En mi sueño de anoche escribía una novela en una sola tarde. Después, aún en el sueño, me daba cuenta de que no era para tanto, pues contaba sólo cuarenta páginas, reflexión que inyectaba un poco de racionalidad en el absurdo onírico, habida cuenta del tiempo récord en el que había rematado la obra. Empezaba a releerla en un e-book con aprensión, preguntándome qué demonios habría escrito, de qué iba mi novela. Y era malísima. Redacción de parvulario, faltas de ortografía imperdonables, personajes planos, desprovista de trama. Todo ello me ha generado la angustia y la desazón con la que he abierto los ojos y, elefante azul cabeza arriba o elefante azul cabeza abajo, marcará probablemente el tempo y el tono de las primeras horas de esta mañana, como poco […] Tengo hambre; no he comido nada desde anoche y ya es medio día, razón por la cual no me noto demasiado motivado para continuar escribiendo. La nevera me llama. Anoche, calentito debajo del edredón, y justo antes de dormir al filo de la una y media de la mañana, me sobrevino un ataque de mala conciencia considerando la helada que le estaba cayendo a la zona de crasas, arriba, en la terraza, me levanté y prácticamente a cuerpo gentil, trepé por la escalera de caracol hasta la azotea del edificio. Con los pies descalzos sobre el terrazo escarchado, a calva descubierta y los calzoncillos a la intemperie, apenas cubiertos por el faldón del esquijama -imagínense la estampa heroica- desplegué el toldo como el que planta la bandera en territorio enemigo, como los héroes de Iwo Jima. Regresé al resguardo bendito del edredón sólo para tener la mierda de sueño que relato al comienzo. Prueba irrefutable de que las buenas acciones no tienen recompensa. Hoy a media mañana el toldo andaba tieso. Comamos algo.
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