22 de diciembre de 2010

Tatus

Me cuesta mucho explicar la extraña desazón que me produce ver la carne tatuada. O tal vez lo que me cause angustia sea, en realidad, contemplar un cuerpo inútilmente profanado, infiltrado de colores eternamente comatosos, moribundos. No hay azul más triste que el azul de un tatuaje.

Hay algo sutilmente obsceno, inequívocamente feo, que se superpone a la excelencia artística del tatuaje desde el momento en que éste queda irremediablemente serigrafiado en la piel humana. A diferencia del lienzo, la madera o la piedra, la materia viva no es soporte adecuado para comunicar una experiencia estética. Sin embargo, y a lo que parece, existen cientos de miles de personas que, ignorantes de esta Primera Gran Verdad, se empeñan en profanar sin remedio ingles, pescuezos, pechos, antebrazos, tobillos, culos y demás topónimos de la geografía corporal humana.

No se preocupen, amables (e improbables) lectores, que no voy a dejar de referirme aquí al valor simbólico implícito en cualquier tatuaje como elemento atenuante -que no eximente- de esa especie de fiebre por el grafitti corporal que, desde el poligonero suburbial hasta el becado universitario en la multinacional de coca, corbata y conference call, está devastando de unos años a esta parte el amplio y variopinto ecosistema de la juventud española. Y es que el tatuaje encierra una Segunda Gran Verdad que se sintetiza -y me van a perdonar el perogrullo- en que detrás de la tinta siempre hay un motivo. Pero ¿qué motivo? En mi opinión, todo aquel que en un momento dado opta por inocular bajo la superficie del cuerpo pigmentos indelebles con diseños, mensajes, caligrafías o, por ejemplo, un busto de Mao Tse Tung (no sé por qué se me ha venido a la cabeza el brazo derecho de Mike Tyson) lo hace impelido por una revelación mística, una epifanía incontestable o, en otras palabras, un arrebato de debilidad mental que le lleva a confundir el presente continuo con el futuro perfecto. No digo que a mí no me haya sucedido; quienes me conocen son perfectamente conscientes de -a la par que condescendientes con- mi proverbial retraso mental de quince (o tal vez veinte) años respecto de lo esperable de cualquier varón caucasiano de similar edad y condición a la mía. He abrazado, y confieso que aún abrazo, y con fervor, causas descerebradas, hábitos inútiles y quimeras vulgarzonas. Este blog, por ejemplo. ¿Qué coño hago yo escribiendo un blog a estas alturas?

En fin, es ley de vida que de los errores se aprende, y el derecho al borrón y cuenta nueva debiera incorporarse como un inciso al artículo 18 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Hasta un imbécil como yo aún puede rectificar y mandar el Watiblog a tomar por culo, compararse un adosado en Torrelodones con chimenea y televisor plano de serie, casarse en régimen de gananciales y adoptar un niño chino (o procrear, si aún se tercia). En definitiva, puedo darle un gusto a mis padres y convertirme, por fin, en ese hombre de provecho al que se le presume el valor, la hipoteca y el monovolumen. Y aunque estoy a tiempo de flaquear por todo eso, lo cierto es que prefiero perseverar en esta extraña forma de vida ciega que me ha tocado en suerte. Pero ¿y mañana? Lo que haga mañana está por ver; no hay naves ni puentes quemados ni puertas cerradas; tal vez sólo ilusiones marchitas.

En una especie de salto de fe generacional, los tatuados de nuevo cuño (toma ya) se comprometen para siempre con una ilusión barata en alas de un romanticismo visceral y analfabeto: Cuántos tarados tatuados han arrojado miserablemente por la borda su derecho fundamental de decir digo donde dije Diego. Por amor de Dios, cuántos latinajos sin sentido, cuántos números sin cábala, cuántos coleópteros deformes, cuántos tribales orgullosos que en realidad no son más que vulgares derrapes de neumático en la piel, cuántas devociones eternas de temporada, cuántas hadas y gnomos de saldo, cuántos pictogramas de todo a cien... De aquí a veinte años vaticino un mundo habitado por un sinnúmero de hombres y mujeres resignados a portar en sus cuerpos pecados de juventud expiados tiempo atrás, pero que la tinta inmortal no olvida ni tampoco perdona.

