27 de septiembre de 2026

El Decreto Maricarmen, Franco y la A.I.

Esta vez, me apoltronaré y dejaré que la máquina indiferente arroje luz en las similitudes intuidas entre la legislación franquista en materia de arrendamientos urbanos y los acampados utópicos de la Puerta del Sol. Que cada quién alcance sus propias conclusiones, que sin duda serán de naturaleza variopinta. Personalmente, y dado el clima político mediatizado por las encuestas de intención de voto, espero una apresurada y monumental cagada legislativa.

Preguntado el agente de A.I. en los siguientes términos:

Durante el franquismo se modificaron o crearon las leyes que regulaban los arrendamientos, que son las que ahora se denominan de "renta antigua"; es decir que, en un momento legislativo, se congelaron las rentas de las viviendas.... ¿Podrías decirme cuál fue la ley franquista que aprobó esta medida y en qué año?

A.I. responde:

La norma franquista clave fue la Ley de Arrendamientos Urbanos de 31 de diciembre de 1946, aprobada durante el régimen de Franco.

Ahora bien, conviene precisar que no fue exactamente una congelación absoluta e indefinida de todas las rentas. La ley consolidó un sistema de:

  • Prórroga forzosa del contrato a voluntad del inquilino;
  • Limitación de las causas por las que el propietario podía recuperar la vivienda;
  • Rentas legalmente limitadas, con actualizaciones muy restringidas;
  • Posibilidad de subrogación familiar, es decir, que determinados familiares continuaran el contrato tras la muerte del arrendatario.

Ese régimen fue desarrollado y mantenido por normas posteriores, especialmente la Ley de Arrendamientos Urbanos de 13 de abril de 1956 y la Ley 40/1964, de 11 de junio, que reformó la anterior. Por eso, cuando se habla de “renta antigua”, normalmente se alude al régimen de alquileres sometidos a la legislación de 1964 y anteriores, no solo a una congelación puntual aprobada en 1946. 

[...] La liberalización para los contratos nuevos comenzó con el Decreto Boyer de 1985, que mantuvo, no obstante, el régimen de los contratos anteriores. 

Repregunto a la A.I.

¿Podrías analizar el contexto social que llevó a la aprobación de toda esta regulación legal antigua?

A.I. responde:

Sí. La regulación de la llamada “renta antigua” debe entenderse como la respuesta a una crisis de vivienda urbana, pero también como un instrumento de control social y político. Además, no nació íntegramente con el franquismo: algunas medidas de intervención de alquileres se habían iniciado antes, especialmente durante la crisis de la vivienda de los años veinte y la Segunda República. El franquismo las heredó, las amplió y las integró en un sistema mucho más duradero.

El contexto puede resumirse en varios factores.

1. Escasez extrema de viviendas

Durante la Guerra Civil se paralizó prácticamente la construcción privada y se produjeron daños en numerosas ciudades. Después de 1939, la construcción siguió siendo muy limitada por la falta de cemento, hierro, madera y financiación. A ello se sumó el crecimiento de ciudades como Madrid, Barcelona, Bilbao o Sevilla, impulsado por la emigración desde el campo.

La demanda de viviendas aumentó mucho más deprisa que la oferta. En un mercado libre, esa situación habría provocado fuertes subidas de alquiler y expulsión de los hogares con menos ingresos. El Estado optó por impedir que el ajuste recayera directamente sobre los inquilinos.

2. Empobrecimiento y salarios bajos

La posguerra estuvo marcada por el racionamiento, el desempleo, la inflación y una caída importante del nivel de vida. Aunque la legislación pretendía limitar las rentas, los ingresos de muchas familias también se habían deteriorado. Un alquiler que hubiera sido asumible antes de la guerra podía convertirse en una carga desproporcionada después de 1939.

La limitación de los alquileres funcionaba, por tanto, como una forma de política social indirecta: no se concedía necesariamente una vivienda pública, pero se mantenía bajo el coste de la vivienda ya ocupada.

3. Evitar desplazamientos y conflictos sociales

La vivienda era un asunto especialmente sensible porque una subida brusca de los alquileres podía producir desahucios masivos, hacinamiento y conflictos. El régimen, que carecía de legitimidad democrática y reprimía las organizaciones obreras independientes, tenía un fuerte incentivo para evitar un problema social visible en las grandes ciudades.

La prórroga forzosa cumplía una función decisiva: el propietario no podía terminar libremente el contrato, mientras que el inquilino obtenía una estabilidad excepcional. Así se impedía que la escasez se tradujera automáticamente en rotación forzosa de familias o en subidas de renta cada vez que vencía el contrato.

