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26 de enero de 2026

Merluzo, yo

 

He descubierto el potencial adictivo y de sesgo que descansa al alcance de cualquier merluzo en Instagram. Aclaro: digo descubierto en el sentido de haberme dado cuenta en carne propia (merluzo, yo) de la sutil emboscada que tienden los artífices de la plataforma: avalancha de reels que progresivamente van envenenando con contenido publicitario ad hoc. El objetivo, supongo, es que el usuario desarrolle -inadvertidamente- tolerancia al veneno mercadotécnico que es, entre otros, el origen de los dineritos que Mark Zuckerberg se embolsa para costearse el búnker en el que se refugiará cuando pinten bastos en el planeta. Confieso reincidencia en un scroll infinito hasta muy altas horas de la madrugada. Han tenido que pasar unas cuantas noches en las que he alterado grave y dolosamente mis pobres ciclos circadianos hasta que he tenido luces suficientes como para preguntarme en modo acusativo qué estás haciendo. Y está la cuestión del sesgo, aún peor que la de los anuncios ponzoñosos, porque tus propios intereses, confesados a la plataforma por la vía del clickbait o el seguimiento de un perfil, te introducen en un universo de contenidos noticiosos compulsivos que transforman la realidad poliédrica en realidad unidimensional desprovista de visión crítica externa, encorsetando una visión del mundo hasta la atrofia mental… Fuera del texto suena Lyin’ Eyes de los Eagles y se me rompe un poco el corazón. Noto que me deslizo hasta a otras cosas que ya no son materia de Instagram o el Watiblog, así que lo dejo por hoy. Me pido disculpas.

23 de enero de 2026

Hombre de escasos recursos

 

Escucho un poco de música clásica mientras me doy cuenta de que el transcurrir de los días no va en paralelo con el suceder de las cosas. Pasan los días, pero no pasan cosas. Es, por tanto, difícil mantener un diario en estas condiciones, pienso. Hay una taza con dos saquitos de jengibre con limón (eso dice la caja) al alcance de mi mano izquierda, junto a la rejilla de ventilación del portátil. Debajo de la taza, unos folios viejos en los que voy apuntando y subsiguientemente tachando las cosas por hacer: recordatorios, claves olvidadas, teléfonos y citas intranscendentes para mi vida personal, cantidades y algún garabato fruto del pasmo o el aburrimiento. Esta tarde no me decido a jugar al ajedrez ni tampoco a leer bajo la lámpara del sillón rojo. La prensa, despiojada de publicidad y franqueadas las murallas de pago por medios inconfesables, no me ofrece nada de interés. Sobrevuelo con hastío los titulares. Fuera hace frío, está oscuro y a ratos llueve. La tentación de una teleserie en modo pasivo me repugna y el cuerpo físico está demasiado adolorido como para enfrentar torsiones y asanas encima de la esterilla. Arrinconado, no me queda otra que socializar agarrado a un quinto de cerveza en algún lugar de Lavapiés. La vida, hoy, no me ofrece salidas más honrosas. Soy hombre de pocos recursos.