A ratos vivo sin vivir en mí. Me observo desde fuera y veo un hombre muy del montón; un hombre como yo, que no tiene otra cosa mejor que hacer que encender el televisor a deshoras para ver un encuentro de fútbol entre equipos que representan a países sobre los que ignoro casi todo lo que es posible ignorar tanto geográfica como políticamente. Tampoco sé mucho del llamado deporte rey. Ingenuamente demando verticalidad, contragolpe, emociones y goles a cascoporro. Mi disfrute como espectador exige la ruptura del partido desde el primer minuto de la primera parte. No comprendo conceptos aparentemente absurdos como el del juego sin balón, espacios, defensa en bloque y otras exquisiteces del juego, ampliamente glosados por la triada de comentaristas que, ahora me doy cuenta, se ha hecho necesario para rellenar con entresijos tácticos los avatares de un encuentro que es visual desde que el vídeo mato a la estrella de la radio, y que ya nos es imposible imaginar: la mera narración tradicional de lo que es obvio, en color y alta resolución resultaría redundante cuando no insoportable. Vivo sin vivir en mí, y observo a un hombre muy del montón que ha extraviado la memoria del niño que fue y de los partidos de patio de colegio o en descampados los fines de semana. Todos corriendo detrás del único balón, bajo el imperio de la ley de la botella (el que la tira va a por ella), y en el que la regla del fuera de juego no se aplicaba porque no había árbitro ni falta que hacía, que ya nos apañábamos -y bastante bien- nosotros. En mi fútbol de aquellos días no había padres ni madres. Éramos críos autogestionados, abandonados a nuestra buena suerte. Y no, no veíamos los partidos en la televisión. Para qué, cuando podíamos disfrutar de la práctica a pelo: cometer y recibir faltas, marcar goles, correr, regatear, cabecear… Todo eso se me ha perdido definitivamente en aras de un espectáculo trufado de tecnicismos, estadísticas y glosa teórica de difícil digestión. Veo a España jugar sus partidos y, en general, me sobra tiempo para leer noticias o prepararme tranquilamente la cena. El entrenador me cae bien: un estratega modesto (quiero decir, poco dado a declaraciones estridentes) y centrado que, supongo, sabrá lo que hay que hacer para que el equipo medre en las subsiguientes fases de la competición. Y si es necesario aburrir a un personal que ha olvidado que una vez pateó felizmente un balón y que ahora es adicto a los análisis previos y posteriores al partido, que sea lo que tenga que ser. Sin embargo, y a propósito del último partido de España, quisiera dar voz al niño de mis recuerdos y adicionarle el resabio de toda la vida de después, para escribir alto y claro que el duelo en cuestión fue, a los ojos de ese niño, un coñazo imperial. Y que la prensa especializada me perdone por la osadía, pero intuyo que, de haber sido otro el resultado, el guion de la crónica funesta, sesudamente fundamentado, ya estaba precocido en los fogones de la prensa con un sinfín de pecados deportivos por expiar. Espero y deseo que la emoción a partir de estos cuartos de final no se limite a celebrar un resultado casi improvisado en el último minuto, y que el juego vibrante, como la fuerza, también nos acompañe.
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