19 de marzo de 2026

Virus

 

Las noticias de la guerra se hacen gradualmente pequeñas en la interfaz de la primera plana de los diarios; el espacio virtual se reubica para acomodar nuevos sucesos escandalosos. La vida sigue. La muerte también. Y la obra de enfrente de mi casa da sus últimas bocanadas al compás de la primavera que la sangre altera o, como diría -o seguramente pensaría- algún cristiano de bien, que por cielo tierra y mar se espera. Mi gran terraza se acicala casi obsesivamente para recibir con todos los honores a esos primeros brotes verdes, como síntomas del virus de la belleza contra el que la humanidad, al menos de momento, no ha desarrollado vacuna, a pesar de los esfuerzos coordinados de la especie contra la naturaleza, que es el enemigo a batir: Deforestación, guerra química contra el suelo y las aguas, sobreexplotación de recursos y, también, carbonización extrema del aire respirable. De momento sin éxito, si bien los avances resultan prometedores. Por desgracia, este año aún seguiremos padeciendo alergias y catarros de entretiempo. Pero seamos optimistas y pensemos que nuestros nietos o, al menos, los nietos de Donald Trump heredarán un planeta libre de polen y, con suerte, de vida.

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