2 de febrero de 2026

Grammys a vuelapluma

 

Unas líneas en clave Grammy de anoche. Me inspiro, me motivo con un vaso de culo de vaso medio lleno de vino peleón de supermercado, manque reserva, Puerta de Alcalá. Desfilo en vertical a lo largo de los cuarenta y tantos posados estilo photocall que componen el álbum de cromos de la gala. Sorbo de vino y, primero de todo, me digo que soy un ignorante aferrado a mi libertad de expresión: el que se excusa, se acusa, etc. Sorbo de vino: qué mal le sienta el esmoquin a los tíos. Sorbo de vino: vaya par de tetºtas las de Karol G, me siento poseído por el ánima de Fernando Esteso. Sorbo de vino: cuánto adefesio semidesnudo. Hay transparencias que ofenden la vista. Otras no, pero es más mérito del cuerpo que del atuendo. Sorbo de vino: un esperpento detrás de otro. Pido perdón en voz alta y de mentirijillas a los modistos perpetradores por mis opiniones insensatas. Otro sorbo de vino: ¿pero quién es toda esa gente? No conozco a nadie. El vaso vacío: una tal Teyana me provoca pensamientos que probablemente no ampare mi libertad de expresión; aquí lo dejo. Me llama la atención un cuarteto de normies; esto es, no especialmente horteras, que resultan ser los premiados al mejor álbum de Rock, la banda Turnstile. El álbum ganador es el que escucho ahora mismo, en tiempo real, al cierre de esta entrada. Trash Metal, otros temas menos agresivos y pinceladas musicales futuristas. Buenos.

1 de febrero de 2026

Murcianos ilustres

 

Empiezo el día con la titulitis de Alcaraz, ese joven influencer enfermo de raqueta que sin demasiado acento murciano y un estilismo capilar aún por definir, ha clavado una pica en Google Maps; concretamente en la ignota Región de Murcia, cuna de la Batica de Verano, la Tarta Murciana y la Marinera. Y de mi padre que fue. Y aunque nunca besó trofeos, mi padre siempre hizo gala sin ostentación de su acento patrio. Mi padre era murciano de dinamita. Mi padre bueno. También se ha muerto Fernando Esteso, vaya por Dios, otra verdadera parte de mí, imbricado de serie, sin comerlo ni beberlo, en esa patria que es la niñez a la que uno nunca regresa. Rafael Nadal, otro niño viejo pero no roto, contemplaba con el pelo ya ralo, piel morena tensa sobre el cráneo y la máscara de una sonrisa la entrega de trofeos. Novac Djokovic pronto se pasará a este lado de la barra, de protagonista a espectador ilustre. Novac Djokvic tiene treinta y ocho años y pienso con extrañeza que ese viejo prematuro podría ser hijo mío. Interprétese esto último como una mera declaración de posibilismo cronológico, y no como una declaración de paternidad. No quiero líos judiciales. Me voy a celebrar cumpleaños ajenos, armado con un regalo de cortesía y dispuesto a todo lo que quepa en un tardeo de domingo.