Compro cosas que realmente no me hacen falta en Amazon. Como todo el mundo. El consumo descerebrado nos iguala a todos. Cómo funcionen los mecanismos cerebrales que nos animan a proporcionarnos un gusto tan efímero como puede ser el click que corona una transacción indolora para inmediatamente percibir que no hemos engordado un gramo en términos de felicidad, que la vida sigue igual a sí misma es, para mí, un misterio. El misterio de los Usuarios Premium. Por pura pereza no me afanaré en desentrañar ese enigma, que se amontona con el resto de aspectos asumidos, ignorados o incomprendidos que configuran el escenario en el que discurre mi vida cada día: cómo carbura un algoritmo, si las bolsas de plástico vienen de París, qué clase de criatura es una croqueta, el consenso secreto de los semáforos, la lógica arcana de los impuestos y el resto de casi todo lo que me rodea. Para mi vergüenza de gandul, y más allá de su nombre, ignoro todo y más sobre esas criaturas macetarias que vienen a ser las plantas que ocupan alegremente mi terraza desde hace más de veinte años. Riego, abono y punto: y funcionan. Ya está. Volviendo al adaptador Xiaomi de carga rápida que no necesito, supongo que Amazon tiene la clave, los dedos curvos que sobreestimulan brevemente el punto G de una existencia -la mía- en período refractario permanente. Amazon ha edificado un imperio sobre la menopausia vital de la humanidad.