25 de mayo de 2026

Divagando

 

Truenan los altavoces a volumen políticamente incorrecto en detrimento de ese lujo cuestionable que es pensar. Pierdo el foco de atención. Todo lo que vuelco aquí está embadurnado de música poco familiar, de esa que le envía a uno el algoritmo de los pobres. Expndo un poco la línea de razonamiento a lecturas y experiencias y alcanzo el lugar común del tipo y su circunstancia. Triunfará el alquimista que formule la vaselina magistral; el lubricante del orificio receptor de principios, gustos y convicciones que hagan de mí un hombre con autoestima a la altura de los tiempos. Reviso un contrato que no me importa. Opino en letras rojas y comento marginalmente, todo sin demasiado afán, a impulsos de una lealtad cada vez más socavada por el tiempo y la distancia. Celebro una fiesta con amigos nuevos. Mientras haya amigos nuevos aún queda espacio para evolucionar, aunque mis lealtades a estas alturas de la vida ya no sean como las de antes. Normal, pienso: La decadencia de la lealtad, síntoma natural de la vejez, amén de los naturales achaques de los cuales parece no querer ocuparse nunca la Seguridad Social, expertos en finta burocrática y locución telefónica desesperante. El viejo enfermo tiene que optar entre la cola estoica ante las puertas del especialista o que el tiempo, que todo lo cura, lo cure todo. O entrar triunfalmente y a golpe de talonario en la consulta privada que ese mismo especialista mantiene, tal vez a unas manzanas del hospital. Este viejo que aquí escribe tiene achaques y también calorón de ático mal aislado. Aún no añoro, sin embargo, un pasado reciente de bomba de calor, casto pijama y cubrecolchón eléctrico. Cuando el calor entra por la puerta, el fresquito salta por la ventana. Se avecinan tiempos de hacer nada en la playa en mi Castelgandolfo particular. ¡Que viene el Papa! (niña, ¿por qué lloras?, ¿qué no viene el Papa?)


21 de mayo de 2026

El avestruz en su terraza

 

Pasan los días y pasan cosas en el mundo. Y yo, aquí, hamacado en la terraza de casa sin hacer ni escribir nada en especial, mirando la vida pasar. Es la flojera de la felicidad, como una especie de parálisis benigna o el avestruz que esconde su cabeza en un agujero entre las nubes. El caso es que los verdugos del Ayuntamiento decapitaron por fin a la acacia condenada. El alcorque vacío es aún tumba sin lápida de adoquines sobre la que pronto rodarán los Suv de esos residentes de pro que vendrán a poblar la colmena de lujo. Shakira confesó haber defraudado a Hacienda (Hacienda somos todos) durante los ejercicios de 2012, 2013 y 2014. Delincuente sin cárcel durante todo ese tiempo y, curiosamente, mártir fiscal en lo tocante al ejercicio de 2011. La prensa carga más las tintas en el martirio que en los antecedentes penales de la diva ahora residente en Bahamas, lejos de las garras depredadoras del fisco patrio. A mi entender todo esto revela el consenso social tácito de que, al cabo, pagar impuestos es una putada y en este sentido Shakira somos todos. Florentino Pérez exhibe ante los medios su liderazgo jurásico, como de jefe antiguo, haciendo gala de campechanía tardo-franquista que rechina en un mundo 2.0. en el que se respira cancelación. Toda la prensa se ha percatado de que su barbilla es idéntica a la de una marioneta, pero están a otras cosas. A Zapatero se le ve el plumero, pero asesores áulicos con carné de partido los hay de todos los colores. Se habla con naturalidad de puertas giratorias, consultorías estratégicas, think tanks y fundaciones que forran los bolsillos de las viejas glorias de la política. El tradicional dile a menganito que vas de mi parte evoluciona y se enrevesa hasta los entramados empresariales off-shore. Una constelación de favores de pago que van y vienen como los satélites de Starlink. Favores que igual son legales o a lo mejor no. En el mundo, ya digo, pasan cosas, pero pasan lejos de la terraza. Yo, a mi novela, a mi cerveza y a mis otros menesteres irrelevantes. By the way, tengo pendiente preparar el IRPF, a ver cuánto me toca palmar este año.

10 de mayo de 2026

En memoria de una acacia

 

