Cada domingo en el Rastro, mientras deambulo entre la multitud de gentes de toda nacionalidad y pelaje que colapsan la Ribera de Curtidores nunca deja de sorprenderme la presencia sistemática de dos tipos de paseantes insensatos: los que transitan con perro y los que se adentran en la marea humana con un carrito ocupado por el proverbial niño de corta edad. Como quien no quiere la cosa. Están, ciertamente, en su derecho, pero a quién en su sano juicio se le ocurre, me pregunto. Por una parte, siento lástima por el animal, probablemente acogotado en un laberinto de piernas, apreturas y empellones y, por otra, perplejidad ante los dos dedos de frente que le deben de faltar al dueño o, peor, por su falta de empatía o, directamente, negligente crueldad para con su mascota. Y en lo que se refiere a los domingueros progenitores con carro y angelito dentro, no entiendo cómo no optan por alternativas más lógicas y asequibles como puede ser el parque o alguna avenida de aceras despejadas y bancos a la orden. Padres egoístas e irresponsables que obstaculizan gravemente el trasiego de los viandantes, ya de por sí penoso, por no privarse de su paseo dominical por el mercadillo. Capítulo aparte merecen los tontos escayolados, claca que te claca, a bordo de sus muletas. Qué fauna.
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