Relato cronológico de la concatenación
de sucesos extraños o incluso, yo diría, extraordinarios.
Como
antecedente general, apuntaré que he vivido -y vivo- en este mismo
domicilio desde 2001, y que a lo largo de todo este tiempo (25 años),
ninguno de los hechos que aquí apunto tiene precedente.
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Noche del 19 de junio de 2026. Regalo a un amigo una casa-refugio de
murciélagos, construida en madera rústica, que permanecía
arrumbada en un rincón de la terraza de mi casa, sin utilidad
ninguna. La casa en cuestión estuvo colgada en un punto de la
fachada durante dos años en los que ningún murciélago mostró
interés por habitarla. Al cabo, se descolgó y pasó a convertirse
en trasto inútil durante, calculo yo, otros dos años.
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Mañana del 20 de junio de 2026. Bajo a comprar un ladrillo de café
al supermercado y me encuentro, orillado en una esquina a pie del
portal (aclaro: no a pie de calle, sino en pleno territorio de la
comunidad de propietarios), un grueso mojón de mierda humana, de una
sola pieza y de dimensiones, si no descomunales, al menos
considerables: tumefacta, oscura, festejada por una avanzadilla de
moscas de coraza verde metalizada. He tenido perro y conozco la
diferencia entre unas y otras heces. A mi vuelta del supermercado
hago de tripas corazón y, con ayuda de una bolsa de fruta, retiro el
truño semiseco y lo deposito en la papelera más cercana. Desbandada
de moscas.
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Noche del 20 de junio de 2026 (I). Interrumpo el visionado de la
serie de turno porque mi amigo me envía a través de Telegram una
fotografía en la que se aprecia la casa-refugio de murciélagos
debidamente suspendida a más de tres metros de altura en el tronco
de un pino de su parcela, orientación sur-sureste. Me alegro por los
murciélagos, que con toda seguridad podrán habitarla y, también,
porque la casita ha cumplido por fin su propósito: orden y justicia
en oposición al caos y sinsentido del devenir universal. O eso
pensaba yo.
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Noche del 20 de junio de 2026 (II). Retomo el visionado de la serie
de turno. De repente, percibo un impacto seco en el cerramiento de la
terraza del salón. Mi primera reacción mental es “polilla”.
Pienso: “polilla grande” al tiempo que la visión periférica me
revela el cruce fugaz de un bulto oscuro seguido de un segundo
impacto en algún lugar indeterminado de la sala -tal vez el techo-
e, inmediatamente, un tercer impacto. Pongo la serie en pausa. Se
hace un silencio incómodo, o tal vez expectante. Descartadas mis
primeras impresiones, comienzo la búsqueda del murciélago intruso -qué otra cosa podía ser- que al final aparece disfrazado de mancha oscura sobre el parquet,
desparramado e inmóvil, junto al rodapié. Como el asno Platero, el bicho es
pequeño y peludo y posiblemente suave al tacto, extremo que no quise
comprobar, limitándome a recogerlo con mucho cuidado entre los
pliegues de la camiseta que llevo puesta mientras rememoro estos hechos.
Salgo a la terraza y deposito la prenda sobre el alféizar. En la
penumbra, deshago amorosamente los pliegues y descubro al pobre bicho
aferrado con los garfios a la tela que, nada más verse al fresco y
en la oscuridad se arroja al vacío y remonta el vuelo, alejándose
con esa trayectoria aparentemente caprichosa que caracteriza a los quirópteros. ¡Un
murciélago se acaba de colar en mi casa! Termino de ver el capítulo de El Eternauta y me voy a
la cama rumiando si estos sucesos tendrán algún significado oculto
o premonitorio.
