28 de agosto de 2026

Farmear aura

 Van ya tres o cuatro días de leer la prensa de todos los colores en diagonal (como de costumbre) y me encuentro con que todos dejan sus respectivos sesgos a un lado para cargar tintas sociológicas en  una cosa que hacen los jóvenes de ahora que se llama “farmear aura” que, a lo que parece, es algo así como dar el cante en el mundo de carne y hueso, grabarlo y multiplicarlo en las redes sociales con la sana intención de fardar y, de paso, expandir la masa de seguidores. El objetivo último de este postureo forzado, nadie lo ignora, es transmutarse en influencer de pro y así generar ingresos por la cara, en el más amplio sentido de la expresión. Y a mí me parece bien, si tenemos en cuenta que en este mundo existen -y dentro de la legalidad- muchas otras formas de ganar dinero a espuertas que son moralmente reprobables, cuando no directamente miserables, merecedoras de análisis y denuncia editorial desde todos los frentes del espectro ideológico. Sospecho que por carecer de tirón mediático o por mero interés político-financiero, todos esos asuntos de actualidad se quedan castigados en el cuarto de los ratones. 

“Farmear aura” no es más que otra noticia de verano insertada con calzador en el universo de eso que denominamos información. En el fondo, se trata de escoger al enemigo más débil y descargar en él la artillería pesada: un obús periodístico apuntado a una caca de cucaracha que genera un gigantesco cráter de despropósito pero, eso sí, bien escrito, bien razonado y, como siempre, con el apoyo de expertos en la materia. Los suscriptores de pago comentan airadamente el tema (mejores, más recientes, mejor valorados), que obviamente no va con ellos, pero que de alguna forma también demuestra un interés inconfeso en dejar su huella de dinosaurio en las redes. Ejem, como yo, supongo.  Así que un muerto por aquí, un tiroteo por allá (lejos), muchas mujeres -y hombres- florero pisando alfombras rojas y photocalls, el misterio de andar por casa del trapo en el fregadero, las primicias aterradoras de la DGT, los inquietantes bloques de noticias “patrocinadas”, chollos en Amazon, el cebo envenenado de magnos truños cinematográficos o musicales por venir. Se entenderá, a la vista del panorama, que no me quede otra que leer esa prensa de todos los colores vía Bypass Paywalls Clean con bloqueador de anuncios y en diagonal. A veces me da por pensar que filtrar toda esa porquería con el noble propósito de estar informado no merece la pena. Y entre tanto, toda esa masa social con derecho constitucional de voto (ojo) que no pierde el tiempo con la prensa convencional se dedica, bien a la vendimia o bien a la cata de aura. Quién dice que esa no sea una forma más válida de tomarle el pulso a la realidad... Me voy a comer con unos amigos.

24 de agosto de 2026

Gordo y moreno, pero bien

 Me queda una hora aproximadamente para escribir esto, antes de que haya de cumplirse la ortodoxia de la rutina que me llevará hasta la playa y después a la boya para regresar a casa con una vaga idea de lo que vaya a comer: cosa sencilla de vuelta y vuelta, acompañamientos simplones, juntos pero no revueltos (qué pereza, cocinar para uno) y de postre un humilde flas golosina baratuno de colores radiactivos, puro veneno, de esos que venden en los supermercados, pero que, he de confesar, me encanta chupetear coincidiendo aproximadamente con la crónica de deportes y el parte del tiempo en la televisión. Es lunes, el verano pierde fuelle. He alcanzado los límites razonables del tostado integral; mi melatonina de hombre blanco no da para más. Aparte del moreno, yo diría, a juzgar por la presión de los bermudas en el perímetro de la cintura que estoy un poco más gordo, heteronomativamente hablando, y sólo un poco. Por ahí también rondo ciertos límites razonables que espero no superar gracias al deporte. Sería dramático verme obligado renunciar ahora a mi tostada de tomate y a los Lacasitos del after-postre y a los helados brutales del monoposte del Burguer King. Ya llegará el invierno de mi descontento. Por el momento, la pereza, el abandono y, en fin, el dolce far niente caracterizan mi existencia mientras dure este largo y muy cálido verano del 26. Vámonos a la playa, otra vez.

