Acabo de gasear a una cucaracha imprudente que, a plena luz del día, reposaba tranquila en una esquina del techo de mi dormitorio, aferrada al gotelet con esas patas como pestañas postizas venidas a menos. El bicho ha reaccionado esprintando hasta el marco de la ventana para descolgarse por el visillo, pero creo que se ha debido atorar a mitad de camino, tal vez presa de los efectos fulminantes del gas neurotóxico. Ahí la he dejado, agonizando, mal colgada de una pata entre los pliegues de la tela, pensando que a mi regreso de la playa me la encontraría panza arriba y cruzada de patas (muerte típica de las cucarachas envenenadas) en el suelo del cuarto. La idea era oficiar las exequias habituales mediante escoba y recogedor para después depositar el cadáver con el resto de la orgánica en el interior del cubo de basura. Pero no. Cuando más tarde (nadar, boya, caminata al borde del mar, etc...) vuelvo a entrar en el dormitorio, ya duchado y con el Telediario puesto, la cucaracha ha desaparecido o al menos se las ha apañado para agonizar en algún rincón insospechado del cuarto. No soy un tipo especialmente aprensivo, así que me he limitado a indagar entre las sábanas por si acaso esta noche. Pero nada. En fin, aparte de esta desaparecida en combate, este verano he aniquilado por la vía del spray a seis, más una por aplastamiento con chancleta barefoot, todas rubias, por cierto. Descansen en paz.
Como cada tarde me voy a leer un rato al porche en compañía de un vaso de agua con dos hielotes de supermercado, jugo de lima (natural), una pizca de sal y una novela. Sabré del eclipse cuando la penumbra sobrevenida me dificulte la lectura. Y sí, claro que sí, llevaré las gafas puestas. Pero las de leer.
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