Una Batalla tras Otra, un truño detrás de otro. Leí la novela de Pynchon hace treinta años y apenas si guardo un vago recuerdo. Me gustó y quise más de él. Compré Gravity’s Rainbow. Me superó. Compré Mason & Dixon. También me superó, pero fue a causa del síndrome de pereza lectora de literatura enjundiosa en versión original. A esa le debo una revancha, y al tiempo. En fin, volviendo a la película con nosecuántas candidaturas al Óscar. ¿Cómo, cómo, cómo pero cómo puede ser? Yo recuerdo vagamente a mi abuela, que falleció a finales de los setenta. Eso no quiere decir que si alguien intentara convencerme de que la abuela Pepa era mulata, por muy vaga que fuese mi memoria de ella, yo le diese la razón. Pues, en fin, lo mismo digo de Vineland y su trasunto cinematográfico. Por lo demás, el trauma de guión (ejem, guion) de siempre: los norteamericanos, que echan a los descendientes del nido sepan o no volar, que los desheredan a la primera de cambio y que son pioneros en las cuchilladas intergeneracionales desde el diván del sicólogo, luego fabrican películas hipócritas en las que ensalzan hasta el paroxismo los valores familiares, que en el cine comercial son mimbres industriales sobre los que se forjan todos los scripts, además de la inclusividad con calzador. Sobre esta base de sofrito, apta para el gusto de todas las audiencias, cocinan el resto de la película que durará menos que nada en las salas comerciales antes de su traslado a las plataformas de pago: armas, barra libre de violencia, sexo sin pezones, muertos, muertas, efectos especiales, ruido y diálogos zumbones. Y promoción, mucha promoción. Hollywood, que no es ya más que una mastodóntica franquicia de photocall, moda y salseo está devorando al cine que lo parió. Los premios de la Academia cada vez más se parecen a un premio Planeta o un Nadal. O al revés.
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