27 de julio de 2026

Yo, pecador

 Uno habita una casa llena de libros, muchos libros, libros que en su mayoría no ha leído y además es ese tipo de persona práctica y desacomplejada que no tiene reparo en la simplificación del coñazo doméstico de cada día. Así, uno, sin ascos ni reparos, es capaz de ver sedimentos compactados de papel polvoriento en lugar de historias encuadernadas. El papel, igual que el vidrio, es materia uniforme y reciclable. Por tanto, reciclar adecuadamente la biblioteca (“reciclar” entendido como sustituto elegante de tirar a la basura, igual que quien dice “pompis” en lugar de culo) puede hasta considerarse un acto solidario con el medio ambiente: las cenizas de la madre muerta nutrirán un plantón de madroño cortesía del tanatorio igual que el ejemplar de La Regenta acabará felizmente transmutado en la piel de cartón de un envío de Amazon. Pero a ese uno, que soy yo, le falta valor para deshacerse de toda esa montaña de relatos y ensayos vírgenes e -irónicamente- pasar página. Así, mi colección heredada de cientos de tapas duras y ediciones de bolsillo sin más valor económico que el que marque su peso en tanto que potencial pulpa (descontados los portes: ridículo o negativo), continuará acumulando mierda en sus estantes, acusándome de enanismo intelectual, benigno pero incurable ya a estas alturas de mi vida. Algunas veces envidio a todos los analfabetos funcionales y a esas nuevas generaciones inmunizadas por sobreexposición a las pantallas de sus teléfonos móviles, a quienes no remuerde la conciencia ni hallan inconsistencia alguna ni les resulta extraño no haber leído un libro en su vida. Otras, malvivo en la fantasía del héroe anónimo, lector ocasional en un mundo de catetos, a sabiendas de no ser más que un impostor ávido de un poco de autoestima. Lo cierto es que me falta valor para deshacerme de todos esos volúmenes apolillados que cada día me recuerdan que la ignorancia dolosa es, o debiera ser, pecado capital. Yo, pecador.

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