Tres días de sol como tres espejismos del verano que vendrá, pero que aún no ha llegado. Cuando las temperaturas caigan a plomo me pillarán con la guardia baja. Dejaré de subir a la terraza de arriba con la manga corta por bandera y la ilusión cumplida de desayunos entre brotes verdes y floraciones que prestan oídos sordos a la dictadura del calendario. Disfrutemos del presente improbable, qué demonios: aún queda sábado que quemar, al calor, ya menguante, de esta anomalía climatológica. Sólo o acompañado (los amigos sirven para eso), me he propuesto descorchar ahí arriba una botella de Marqués de Cáceres y, apalancado en alguna de las cuatro sillas azules, picar algo al tran-tran del mediodía y, a partir de ahí, andamiar un tardeo sin Telediarios y sin siesta, amenizado con cualquier capricho de mi rebotica musical, por obra y gracia de la tecnología Bluetooth. Están invitados.
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