27 de octubre de 2026

El mirlo y Billie Holiday

 Escucho a Billie Holiday, música de otro tiempo, ajena a la nostalgia de un pasado que nunca viví y que ahora, al cabo de tantos años, me hace desear haber sido inquilino de la época que habita en esa especie de bruma sonora a través de la que se filtra el sonido de las grabaciones de entonces. Un hombre defectuoso que hace trampas con su pasado imperfecto y se cuela de matute en un mundo que nunca fue el suyo, pero que gusta de imaginar como tal… Anochece en Madrid a finales de octubre y un otoño perfecto se cuela por las ventanas abiertas, a tono con el “Stormy Weather” a pesar de lo que parezca indicar el título de la canción.

Enciendo el procesador de textos y, como de costumbre, ignoro el consejo bienintencionado, el truquito golfo del día para usuarios avanzados que se me aparece en una esquina de la pantalla. La ofimática no es santo de mi devoción; sólo una herramienta profesional ajena a añoranzas y estados de ánimo (a propósito de Billie Holiday)… Pensándolo bien, hay quienes sostienen un romance intenso con su pluma estilográfica o su máquina Olivetti. No descarto, por tanto, algún tipo de conexión emocional con un teclado o un sistema operativo. Y, pensándolo mejor, he de reconocer que, en mis días más altruistas, menos cínicos, yo mismo fui amante y apóstol del software libre, pero eso es ya agua pasada. En el plano físico, las máquinas obsoletas nunca me dieron pena. Me dan un poco que pensar esas personas que hacen cola a deshoras para gastarse las perras en el último cachivache fabricado por Apple®, y me pregunto si alguna vez habrán sentido nostalgia de algo o por algo. Gente del futuro, quién los entiende.

Arriba, en la terraza, hay un mirlo que siembra el caos entre las macetas día sí y día también. Y lo cierto es que la metáfora no podía ser más desafortunada, porque el pajarraco se dedica en realidad a vaciarme los tiestos y me pone todo el suelo perdido de tierra. El otro día me picoteó un peyote. Criatura de Dios. Alguna vez lo he pillado en plena faena y hemos cruzado miradas por un momento. Antes de salir volando a escape, ese ojo naranja, reptiliano, insolente, amoral me recuerda el trato indiferente que la naturaleza dispensa a las cosas de los hombres. Un verdadero hijueputa, el mirlo, pero qué lindo canta en los atardeceres de primavera. Una cosa por la otra, no tengo más remedio que indultarlo. Seguiré, pues, barriendo a doble turno hasta que haga falta.

23 de octubre de 2026

Bam-bam (en gayumbos)

 Decido no empalidecer sin antes luchar por la resiliencia de mis carnes morenas frente al invierno censor de esa desvergüenza feliz con la que todos (y especialmente todas) vivimos el verano que ya se fue. Así, aprovecho la solana de la terraza de abajo para leer una novela cuasi-romántica (riesgos de agarrar lo primero que uno encuentra entre los anaqueles de su -es mucho decir- biblioteca) a pleno calzoncillo, a la vista de los nuevos habitantes de alto standing de lo que una vez fue la obra de enfrente. Mi momentazo Torrente a pleno sol, y que los del club social del otro lado de la calle piensen lo que quieran. Así que, en estado de semidesnudez, a gayumbo pelado, abordo la lectura del paperback sin el auxilio de las gafas de 2.5 aumentos, como un topillo valiente. La experiencia es rara: leer con los ojos entrecerrados, desde la celosía de las pestañas, se vuelve trabajo más bien especulativo y, sobre todo, de concentración intensa: predigo palabras probables, juzgando a partir del contorno borroso de la letra impresa y su coherencia con el hilo narrativo. El descifrado resulta a veces en un despropósito y otras, que son la mayoría, acierta con el significado entreleído. El caso es que, a pleno sol, y aún a trancas y barrancas, aún soy capaz de leer sin la prótesis de las gafas. 

En pleno esfuerzo lector, me doy cuenta de que estoy aplicando al contenido de las páginas una metodología similar a la predicción estadística sobre la que operan los modelos de Inteligencia Artificial. Me comparo, Yo Cegatón, con el algoritmo que más pronto que tarde apuntillará nuestra creciente torpeza mental, muy debilitada ya por los contenidos de consumo rápido en las pantallas de los teléfonos móviles... 

Lo físico, me temo, ya ha sido colonizado por la abulia de los mandos a distancia, la Roomba y otras soluciones tecnológicas sedentaristas que, al fin, hacen las delicias de fisioterapeutas y masajistas. Torpeza mental y flojera física como seña de identidad del hombre nuevo en el segundo milenio. Sudo. Dejo de filosofar. Mi terraza no conoce el invierno cuando los cielos de Madrid son los cielos de Madrid.