19 de agosto de 2026

Lecturas de agosto

 Tengo un ventilador que compré en un Chino el año pasado. Hace un ruido infernal, pero también genera una poderosa corriente de aire huracanado que impide el aterrizaje de los mosquitos sobre mis apetitosas carnes morenas, además de rebajar unos cuantos grados la temperatura media del salón, que en las últimas semanas no baja de 30 grados. 

De modo que este agosto, al menos por el momento, no es de frío en rostro, así que otro refrán que se va al carajo, igual que el de las mil lluvias de abril, que ahora son DANAs trimestrales, y pobre del que se resista con el sayo puesto hasta el cuarenta de mayo. El cambio climático arrasa con la sabiduría popular. Yo sudo cada vez peor.

Ayer me robaron la bandana naranja en la playa. Como siempre que voy a nadar, la dejo debajo de una piedra de dimensiones considerables para que el resto de veraneantes de toalla y sombrilla no den por hecho que es un trapo abandonado. Pero ni así. En cualquier caso tengo cuatro o cinco más, pero de regreso al adosado con la calva tendida al sol me di cuenta de que a la hora de la verdad los consejos del estoico Marco Aurelio no surtían efecto alguno en mi mal talante. Creo que somos como somos y que eso de tomarse las cosas con filosofía no sirve más que para atragantarse con la  mala leche que a cada quien le venga de serie. En fin, un trapo menos. Hoy probaremos con la bandana azul y un pedrolo aún más grande.

He empezado a leer un libro titulado “Por qué leer los clásicos”. Resulta que el autor (Italo Calvino) ya se los ha leído, pero yo no, así que me cuesta bastante interactuar con la prosa de ese señor tan erudito, que pretende mi complicidad, por ejemplo, cuando me narra los entresijos de la Anabasis de Jenofonte o las Metamorfosis de Ovidio, y yo a esos señores no les conozco más que de muy lejos, así que me obligo a leer con la autoestima intelectual por los suelos y, por qué no reconocerlo, un poco picado (Marco Aurelio, de nuevo, no acude en mi ayuda). Dejando a un lado la reflexión, certera aunque un punto sofisticada, de que uno no lee dos veces el mismo libro, yo opino que se habría honrado más a la verdad si la obra se hubiera titulado “Por qué releer los clásicos”. Soy consciente de que el haberlo hecho así posiblemente hubiera acarreado un estrepitoso fracaso editorial, dado que es un hecho notorio que apenas nadie ha leído los clásicos, y ello habría reducido sustancialmente el universo de potenciales lectores-compradores, yo incluido. Pero, en fin, libro que vuela, a la cazuela. Aunque se me atragante, yo soy hombre de digestiones pesadas, ya estoy acostumbrado. Sigo sudando.

14 de agosto de 2026

De cerdos y migrantes

 Escucho un disco viejo de Joaquín Carbonell, de cuando la Transición, en aquellos tiempos en los que mi madre y sus amigos progres de buena fe tertuliaban la revolución pendiente en el salón de mi casa, hoy alquilada a una divorciada norteamericana. Las canciones se dan de hostias con la alegre canícula que reina esta mañana en el adosado. Canciones de invierno en las tierras baldías de Aragón que demuestran que la climatología interior de uno no rinde pleitesía a los modelos meteorológicos.

Y a pesar de que todo está perdido // a pesar de que aún hay quien tira piedras // no podrán con mis dioses ni mis gentes // que en las noches de nevada siempre sueñan. 

No es fácil encajar esos versos con treinta grados a la sombra y el ventilador puesto a las doce de la mañana de un catorce de agosto de 2026. 

