29 de enero de 2026

Menú de Hombre Soltero

 

Jueves vacío. Ni las tareas domésticas, ni las pequeñas gestiones, ni el cuidado corporal son suficientes para rellenar las horas de un día de chubascos y poco frío. La espalda lesionada me impide hacer deporte (el deporte, sabiamente administrado, se come un buen pedazo de la jornada). Recurrir al bar de buena mañana me parece patético, además de una tentación lamentable merecedora de autocensura moral. No me queda otra que simplificar, por tanto, mis expectativas de acción y reducirlas a la planificación del menú de mediodía mientras transito por el desierto del ayuno intermitente. Como he apuntado antes, la lluvia dificulta enormemente el placer de pasear como otro parado más. No tengo alma de cocinero, así que el diseño y subsiguiente ejecución del pan mío de cada día me lleva escasos veinte minutos. Recuerdo, eso sí, que mientras preparaba el Menú de Hombre Soltero me duraba todavía el subidón de saberme volteando el filete de cadera en mi flamante sartén de acero, ya inmune a los acrilamidas y otras micromierdas presentes en las cicatrices del teflón. Por idénticas razones -ahora se me viene a la memoria- ayer sustituí los estropajos de toda la vida por otros de fibra vegetal, como gesto de benevolencia hacia mi sufrida flora intestinal. Todo esto, me doy cuenta, no es más que miedo a la muerte de este ciudadano-ratón abandonado a su buena suerte en la sociedad del bienestar que, a falta de otras batallas que librar, se embarca en la cruzada por una vida saludable, al dictado de los intrépidos becarios encargados de alimentar esa sección de la prensa digital que, cada vez más, pugna por compartir titulares con las noticias de primera plana.

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