23 de enero de 2026

Hombre de escasos recursos

 

Escucho un poco de música clásica mientras me doy cuenta de que el transcurrir de los días no va en paralelo con el suceder de las cosas. Pasan los días, pero no pasan cosas. Es, por tanto, difícil mantener un diario en estas condiciones, pienso. Hay una taza con dos saquitos de jengibre con limón (eso dice la caja) al alcance de mi mano izquierda, junto a la rejilla de ventilación del portátil. Debajo de la taza, unos folios viejos en los que voy apuntando y subsiguientemente tachando las cosas por hacer: recordatorios, claves olvidadas, teléfonos y citas intranscendentes para mi vida personal, cantidades y algún garabato fruto del pasmo o el aburrimiento. Esta tarde no me decido a jugar al ajedrez ni tampoco a leer bajo la lámpara del sillón rojo. La prensa, despiojada de publicidad y franqueadas las murallas de pago por medios inconfesables, no me ofrece nada de interés. Sobrevuelo con hastío los titulares. Fuera hace frío, está oscuro y a ratos llueve. La tentación de una teleserie en modo pasivo me repugna y el cuerpo físico está demasiado adolorido como para enfrentar torsiones y asanas encima de la esterilla. Arrinconado, no me queda otra que socializar agarrado a un quinto de cerveza en algún lugar de Lavapiés. La vida, hoy, no me ofrece salidas más honrosas. Soy hombre de pocos recursos.

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