26 de enero de 2026

Merluzo, yo

 

He descubierto el potencial adictivo y de sesgo que descansa al alcance de cualquier merluzo en Instagram. Aclaro: digo descubierto en el sentido de haberme dado cuenta en carne propia (merluzo, yo) de la sutil emboscada que tienden los artífices de la plataforma: avalancha de reels que progresivamente van envenenando con contenido publicitario ad hoc. El objetivo, supongo, es que el usuario desarrolle -inadvertidamente- tolerancia al veneno mercadotécnico que es, entre otros, el origen de los dineritos que Mark Zuckerberg se embolsa para costearse el búnker en el que se refugiará cuando pinten bastos en el planeta. Confieso reincidencia en un scroll infinito hasta muy altas horas de la madrugada. Han tenido que pasar unas cuantas noches en las que he alterado grave y dolosamente mis pobres ciclos circadianos hasta que he tenido luces suficientes como para preguntarme en modo acusativo qué estás haciendo. Y está la cuestión del sesgo, aún peor que la de los anuncios ponzoñosos, porque tus propios intereses, confesados a la plataforma por la vía del clickbait o el seguimiento de un perfil, te introducen en un universo de contenidos noticiosos compulsivos que transforman la realidad poliédrica en realidad unidimensional desprovista de visión crítica externa, encorsetando una visión del mundo hasta la atrofia mental… Fuera del texto suena Lyin’ Eyes de los Eagles y se me rompe un poco el corazón. Noto que me deslizo hasta a otras cosas que ya no son materia de Instagram o el Watiblog, así que lo dejo por hoy. Me pido disculpas.

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