A propósito de la obra de enfrente, esa que más de una vez ha hecho las veces de muletilla al modesto relato de mi vida reciente. El caso es que en el tramo de acera adyacente al solar, ayer cráter excavado, hoy flamante complejo residencial (club social y piscinita en la azotea), viven cuatro acacias en sus alcorques adoquinados, de esas que abundan por las calles de Madrid por obra y gracia de los urbanismos del Ayuntamiento. La más grande de todas ellas es un coloso de tres plantas de altura que, con la fronda recién estrenada como cada primavera, regala, sin pedir nada a cambio, un oasis de sombra e intimidad a los futuros residentes (el barrio se gentrifica, ya no quedan vecinos). La acacia en cuestión se yergue frente a mi apartamento, al otro lado de la calle. Como a sus hermanas más pequeñas, la he contemplado vestirse y desnudarse una y otra vez con el paso de las estaciones. Constante la obra, su tronco se ha beneficiado de una tutela administrativa en forma de malla corrugada frente a las embestidas de grúas, camiones, carretillas elevadoras y otros brutos mecánicos habituales en la construcción. Así, una vez culminado el proyecto residencial al compás de mayo, la acacia ha sobrevivido incólume, y su carpa verde ha vuelto a sobrevolar la calle como cada año. Por desgracia, el estudio de arquitectura que diseñó y homologó los planos no tuvo en cuenta que el árbol tutelado obstaculizaba de plano el pasaje de entrada al aparcamiento subterráneo del edificio, por lo que se ha solicitado y obtenido el correspondiente permiso municipal de tala, a cambio de cincuenta y seis pimpollos que el consistorio plantará donde estime conveniente. Asomado a la terraza cada mañana ya no puedo ver más que una acacia muerta en vida. Desarrollo urbano, sadismo administrativo y el triunfo incontestable del homo residentiae. Un día a finales de mayo los operarios municipales, embutidos en sus monos verde-amarillos y armados con sierras motorizadas descuartizarán el árbol en un santiamén para que luego una cuadrilla de obreros proceda a sellar con adoquines el alcorque, y donde antes hubo fronda no quede ahora más que paso franco de acceso a unas cocheras. Y la vida sigue. Cosas del progreso.
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