Se acabó el terremoto del Mundial, pero aún faltan las réplicas: los análisis deportivos a toro pasado, las crónicas hagiográficas de plantilla y cuerpo técnico, la recepción fastuosa de los vencedores, muy al estilo de la Roma imperial, con el pueblo llano entregado incondicionalmente -por ganas de celebrar que no sea-, aunque a estas alturas de siglo cada vez haya en Europa más circo y menos pan. La cosa también tendrá su vertiente política, que podría resumirse en dos tesis contrapuestas: España es campeona del mundo gracias a Pedro Sánchez o a pesar de Pedro Sánchez y, trazada esa divisoria, la acostumbrada riña a garrotazos entre tertulianos. “Yo soy español” es campo de batalla demagógica en el que la derecha carcamal parecía haber afianzado su pica. Sin embargo, y tras la victoria en la Copa del Mundo, no descartaría yo el contrataque de la progresía, jugándose la potente baza implícita en los franceses de nuestra Selección. Creo que España, como Hacienda, somos todos: todos los que son, pero también, y mal que le pese a algunos, todos los que ahora están, y también los que estaban y no eran y luego fueron. Empleando la etimología de forma interesada, Ishapan es, ha sido y será tierra de conejos, con o sin bendición administrativa. Como cantaba Pau Donés, "en lo puro no hay futuro; la pureza está en la mezcla"... En fin, aunque la derivada comercial de estos eventos sea el motor de la historia (sin y con mayúsculas), siempre nos quedará algún beneficio sociológico colateral y, en en este sentido, bienvenida sea la segunda estrella.
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