30 de enero de 2026

Infinite Jest

 

La espalda va mejor, gracias. Dios mediante, mañana boxeo a las once y esperemos que aguante. Hoy, debo manifestar, he conseguido leer cuatro páginas de la Broma Infinita en V.O. Un tipo frente a un tribunal universitario que pondera su elegibilidad académica en función de sus logros deportivos en el tenis. Todo muy americano. A lo largo de la entrevista el tipo se dedica a hurgar mentalmente en gestos, apariencias y detalles ínfimos que poco a poco van minando mi empeño literario. La lectura lineal se me hace diagonal al tiempo que empiezo a asfixiarme sin remedio en una ciénaga de letras. Lo más probable es que David Foster Wallace no haya escrito ese tocho de casi mil páginas -todavía- para mí. Mañana lo intento de nuevo, armado con un lapicero sedativo y mucha, mucha más paciencia. Si persevero, me doy seis meses (descontando el viaje a Australia; el libro pesa un quintal como para embarcarlo) para coronar ese ocho mil. Soy lector más por imperativo moral que por devoción, qué le vamos a hacer.

29 de enero de 2026

Menú de Hombre Soltero

 

Jueves vacío. Ni las tareas domésticas, ni las pequeñas gestiones, ni el cuidado corporal son suficientes para rellenar las horas de un día de chubascos y poco frío. La espalda lesionada me impide hacer deporte (el deporte, sabiamente administrado, se come un buen pedazo de la jornada). Recurrir al bar de buena mañana me parece patético, además de una tentación lamentable merecedora de autocensura moral. No me queda otra que simplificar, por tanto, mis expectativas de acción y reducirlas a la planificación del menú de mediodía mientras transito por el desierto del ayuno intermitente. Como he apuntado antes, la lluvia dificulta enormemente el placer de pasear como otro parado más. No tengo alma de cocinero, así que el diseño y subsiguiente ejecución del pan mío de cada día me lleva escasos veinte minutos. Recuerdo, eso sí, que mientras preparaba el Menú de Hombre Soltero me duraba todavía el subidón de saberme volteando el filete de cadera en mi flamante sartén de acero, ya inmune a los acrilamidas y otras micromierdas presentes en las cicatrices del teflón. Por idénticas razones -ahora se me viene a la memoria- ayer sustituí los estropajos de toda la vida por otros de fibra vegetal, como gesto de benevolencia hacia mi sufrida flora intestinal. Todo esto, me doy cuenta, no es más que miedo a la muerte de este ciudadano-ratón abandonado a su buena suerte en la sociedad del bienestar que, a falta de otras batallas que librar, se embarca en la cruzada por una vida saludable, al dictado de los intrépidos becarios encargados de alimentar esa sección de la prensa digital que, cada vez más, pugna por compartir titulares con las noticias de primera plana.

27 de enero de 2026

Algoritmo malvado

 

Los especialistas en lo suyo critican al algoritmo. El algoritmo nunca hilará lo suficientemente fino como para darles gusto, porque su especialidad especialísima es siempre vital para la humanidad y el algoritmo, imperdonable, no entra en detalles golfos y por tanto les miente a ellos y, por extensión, afirman desolados, al resto de los humanos de a pie, esa masa manipulable e ignorante de lo que hay. Como sucede en todos los gremios, cada quién arrima como puede el ascua a su sardina y -aunque les cueste reconocerlo- es de sabios saber lloriquear para mamar. Nunca llueve a gusto de todos, se quejan unos pocos, esas minorías ilustradas que hacen de su área de experiencia la piedra de toque de la evolución humana. Dicho lo anterior, a mí me parece que el conocimiento globalmente considerado pudiera asemejarse a un pedregal inmenso donde reposan incontables piedras de toque. Quien pasee por el pedregal, recoja una de esas piedras y se la acerque la oreja percibirá el gemido quejumbroso de una colonia de expertos-bacteria: ¡el algoritmo te miente! ¡el algoritmo no te lo cuenta todo! ¡el algoritmo es esclavo de intereses espurios! Si ese paseante se para a escuchar con atención, notará que el silencio que reina en el pedregal es sólo aparente, que en realidad hay una sinfonía de lamentitos proveniente de toda esa infinidad de piedras de toque que integra el conocimiento humano: Pintores postergados, canciones no escuchadas, ensayos ignorados, opiniones que nacen difuntas, patentes arrumbadas, poetas inéditos, ciencia sacrificada, injusticias y muertos invisibles. Y todo por culpa del algoritmo avieso. Y yo, me pregunto: no será que el pintor postergado, en realidad, no descolla entre la colmena de artistas, que la canción resulte ser un coñazo insufrible, que ese ensayo carezca de enjundia, que la patente no tenga recorrido comercial, que los versos del poeta sean inanes y prescindibles, que esa ciencia aporte progreso irrelevante por sus resultados marginales. Y en cuanto a los muertos y las guerras olvidadas, a mí no me queda otra que dar gracias al algoritmo por impedir que me manche las manos de sangre eligiendo cuáles ignorar. Comprendo hasta cierto punto los quejidos del pedregal, pero entre el antes y el después del algoritmo yo diría que no es verdad que con Franco viviéramos mejor.

