27 de enero de 2026

Algoritmo malvado

 

Los especialistas en lo suyo critican al algoritmo. El algoritmo nunca hilará lo suficientemente fino como para darles gusto, porque su especialidad especialísima es siempre vital para la humanidad y el algoritmo, imperdonable, no entra en detalles golfos y por tanto les miente a ellos y, por extensión, afirman desolados, al resto de los humanos de a pie, esa masa manipulable e ignorante de lo que hay. Como sucede en todos los gremios, cada quién arrima como puede el ascua a su sardina y -aunque les cueste reconocerlo- es de sabios saber lloriquear para mamar. Nunca llueve a gusto de todos, se quejan unos pocos, esas minorías ilustradas que hacen de su área de experiencia la piedra de toque de la evolución humana. Dicho lo anterior, a mí me parece que el conocimiento globalmente considerado pudiera asemejarse a un pedregal inmenso donde reposan incontables piedras de toque. Quien pasee por el pedregal, recoja una de esas piedras y se la acerque la oreja percibirá el gemido quejumbroso de una colonia de expertos-bacteria: ¡el algoritmo te miente! ¡el algoritmo no te lo cuenta todo! ¡el algoritmo es esclavo de intereses espurios! Si ese paseante se para a escuchar con atención, notará que el silencio que reina en el pedregal es sólo aparente, que en realidad hay una sinfonía de lamentitos proveniente de toda esa infinidad de piedras de toque que integra el conocimiento humano: Pintores postergados, canciones no escuchadas, ensayos ignorados, opiniones que nacen difuntas, patentes arrumbadas, poetas inéditos, ciencia sacrificada, injusticias y muertos invisibles. Y todo por culpa del algoritmo avieso. Y yo, me pregunto: no será que el pintor postergado, en realidad, no descolla entre la colmena de artistas, que la canción resulte ser un coñazo insufrible, que ese ensayo carezca de enjundia, que la patente no tenga recorrido comercial, que los versos del poeta sean inanes y prescindibles, que esa ciencia aporte progreso irrelevante por sus resultados marginales. Y en cuanto a los muertos y las guerras olvidadas, a mí no me queda otra que dar gracias al algoritmo por impedir que me manche las manos de sangre eligiendo cuáles ignorar. Comprendo hasta cierto punto los quejidos del pedregal, pero entre el antes y el después del algoritmo yo diría que no es verdad que con Franco viviéramos mejor.

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