27 de junio de 2026

Un día de playa

Pian piano, yo creía. Y creía bien. Pero piano piano vale también para lo mismo, que viene a ser poco a poco o despacito, como el título de esa canción que yo, por viejo y desfasado, adjudicaba a una dupla, estilo Andy y Lucas, pero luego resulta que Luis Fonsi no hay más que uno. Toda esta tontería se me ha venido a la cabeza al hilo de lo que quería contarme para las relecturas en la residencia de viejos donde seguramente acabaré arrumbado (no muy pronto pero no demasiado tarde) si no lo remedio antes y salto la valla en vez de hacer la cola, como cantaba la Rosenvinge, que según me informa la Wikipedia es de mi quinta y de seguro se habrá sentido víctima de sus propias letras a ratos. Así que, pian piano, nado yo hasta la boya como cada día, lejos de la orilla del Mar Menor, y quedo flotando en la soledad de unas aguas casi amnióticas. Lejos de las leyes de los hombres, y también como cada día, me abandono a una meada caprichosa a pie de boya, que es como una garrapata amarilla amorrada a la piel salada del mar. Me siento perro. Me siento nutria. Las cosas de la costa me importan poco; aquí no hay más que agua y cielo y, también, y de vez en cuando, algún insensato hijo de la gran puta a lomos de una moto acuática alquilada que piensa que la línea de boyas está para hacer slalom, lo que por cierto incrementa mis posibilidades de saltar la valla inopinadamente. Hoy no toca. 

Bajo el agua, un descampado de algas cortas, un prado vegetal sin vacas ni peces a la vista por el que sobrevuelan (¿sobreflotan?) las medusas como ordenadores cuánticos errantes, como metáforas perfectas del silencio. Intuyo que pasa el tiempo, pero no acertaría a decir cuánto. Cada día regreso a remolque de brazadas perezosas hasta la playa, un poco a regañadientes por transitar de nuevo a la gravedad ordinaria y las exigencias de la bipedestación. 

El paseo por la playa descalzo de regreso al adosado es volver a llenar con pensamientos, ahora descafeinados, una cabeza vacía cubierta con un trapo de colores. Me aguarda una ducha, un Telediario y descifrar una vez más el contenido de la nevera. Y la paz de otra siesta.

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