6 de septiembre de 2026

Carpe Diem

 Cada vez que uno ve las orejas al lobo asomar por la casa del vecino de enfrente, uno se da cuenta de que vivir no tiene nada de particular: todo el mundo está vivo menos los que se mueren. En el gran casino de la vida todo el mundo gana menos el que pierde. Vivir es natural. Morir también. Están las muertes del Telediario y los anuncios que vendrán después y la vida sigue y mañana habrá otro Telediario y tal vez otra crónica de muertos muy lejanos sin eco ni registro en nuestro día a día: otra sota, otro caballo, otro rey y vuelta a empezar. Hasta aquí, la teoría de la muerte. Pero con el paso de los años, a los veteranos en la brega de vivir les toca acudir a maniobras con fuego real: se suicida un vecino, se muere un amigo, empieza a haber bajas en la parte alta de la familia... De camino al centro de salud para hacerte una analítica de rutina, sentado con un ticket tal que E-239 arrugado entre las manos, ensimismado en los turnos que canta el monitor, de repente, se te insinúa la parca -algo muy común en los entornos hospitalarios- y te echa un piropo de baboso, pero haces como si la cosa no va contigo y piensas: "me verás, pero no me f0ll@rás, maldita". Y sigues atento al juego del boleto, que ya toca. Sin embargo, en el fondo de ese corazón tuyo, cada vez más desfondado por tanta sístole y diástole, sabes que no quieres saber que lo que hoy ha sido un piropo retrechero mañana (o pasado) acabará en acoso verdadero sin Ministerio de Igualdad que te defienda porque, irónicamente, y como dicen por ahí, la muerte ya nos iguala a todos. Así que, todo a su debido tiempo. Entre tanto, olvidémonos del asunto y celebremos la posibilidad de regresar a casa acompañados y borrachos y, acaso, el cigarrito compartido de después. Se os quiere.

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