26 de enero de 2026

Merluzo, yo

 

He descubierto el potencial adictivo y de sesgo que descansa al alcance de cualquier merluzo en Instagram. Aclaro: digo descubierto en el sentido de haberme dado cuenta en carne propia (merluzo, yo) de la sutil emboscada que tienden los artífices de la plataforma: avalancha de reels que progresivamente van envenenando con contenido publicitario ad hoc. El objetivo, supongo, es que el usuario desarrolle -inadvertidamente- tolerancia al veneno mercadotécnico que es, entre otros, el origen de los dineritos que Mark Zuckerberg se embolsa para costearse el búnker en el que se refugiará cuando pinten bastos en el planeta. Confieso reincidencia en un scroll infinito hasta muy altas horas de la madrugada. Han tenido que pasar unas cuantas noches en las que he alterado grave y dolosamente mis pobres ciclos circadianos hasta que he tenido luces suficientes como para preguntarme en modo acusativo qué estás haciendo. Y está la cuestión del sesgo, aún peor que la de los anuncios ponzoñosos, porque tus propios intereses, confesados a la plataforma por la vía del clickbait o el seguimiento de un perfil, te introducen en un universo de contenidos noticiosos compulsivos que transforman la realidad poliédrica en realidad unidimensional desprovista de visión crítica externa, encorsetando una visión del mundo hasta la atrofia mental… Fuera del texto suena Lyin’ Eyes de los Eagles y se me rompe un poco el corazón. Noto que me deslizo hasta a otras cosas que ya no son materia de Instagram o el Watiblog, así que lo dejo por hoy. Me pido disculpas.

24 de enero de 2026

Saturday mal fario

 

No hace falta ser Hércules Poirot para avanzar en la ecuación del futuro probable a corto. Según lo visto y leído, y una vez tiroteada, muerta (bueno: asesinada) y enterrada Renée Good, los agentes federales embozados acaban de neutralizar (bueno: tirotear a bocajarro) en lamentable acto de servicio a otro de los que andaba protestando en la calle. Éste, al parecer, portaba una pistola con dos cargadores, como cualquier ciudadano de los Estados Unidos que se precie. Un peldaño más en la escalada de violencia. La milicia cuasi-paramilitar creada ad hoc por la administración al mando le está tocando los cojones a We The People que, como ya digo, no va mal surtida de armas y que, en un momento dado, y tal y como están de caldeados los ánimos, no se va a poner precisamente a tirar piedras a la palestina, a pesar de las reiteradas llamadas a la calma por parte de las autoridades demócratas del estado. Conociendo a Calígula, no creo que llegado el caso le tiemble la mano a la hora de aplicar la ley marcial porque, entre otras cosas, eso le da un subidón de poder hasta el nivel Dios, inmunizándolo frente a leyes y al qué dirán dentro y fuera de ese gran país. Veremos cómo evoluciona la cosa. Tengo la impresión de que, si no se desata la tercera guerra antes, al actual presidente no le van a ir demasiado bien las cosas en clave electoral, y que ya está oliendo el plato frío de la venganza a la vuelta de un mandato tras el que no le espera otra cosa que la ruina financiera y, muy posiblemente, la cárcel una vez perdidas las elecciones. Conociendo a Donald Trump, nada mejor que una huida infernal hacia adelante que le permita perpetuarse en el poder absoluto so pretexto de insurrección interna o, directamente y ya sin pretextos, como valedor omnipotente, abanderado de las Fuerzas del Bien, tras el estallido de una guerra a gran escala de puertas afuera. Y a ver cómo sopla el viento en el mundo que venga después. Si viene.


