19 de agosto de 2026

Lecturas de agosto

 Tengo un ventilador que compré en un Chino hace tiempo. Hace un ruido infernal, pero también genera una poderosa corriente de aire huracanado que impide el aterrizaje de los mosquitos sobre mis apetitosas carnes morenas, además de rebajar unos cuantos grados la temperatura del salón. 

Este agosto, al menos por el momento, no es de frío en rostro, así que otro refrán que se va al carajo, igual que el de las mil lluvias de abril, que ahora son DANAs trimestrales, y pobre del que se resista con el sayo puesto hasta el cuarenta de mayo. El cambio climático arrasa con la sabiduría popular. Yo sudo cada vez peor.

Ayer me robaron la bandana naranja en la playa. Como siempre que voy a nadar, la dejo debajo de una piedra de dimensiones considerables para que el resto de veraneantes de toalla y sombrilla no den por hecho que es un trapo abandonado. Pero ni así. En cualquier caso tengo cuatro o cinco más, pero de regreso al hogar con la calva tendida al sol me di cuenta de que los consejos de Marco Aurelio me valían madres a la hora de la verdad. Creo que somos como somos y que eso de tomarse las cosas con filosofía no sirve más que para atragantarse con la  mala leche que a cada quien le venga de serie. En fin, una bandana menos. Hoy probaremos con la bandana azul y un pedrolo más grande.

He empezado a leer un libro titulado “Por qué leer los clásicos”. Resulta que el autor (Italo Calvino) ya se los ha leído, pero yo no, así que me cuesta bastante interactuar con ese señor tan erudito, que pretende mi complicidad, por ejemplo, cuando me narra los entresijos de la Anabasis de Jenofonte o las Metamorfosis de Ovidio, y yo a esos señores no les conozco más que de muy lejos, así que leo y callo, con la autoestima intelectual por los suelos y, por qué no reconocerlo, un poco mosqueado (Marco Aurelio, ven a mí). Dejando a un lado la reflexión, certera aunque un punto sofisticada, de que uno no lee dos veces el mismo libro, yo opino que se habría honrado más a la verdad si la obra se hubiera titulado “Por qué releer los clásicos”. El hacerlo así posiblemente hubiera acarreado un estrepitoso fracaso editorial, dado que apenas nadie ha leído los clásicos en primer lugar, lo que hubiera reducido sustancialmente el universo de potenciales lectores-compradores, yo incluido. Pero como digo yo, que debo de ser un poco masoquista: libro que vuela, a la cazuela. Aunque se me atragante, yo soy hombre de digestiones pesadas, estoy acostumbrado.

14 de agosto de 2026

De cerdos y migrantes

 Escucho un disco viejo de Joaquín Carbonell, de cuando la Transición, en aquellos tiempos en los que mi madre y sus amigos progres de buena fe tertuliaban la revolución pendiente en el salón de mi casa, hoy alquilada a una divorciada norteamericana. Las canciones se dan de hostias con la alegre canícula que reina esta mañana en el adosado. Canciones de invierno en las tierras baldías de Aragón que demuestran que la climatología interior de uno no rinde pleitesía a los modelos meteorológicos.

Y a pesar de que todo está perdido // a pesar de que aún hay quien tira piedras // no podrán con mis dioses ni mis gentes // que en las noches de nevada siempre sueñan. 

No es fácil encajar esos versos con treinta grados a la sombra y el ventilador puesto a las doce de la mañana de un catorce de agosto de 2026. 

En Ceuta y en Melilla se inventan obstáculos flotantes de quita y pon, como de Bricomanía, para acatar la virtualidad legislativa que avala las devoluciones en caliente, y a mí me recuerda un poco a la picardía medieval de arrojar los cerdos a la corriente para después repescarlos en las aguas del río y así pasarse la Cuaresma por el arco del triunfo. Argucias legales que en lugar de homologar cerdos muertos para su degustación en Viernes Santo devuelven a la oscuridad de la miseria a migrantes vivos, acaso con una historia que contar que ya quisieran para sí muchos influencers de esos que recorren el mundo a la contra, con billete de vuelta, pasaporte de la UE, móvil y colchoncito consular, por si acaso.

12 de agosto de 2026

Cucaracha

 Acabo de gasear a una cucaracha imprudente que, a plena luz del día, reposaba tranquila en una esquina del techo de mi dormitorio, aferrada al gotelet con esas patas como pestañas postizas venidas a menos. El bicho ha reaccionado esprintando hasta el marco de la ventana para descolgarse por el visillo, pero creo que se ha debido atorar a mitad de camino, tal vez presa de los efectos fulminantes del gas neurotóxico. Ahí la he dejado, agonizando, mal colgada de una pata entre los pliegues de la tela, pensando que a mi regreso de la playa me la encontraría panza arriba y cruzada de patas (muerte típica de las cucarachas envenenadas) en el suelo del cuarto. La idea era oficiar las exequias habituales mediante escoba y recogedor para después depositar el cadáver con el resto de la orgánica en el interior del cubo de basura. Pero no. Cuando más tarde (nadar, boya, caminata al borde del mar, etc...) vuelvo a entrar en el dormitorio, ya duchado y con el Telediario puesto, la cucaracha ha desaparecido o al menos se las ha apañado para agonizar en algún rincón insospechado del cuarto. No soy un tipo especialmente aprensivo, así que me he limitado a indagar entre las sábanas por si acaso esta noche. Pero nada. En fin, aparte de esta desaparecida en combate, este verano he aniquilado por la vía del spray a seis, más una por aplastamiento con chancleta barefoot, todas rubias, por cierto. Descansen en paz. 

