Emboscado al otro lado del escaparate
de la cafetería, cruasán y taza en bandeja, miro pasar a los
viandantes al otro lado de los arañazos, mugres, churretones y demás
cicatrices de la mampara: Adolescentes pintones, con
la vida aún por estrenar y ya con vapeador o cigarrillo entre los
dedos. Un abrigo móvil que seguramente haya sacado a pasear al viejo
artrítico que lleva dentro. Zombies de toda edad y condición
demoran el paso, abducidos por las pantallas de sus teléfonos
móviles. La vieja grimosa de todos mis desayunos, esta vez sin la
perra negra paticorta, infiltra su fétido karma en mi campo visual
durante unos segundos, hasta que interrumpe la escena un pelotón de
mujeres sin complejos embutidas en mallas prietas, generalmente
negras -las mallas-, inmunes a la dictadura de según qué biotipos.
Bien por ellas: hermana, yo sí te miro. Un hombre con aspecto de
padre de familia pasea de la mano de un niño curiosillo. Me llama la
atención su barba corta, bicolor, absolutamente maniquea. Me
pregunto qué extraño disgusto le habrá deparado la vida para lucir
al abuelo prematuro al otro lado del mentón. Un bulldog bastante
feo, valga la redundancia, rebufa y tensa con redoblado esfuerzo la
correa que lo ata a su dueño. Una fe inquebrantable parece
teledirigir toda su compacta musculatura hacia el alcorque en el que
yace abandonada a su suerte media barra de pan. Cruza un muchacho en
manga corta, brazos razonablemente tatuados, como cabe esperar de
cualquier bro que combate orgulloso la climatología adversa a base
de juventud y hormonas. Seguro que va camino del Chino a comprarse un
RedBull, pienso. Soy un malpensado, pienso casi inmediatamente,
mientras continuo haciendo scroll infinito con el newsletter de la
realidad. El teléfono móvil, claro, se me quedó estacionado en
casa a media carga. Qué iba a mirar yo si no...