P.s. La Tractomula: Sustantivo poderoso que acompaña al bam-bam de mi corazón mientras me imagino fuerte, tenso, hidráulico como maquinaria industrial pesada a pleno rendimiento, mientras mis puños, como pistones, le arrean al saco: Bam-bam, bam-bam, bam-bam, según las Instrucciones que nos han dejado los cartageneros de Arde Bogotá en su último trabajo.

17 de octubre de 2026

Vida doméstica de un tuerto

 Sorbo el te matcha sin demasiada ceremonia. Por su textura tras remover el chorrito de leche, me recuerda al contenido de un bote de pintura color guisante mate; esa cromatura que colonizaba el interior de los hospitales antiguos, y que desde aquellas épocas en las que iban cayendo los primeros familiares asocio yo con el agotamiento, la enfermedad y el sufrimiento resignado. Y algún moco o residuo seco camuflado entre el gotelet de la pared, detectado durante el aburrimiento de aquellas vigilias interminables en las salas de espera. 

Anochece. El procesador de textos estaba blanquiabierto, por casualidad, en plena pantalla y, taza de matcha en mano, no me ha quedado otra que interpretarlo como un aviso del cielo y dejar para después la lectura de la prensa virtual, cosa que, ya puesto en faena, agradezco. Igual que cuando, con gran esfuerzo, y haciendo oídos sordos a la llamada de las pantallas, me amarro al sillón rojo con una novela entre las manos y empiezo a descifrar las letras poco a poco, párrafo a párrafo, hasta que la historia fluye sola y yo me pierdo entre las páginas, allá donde es sano perderse.

He conseguido fijar al techo sin incidentes una nueva lámpara-ventilador. Ahora mismo proyecta un cono de luz que me hace imaginarme al borde de la abducción por un ente alienígena; aunque, bien pensado, y honestamente, no sé qué interés pudiera concitar mi persona, habiendo tanto humano de relumbrón donde elegir. Pero también es cierto que la vida, con mayúsculas, sigue siendo un misterio y, también, una tómbola. Que se lo digan, por ejemplo, al fósil del cadáver alanceado que ha salido en las noticias, setenta y cinco mil años después. Uno nunca puede saber. A lo mejor.

Tampoco podía yo imaginar, ayer por la tarde en la sesión de boxeo, que una uña y su correspondiente nudillo, abanderado anatómico de un brazo proyectado a unos veinticinco kilómetros por hora, me aplastaría el ojo izquierdo con laceración del párpado inferior (sangre). Aparte del dolor y el amoratado que es habitual en estos casos, me queda la sensación de ver las cosas como cuando uno le aplica esos efectos digitales para enmarcar fotografías que vienen de serie en la cámara del teléfono móvil. Supongo que pasará el tiempo y regresaré al contorno de ojos matutino, tal vez con el añadido de una pequeña cicatriz, inapreciable, asumo, entre las arrugas sintomáticas del paso del tiempo en un hombre de mi edad y condición que no ha tenido, ni probablemente tendrá, encuentros en la tercera fase.

P.s. Esta mañana limpié (¡por fin!) los cristales del cerramiento con la ayuda del gadget telescópico que en su día adquirí en un Chino. Los resultados han sido más bien pobres (una plétora de surcos curvilíneos churretosos), debido, posiblemente, a mi impericia a la hora de mantener torsiones extremas de brazo y hombro, intentando abarcar la cristalería de la fachada desde el interior del cerramiento. Todo sea por no precipitarse inopinadamente al vacío desde posiciones más confortables... Acaba de empezar a llover. Llega -ahora sí- el otoño.

13 de octubre de 2026

Humano y pudoroso

 Nos acercamos al ecuador de octubre, y aunque la cosa en Madrid ya no da para Veranillo de San Miguel, la manga corta y los bermudas no dejan de ser una opción  viable para tirarse al ruedo de la calle por estas fechas. Mi terraza también parece vivir una segunda juventud, como un amago de primavera, sin mostrar aún los primeros estragos del otoño que vendrá; todo muy frondoso e idílico, si no fuera por la flojera de vientre de las palomas que, apostadas en la parabólica de la comunidad, hacen del suelo un firmamento de excrementos color mostaza que más de una vez he pisado descalzo. Y mención de honor, también, para los butrones que excavan los mirlos en las macetas, a la caza de lombrices y demás bichos de su interés, que me lo dejan todo perdido de grumos de tierra cada mañana. Y a barrer… Pero no me quejo: mi terraza está preciosa a estas alturas del año.

Y, por fin, hoy llegan los guantes de boxeo. Dos días de envío express -te lo juro por mi web- que al final han sido trece. Durante este tiempo, mis manos de señorita han conocido el interior cavernoso y sudado por vaya usted a saber quién de unos guantes de cortesía de catorce onzas arrumbados en el cuarto de las escobas del gimnasio. Debo cruzar dedos: están en reparto según escribo esto. Me huelo los dedos, también según escribo esto.