A propósito de la obra de enfrente, esa que más de una vez ha hecho las veces de muletilla al modesto relato de mi vida reciente. El caso es que en el tramo de acera adyacente al solar, ayer cráter excavado, hoy flamante complejo residencial (club social y piscinita en la azotea), viven cuatro acacias en sus alcorques adoquinados, de esas que abundan por las calles de Madrid por obra y gracia de los urbanismos del Ayuntamiento. La más grande de todas ellas es un coloso de tres plantas de altura que, con la fronda recién estrenada como cada primavera, regala, sin pedir nada a cambio, un oasis de sombra e intimidad a los futuros residentes (el barrio se gentrifica, ya no quedan vecinos). La acacia en cuestión se yergue frente a mi apartamento, al otro lado de la calle. Como a sus hermanas más pequeñas, la he contemplado vestirse y desnudarse una y otra vez con el paso de las estaciones. Constante la obra, su tronco se ha beneficiado de una tutela administrativa en forma de malla corrugada frente a las embestidas de grúas, camiones, carretillas elevadoras y otros brutos mecánicos habituales en la construcción. Así, una vez culminado el proyecto residencial al compás de mayo, la acacia ha sobrevivido incólume, y su carpa verde ha vuelto a sobrevolar la calle como cada año. Por desgracia, el estudio de arquitectura que diseñó y homologó los planos no tuvo en cuenta que el árbol tutelado obstaculizaba de plano el pasaje de entrada al aparcamiento subterráneo del edificio, por lo que se ha solicitado y obtenido el correspondiente permiso municipal de tala, a cambio de cincuenta y seis pimpollos que el consistorio plantará donde estime conveniente. Asomado a la terraza cada mañana ya no puedo ver más que una acacia muerta en vida. Desarrollo urbano, sadismo administrativo y el triunfo incontestable del homo residentiae. Un día a finales de mayo los operarios municipales, embutidos en sus monos verde-amarillos y armados con sierras motorizadas descuartizarán el árbol en un santiamén para que luego una cuadrilla de obreros proceda a sellar con adoquines el alcorque vacío, y donde antes hubo tronco y fronda pronto no quedará más que paso franco de acceso a unas cocheras. Y la vida sigue. Cosas del progreso.

7 de mayo de 2026

Pies Sucios

 

Salgo a trotar. A raíz. Para quienes observan estupefactos, las aceras de Madrid son un repositorio de meadas de perro, cristales emboscados, gargajos, polvo sucio, excrementos de rata, bacterias letales, clavos, agujas quirúrgicas posiblemente infectadas de VIH y todas las variantes implícitas en el genérico mierda. Los niños, aún incontaminados por el consenso social del asco, se limitan a expresar sorpresa: mamá ese señor va descalzo o similares. El señor descalzo, o sea yo, picotea los adoquines grises ajeno a todo eso, más atento a los mensajes sensoriales que le comunican izquierda derecha izquierda derecha las suelas orgánicas de las palmas de los pies, por fin libres de la tiranía menor de las sandalias. Zapatos, deportivas y calcetines sacrificados hace tiempo en el ara de una vida, acaso más incómoda, para qué negarlo, fuera de la matrix comercial que promete la superación centesimal de los límites del ser humano a base de prótesis mágicas y tecnología que para mí no valen más que la perra gorda del refrán. Después de casi diez años puedo aventurar la hipótesis de que quien corre descalzo no compite ni busca mejorar tiempos ni técnica de carrera. Corre así porque quiere y porque puede. Mientras pueda. Así de simple y, a la vez, así de complejo.

27 de abril de 2026

Mulas

 

Qué pereza ponerse a escribir de lo cotidiano de uno. Más pereza aún da divagar sobre cualquier chorrada circunstancial, a sabiendas de la ignorancia crasa que subyace en la fuente de toda convicción mía. En cualquier caso me autoindulto por las opiniones -o mejor, ocurrencias- posiblemente descerebradas que se me vienen a la cabeza, aun cuando no superen el listón de lo respetable. Y este es el secreto, la fórmula que me permite seguir escribiendo sin convertirme en hater de mí mismo. La extravagancia terapéutica de escribir por escribir. Me pregunto que pensarán de sí mismos, y a este respecto, quienes vierten sus opiniones en los medios a cambio de un estipendio. Para mí, desde luego, supone un descargo de responsabilidad enorme el saber que publico para nadie, porque quiero, porque puedo y porque es gratis. Cambio de tercio. Me acuerdo ahora de las pobres mulas de la Feria, obscenamente rasuradas, dejando a la vista una trama irregular de venas engrosadas por el esfuerzo de arrastrar a los turistas horteras entre el tráfico y los atascos de Sevilla. Una estampa más bien anacrónica e incongruente. Y hasta triste. La plastificación comercial del romántico paseo en calesa por las calles de una ciudad antaño hermosa que hoy, como tantas otras, se ahoga entre comercios, marquesinas y semáforos. Espero al menos que, ya que no les pagan por su labor tan ingrata, sus amos las traten bien.


25 de abril de 2026

En la Periferia de la Feria

 

Hoy he encintado y pintado de blanco dos techos y una habitación. Recién llegué a casa y lo celebro con Pink Floyd y unos Lacasitos, después de recoger la ropa tendida desde que me marché esta mañana. El cuerpo, naturalmente, cubierto de ronchas y motas blancas que se curarán con la próxima ducha, mañana. Debo dejar constancia de que hace unos días anduve felizmente desorientado por el recinto de la Feria de Sevilla de la mano de D., camuflados entre hordas polvorientas de asesores inmobiliarios y gitanas engalanadas con flores de plástico muy realistas. La Feria de Sevilla me parece un evento desenfadado de quita y pon; de plástico, bombilla y rebujito. Muy encorsetado por la normativa municipal y la privacidad de las casetas desmontables, donde cada quién interpreta su sentir ebrio en medio de una bullanga en la que todos se entienden pero nadie entiende nada. Anda, jaleo, jaleo. Un plato de pescado variado y la consabida jarra de rebujito en la periferia de la Feria nos hizo felices al compás del tiempo compartido. Tomo buena nota de ello en el archivo de la memoria y lo elevo a Instagram, por si algún día se me extraviase el recuerdo.