23 de enero de 2026

Hombre de escasos recursos

 

Escucho un poco de música clásica mientras me doy cuenta de que el transcurrir de los días no va en paralelo con el suceder de las cosas. Pasan los días, pero no pasan cosas. Es, por tanto, difícil mantener un diario en estas condiciones, pienso. Hay una taza con dos saquitos de jengibre con limón (eso dice la caja) al alcance de mi mano izquierda, junto a la rejilla de ventilación del portátil. Debajo de la taza, unos folios viejos en los que voy apuntando y subsiguientemente tachando las cosas por hacer: recordatorios, claves olvidadas, teléfonos y citas intranscendentes para mi vida personal, cantidades y algún garabato fruto del pasmo o el aburrimiento. Esta tarde no me decido a jugar al ajedrez ni tampoco a leer bajo la lámpara del sillón rojo. La prensa, despiojada de publicidad y franqueadas las murallas de pago por medios inconfesables, no me ofrece nada de interés. Sobrevuelo con hastío los titulares. Fuera hace frío, está oscuro y a ratos llueve. La tentación de una teleserie en modo pasivo me repugna y el cuerpo físico está demasiado adolorido como para enfrentar torsiones y asanas encima de la esterilla. Arrinconado, no me queda otra que socializar agarrado a un quinto de cerveza en algún lugar de Lavapiés. La vida, hoy, no me ofrece salidas más honrosas. Soy hombre de pocos recursos.

22 de enero de 2026

Catástrofes intercambiables

 

La prensa ordeña despiadadamente el accidente de trenes. La teta noticiosa nunca está lo suficientemente seca y arrugada. Las fotos de los muertos, otra opinión de otro catedrático que irá a parar al montón de opiniones de otros catedráticos en las mil facetas de la materia objeto de estudio, un microrretrato solidario que irá parar al montón de otros tantos microrretratos solidarios, el previsible luto oficial y los minutos de silencio aquí y allá, las visitas de los prebostes de la política, no sea que el enemigo vaya a decir dónde estabas entonces, los cuñados tertulianos afilando puñales, a la espera de que se levante la tregua mediática, la búsqueda del perro extraviado, sadismo periodístico disfrazado de crónica del dolor de los familiares de las víctimas. La consigna en las redacciones de los diarios es también la captura de cualquier incidente ferroviario vivo o muerto, nacional o extranjero. La vertiente informativa empieza a cobrar tintes sospechosos de morbo y salseo. Pronto, muy pronto, se levantará la veda y cada amo soltará a su rehala en la ciénaga, a la caza de un culpable real o imaginario, pero que encaje en el retrato robot tuneado al gusto de esta o de aquella opción política. Donde digo trenes podría decir danas, terremotos, incendios, explosiones y otras catástrofes. Los medios abusan de todas por igual.

20 de enero de 2026

Carpe Diem, por si acaso

 

Mañana, fisio. Tempranito, a las nueve de la mañana. Me pregunto qué pensaré de mí cuando relea esta especie de diario en clave microblogging en algún momento indeterminado del futuro. Probablemente me reconozca más como sujeto de mi vida cotidiana y menos en las opiniones de cuñado que vierto cuando me pongo a trotar al paso que marcan los periódicos. O igual estalla la tercera guerra mundial y, con ella, todos los servidores requisados al servicio de la industria de guerra. Ojo, que si ganan las tropas de Trump -ese Calígula del siglo XXI- no me cabe duda de que los servicios de inteligencia cribarán datos, probablemente con ayuda de la I.A., para señalar a todos aquellos que hayan mostrado desagrado o, directamente, hayan manifestado o expresado burla en los espacios virtuales contra él, sus histrionismos y sus geopolíticas insensatas. Igual que con los maestros sindicados de la República, pero más niquelado. En un futuro chungo, me veo catalogado en una celda de Excel como “Desafecto al Nuevo Orden” en los archivos MAGA, a cuenta de textos como este. Pero desafecto de baja intensidad. Así que dudo que me encierren en algún ghetto de proscritos o, directamente, me peguen un tiro en la cabeza. Eso sí, es posible que se me prive del acceso a las cartillas de racionamiento y otras limosnas a la población civil vencida en tiempos de posguerra. Aunque es también un hecho que tanto los artefactos nucleares como los drones siniestros son poco dados a discriminar, por lo que pudiera ser que, en mi condición de víctima colateral del conflicto, no llegase a cumplir los setenta en este valle de lágrimas. Quién sabe. Visitemos al fisioterapeuta mañana, sigamos publicando naderías en el Watiblog y aprendamos a apreciar estos tiempos aburridos de pequeñas preocupaciones en lo que verdaderamente valen, como si fuesen los últimos. No creo que sea necesario pedir confirmación a los empadronados en Kiev para avalar esta última apreciación mía.