Como cada tarde me voy a leer un rato al porche en compañía de un vaso de agua con dos hielotes de supermercado, jugo de lima (natural), una pizca de sal y una novela. Sabré del eclipse cuando la penumbra sobrevenida me dificulte la lectura. Y sí, claro que sí, llevaré las gafas puestas. Pero las de leer.

10 de agosto de 2026

Eclipse intelectual

 El país se chamusca porque en invierno, cuando no hacía tanta falta, cayó la del pulpo y ahora, mecachis, no llueve. Como si la naturaleza tuviera un punto de sadismo o de mala leche. En fin, de momento parece que se han quemado menos estadios de fútbol -la nueva unidad de medida desde lo de Luis de la Fuente- que la pasada temporada de incendios. E agosto va, pian piano: aún no está todo dicho...

Cada fin de año los medios de comunicación se dedican a insultar la inteligencia del personal a propósito del conteo de las doce uvas. Pero con la Pandemia del Eclipse se ha alcanzado otro nivel: de un tiempo a esta parte, pareciera darse una competencia encarnizada entre los medios para idear escenarios apocalípticos en los que una masa cretinizada de ciudadanos-zombis se autolesionan gravemente, embelesados en la contemplación en vivo y en directo del sol nuestro de cada día taponado por la luna nueva. El terror flota en el aire: se rumorea que el pueblo español, envalentonado con el triunfo en la Copa del Mundo, se siente capaz de bordar una estrella en el ranking de la oligofrenia. La maquinaria institucional ha de emplearse a fondo, porque una cosa es atragantarse con las uvas en fin de año y otra muy distinta que todos acabemos ciegos como en una novela de Ernesto Sábato. Pero ahí está el Estado-Padrecito, repartiendo gafas y advertencias a diestro y siniestro para evitar la avalancha de discapacitados visuales (¡las pensiones!), que bastante tenemos ya con el resto de taras que nos aquejan: discapacidad económica, discapacidad política, discapacidad educativa y discapacidad social. Somos los bobos de Messi. Tenemos el eclipse que nos merecemos.

2 de agosto de 2026

Aburrimiento

 El nuevo disfraz del muermo es lencería que no deja nada a la imaginación; al contrario, evidencia cuánto se aburre el personal, yo incluido. Antes, no era tan sencillo aventurar esta conclusión al no existir indicadores fiables del tedio: un paseo con las manos a la espalda, una sentada solitaria en cualquier banco de la calle, una caña entre taburetes desocupados en la barra de un bar. Pero hoy en día el teléfono móvil nos delata como quien coloca una baliza GPS en el techo del vehículo para señalizar un accidente. Una buena parte del mundo se aburre, especialmente en vacaciones. Baste darse una vuelta por la playa para detectar una masa de veraneantes autoinculpándose frente a un celular a la sombra de una sombrilla. Sospecho que muchos reos de aburrimiento tratan de invalidar esta presunción fingiendo disfrute y acción vacacional en las redes sociales posteando imágenes o vídeos elaborados desde el hastío, intentando alardear precisamente de lo contrario. Me too, ya digo. Escribo esto a sabiendas de que mi lencería taoista barata mas que ocultar me señala: “Ten paciencia. Espera hasta que el barro se asiente y el agua esté clara. Permanece inmóvil hasta que la acción correcta surja por si misma”. No creo que estas letras al boleo sean sinónimo de acción correcta sino más bien de impaciencia cuando la inmovilidad demuestra no ser una opción ante la turbidez permanente de la vida. Sorbo el tazón de café mientras muerdo distraído la media tostada de aceite y tomate que es el pan mío de cada día. El algoritmo se adueña de mí.

28 de julio de 2026

Clicad, malditos

 “Dejar un vaso sobre una hoja de papel en el fregadero antes de irse de vacaciones: ¿para qué sirve y por qué se recomienda?” Desde hace ya un tiempo este titular viene intentando secuestrar mi de por sí jibarizado span de atención. Su resiliencia en la página web del periódico (ojo, de tirada nacional) es sorprendente. Y mira que el mundo da tumbos y la realidad espurria noticias de relleno que compiten por hacerse un hueco en forma de hiperenlace. Pero no, ahí está el misterio de la hoja de papel en el fregadero, otra vaca muerta atorada en un meandro de la corriente de la realidad. En fin, suscriptores habrá que no lo consideren una estupidez de última generación, supongo. Hasta habrá quienes lo vean potencialmente instructivo y se acojan a su derecho fundamental de no acostarse sin saber una cosa más. Como fuere, el titular parece no tener fecha de caducidad, así que Clicad, malditos. En lo que a mí respecta, he convertido en punto de honor ignorar su contenido: el enigma permanecerá irresuelto pero yo, en contrapartida, habré ahorrado un par de neuronas, que ya van escaseando. Y aunque me hallo de vacaciones, duermo tranquilo a sabiendas de que mi domicilio habitual cuenta con un seguro que probablemente cubra siniestros derivados de un olvido de este tipo (dejé el fregadero tal cual). Dicen por ahí  que cuanto uno más conoce a los abogados, menos confía en los médicos. Visto lo visto, tampoco recomendaría la licenciatura en periodismo. 

P.s. Acaba de desatarse un infierno sonoro: un vehículo ha cubierto los doscientos metros que mide mi calle aporreando el claxon y por un momento yo he pensado evacúen sus hogares de inmediato, estamos cercados por las llamas, Dios mío, para cuándo la alerta SMS... Pero no. El Hombre Ambulante del Queso.