4. La ideología social del régimen

El franquismo se presentaba como un régimen protector de la familia, el orden y la propiedad, pero no como un sistema de mercado plenamente liberal. La intervención en los alquileres encajaba en esa combinación:

  • Se protegía al inquilino para preservar la paz social;
  • Se defendía la familia como unidad estable;
  • Se mantenía la propiedad privada, pero sometida a importantes restricciones;
  • Se intentaba evitar la imagen de un Estado indiferente ante la pobreza urbana.

La legislación no era, por tanto, simplemente una medida económica. También formaba parte de la política de “paz social” del régimen.

5. Compensar la protección del inquilino con incentivos a la construcción

El problema era que congelar o limitar las rentas reducía la rentabilidad de los propietarios. Si el arrendamiento antiguo quedaba sometido a una renta muy baja, construir viviendas para alquilar resultaba poco atractivo. El franquismo trató de compensarlo mediante vivienda protegida, beneficios fiscales, préstamos y estímulos a la construcción de viviendas en propiedad.

Esto produjo una evolución importante: el régimen acabó favoreciendo cada vez más que las familias fueran propietarias en lugar de inquilinas. De ahí procede, en parte, la fuerte cultura española de la propiedad de vivienda. La regulación antigua protegía mucho a quienes ya tenían un alquiler, pero hacía menos atractivo ofrecer nuevas viviendas en alquiler bajo condiciones semejantes.

6. La ley de 1946 consolidó, más que inventó, el sistema

La Ley de Arrendamientos Urbanos de 1946 debe verse como la consolidación franquista de una intervención que tenía antecedentes. Su lógica era proteger la continuidad del arrendatario en un momento excepcional de escasez. Las reformas de 1956 y, sobre todo, de 1964 mantuvieron y desarrollaron ese esquema, aunque introdujeron mecanismos de actualización y otras modificaciones.

Por eso “renta antigua” no designa únicamente una cifra congelada en una fecha concreta. Designa un conjunto de derechos acumulados:

  • Duración muy prolongada del contrato;
  • Prórroga forzosa;
  • Rentas inicialmente muy limitadas;
  • Actualizaciones restringidas;
  • Subrogaciones a favor de determinados familiares;
  • Dificultad del propietario para recuperar la vivienda.

En síntesis, la regulación surgió de la combinación de escasez de viviendas, pobreza de la posguerra, migración hacia las ciudades y temor a la conflictividad social. El franquismo la justificó como protección de las familias, pero también la utilizó para garantizar estabilidad y control político. Su efecto a largo plazo fue ambivalente: protegió eficazmente a muchos inquilinos antiguos, pero redujo la inversión en alquiler y contribuyó a que el mercado arrendaticio quedara dividido entre contratos muy protegidos y contratos nuevos mucho más caros y flexibles.

23 de septiembre de 2026

El dilema de la tirita

 Con o sin tirita en el dedo gordo lastimado, la duda me corroe. La farmacéutica tuvo a bien informarme de que el agua oxigenada que venía aplicando diligentemente en la herida impedía que ésta se cerrase. La solución magistral pasó por colocarme una pomada antibiótica a cambio de unos ocho euros y, ya de paso, y por si las moscas, intentó engordar la factura a cuenta de unas ampollas de suero salino que posiblemente hubieran duplicado su importe, a lo que razoné que un vaso de agua con dos pellizcos de sal funcionaría más o menos igual para el prelavado de la herida, lo cual no pareció hacerle demasiada gracia, pero a mí, plim. Ayer no fui a la playa por culpa del esparadrapo con gasa y pomada ceñido al pulgarcito lesionado, y hoy creo que el baño en pleno Veranillo de San Miguel justifica plenamente el dilema que me planteaba al principio, teniendo en cuenta que ya he vuelto a correr con el dedo enmascarado, sin complejos. Así que si me zambullo en el agua tirita mediante, bien pudiera ser que se me desprendiera inadvertidamente entre brazada y patada, y no es cuestión de guarrear un poco más el pobre Mar Menor, que ya lleva lo suyo entre nitritos freáticos, loción solar, fecales de desborde y la diáspora de plásticos abandonados a su suerte en el lecho marino. Pero sin tirita va a ser una herida indefensa, que acabará costrada de arena de orígenes dudosos: sospecho que las playas, aquí en Los Alcázares, a la vista de su tosca granulometría, no deben de ser más que áridos importados de graveras del interior. Me arriesgaré con la tirita. Me voy a nadar, y que Dios y el Mar Menor me perdonen si la cosa sale mal.

