1 de enero de 2026

Viajando en Fin de Año

 

Hoy es después. El desdoblamiento de anoche. Fuera estaba una parte de mi yo con tiritona y envuelto en una manta peluda, además del pijama de franela verde y el gorro de lana. Así ha sido otras veces. Y dentro, las patas de araña, largas afiladas y engastadas de pedrerías y simetrías de colores y luz, exuberancia de brilli-brilli psicodélico. Y un recordatorio de las experiencias anteriores, replicadas o fundidas, no sabría explicar, en esas mismas patas de araña que al igual que las otras veces -yo lo había olvidado- me reclamaban para sí. El precio de ascender con ellas, hacia ellas, bañarme con gozo en la tormenta de fractales luminosos pasaba por dejar de respirar, por detener el corazón, por abandonar mi pobre cuerpo a su suerte. La misma tentación de otras veces, auspiciada por tantos otros hongos, y la obstinada renuncia a morir, por miedo y también por amor hacia mí mismo, entendido como apego compasivo a mi dimensión más corporal. Pensé entonces que esta misma tentación, la llamada de la muerte, se reiteraría a lo largo y ancho de los años en cada jornada de psilocibina, que las patas de araña regresarían cada vez para reclamarme fuera de un cuerpo cada vez más viejo, y que yo seguiría aferrándome a la vida aun cuando la vida entonces no valiera realmente la pena. La noción del tiempo extraviada, nunca supe si había cruzado la frontera de 2026. Monólogos chistosos conmigo mismo y las carcajadas expansivas, liberadoras. Introspección forzada en busca de mis pecados sin hallar nada que confesar, nada de lo que arrepentirme. Ni rastro de un mal viaje. Escarbaba en mi pasado en busca de la raíz o, mejor dicho, de la semilla de lo que soy y únicamente encontraba estampados, texturas y colores muy familiares, presentes en momentos indeterminados de mi vida pero que me veía incapaz de descifrar. Así que continué siendo un misterio enfundado en una manta peluda, un gorrito y un pijama de franela verde. Como no tenía fuerzas para alcanzar la botella de agua en la mesita se me ocurrió que me habría venido bien ser Mister Fantástico y alargar el brazo treinta centímetros más. También pensé que Mister Fantástico habría sido un magnífico profesor de Yoga en su vida civil. Qué flojera. Testimonio parcial para el después de después.

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