19 de enero de 2026

Llevar la mascota al fisio

 

Me duelen los bajos de la espalda por culpa de las esquivas de boxeo que, o bien las hago de mala manera o es que ya estoy viejo como para fintar airosamente desde los engranajes de la cintura. Como fuere, he acudido al fisio, a ver qué puede hacer por mí, aparte de hacerme llorar en silencio mientras me clava los dedos de madera (pareciera) en la carne blandengue. Es por tu bien, me digo, mientras una lágrima rueda mejilla abajo. El tipo es también un poco esotérico y me aplica, amén de los consabidos amasamientos, técnicas menos ortodoxas, más cercanas al sahumerio, que también agradezco pues para mí en este mundo todo vale si cura. Pienso en todos esos dolores, inflamaciones, renqueos, anquilosamientos y otros malestares de índole física, fruto de malentendidos entre mi siamés físico y el mental, condenados a vivir y morir al alimón. Así, mi cuerpo es también mi mascota, como podría serlo también un gato, un perro, un hurón o una iguana. Aunque cohabitan con nosotros, las mascotas tienen su mundo particular, sometidas a códigos y leyes que apenas tienen que ver con las que ordenan y mandan nuestra existencia como seres pensantes. Imponemos al cuerpo físico nuestras ansiedades, euforias, malos rollos, tristezas y demás estados de ánimo, impidiéndole que vaya a lo suyo, que es mantenernos vivos sin estridencias, como manda la naturaleza. El secreto de una vida larga y saludable pasa por hacer feliz a la mascota, dejarla mear donde le plazca, darle mucho paseo y pocas chuches e intentar no amargarla con nuestras pajas mentales, conscientes de que las penas del ego son maltratos que, en la medida de lo posible, debemos evitar. Confieso que no he sido un buen amo. En épocas no tan lejanas de mi vida creo haber desbaratado mi cuerpo a base de disgustos de los que aún hoy arrastro secuelas. Procuro cuidarme a todos los niveles, que es la única forma que se me ocurre de pedir perdón a esa parte de mí mismo que ni entiende ni ve ni oye.


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