19 de enero de 2026

Llevar la mascota al fisio

 

Me duelen los bajos de la espalda por culpa de las esquivas de boxeo que, o bien las hago de mala manera o es que ya estoy viejo como para fintar airosamente desde los engranajes de la cintura. Como fuere, he acudido al fisio, a ver qué puede hacer por mí, aparte de hacerme llorar en silencio mientras me clava los dedos de madera (pareciera) en la carne blandengue. Es por tu bien, me digo, mientras una lágrima rueda mejilla abajo. El tipo es también un poco esotérico y me aplica, amén de los consabidos amasamientos, técnicas menos ortodoxas, más cercanas al sahumerio, que también agradezco pues para mí en este mundo todo vale si cura. Pienso en todos esos dolores, inflamaciones, renqueos, anquilosamientos y otros malestares de índole física, fruto de malentendidos entre mi siamés físico y el mental, condenados a vivir y morir al alimón. Así, mi cuerpo es también mi mascota, como podría serlo también un gato, un perro, un hurón o una iguana. Aunque cohabitan con nosotros, las mascotas tienen su mundo particular, sometidas a códigos y leyes que apenas tienen que ver con las que ordenan y mandan nuestra existencia como seres pensantes. Imponemos al cuerpo físico nuestras ansiedades, euforias, malos rollos, tristezas y demás estados de ánimo, impidiéndole que vaya a lo suyo, que es mantenernos vivos sin estridencias, como manda la naturaleza. El secreto de una vida larga y saludable pasa por hacer feliz a la mascota, dejarla mear donde le plazca, darle mucho paseo y pocas chuches e intentar no amargarla con nuestras pajas mentales, conscientes de que las penas del ego son maltratos que, en la medida de lo posible, debemos evitar. Confieso que no he sido un buen amo. En épocas no tan lejanas de mi vida creo haber desbaratado mi cuerpo a base de disgustos de los que aún hoy arrastro secuelas. Procuro cuidarme a todos los niveles, que es la única forma que se me ocurre de pedir perdón a esa parte de mí mismo que ni entiende ni ve ni oye.


17 de enero de 2026

A propósito de Julio

 

Hoy es uno de esos días en los que no tengo ganas ni se me ocurre sobre qué demonios escribir. La jornada de un sábado frío y lluvioso encerrado en casa, tirando de luz de bombilla a deshoras mientras la bomba de calor hace lo que puede, que es bastante, apenas da para una taza de caldo insípido de realidad. El Telediario me dice que nieva en otros lugares de España y hace de ello noticia que, en mi opinión, peca de exceso de cobertura. Como sucede con la lotería, estos fenómenos meteorológicos invernales no dan más que para clichés: la señora diciendo qué frío hace, los niños retozando en cuatro centímetros de nieve y el consabido precaución amigo conductor a cargo de la DGT, acompañado de una toma aérea de unas carreteras más mojadas que nevadas. Bueno. También, ahora que se me viene a la cabeza, está Julio Iglesias, defenestrado por las audiencias en juicio sumarísimo por sátiro latino. Pienso yo que el hombre, al ser tan famoso, no podía echar mano discretamente de un elenco de putas fieles y bien pagadas. Guardar las apariencias sirviéndose de personal doméstico no profesional a la hora de aliviarle los apretones nocturnos conlleva esos riesgos. La pornochacha es, a fin de cuentas, un mito igual que el del truhán que a la vez es señor. Es posible que con el paso de los años Julio Iglesias confundiera su persona con el personaje. Dicho lo anterior, he de confesar una cierta envidia sana y, desde aquí, alabar el buen gusto de sus gobernantas mamporreras en los castings. Si yo fuese viejo y verde. Si yo tuviera dinero. Si careciera de escrupulos morales. Si yo hubiera ganado el Festival de Benidorm. No es fácil ser Julio Iglesias.

15 de enero de 2026

La RAE, la hormiga y el elefante

 

A propósito de la pelotera que se ha liado entre los académicos filólogos de relumbrón que defienden que la lengua patria ha de evolucionar al son de la calle, petrificando en el diccionario de la RAE cualquier ocurrencia o chuminada de moda entre adolescentes e influencers -o sea, libertad sexual y plátanos para todos- y aquellos otros numerarios de la Academia por méritos literarios, atrincherados en defensa de la pureza del idioma frente al asalto de vocablos bastardos de poco recorrido y denunciando la falta de medidas profilácticas por parte de la institución frente a la epidemia de flojera gramatical y el consiguiente riesgo de gonorrea generalizada en las letras hispánicas. Polémica de salón. La realidad es que si la RAE no existiera, los ciudadanos afectados -pocos, me temo- seguirían tirando, por ejemplo, de los diccionarios de todo tipo que acampan en los dominios de la Red, a la manera de los angloparlantes. Opino que Pérez-Reverte, que abandera la polémica en la facción de los literatos, pretende ponerle puertas al campo. La Real Academia de la Lengua es un poco como la hormiga del chiste, exclamando sufre puta mientras le picotea un cojón al elefante indiferente. La lengua, que no es más que un paquidermo de la cultura, va por donde va, y muta con el paso de los siglos, no de las legislaturas; no cambia así como así, por mucho que lo imponga o lo recomiende la RAE o que lo retuerza y torture con métodos estalinistas el distópico Ministerio de Igualdad. De acuerdo en que la Academia esté volcada en limpiar y proporcionar esplendor al paquidermo mientras éste transita por la senda de la historia. Sin embargo, no veo yo tan claro esa misión que consiste en fijar los usos de la lengua; que más bien pareciera encubrir un afán inconfesado de la institución por embalsamar, disecar o momificar el lenguaje.


