Salgo a trotar. A raíz. Para quienes observan estupefactos, las aceras de Madrid son un repositorio de meadas de perro, cristales emboscados, gargajos, polvo sucio, excrementos de rata, bacterias letales, clavos, agujas quirúrgicas posiblemente infectadas de VIH y todas las variantes implícitas en el genérico mierda. Los niños, aún incontaminados por el consenso social del asco, se limitan a expresar sorpresa: mamá ese señor va descalzo o similares. El señor descalzo, o sea yo, picotea los adoquines grises ajeno a todo eso, más atento a los mensajes sensoriales que le comunican izquierda derecha izquierda derecha las suelas orgánicas de las palmas de los pies, por fin libres de la tiranía menor de las sandalias. Zapatos, deportivas y calcetines sacrificados hace tiempo en el ara de una vida, acaso más incómoda, para qué negarlo, fuera de la matrix comercial que promete la superación centesimal de los límites del ser humano a base de prótesis mágicas y tecnología que para mí no valen más que la perra gorda del refrán. Después de casi diez años puedo aventurar la hipótesis de que quien corre descalzo no compite ni busca mejorar tiempos ni técnica de carrera. Corre así porque quiere y porque puede. Mientras pueda. Así de simple y, a la vez, así de complejo.
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