Hoy está siendo un día en el que lo monótono marca la pauta. Hace frío normal, el sol no asoma. La obra de enfrente debe de progresar, a juzgar por el clan clan de las herramientas, el run run de una hormigonera aparcada en la calle y otros ruidos industriales que se filtran por la cocina hasta el salón, donde no hago nada útil en particular. Fuera, la fachada y la azotea permanecen inacabadas, sin apenas operarios o andamios que sugieran el fin de las vacaciones de Navidad. La procesión irá, lógicamente, por dentro, en la tripa del edificio. Al otro lado de las ventanas se aprecia a ratos algún fogonazo de soldadura autógena. Aburrimiento: cuatro gestiones telefónicas de poca monta y una sesión de boxeo a medio gas por culpa de un gastrocnemio que no acaba de sanar. Bálsamo de tigre del Mercadona, la solución del cuñado de gimnasio. Recurrir a Mario Manos de Oro, mi buen fisioterapeuta esotérico, ya son palabras mayores. Veremos. Instagram me está empezando a abrasar con recomendaciones de expertos que explican cómo hacen ellos y ellas el pino -cada maestrillo con su librillo- aunque el handstand no sea para mí precisamente una prioridad. Entiendo, aunque no comparto, que en occidente se procese el Yoga como una disciplina en la que hay que superar niveles a semejanza de un videojuego. Así somos. Leo en El País un artículo de Carlos Marcos en el que recomienda discos que cumplen cincuenta años. Rellenar el aburrimiento con música es un clásico al que no me sustraigo. Escucho Jailbreak de Thin Lizzy
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