13 de enero de 2026

Insensatos en el Rastro

 

Cada domingo en el Rastro, mientras deambulo entre la multitud de gentes de toda nacionalidad y pelaje que colapsan la Ribera de Curtidores nunca deja de sorprenderme la presencia sistemática de dos tipos de paseantes insensatos: los que transitan con perro y los que se adentran en la marea humana con un carrito ocupado por el proverbial niño de corta edad. Como quien no quiere la cosa. Están, ciertamente, en su derecho, pero a quién en su sano juicio se le ocurre, me pregunto. Por una parte, siento lástima por el animal, probablemente acogotado en un laberinto de piernas, apreturas y empellones y, por otra, perplejidad ante los dos dedos de frente que le deben de faltar al dueño o, peor, por su falta de empatía o, directamente, negligente crueldad para con su mascota. Y en lo que se refiere a los domingueros progenitores con carro y angelito dentro, no entiendo cómo no optan por alternativas más lógicas y asequibles como puede ser el parque o alguna avenida de aceras despejadas y bancos a la orden. Padres egoístas e irresponsables que obstaculizan gravemente el trasiego de los viandantes, ya de por sí penoso, por no privarse de su paseo dominical por el mercadillo. Capítulo aparte merecen los tontos escayolados, claca que te claca, a bordo de sus muletas. Qué fauna.

12 de enero de 2026

Cosas de casa

 

Aquí estoy, de vuelta del Retiro (y del Lidl; un paseo práctico), en esta mañana en la que parece que Dios ha cubierto la ciudad con un manto de nubes para a continuación conectar un humidificador. A pesar de la climatología adversa, no me ha quedado otra que hacer una colada de calzoncillos. Era eso o ir comando o a la escocesa por la vida y, la verdad, ni la pana ni el denim son agradable compañía para mis pelotas picadas, y el gayumbo usado no es una opción viable: soy un chico decente. Así que las mudas andan secándose en el tendedero, al socaire del salón. A la izquierda del portátil, un vaso de vino me hace sentirme un poco como esas amas de casa americanas de los años cincuenta, tipo señora Robinson pero venida a menos, remojando el gañote a deshoras por falta de algo mejor que hacer. En frontal incongruencia con este estado, los ACDC (Bon Scott) tocan Dirty Deeds Done Dirt Cheap: sicarios en oferta para remontar la cuesta de enero. En la cocina burbujea una perola con medias cebollas y tomates enteros de bote remojados en una balsa de mantequilla que después emparejaré con los canutos de pasta que he podido encontrar en un rincón de la alacena. El Comidista y sus recetas para vagos al rescate. Tengo una deuda con ese hombre. Cosas de casa. Como siempre, me espera el Telediario a la vuelta de las tres.

11 de enero de 2026

Maga Maga Maga Oe Oe Oe

 

Tengo la impresión de que los norteamericanos se preocupan mucho más por lo que sucede en el interior de los US of A que de los desafueros que su democrático país perpetra allende sus fronteras. Y me parece, hasta cierto punto, lógico. El equipo de casa, campeón de todo, arrambla con los títulos que puede. Que haya comprado a los árbitros es un dato irrelevante, que apenas deslustra la gloria de haber conquistado la Supercopa del Petróleo. No creo que ningún ciudadano de ese país le haga especialmente ascos al dinerito que promete fluir a las arcas del Treasury por el camino del oleoducto y, la verdad, ser propietarios de Groenlandia a la mayor gloria de Dios también tiene su aquel. Todos esos sucesos -sospecho- hacen afición patriótica; muchos ciudadanos demócratas y republicanos que reconocen un poco a su pesar que el país necesita a los Proud Boys animando desde la grada: Maga Maga Maga Oe Oe Oe. Que levante aquí la mano quien no sienta en el fondo de su ser una cierta nostalgia por ese imperio en el que no se ponía el sol, añoranza por nuestros gloriosos tercios, el oro y la plata de las Indias, etc... Quien no haya fantaseado con una España grande y libre, locomotora de Europa, martillo de herejes, luz de Trento, respetada y reverenciada por sus antiguas colonias, con las que comercia y obtiene pingües beneficios. Fantasías de porno geopolítico con encaje perfecto en quienes celebramos, con patriotismo indisimulado, la conquista de la Copa del Mundo hace diez años. Por otra parte, está el enemigo común a batir o el Imperio del Mal, muy a la manera James Bond: Doctor No, Spectra y Scaramanga encarnados en ya sabemos todos quién. A esa santa cruzada también se apuntan los Cristianos de Bien, creyentes o no. Y, por fin, el Capitán América acuartelado en Mar-a-Lago reventando audiencias mientras supervisa sus operaciones especiales en clave de blockbuster. En fin, que no me extraña que los ciudadanos estadounidenses hagan de todo eso unos pelillos a la mar y no se indignen más allá de lo que mandan las apariencias biempensantes. Lo verdaderamente preocupante para estos patriotas armados y consumistas hasta la náusea ha de ser que un presidente electo -por poco margen, oiga- no tenga empacho en enviar a la guardia pretoriana a los feudos democráticos disidentes, el lawfare sucio, la cancelación desfachatada, los actos de grosería prepotente, las mentiras impunes y todo ese fascismo doméstico a cara descubierta. Como no lo arreglen ellos desde dentro, el resto del mundo lo vamos a llevar crudo.

