21 de marzo de 2026

Detrás del escaparate

 

Emboscado al otro lado del escaparate de la cafetería, cruasán y taza en bandeja, miro pasar a los viandantes al otro lado de los arañazos, mugres, churretones y demás cicatrices de la mampara: Adolescentes pintones, con la vida aún por estrenar y ya con vapeador o cigarrillo entre los dedos. Un abrigo móvil que seguramente haya sacado a pasear al viejo artrítico que lleva dentro. Zombies de toda edad y condición demoran el paso, abducidos por las pantallas de sus teléfonos móviles. La vieja grimosa de todos mis desayunos, esta vez sin la perra negra paticorta, infiltra su fétido karma en mi campo visual durante unos segundos, hasta que interrumpe la escena un pelotón de mujeres sin complejos embutidas en mallas prietas, generalmente negras -las mallas-, inmunes a la dictadura de según qué biotipos. Bien por ellas: hermana, yo sí te miro. Un hombre con aspecto de padre de familia pasea de la mano de un niño curiosillo. Me llama la atención su barba corta, bicolor, absolutamente maniquea. Me pregunto qué extraño disgusto le habrá deparado la vida para lucir al abuelo prematuro al otro lado del mentón. Un bulldog bastante feo, valga la redundancia, rebufa y tensa con redoblado esfuerzo la correa que lo ata a su dueño. Una fe inquebrantable parece teledirigir toda su compacta musculatura hacia el alcorque en el que yace abandonada a su suerte media barra de pan. Cruza un muchacho en manga corta, brazos razonablemente tatuados, como cabe esperar de cualquier bro que combate orgulloso la climatología adversa a base de juventud y hormonas. Seguro que va camino del Chino a comprarse un RedBull, pienso. Soy un malpensado, pienso casi inmediatamente, mientras continuo haciendo scroll infinito con el newsletter de la realidad. El teléfono móvil, claro, se me quedó estacionado en casa a media carga. Qué iba a mirar yo si no...

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