En Ceuta y en Melilla se inventan obstáculos flotantes de quita y pon, como de Bricomanía, para acatar la virtualidad legislativa que avala las devoluciones en caliente, y a mí me recuerda un poco a la picardía medieval de arrojar los cerdos a la corriente para después repescarlos en las aguas del río y así pasarse la Cuaresma por el arco del triunfo. Argucias legales que en lugar de homologar cerdos muertos para su degustación en Viernes Santo devuelven a la oscuridad de la miseria a migrantes vivos, acaso con una historia que contar que ya quisieran para sí muchos influencers de esos que recorren el mundo a la contra, con billete de vuelta, pasaporte de la UE, móvil y colchoncito consular, por si acaso.

12 de agosto de 2026

Cucaracha

 Acabo de gasear a una cucaracha imprudente que, a plena luz del día, reposaba tranquila en una esquina del techo de mi dormitorio, aferrada al gotelet con esas patas como pestañas postizas venidas a menos. El bicho ha reaccionado esprintando hasta el marco de la ventana para descolgarse por el visillo, pero creo que se ha debido atorar a mitad de camino, tal vez presa de los efectos fulminantes del gas neurotóxico. Ahí la he dejado, agonizando, mal colgada de una pata entre los pliegues de la tela, pensando que a mi regreso de la playa me la encontraría panza arriba y cruzada de patas (muerte típica de las cucarachas envenenadas) en el suelo del cuarto. La idea era oficiar las exequias habituales mediante escoba y recogedor para después depositar el cadáver con el resto de la orgánica en el interior del cubo de basura. Pero no. Cuando más tarde (nadar, boya, caminata al borde del mar, etc...) vuelvo a entrar en el dormitorio, ya duchado y con el Telediario puesto, la cucaracha ha desaparecido o al menos se las ha apañado para agonizar en algún rincón insospechado del cuarto. No soy un tipo especialmente aprensivo, así que me he limitado a indagar entre las sábanas por si acaso esta noche. Pero nada. En fin, aparte de esta desaparecida en combate, este verano he aniquilado por la vía del spray a seis, más una por aplastamiento con chancleta barefoot, todas rubias, por cierto. Descansen en paz. 

Como cada tarde me voy a leer un rato al porche en compañía de un vaso de agua con dos hielotes de supermercado, jugo de lima (natural), una pizca de sal y una novela. Sabré del eclipse cuando la penumbra sobrevenida me dificulte la lectura. Y sí, claro que sí, llevaré las gafas puestas. Pero las de leer.

10 de agosto de 2026

Eclipse intelectual

 El país se chamusca porque en invierno, cuando no hacía tanta falta, cayó la del pulpo y ahora, mecachis, no llueve. Como si la naturaleza tuviera un punto de sadismo o de mala leche. En fin, de momento parece que se han quemado menos estadios de fútbol -la nueva unidad de medida desde lo de Luis de la Fuente- que la pasada temporada de incendios. E agosto va, pian piano: aún no está todo dicho...

Cada fin de año los medios de comunicación se dedican a insultar la inteligencia del personal a propósito del conteo de las doce uvas. Pero con la Pandemia del Eclipse se ha alcanzado otro nivel: de un tiempo a esta parte, pareciera darse una competencia encarnizada entre los medios para idear escenarios apocalípticos en los que una masa cretinizada de ciudadanos-zombis se autolesionan gravemente, embelesados en la contemplación en vivo y en directo del sol nuestro de cada día taponado por la luna nueva. El terror flota en el aire: se rumorea que el pueblo español, envalentonado con el triunfo en la Copa del Mundo, se siente capaz de bordar una estrella en el ranking de la oligofrenia. La maquinaria institucional ha de emplearse a fondo, porque una cosa es atragantarse con las uvas en fin de año y otra muy distinta que todos acabemos ciegos como en una novela de Ernesto Sábato. Pero ahí está el Estado-Padrecito, repartiendo gafas y advertencias a diestro y siniestro para evitar la avalancha de discapacitados visuales (¡las pensiones!), que bastante tenemos ya con el resto de taras que nos aquejan: discapacidad económica, discapacidad política, discapacidad educativa y discapacidad social. Somos los bobos de Messi. Tenemos el eclipse que nos merecemos.