Entre los riesgos recurrentes del descalcista valiente está el reventarse de vez en cuando alguno de los diez dígitos del pié. Ayer le tocó el turno al dedo gordo (hallux) del pie derecho, posiblemente fisurado, a juzgar por el dolor que experimento al movilizar la zona. Afortunadamente el tropezón me pilló a las puertas del adosado, en plena zancada floja, cuando el corredor ya ha cruzado la línea de meta. Al igual que en otras ocasiones (recuerdo ahora otro aplastamiento a cuenta de una silla porta-niños acorazada en otra vida ya muy lejana) corrió la sangre escandalosa bajo el colgajo de carne desgarrada, dejando un reguero de goterones desde el salón hasta el bidet donde me brindé los primeros -y últimos- auxilios del macho recio: chorreón de agua oxigenada, una pella de algodón y un pedazo de cinta aislante. Y a correr (es un decir). Antes de la cura espartana, y por experimentar, opté por no tirar a la basura la boina de pellejo, y la reubiqué cual cataplasma orgánica sobre el cráter de la herida. Ha sido una noche de ardor y dolores, como si tuviera una baliza V16 adherida a las terminales nerviosas del dedo convaleciente. Pero esta mañana estoy mejor. Espero un cambio de color y una cojera disimulada durante los próximos días. En cuanto pueda, más pronto que tarde, retomo la carrera a pie gentil, y que sea lo que Dios quiera.
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