con nuevas rutinas inventadas, algunos achaques insospechados y el cargamento de sucesos, venturas y desventuras del año próximo, que afrontaré esta vez sin las abstracciones ontológicas ni los sesgos de una agenda psicoastrológica. Quedarán encerradas en la oscuridad de los armarios todas esas camisetas y demás indumentaria de usar y nunca tirar que jamás pasa de moda, calzoncillos con tomates inclusive (versión masculina de la tradicional braga de regla) como un ajuar eterno que hace innecesario el trajín de viajar con una maleta como dios manda. Descalcismos aparte, soy -o creo ser- un orgulloso pordiosero minimalista. Se acabó el verano, como de costumbre entre trombas de agua y bajonas térmicas. La matraca de los niños aulladores se ha desvanecido en la disciplina de las aulas, las familias han abandonado las hileras de adosados y aparcar deja de ser un privilegio. Algunas veces, pasada la media noche y antes de acostarme, salgo al patio y me asomo a una calle vacía donde sólo quedan las farolas encendidas por obligación, mi Citroën azul mal estacionado y el ladrido suelto de algún perro inquieto que pone contrapunto al silencio que gobierna a esas horas. Muy de lejos, el bullicio animado de los ingleses, los alemanes y otros turistas no de aquí que regresan a sus hoteles satisfechos (los turistas), probablemente macerados en cerveza. Respiro un par de veces sin pensar en nada y regreso dentro. Mañana el verano amanecerá un poco más difuminado y la ducha fría se hará respetar. Puedo contar con los dedos de la mano cuántas tostadas de aceite y tomate chafado representan los días que me quedan aquí.
15 de septiembre de 2026
Hallux
Entre los riesgos recurrentes del descalcista valiente está el reventarse de vez en cuando alguno de los diez dígitos del pié. Ayer le tocó el turno al dedo gordo (hallux) del pie derecho, posiblemente fisurado, a juzgar por el dolor que experimento al movilizar la zona. Afortunadamente el tropezón me pilló a las puertas del adosado, en plena zancada floja, cuando el corredor ya ha cruzado la línea de meta. Al igual que en otras ocasiones (recuerdo ahora otro aplastamiento a cuenta de una silla porta-niños acorazada en otra vida ya muy lejana) corrió la sangre escandalosa bajo el colgajo de carne desgarrada, dejando un reguero de goterones desde el salón hasta el bidet donde me brindé los primeros -y últimos- auxilios del macho recio: chorreón de agua oxigenada, una pella de algodón y un pedazo de cinta aislante. Y a correr (es un decir). Antes de la cura espartana, y por experimentar, opté por no tirar a la basura la boina de pellejo, y la reubiqué cual cataplasma orgánica sobre el cráter de la herida. Ha sido una noche de ardor y dolores, como si tuviera una baliza V16 adherida a las terminales nerviosas del dedo convaleciente. Pero esta mañana estoy mejor. Espero un cambio de color y una cojera disimulada durante los próximos días. En cuanto pueda, más pronto que tarde, retomo la carrera a pie gentil, y que sea lo que Dios quiera.