18 de septiembre de 2026

No quedan días de verano

 Ha pasado tanto tiempo que uno nunca piensa que el verano pueda acabarse, pero lo cierto es que el futuro ya está aquí otra vez, que el mundo sigue girando; otro cuarto de vuelta de tuerca en la rosca infinita. La fresca se adelanta, y ya podemos salir a trotar a horas decentes. Por la noche, las cucarachas ciegas se lo piensan dos veces antes de asomar las antenas y los mosquitos me hallan arropado debajo de la sábana cual momia, de forma que sólo les es dado repostar sangre en los espacios útiles de mi cabeza y en algún brazo despistado. Septiembre ya boquea y, de repente, me veo arrancando tres hojas del calendario de golpe, como un hard reset del conteo mecánico de los días. La playa ya no es rutina innegociable: nadar hasta la boya deja de ser un placentero garbeo amniótico y se vuelve braceo vigoroso para equilibrar la temperatura corporal en aguas cada vez más ásperas para esta nutria mediterránea en la que me he convertido al cabo de casi tres meses. Acelero las lecturas pendientes porque cuando me marche dentro de unos días, ahí se quedarán todos esos libros heredados y aún no leídos en una casa que volveré a ocupar cuando sea una persona un poco diferente, tal vez con nuevas rutinas inventadas, algunos achaques insospechados y el cargamento de sucesos, venturas y desventuras del año próximo, que afrontaré esta vez sin las abstracciones ontológicas ni los sesgos de una agenda psicoastrológica. Quedarán encerradas en la oscuridad de los armarios todas esas camisetas y demás indumentaria de usar y nunca tirar que jamás pasa de moda, calzoncillos con tomates inclusive (versión masculina de la tradicional braga de regla) como un ajuar eterno que hace innecesario el trajín de viajar con una maleta como dios manda. Descalcismos aparte, soy -o creo ser- un orgulloso pordiosero minimalista. Se acabó el verano, como de costumbre entre trombas de agua y bajonas térmicas. La matraca de los niños aulladores se ha desvanecido en la disciplina de las aulas, las familias han abandonado las hileras de adosados y aparcar deja de ser un privilegio. Algunas veces, pasada la media noche y antes de acostarme, salgo al patio y me asomo a una calle vacía donde sólo quedan las farolas encendidas por obligación, mi Citroën azul mal estacionado y el ladrido suelto de algún perro inquieto que pone contrapunto al silencio que gobierna a esas horas. Muy de lejos, el bullicio animado de los ingleses, los alemanes y otros turistas no de aquí que regresan a sus hoteles satisfechos (los turistas), probablemente macerados en cerveza. Respiro un par de veces sin pensar en nada y regreso dentro. Mañana el verano amanecerá un poco más difuminado y la ducha fría se hará respetar. Puedo contar con los dedos de la mano cuántas tostadas de aceite y tomate chafado representan los días que me quedan aquí.


15 de septiembre de 2026

Hallux

 Entre los riesgos recurrentes del descalcista valiente está el reventarse de vez en cuando alguno de los diez dígitos del pié. Ayer le tocó el turno al dedo gordo (hallux) del pie derecho, posiblemente fisurado, a juzgar por el dolor que experimento al movilizar la zona. Afortunadamente el tropezón me pilló a las puertas del adosado, en plena zancada floja, cuando el corredor ya ha cruzado la línea de meta. Al igual que en otras ocasiones (recuerdo ahora otro aplastamiento a cuenta de una silla porta-niños acorazada en otra vida ya muy lejana) corrió la sangre escandalosa bajo el colgajo de carne desgarrada, dejando un reguero de goterones desde el salón hasta el bidet donde me brindé los primeros -y últimos- auxilios del macho recio: chorreón de agua oxigenada, una pella de algodón y un pedazo de cinta aislante. Y a correr (es un decir). Antes de la cura espartana, y por experimentar, opté por no tirar a la basura la boina de pellejo, y la reubiqué cual cataplasma orgánica sobre el cráter de la herida. Ha sido una noche de ardor y dolores, como si tuviera una baliza V16 adherida a las terminales nerviosas del dedo convaleciente. Pero esta mañana estoy mejor. Espero un cambio de color y una cojera disimulada durante los próximos días. En cuanto pueda, más pronto que tarde, retomo la carrera a pie gentil, y que sea lo que Dios quiera.

