3 de septiembre de 2026

Lecturas saboteadas

Los niños del vecino gritan, gritan y vuelven a gritar. Se comunican, parece, a base de aullidos histéricos. No es normal, pienso, con un libro entre las manos que, en medio del pandemonio, queda rebajado a bloque de papel sobre los muslos. Si me dan a elegir, opto por las cotorras argentinas. Abandonados al cuidado impotente de sus abuelos, que ya no están para estos trotes, los niños vociferantes se hacen amos del patio contiguo. Me da por acordarme de los protestones colindantes del Madring en horario de Gran Premio de Fórmula Uno. 

Entran en escena los progenitores, jóvenes profesionales ambos. Los yayos pasan a segundo plano y llega el momento de las admoniciones por este o aquel comportamiento irracional (he de aclarar que el griterío no computa como tal) que derivarán en sucesivos berrinches emocionales de niño A, niña B o niño C por motivos que se me escapan, pero que surgen en el contexto de los juegos en los que papá es partícipe y, a la vez, árbitro. Desde este lado del patio, declarar mi admiración por el  empeño que demuestra ese hombre por metamorfosearse en compañero de juegos durante las horas que hagan falta. Y hablo de primera mano, porque vengo siendo testigo de ello -sufriéndolo- desde hace más de una semana. Enviar también desde aquí un guiño de complicidad a mamá, que, más astuta, se refugia todo el tiempo en el interior del adosado. La imagino mirando el móvil, tendida en la cama, ajena a esa sesión continua de  role-playing infernal. Nunca los he oído intercambiar charla amable o conversación alguna, de lo que deduzco que ese matrimonio se sostiene exclusivamente sobre la crianza de  los churumbeles desaforados, lo cual me produce una leve sensación de tristeza. Se van mañana, según me cuentan -o mejor, dejan caer- los abuelos. Pronto regresaré a mis lecturas reposadas en el patio. La abuela, a sus rosas. El matrimonio, a su desgaste profesional. Los niños, al colegio. Me voy a la playa.

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