Pereza veraniega. Me obligo a clicar sobre el ícono de Libreoffice; se abre la hoja retroiluminada en blanco. A lo que salga. Desde las profundidades del estómago se me recuerda que la digestión del café y la media tostada con aceite y tomate progresa adecuadamente. Todo va muy lento, a tono con la somanta de calor propia de estas fechas de julio, cambio climático mediante. La brisa prefabricada del ventilador alivia bastante. Imagino harapos de sudor volatilizándose como calima sobre mi piel, electrolitos que abandonan este cuerpo desganado. Pienso en la botella de Solán de Cabras que descansa en el oscuro de la nevera. A lo que salga.
Orfeón playero. Una mujer en bikini frente a un combinado de doce o quince bañistas de ambos sexos en plena faena coral, todos con el agua a media cintura: exótica polifonía superpuesta al eco del Mar Menor y al runrún habitual de una playa en temporada alta. La mujer del bikini no tenía batuta, lo cual es lógico. Termina la performance y aplaudo como puedo; esto es, aplaudo con las chanclas que porto en la mano. Continuo la pequeña caminata al borde del mar hasta el trozo de playa de siempre. Atravieso el huerto de hamacas de alquiler en el que los turistas extranjeros se retuestan a conciencia: pura exhibición de callo solar. Paradójicamente, los hijos pequeños de otros turistas importados de la UE van embutidos en bañadores victorianos de colores, víctimas de la censura solar que marca tendencia hoy en día entre progenitores ultra ortodoxos. Se me ocurre que Sorolla no habría tenido tema con esos zagales burkinizados. Las señoras británicas devoran novelas románticas (a juzgar por las portadas) generalmente escritas por otras mujeres. Los hombres, calvos y panzones en su mayoría, no leen, pero al igual que ellas se someten, sumisos y felices, a los abusos del astro rey. Observo al bies los primeros metros de mar a contar desde la línea de arena, y puedo apreciar el reflejo irisado de los rayos de sol sobre una película de grasa translúcida. Desde luego, la loción solar que los veraneantes se administran a capazos no tiene nada que envidiar a las sobras de combustible que flota en los pantalanes de cualquier puerto deportivo de costa. Muslos, espaldas y culos varios embadurnados obsesivamente por si acaso el cáncer y también, y posiblemente, porque uno en la playa no tenga nada mejor que hacer. Eso, y/o beberse una lata de cerveza recalentada bajo el escueto perímetro de una sombrilla haciendo scroll con el celular, que viene siendo sinónimo del ocio y del disfrute en España desde los tiempos de Eva María. Festival de tatuajes insospechados en cualquier otra época del año y tangas que muestran la versatilidad erótica del triángulo isósceles en todas sus variantes trigonométricas. Una preadolescente regordeta toma carrerilla y se arroja en plancha contra el agua mansa para a continuación exclamar feliz: ¡¡máma, me he reventao una teta!! Máma, con acento en la “a”. Un día más, en fin, de playa. Estampa para releer fuera de contexto; en invierno, por ejemplo. Guardo y cierro.
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