18 de septiembre de 2026

No quedan días de verano

 Ha pasado tanto tiempo que uno nunca piensa que el verano pueda acabarse, pero lo cierto es que el futuro ya está aquí otra vez, que el mundo sigue girando, otro cuarto de vuelta de tuerca en la rosca infinita. La fresca se adelanta y ya podemos salir a trotar a horas decentes. Por la noche, las cucarachas ciegas se lo piensan dos veces antes de asomar las antenas y los mosquitos me hallan arropado debajo de la sábana cual momia, de forma que sólo les es dado repostar sangre en los espacios útiles de mi cabeza y en algún brazo despistado. Septiembre ya boquea y, de repente, me veo arrancando tres hojas del calendario de golpe, como un hard reset del conteo mecánico de los días. La playa ya no es rutina innegociable: nadar hasta la boya deja de ser un placentero garbeo amniótico y se vuelve braceo vigoroso para equilibrar la temperatura corporal en aguas cada vez más ásperas para esta nutria mediterránea en la que me he convertido al cabo de casi tres meses. Acelero las lecturas pendientes porque cuando me marche dentro de unos días, ahí se quedarán todos esos libros heredados y aún no leídos en una casa que volveré a ocupar cuando sea una persona un poco diferente, tal vez con nuevas rutinas inventadas, algunos achaques insospechados y el cargamento de sucesos, venturas y desventuras del año próximo que afrontaré esta vez sin las abstracciones ontológicas ni los sesgos de una agenda psicoastrológica. Quedarán encerradas en la oscuridad de los armarios todas esas camisetas y demás indumentaria de usar y nunca tirar que jamás pasa de moda, calzoncillos con tomates inclusive (versión masculina de la tradicional braga de regla) como un ajuar eterno que hace innecesario el trajín de viajar con una maleta como dios manda. Descalcismos aparte, soy -o creo ser- un orgulloso pordiosero minimalista. Se acabó el verano, como de costumbre entre trombas de agua y bajonas térmicas. La matraca de los niños aulladores se ha desvanecido en la disciplina de las aulas, las familias han abandonado las hileras de adosados y aparcar deja de ser un privilegio. Algunas veces, pasada la media noche y antes de acostarme, salgo al patio y me asomo a una calle vacía donde sólo quedan las farolas encendidas por obligación, mi Citroën azul mal estacionado y el ladrido suelto de algún perro inquieto que pone contrapunto al silencio que gobierna a esas horas. Muy de lejos, el bullicio animado de los ingleses, los alemanes y otros turistas no de aquí que regresan a sus hoteles satisfechos (los turistas), probablemente macerados en cerveza. Respiro un par de veces sin pensar en nada y regreso dentro. Mañana el verano amanecerá un poco más difuminado y la ducha fría se hará respetar. Puedo contar con los dedos de la mano cuántas tostadas de aceite y tomate chafado representan los días que me quedan aquí.


No hay comentarios: