Los cocineros de altura empiezan a dejarse bigotito. El arte de emplatar nunca fue suficiente para vender primero, segundo, postre y café o chupito a precios estratosféricos. Ahora el chef aspiracional ha de lucir pulcrito y modernete para justificar un plus de marginalidad que le dé la razón a la carta de precios. De la mera supervivencia alimentaria al arte culinario hay un largo camino; una carrera de resistencia en la que el combustible natural se almacena en billeteras o tarjetas bien dotadas de fondos al otro lado de la TPV. La meta volante de las Tres Estrellas míticas está al alcance de unos pocos ciudadanos que, más ahítos que hambrientos, atraviesan la puerta del restaurante, ya sobrados de muchas cosas materiales, quizá demasiadas: se come sin hambre y se bebe sin sed y a todos nos parece natural. Comer hambriento se está volviendo cosa de pobres de esos que se quejan por cuánto han subido los huevos o el pescado, y que nutren las estadísticas en las que se apoya la inflación no subyacente de la que informan los Telediarios. Entre tanto, los jóvenes sacerdotes de la restauración afilan sus bigotitos en las barberías de autor, otro negocio primo hermano en estos tiempos convulsos. Según el diario El País, una facción de fanáticos armados asesina en Nigeria a 170 personas por cuestiones religiosas. Esta insignificante noticia figura cuatro secciones más abajo y más allá de “En Vídeo”, “Lo Mejor de la Semana”, “Ocio y Estilo de Vida” y, como no, “El País Gastro”. Lo dicho, corren tiempos extraños.