El nuevo disfraz del muermo es lencería que no deja nada a la imaginación; al contrario, evidencia cuánto se aburre el personal, yo incluido. Antes, no era tan sencillo aventurar esta conclusión al no existir indicadores fiables del tedio: un paseo con las manos a la espalda, una sentada solitaria en cualquier banco de la calle, una caña entre taburetes desocupados en la barra de un bar. Pero hoy en día el teléfono móvil nos delata como quien coloca una baliza GPS en el techo del vehículo para señalizar un accidente. Una buena parte del mundo se aburre, especialmente en vacaciones. Baste darse una vuelta por la playa para detectar una masa de veraneantes autoinculpándose frente a un celular a la sombra de una sombrilla. Sospecho que muchos reos de aburrimiento tratan de invalidar esta presunción fingiendo disfrute y acción vacacional en las redes sociales posteando imágenes o vídeos elaborados desde el hastío, intentando alardear precisamente de lo contrario. Me too, ya digo. Escribo esto a sabiendas de que mi lencería taoista barata mas que ocultar me señala: “Ten paciencia. Espera hasta que el barro se asiente y el agua esté clara. Permanece inmóvil hasta que la acción correcta surja por si misma”. No creo que estas letras al boleo sean sinónimo de acción correcta sino más bien de impaciencia cuando la inmovilidad demuestra no ser una opción ante la turbidez permanente de la vida. Sorbo el tazón de café mientras muerdo distraído la media tostada de aceite y tomate que es el pan mío de cada día. El algoritmo se adueña de mí.
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