9 de enero de 2026

Bajona Invernal II

 

Me doy cuenta del sesgo brutal que supone que las cosas que se le pasen a uno por la cabeza provengan de fuentes tan poco fiables como la prensa convencional. No por ello es que quiera romper una lanza a favor de la selección espuria de noticias y sucesos que a cada quién les asignan aviesamente las redes sociales. Al final, se trata de elegir la deformación informativa que mejor se adapte a cada tipo de persona. Elegir, digo, pero siempre a sabiendas de que la cosa tiene truco. Asumir formas de ver la vida desde la distancia del sano escepticismo, sin convertirnos en fanáticos porteadores de opiniones niqueladas que únicamente contribuirán a hacernos cada vez más insoportables hasta que, una buena mañana, despertemos metamorfoseados en Insecto-Cuñado, un poco a la manera de Gregorio Samsa. También puede uno abstraerse, dejarse abducir por las cotidianidades del micromundo que colorea nuestros días y que a nadie interesan (en mi caso, y por ejemplo, la obra de enfrente o las hojas muertas de la terraza) ni, por tanto, ofenden, pero a ratos aburren. Demasiado aquí y ahora, la paz de no pensar ni juzgar ni opinar, es perjudicial para la imaginación. Prueba de ello es el ratito que llevo pasmando delante del ordenador, absorto en la depredación quirúrgica de pequeños padrastros, como hierbajos que brotan a la ribera de las uñas. Aquí lo dejo por hoy.

8 de enero de 2026

Bajona invernal

 

Hoy está siendo un día en el que lo monótono marca la pauta. Hace frío normal, el sol no asoma. La obra de enfrente debe de progresar, a juzgar por el clan clan de las herramientas, el run run de una hormigonera aparcada en la calle y otros ruidos industriales que se filtran por la cocina hasta el salón, donde no hago nada útil en particular. Fuera, la fachada y la azotea permanecen inacabadas, sin apenas operarios o andamios que sugieran el fin de las vacaciones de Navidad. La procesión irá, lógicamente, por dentro, en la tripa del edificio. Al otro lado de las ventanas se aprecia a ratos algún fogonazo de soldadura autógena. Aburrimiento: cuatro gestiones telefónicas de poca monta y una sesión de boxeo a medio gas por culpa de un gastrocnemio que no acaba de sanar. Bálsamo de tigre del Mercadona, la solución del cuñado de gimnasio. Recurrir a Mario Manos de Oro, mi buen fisioterapeuta esotérico, ya son palabras mayores. Veremos. Instagram me está empezando a abrasar con recomendaciones de expertos que explican cómo hacen ellos y ellas el pino -cada maestrillo con su librillo- aunque el handstand no sea para mí precisamente una prioridad. Entiendo, aunque no comparto, que en occidente se procese el Yoga como una disciplina en la que hay que superar niveles a semejanza de un videojuego. Así somos. Leo en El País un artículo de Carlos Marcos en el que recomienda discos que cumplen cincuenta años. Rellenar el aburrimiento con música es un clásico al que no me sustraigo. Escucho Jailbreak de Thin Lizzy

7 de enero de 2026

"En breves momentos le atenderemos"

 

