Detrás de la turra mercadotécnica de Taylor Swift, ahora le llega el turno a la matraca Rosalía raca-que-te-raca. Me imagino a todo ese colectivo de periodistas a sueldo de los diarios en la redacción o teletrabajando con resignación profesional en la cobertura informativa del espectáculo circense dentro y fuera del Movistar Arena. Los promotores afinan cálculos y estiman que cuatro conciertos cuatro en la capital ofrecen el máximo retorno financiero. Es el ordeño integral del maravilloso mundo de Rosalía del que, como el cerdo, se aprovecha todo. Antes, Rosalía se coronaba en la disco con sus Motomamis, y yo imaginaba una especie de despedida de soltera con muchachas alcoholizadas estilo Magaluf y de repente una redada tipo ICE en la que detenían a la mitad de los varones de la disco por borrachos y lujuriosos. Bueno, eso era antes, porque ahora a alguien de su equipo se le ha ocurrido dar volantazo, y la catalana se nos aparece casta diva a la manera de Santa Teresa, así como de buen rollito con Dios y sinfónica de altos vuelos. El residuo musical que descanse muy al fondo del espectáculo irá seguramente a la basura como los posos del café. Y atentos al desembarco en Madrid de Shakira como una Godzilla colombiana con una mastodóntica máquina de facturar bajo el brazo. Confieso que a mí siempre me habían gustado los gorgoritos de la de Barranquilla way back when, pero eso es otra historia.
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