15 de enero de 2026

La RAE, la hormiga y el elefante

 

A propósito de la pelotera que se ha liado entre los académicos filólogos de relumbrón que defienden que la lengua patria ha de evolucionar al son de la calle, petrificando en el diccionario de la RAE cualquier ocurrencia o chuminada de moda entre adolescentes e influencers -o sea, libertad sexual y plátanos para todos- y aquellos otros numerarios de la Academia por méritos literarios, atrincherados en defensa de la pureza del idioma frente al asalto de vocablos bastardos de poco recorrido y denunciando la falta de medidas profilácticas por parte de la institución frente a la epidemia de flojera gramatical y el consiguiente riesgo de gonorrea generalizada en las letras hispánicas. Polémica de salón. La realidad es que si la RAE no existiera, los ciudadanos afectados -pocos, me temo- seguirían tirando, por ejemplo, de los diccionarios de todo tipo que acampan en los dominios de la Red, a la manera de los angloparlantes. Opino que Pérez-Reverte, que abandera la polémica en la facción de los literatos, pretende ponerle puertas al campo. La Real Academia de la Lengua es un poco como la hormiga del chiste, exclamando sufre puta mientras le picotea un cojón al elefante indiferente. La lengua, que no es más que un paquidermo de la cultura, va por donde va, y muta con el paso de los siglos, no de las legislaturas; no cambia así como así, por mucho que lo imponga o lo recomiende la RAE o que lo retuerza y torture con métodos estalinistas el distópico Ministerio de Igualdad. De acuerdo en que la Academia esté volcada en limpiar y proporcionar esplendor al paquidermo mientras éste transita por la senda de la historia. Sin embargo, no veo yo tan claro esa misión que consiste en fijar los usos de la lengua; que más bien pareciera encubrir un afán inconfesado de la institución por embalsamar, disecar o momificar el lenguaje.


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