Qué desazón, qué flojera, qué mala hostia se me está poniendo con el maldito robot de Endesa, que lleva veinte minutos taladrándome las neuronas con un mensaje comercial optimista, mientras espero comunicarme con un agente de carne y hueso. Entre locución y locución y locución y otra locución escribo esto y, de cuando en vez, me cago -viva voce- en la leche que ha mamado el Servicio de Atención al Cliente. “En breves momentos atenderemos su llamada” está alcanzando unas cotas de cinismo insoportables. No es sorprendente que cuando finalmente se ponga al aparato alguien que por lo general es mujer, latinoamericana y con nombre de culebrón, se enfrente a un tsunami de mala vibra encarnado en mi peor yo. Me imagino a la señora teletrabajando con los cascos inalámbricos mientras masca chicle o vapea tranquilamente ojeando chuminadas por Temu o a pleno scroll en Instagram o en conferencia simultánea con algún familiar de ultramar. Uñas postizas de colores. Sé que estas letras podrían atribuírsele a uno de esos Españoles de Bien que votan a Vox. Pero, con todos mis respetos a Santiago Abascal, no es el caso. Y, total, tras varias ofrendas de datos personales por mi parte, Gladys no me ha solucionado nada. Palabras amables ante un muro infranqueable de burocracias delirantes tras el que se parapetan las compañías energéticas. Voces colombianas dulces hasta la sedación que resuenan con ecos tiernos en los costurones de mi corazón de patata.

6 de enero de 2026

Ceguera social

 

Hoy toca la lotería del Niño, que es como un telonero del Gordo pero al revés. Si hay negocio a la vista, no tardarán en crear y promocionar ad nauseam la lotería de la Niña. En esta época en la que, por ejemplo, las mujeres son protagonistas de según las cosas que convienen porque queda ideológicamente bien, y además vende, el sorteo de la Niña resulta un engendro imaginario bastante plausible. Me llama la atención el fenómeno de las existosísimas spin off o cómo el capitalismo multiplica celebraciones encabalgado en éxitos comerciales antiguos y no tanto. Supongo que la cuestión de fondo es que siempre hay dinero que rascar si se aplica el marketing adecuado, si se pulsan las teclas que hacen salivar a las masas empanadas, lo cual resulta cada vez más fácil considerando la creciente extracción intensiva de datos en el caladero de las redes sociales. Quienes nos venden esta o aquella moto nos conocen mejor que la madre que nos parió y saben que donde hay un presidente del gobierno cabe perfectamente un vicepresidente y, después, un vicepresidente primero y luego uno segundo: saben que todos queremos lucir galones en el disfraz. Las preuvas me hacen pensar en los anterreyes, aunque, pensándolo bien, Papa Noel ya ha asaltado ese nicho; ahí ya nos la han colado los comerciantes. De las rebajas de enero hasta el Black Friday y, ahora, también el Cybermonday. Las subcategorías en los realities que desde hace un tiempo repiten fórmula con niños y famosos. Los premios de la industria del cine: donde antes solo había -o interesaba- película, director y actor, ahora hay un tuttifrutti de Óscars, Goyas, Leones, Césares, Espigas y otros premios que gotean y galardonan modalidades cada vez más irrelevantes para el espectador, cuando no directamente absurdas. El nepotismo extremo de los famosetes de segunda o tercera división como asunto de interés en los medios, que se empeñan en explorar y glosar la escoria espacial flotando en la Galaxia de los Don Nadies. Y termino: Me llama poderosamente la atención el esfuerzo de la prensa digital por hacer obituarios de influencers desconocidos y de actores olvidados, que es relleno informativo seguro, pues en el mundo es inevitable que todo suceda siempre. Pero, de verdad, la gente ¿paga por ver o leer esas cosas? Lo mismo es que estoy abusando de mis ratitos de soledad más de la cuenta y me estoy quedando ciego.

5 de enero de 2026

Un mal sueño

 

En mi sueño de anoche escribía una novela en una sola tarde. Después, aún en el sueño, me daba cuenta de que no era para tanto, pues contaba sólo cuarenta páginas, reflexión que inyectaba un poco de racionalidad en el absurdo onírico, habida cuenta del tiempo récord en el que había rematado la obra. Empezaba a releerla en un e-book con aprensión, preguntándome qué demonios habría escrito, de qué iba mi novela. Y era malísima. Redacción de parvulario, faltas de ortografía imperdonables, personajes planos, desprovista de trama. Todo ello me ha generado la angustia y la desazón con la que he abierto los ojos y, elefante azul cabeza arriba o elefante azul cabeza abajo, marcará probablemente el tempo y el tono de las primeras horas de esta mañana, como poco […] Tengo hambre; no he comido nada desde anoche y ya es medio día, razón por la cual no me noto demasiado motivado para continuar escribiendo. La nevera me llama. Anoche, calentito debajo del edredón, y justo antes de dormir al filo de la una y media de la mañana, me sobrevino un ataque de mala conciencia considerando la helada que le estaba cayendo a la zona de crasas, arriba, en la terraza, me levanté y prácticamente a cuerpo gentil, trepé por la escalera de caracol hasta la azotea del edificio. Con los pies descalzos sobre el terrazo escarchado, a calva descubierta y los calzoncillos a la intemperie, apenas cubiertos por el faldón del esquijama -imagínense la estampa heroica- desplegué el toldo como el que planta la bandera en territorio enemigo, como los héroes de Iwo Jima. Regresé al resguardo bendito del edredón sólo para tener la mierda de sueño que relato al comienzo. Prueba irrefutable de que las buenas acciones no tienen recompensa. Hoy a media mañana el toldo andaba tieso. Comamos algo.

