Y agosto va. El país se chamusca porque en invierno, cuando no hacía tanta falta, cayó la del pulpo y ahora no llueve. Como si la naturaleza tuviera un punto de mala leche. De momento parece que se han quemado menos campos de fútbol -la nueva unidad de medida desde lo de Luis de la Fuente- que la pasada temporada de incendios.
Cada fin de año los medios de comunicación se dedican a insultar la inteligencia del personal con el conteo de las doce uvas. Pero con el asunto del eclipse se ha alcanzado otro nivel: de un tiempo a esta parte pareciera haber una competencia encarnizada entre los medios para idear escenarios inverosímiles en los que una masa cretinizada de ciudadanos-zombis se autolesionan, embelesados en la contemplación en vivo y en directo del sol taponado por la luna. El terror flota en el aire: se rumorea que el pueblo español, que se ha venido arriba con el triunfo en la copa del mundo, se ve capaz de ganar también el mundial de la estupidez. Las instituciones lo intuyen: una cosa es atragantarse con las uvas y otra muy distinta es que todos acabemos ciegos como en una novela de Ernesto Sábato. Pero ahí está el Estado-Paladín, repartiendo gafas y advertencias a diestro y siniestro en campaña denodada para evitar la debacle y salvar a una buena parte del colectivo humano subnormal de añadir la discapacidad visual al conjunto de taras que ya nos aquejan, al parecer sin remedio: discapacidad económica, discapacidad política, discapacidad educativa y discapacidad social. Somos los bobos de Messi. Tenemos el eclipse que nos merecemos.