Nunca vi un capítulo de Los Serrano ni de Cuéntame ni de Aída ni de La que Se Avecina ni, en fin, de ninguna de esas series de televisión que conozco porque leo un poco los periódicos y vago sin rumbo por Internet. Nada que opinar sobre las telenovelas de época. Tampoco presto atención a los concursos que reparten botes millonarios a diestro y siniestro, ni a los realities que dan vergüencilla ajena (que son todos, creo yo), ni a los shows estrella que iluminan los cielos del Prime Time televisivo, donde la pugna por las audiencias parece haberse convertido en un fin que justifica los medios (los medios, quiero decir, en el doble sentido del término). Broncano, Motos, Giró, Buenafuente, Álvarez y otros monologuistas telepredicadores venden fórmulas de entretenimiento visual a las que no acabo de cogerles el punto: puro empalago de tontadas, chiste malo y buenrrollismo histriónico forzoso por parte de los invitados que acuden al programa. Abandoné la televisión en 2001 como quien deja de practicar un deporte y me doy cuenta veinticinco años después de que ya no soy capaz de reengancharme, entre otras cosas por haber desarrollado intolerancia severa a los importunos intermedios publicitarios. Creo que ser telespectador requiere hábito, esfuerzo y adaptación, como cualquier disciplina en la que se desee alcanzar la excelencia. Tal vez la práctica intensiva desde la infancia sea la clave de la contemplación embelesada y pasiva durante largos períodos de tiempo, necesaria para la construcción del ciudadano conformista o, cuanto menos, poco disidente, confortable en su nicho de la pirámide social. Creo que una formación televisiva básica es esencial para acceder sin estridencias al universo de las plataformas y otras formas de entontecimiento acrítico más sofisticadas. En este sentido es gran verdad que la televisión educa al tiempo que entretiene.
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