3 de enero de 2026

Mis muertos colaterales

 

Escucho a Paul Simon, bebo te. Un insecto minúsculo se juega la vida deambulando por el teclado. Pulsando la letra “ge”, por ejemplo, podría haberlo aplastado. Se ha ido o lo he muerto, no sabría decir, ahora mismo estoy a otras cosas, pensando que Dios debe de sentirse así a veces, cuando le dé por meditar sobre el caos que provoca cualquiera de sus actos, inescrutables, al decir de los familiares cercanos de algunos insectos aplastados. El presidente de los Estados Unidos ordena invadir Venezuela, habiéndose inventado previamente un pretexto de cobertura que todos los súbditos-insecto se limitan a acatar sin cuestionar, por si acaso. Y a continuar hormigueando por el teclado de la vida a la espera de que nos toque el Gordo y no pillarnos los cojones con la tapa de un piano o que nos saquen Tarjeta Roja. Lo normal. Que el dedo de Dios no aplaste a Donald Trump o a la Casa de los Gemelos II es también normal: El keypad del universo donde Dios escribe sus renglones torcidos tiene infinitas teclas, lo que en cierto modo diluye su responsabilidad. “Secuestro” o “extracción”, “guerra” u “operación especial” “muerto” o “asesinado” o “neutralizado”… Ya que no hay razón aparente, me pregunto si el script de la temporada que toque en el culebrón del cosmos atenderá a estupideces estéticas, pintará la mona de seda como hacemos aquí abajo. Igual sí. De vuelta a Venezuela, yo supongo que el todopoderoso emperador de China habrá tomado buena nota. Todos sabemos que los chinos no sólo copian bien, sino que hasta mejoran el original. Los cojones de Taiwan están, precisamente ahora, a la sombra de la tapa del piano. Hay un cadáver de insecto minúsculo en el touchpad. Mis muertos colaterales. Joder.

1 de enero de 2026

Viajando en Fin de Año

 

Hoy es después. El desdoblamiento de anoche. Fuera estaba una parte de mi yo con tiritona y envuelto en una manta peluda, además del pijama de franela verde y el gorro de lana. Así ha sido otras veces. Y dentro, las patas de araña, largas afiladas y engastadas de pedrerías y simetrías de colores y luz, exuberancia de brilli-brilli psicodélico. Y un recordatorio de las experiencias anteriores, replicadas o fundidas, no sabría explicar, en esas mismas patas de araña que al igual que las otras veces -yo lo había olvidado- me reclamaban para sí. El precio de ascender con ellas, hacia ellas, bañarme con gozo en la tormenta de fractales luminosos pasaba por dejar de respirar, por detener el corazón, por abandonar mi pobre cuerpo a su suerte. La misma tentación de otras veces, auspiciada por tantos otros hongos, y la obstinada renuncia a morir, por miedo y también por amor hacia mí mismo, entendido como apego compasivo a mi dimensión más corporal. Pensé entonces que esta misma tentación, la llamada de la muerte, se reiteraría a lo largo y ancho de los años en cada jornada de psilocibina, que las patas de araña regresarían cada vez para reclamarme fuera de un cuerpo cada vez más viejo, y que yo seguiría aferrándome a la vida aun cuando la vida entonces no valiera realmente la pena. La noción del tiempo extraviada, nunca supe si había cruzado la frontera de 2026. Monólogos chistosos conmigo mismo y las carcajadas expansivas, liberadoras. Introspección forzada en busca de mis pecados sin hallar nada que confesar, nada de lo que arrepentirme. Ni rastro de un mal viaje. Escarbaba en mi pasado en busca de la raíz o, mejor dicho, de la semilla de lo que soy y únicamente encontraba estampados, texturas y colores muy familiares, presentes en momentos indeterminados de mi vida pero que me veía incapaz de descifrar. Así que continué siendo un misterio enfundado en una manta peluda, un gorrito y un pijama de franela verde. Como no tenía fuerzas para alcanzar la botella de agua en la mesita se me ocurrió que me habría venido bien ser Mister Fantástico y alargar el brazo treinta centímetros más. También pensé que Mister Fantástico habría sido un magnífico profesor de Yoga en su vida civil. Qué flojera. Testimonio parcial para el después de después.