3 de enero de 2026

Mis muertos colaterales

 

Escucho a Paul Simon, bebo te. Un insecto minúsculo se juega la vida deambulando por el teclado. Pulsando la letra “ge”, por ejemplo, podría haberlo aplastado. Se ha ido o lo he muerto, no sabría decir, ahora mismo estoy a otras cosas, pensando que Dios debe de sentirse así a veces, cuando le dé por meditar sobre el caos que provoca cualquiera de sus actos, inescrutables, al decir de los familiares cercanos de algunos insectos aplastados. El presidente de los Estados Unidos ordena invadir Venezuela, habiéndose inventado previamente un pretexto de cobertura que todos los súbditos-insecto se limitan a acatar sin cuestionar, por si acaso. Y a continuar hormigueando por el teclado de la vida a la espera de que nos toque el Gordo y no pillarnos los cojones con la tapa de un piano o que nos saquen Tarjeta Roja. Lo normal. Que el dedo de Dios no aplaste a Donald Trump o a la Casa de los Gemelos II es también normal: El keypad del universo donde Dios escribe sus renglones torcidos tiene infinitas teclas, lo que en cierto modo diluye su responsabilidad. “Secuestro” o “extracción”, “guerra” u “operación especial” “muerto” o “asesinado” o “neutralizado”… Ya que no hay razón aparente, me pregunto si el script de la temporada que toque en el culebrón del cosmos atenderá a estupideces estéticas, pintará la mona de seda como hacemos aquí abajo. Igual sí. De vuelta a Venezuela, yo supongo que el todopoderoso emperador de China habrá tomado buena nota. Todos sabemos que los chinos no sólo copian bien, sino que hasta mejoran el original. Los cojones de Taiwan están, precisamente ahora, a la sombra de la tapa del piano. Hay un cadáver de insecto minúsculo en el touchpad. Mis muertos colaterales. Joder.

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