Yo tenía que estar en Australia, pero estalló la guerra en el día festivo en que hubiera tenido que transbordar desde uno de esos estados de lujo teocrático, chilaba blanca y petroleo a cascoporro donde ahora arraciman los cielos drones y misiles como estrellas de oriente de saldo, fuera de temporada. Y aquí estoy, exiliado en mi propia casa, rumiando mi suerte gris tirando a negra, aún indigesto de lluvias y otros sucesos infaustos que se agolpan contra los muros de mi consciencia, empeñados en colarse en mi día a día. Y a fe mía que lo consiguen. Pero también ha habido cosas muy buenas. Cosas de cal o de arena, nunca supe cuál se corresponde con qué. Tantos días ya sin escribir y las cosas se me pudren dentro. Para bien, tal vez. Suelo fértil, agusanado para imaginar esos dioses o monstruos de chichinabo que pueblan mi vida. Desmantelaron la grúa ciclópea al otro lado de la calle. La obra está casi terminada y pronto se mudarán a las viviendas por estrenar gentes de dinero a los que la palabra vecino no les queda bien, me parece a mí.
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