Por otro lado, ha sido un gran fin de semana. A uno no le convidan al front row de Shakira todos los días, aunque por supuesto no ha sido sólo eso: quién y por qué juega un papel fundamental en todo ello, y en la intrahistoria de estos tres días pasados está la gracia del asunto. No me extenderé más aquí porque cuando a uno le tocan la fibra sensible pierde el temple y la distancia necesarios para articular y publicar un diario coherente. Bien pensado, y a la hora de la verdad, esto que escribo de vez en cuando no escarba hondo en las cosas que de verdad me importan, o las que me dan miedo. Puro disfraz de letras, una pátina de realidad que viene a maquillar toda esa intimidad de luces y sombras que vive debajo. Humano y pudoroso.

8 de octubre de 2026

Pobre Maricarmen

 Leo en la prensa que se ha muerto Mari Carmen (o Maricarmen), la anciana estrella de los desahucios, y pienso que con el nivel de estrés que la pobre señora debió de vivir a cuenta del espectáculo mundial que supuso esa derrota tan mediática, no es de extrañar su deceso. En lugar de protegerla, dada la fragilidad que se le supone a una persona de tan avanzada edad (87) que ha vivido una situación traumática; en lugar de protegerla, digo, igual que se protege a las víctimas de una violación o a los menores, el llamado Sindicato de Inquilinas, la prensa de todos los colores y, cómo no, la progresía de salón no han dudado en aprovechar que la ocasión la pintan calva para montar un mega pollo alrededor de la postración de Maricarmen; convirtiéndola en esa Superestrella de la canción de Aitana, pero con un costal de años más: photocalls desde una cama en el Gregorio Marañón con la vía puesta, en cama articulada y luciendo la bata hospitalaria de rigor. Y, en fin, que la buena señora no lo ha resistido. Es normal, pienso. A partir de ciertas edades, los hospitales no son más que antesalas de la muerte que hay que evitar a toda costa. Vamos, que si el abuelo no se puede quedar en su hogar por la razón que sea, pues a casa de cualquier familiar a convalecer sin sobresaltos, y a cruzar los dedos, que los baches a esas alturas de la vida son a cara o cruz... Tranquilidad, cariño y buenos alimentos. No dudo de que la conciencia le haya de escocer, en primer lugar, a todos los cooperadores necesarios del desahucio (jueces, policía, propietarios...): ley y avaricia suelen ir juntos de la mano. Pero lo que me da verdaderamente miedo es la falta de calidad humana que han demostrado quienes no han dudado en sacrificar a la anciana en pro de una causa que, precisamente por ello, ya empieza a oler a podrido.

5 de octubre de 2026

Regreso a la capital (otra vez)

 De vuelta en Madrid, resignado a degradar mi discreto bronceado hasta sus niveles de pantone habituales, comunes al hombre blanco heterosexual mal vestido -aunque duchado- que aborda un vagón de Metro a las ocho y treinta minutos de la mañana. Retomo la normalidad sin objetivos ni otras incertidumbres que la certeza de ignorar quién soy, de dónde vengo y adónde voy; nada nuevo bajo el sol. Mi vida sin esas respuestas, como la de casi todos, debo suponer. En fin. 

Finiquitada la obra de enfrente al cabo de más de dos años, se me perdió el referente que marcaba el progresar del tiempo, la meditación ensimismada de tantos y tantos tiempos muertos frente a un edificio en construcción. Ya sólo me resta, para calibrar el paso de mis días, el factor climatológico en abstracto: el invierno que vendrá, la bomba de calor, el edredón y los pies fríos. Y la melancolía de una terraza despelucada de hojas por barrer, día sí, día también. 

Regresan las sesiones de boxeo, los descalcismos aventureros por las calles adoquinadas de la capital (menos arriesgados, por cierto, que los asfaltados asesinos en Los Alcázares), las escaleras y las duchas frías: por Esparta y la salud hasta que el cuerpo aguante, que cada vez aguanta menos, por cierto.

Noto, desde que empecé a publicar este diario en abierto, que el exceso en el consumo de Instagram me deriva mentalmente hacia la idiocia, resecándome la sesera, atravesándola de sesgos a su antojo, abonando una atención deficitaria y la insensibilidad del espíritu crítico. Así, lo que antes era el hábito sencillo de leer cualquier cosa que se me pasara por las estanterías, repantigado en el sillón o en la cama, se ha tornado en esfuerzo por evitar el consumo compulsivo de sabrosos contenidos ultraprocesados, en analogía con los atracones de comida basura y otras mierdas saturadas de umami. Y, he de confesar, ya me cuesta abordar mis lecturas ante la tentación del scroll inifinito ("confortably numb"; ahí lo clavaron los Pink Floyd). Otro frente abierto en la batalla por madurar dignamente, con el desván amueblado y sin riesgo de desahucio mental en el camino hacia la vejez vulnerable. Evitar a toda costa esa gran trampa degradante que es la indefensión aprendida... Qué lucha, señor.