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Madrugada del 21 de junio de 2026. Por primera vez en mi vida el
guion del sueño que me ha venido acompañando de uvas a peras
durante más de treinta años incorpora, por fin, una variación: he
terminado la carrera, ya no hay asignaturas pendientes. Novedosísima
premisa inicial sobre la que esta madrugada pivotó el resto de la
trama onírica [que ya he olvidado porque no importa: creo que me
reunía con una antigua compañera de facultad, cum laude,
tremendamente ambiciosa con un ego desmesurado y carente de
escrúpulos profesionales, pero esa es otra historia...]. Como venía
diciendo, y hasta la noche pasada, esos sueños recurrentes se
construían sobre la angustia y la desazón de saberme un impostor
por realizar tareas reservadas a los licenciados en Derecho, sin
saber ni cómo ni cuándo iba a presentarme a los exámenes que me
permitirían enderezar de una vez mi situación profesional en la
oficina de la multinacional, a lo que había que añadir la
convicción ansiosa de saber que más pronto que tarde iba a ser
descubierto, expedientado y despedido. Aunque no alcanzaban la
categoría de pesadilla, eran para mí sueños amargos. Por primera
vez se ha roto el bucle: lo onírico ya corre paralelo con lo real, e
intuyo que aquellas oscuras golondrinas… no volverán.
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Mañana del 21 de junio de 2026: Sin leche en la nevera. Acarajotado por recién despierto, tomo el ascensor, cazador-recolector urbano de buena
mañana este domingo, otra vez camino del supermercado. Curiosamente, el ascensor se detiene en la segunda planta. Se deslizan las
correderas metálicas y al otro lado me encuentro a un policía
municipal, parado frente a la puerta de una de las dos viviendas del
rellano. La puerta está abierta. Me observa y no dice nada ni hace ademán de moverse, limitándose a mirarme inquisitivo, así que yo, un tanto incómodo (ante la autoridad no puedo
evitar sentirme culpable de algo, de lo que sea, pero de algo...) le pregunto que si baja, a lo que
me responde negativamente. El policía me pregunta -o mejor: me
interpela- a su vez que si yo bajo, lo que me descoloca un poco. Le
respondo afirmativamente y retomo trayecto descendente hasta el
portal.
Llegado
a este punto, no puedo hacer otra cosa que detener las formas con las
que hasta ahora he narrado estos hechos extraños, por respeto a la
vecina que yacía muerta sobre la acera con la cabeza abierta
-reventada- a escasos cuatro metros del portal. La mujer policía que
acompañaba al cadáver me preguntó si podía identificarla, aunque
al cabo se lo pensó mejor y concluyó que era mejor que no me
acercase al cuerpo por razones obvias. Al parecer, se había arrojado
por el balcón. Qué podía hacer yo. En ese momento, y en mi mente,
la realidad se transforma misericordiosamente en una ficción
absolutamente necesaria para que la vida no se detenga y la
existencia se haga soportable. Yo salía del portal un domingo por la
mañana a comprar un brick de leche, repasando mentalmente mojones,
murciélagos y los sueños victoriosos de la noche anterior. Confieso
que no me fue difícil acorazarme mentalmente y fingir que la vida
seguía su curso al margen de los acontecimientos. Qué podía hacer
yo. A la vuelta del supermercado portando un cartón de leche
semidesnatada y unas galletas de fibra no pude evitar sentirme un
despropósito ambulante (insisto: ¡qué podía hacer yo!). La pobre mujer ya
estaba cubierta con la preceptiva manta térmica, supongo que a la espera del
forense y el juez que estuvieran de guardia. Ya pasado el medio día sólo quedaba en el lugar un manchón de lejía o producto de limpieza similar en lugar de sangre y fluidos corporales. Espero y deseo olvidar.
Aquí
concluye el relato de este cúmulo de acontecimientos heterogéneos
que han impactado como munición de racimo en un acotado de mi vida
de poco más de cuarenta y ocho horas, y que he intentado plasmar
aquí de la mejor forma posible, pero cuyo sentido oculto no me es
dado conocer. Siguiendo la recomendación de una amiga entre coñas y
cañas, someteré la literalidad de todo esto (copia-pega) al oráculo
de la Inteligencia Artificial, a fin de que un modelo de lenguaje a sueldo de los algoritmos halle algún sentido en todo este caos de
sucesos. Entonces veremos y, si procede, publicaremos.