No sé qué habrá hecho o que habrá dejado de hacer este Gobierno que de un tiempo a esta parte copa los titulares de los medios de prensa y televisión de todo el espectro político. Hay mucha posverdad por ahí suelta. El caso es que, con los datos en la mano, parece que el hombre que hoy por hoy manda en este país tiene a su esposa imputada, a su hermano imputado, a un exministro de primera línea y al exsecretario de organización del partido condenados a un quintal de años de presidio. También imputado el que fuera presidente de este batiburrillo autonómico que hoy es España, hasta ahora con una estrella en el el paseo de la fama del socialismo, por un asunto enjundioso de joyas, dictaduras bananeras, nepotismos y corruptelas variadas dignas de un documental de Netflix, por no hablar del elenco de minions tenebrosos al servicio del poder socialista que retozaban en las charcas fecales de la política -yo les llamaría secundarios de lujo-, algunos imputados y otros directamente en el trullo. Haciendo un poco de demagogia en clave progresista, yo diría que al gobierno de este país le faltan fuerzas hasta para rendirse.
En realidad, esta situación tan lamentable no es más que un reflejo del signo de los tiempos. Pensemos, por ejemplo, en el mandato de Donald Trump, caracterizado por indultos vergonzosos, fascismo migratorio a cara descubierta, mentiras gruesas, escándalos de sacar pecho, mala educación, guerras comerciales y de las otras, que es peor, y todo un manual de guarrería geopolítica fuera de las fronteras de los USA, que solía ser (o al menos aparentar ser) la nación campeona del mundo libra por libra en el octógono de la democracia y la libertad. Quienes le han votado (y probablemente le vuelvan a votar) tienen desde luego la piel muy gruesa. Y son muchos, me temo.
Hablemos ahora del partido actualmente en las trincheras de oposición, que también tuvo su momento estelar hace un par de legislaturas: el extesorero mafioso, la sede del partido pagada con fondos indocumentados, el exministro (¡y expresidente del FMI!) que se comió unos años de cárcel, la guerra sucia contra el adversario político, los sobres en B, las leyes fiscales a medida y con la garantía del Ministerio de Hacienda y, a pesar de los últimos avances en criptografía, aún es imposible descifrar la identidad que se oculta bajo las siglas M. Rajoy. El caso es que aquel gobierno infame pasó, gracias a Dios, y ganaron los otros, que son los que ahora no dimiten ni a tiros. Sin embargo, los sondeos son implacables y tarde o temprano los de antes volverán con sus banderas victoriosas y, me temo, de la mano de otros cuyas aptitudes para el mal gobierno en provecho propio están aún por demostrar, pero como el valor en el antiguo servicio militar se le supone. O yo se lo supongo. Al tiempo.
Estamos en democracia. Yo no sé si el votante es espejo espejito del gobernante o al revés, pero parece que el afán por superarse, por alcanzar cotas de excelencia más altas, por el más difícil todavía, no queda restringido al ámbito del progreso, sino que es extensible al lado más oscuro, cabrón y miserable del ser humano. Así que me barrunto que quienes vengan después impulsados por las urnas, se vengarán de los de antes y derogarán las leyes -buenas o malas, da igual- que aprobaron los de antes, cometerán aún mayores desafueros, desafiarán los límites del sistema a su conveniencia y, al igual que los colonos de Israel, deformarán impunemente la frontera de líneas rojas de nuestra geografía moral en una suerte de Gerrymandering diabólico con el sólo propósito de aferrarse a los escaños del poder cuantas más legislaturas, mejor. Los sondeos no mienten: ahí tienen a la Presidenta de la Comunidad de Madrid, cabeza de puente de lo que habrá de venir. Pongan sus hirsutas barbas a remojar.
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