10 de septiembre de 2026

Supertacañones

De regreso al adosado, me dedico a descargar otra temporada de Slow Horses para empezar la mañana, a la vuelta del desayuno en el bar murciano de costumbre, adonde he llegado sin las gafas de dos dioptrías y media que habitualmente cuelgo del cuello de la camiseta cuando salgo a desayunar, además del libro electrónico con una novela de Le Carré en las tripas del aparato; narrativa buena, si bien un tanto pasada de moda. Una novela de esas en las que la tecnología aún no se había infiltrado en las tramas del thriller detectivesco y era razonablemente fácil montar una intriga en un mundo sin cámaras omniscientes, ni torres de telefonía capaces de hacer ping en cualquier teléfono inteligente, ni localizadores ni redes sociales que habrían pillado al mayordomo con el carrito del helado desde el capítulo cero. Así que, constante el desayuno y sin la compañía de las gafas baratas, digo, no he tenido más remedio que sorber el café contemplando en el televisor adosado a la pared del bar, en sordina y con subtítulos, imágenes repetidas ad nauseam de la toma de Ceuta por los desheredados del mundo. Se me vienen a la cabeza las Bienaventuranzas a cuenta de los pobres, los que lloran, los mansos y los perseguidos que, al parecer, no se conforman con el Reino de los Cielos que les ha tocado en herencia y exigen con razón su pájaro en mano o, cuanto menos, la posibilidad de un anticipo a este lado del muro de Europa, donde hoy no se fía ni mañana tampoco y está reservado el derecho de admisión. A esta discoteca no se entra con alpargatas. En los flancos de la imagen, los tertulianos opinan con mayor o menor vehemencia según el plumero que se le aprecia a cada uno, vistos los subtítulos (sólo veo mal de cerca). Supongo que al cierre de la emisión, como todos, los tertulianos se irán a su casa, a sus cosas cotidianas, dejando la pose crítica en suspenso, congelada, hasta el día siguiente. Igual, imagino, harán los diputados, muy atentos a las instrucciones del partido (probablemente impartidas vía Whatsapp) del partido para el teatrillo del día siguiente. Yo, pertrechado con mis opiniones de cuñado en el zurrón, me alegro de no ser tertuliano ni, desde luego, político. Tan pronto empiezo a reflexionar sobre esta descomunal crisis de valores (derechos humanos vs. españoles de bien; prioridad nacional vs. prioridad internacional...) se me aparecen problemas y soluciones que se autosabotean sucesivamente hasta el infinito. Y más allá sólo existe una zona negativa, como de antimateria, donde campa el grito, el insulto y, si me apuran, la violencia. 

Me da por acordarme ahora del viejo programa concurso “Un, Dos, Tres Responda otra Vez”, a propósito de los “Supertacañones” (Valentín Tornos, Paco Cecilio et. al.), como la metáfora de una élite malcarada, que glosaban en verso el acierto o el error en las respuestas de unos concursantes aspirantes a ese trasunto de la felicidad que encarnaba el apartamento en Torrevieja o el coche utilitario... Como dicen los abogados, siendo bien cierto que la cruda realidad pone de manifiesto que, hoy por hoy, las Bienaventuranzas no son más que un brindis al sol, no resulta ser menos cierto, señoría, que los Supertacañones existen -no daré nombres aquí-, y que al otro lado de la caja fuerte bajo su custodia anda criando telarañas esa parte de la herencia que, aquí y ahora, correspondería por derecho a pobres, mansos y perseguidos.

6 de septiembre de 2026

Carpe Diem

 Cada vez que uno ve las orejas al lobo asomar por la casa del vecino de enfrente, uno se da cuenta de que vivir no tiene nada de particular: todo el mundo está vivo menos los que se mueren. En el gran casino de la vida todo el mundo gana menos el que pierde. Vivir es natural. Morir también. Están las muertes del Telediario y los anuncios que vendrán después y la vida sigue y mañana habrá otro Telediario y tal vez otra crónica de muertos muy lejanos sin eco ni registro en nuestro día a día: otra sota, otro caballo, otro rey y vuelta a empezar. Hasta aquí, la teoría de la muerte. Pero con el paso de los años, a los veteranos en la brega de vivir les toca acudir a maniobras con fuego real: se suicida un vecino, se muere un amigo, empieza a haber bajas en la parte alta de la familia... De camino al centro de salud para hacerte una analítica de rutina, sentado con un ticket tal que E-239 arrugado entre las manos, ensimismado en los turnos que canta el monitor, de repente, se te insinúa la parca -algo muy común en los entornos hospitalarios- y te echa un piropo de baboso, pero haces como si la cosa no va contigo y piensas: "me verás, pero no me f0ll@rás, maldita". Y sigues atento al juego del boleto, que ya toca. Sin embargo, en el fondo de ese corazón tuyo, cada vez más desfondado por tanta sístole y diástole, sabes que no quieres saber que lo que hoy ha sido un piropo retrechero mañana (o pasado) acabará en acoso verdadero sin Ministerio de Igualdad que te defienda porque, irónicamente, y como dicen por ahí, la muerte ya nos iguala a todos. Así que, todo a su debido tiempo. Entre tanto, olvidémonos del asunto y celebremos la posibilidad de regresar a casa acompañados y borrachos y, acaso, el cigarrito compartido de después. Se os quiere.