[Y la canción de hoy. Por favor, escuchen con detenimiento la desgarradora historia que nos regala doña Concha disfrazada de magnífica copla (la historia, no doña Concha) que, sin duda, les compensará por los sinsabores padecidos en la lectura de este texto infumable. Son cuatro minutos pero, vive Dios, merece la pena]

12 de diciembre de 2010

After Hours

Regreso a casa un sábado de buena mañana -quiero decir, alrededor de las nueve de la mañana- sorprendido por la normalidad de lo cotidiano, como sólo puede sorprenderse el propietario de un cerebro ralentizado por los efectos secundarios de la nicotina, el alcohol y la impronta de otras sustancias tóxicas espurias (por ilegales). La luz del sol evidencia lo real en toda su incongruencia: el tráfico rodado, los semáforos, las vidrieras ahumadas de los rascacielos, la mediana edad de los viandantes. Al volante del Peugeot, me esfuerzo por reubicar mi cartografía mental interior desarbolada por las ofertas, escaparates, kioscos, superficies comerciales y cartelones publicitarios mastodónticos que flanquean los espacios abiertos del Paseo de la Castellana. El silencio en el interior hermético del coche contrasta con el incómodo zumbido que me reverbera en los oídos. Tengo sueño, estoy borracho en el sentido estricto del artículo 379 del Código Penal y, francamente, me cuesta reconciliarme con un mundo sin iluminación estroboscópica ni vasos largos con hielo con tres dedos de lo que sea ni wáteres absolutamente encharcados (salvo el altiplano de la cisterna, preservado solidariamente de humedades por la clientela para ciertas moliendas recurrentes) ni camareras sexuales a la par que displicentes con tipos alienados (y alineados) como yo.

   Me detengo en un semáforo en la encrucijada con Raimundo Fernández Villaverde, en el lateral del Paseo de la Castellana. A mi derecha escucho primero y después observo a un grupo de siete u ocho mujeres jóvenes que discuten o tal vez simplemente charlan animadamente bajo la marquesina del autobús. El revuelo de voces atipladas me alcanza como un murmullo indistinto a través de las ventanillas cerradas del coche. Por su aspecto deduzco rápidamente que se trata de nativas supervivientes de alguna de las discotecas latinas de la zona de Azca: tacones afilados, culos altos embutidos en pantalones satinados de colores llamativos, rastas, bisutería de alto voltaje, faldas abreviadas colindantes con superficies reservadas a la intimidad de las bragas, bustos en escarpa... Me concentro en la luz roja del semáforo, no obstante lo cual la visión periférica me informa vagamente de que una de las chicas se ha separado del grupo y atraviesa la calzada con paso decidido.

    La visión periférica continua informándome con escasa concisión de que alguien acaba de abrir la puerta derecha del coche. El semáforo sigue incomprensiblemente en rojo y yo acabo de entrar en cortocircuito. Cuando finalmente consigo reaccionar, una mujer de piel café con leche y rasgos nilóticos acaba de hacerse fuerte en el asiento del copiloto. Lo primero que me llama la atención es que no se ha puesto el cinturón de seguridad. Lo segundo, sus aretes plateados y la trama de venas delicadas que resalta la tersura quirúrgica de su escote ilimitado. No puedo seguir evaluando porque la nubia me espeta con voz chillona una retahíla de palabras de las que alcanzo a entender, primero “¿quieres?”, y después “¿fohiah?” y luego “¡famoss tú y yo!”, y después “fohiah, cariño”. Vuelvo a entrar en cortocircuito, aunque esta vez mi brazo derecho cobra vida propia y como un resorte ciego se abalanza en búsqueda el tirador de la puerta del copiloto que consigue abrir a pesar de que el cinto de seguridad dificulta considerablemente la maniobra. “Fuera del coche” creo que alcanzo a decir. Por toda respuesta ella vuelve a cerrar la puerta y lo que sigue a continuación es un acalorado forcejeo entre la furcia egipcia y yo por el control del sector este del Peugeot. “Que te salgas del coche ya, joder”. Un portazo contundente pone fin a la pequeña escaramuza y el coche vuelve a quedar en silencio casi al tiempo en que la luz del semáforo se torna verde. Al arrancar, desvío por un momento la mirada hacia el grupo de la marquesina y me pregunto adónde irá todo ese granel de fulanas y si tomarán todas el mismo autobús.

    A las nueve de la mañana el Paseo de la Castellana despliega un panorama de espacios luminosos, fuentes, palacetes restaurados, edificios oficiales y urbanismo obvio, de tiralíneas, que no sintoniza en absoluto con la tiniebla ni el desorden moral enrevesado en que me hallo sumido mientras conduzco. Decido que es absurdo mantener el silencio y pregunto “¿Cómo te llamas?” Mientras rebusca en su bolso responde “miamo Amelia, cariño”.

Amelia tritura un pellizco de cocaína sobre el espejito que finalmente ha extraído del bolso y después esculpe con destreza dos caballones paralelos de polvo blanco.


La canción de hoy, muy ad hoc. Yessir, very ad hoc.
Se les quiere.

6 de diciembre de 2010

Carta a Iris Yamileth

En Madrid, a siete de diciembre de dos mil diez.

Hola, Iris. Te escribo desde España, al otro lado del mar, desde muy lejos. Si tuviera que llevarte yo mismo esta carta esto es lo que haría:  Primero, metería mis cosas de viaje en una maleta pequeña o, mejor, en una mochila pequeña en la que guardaría dos pantalones (uno corto y uno largo), cuatro camisetas, el cepillo de dientes, una maquinilla de afeitar, un impermeable, ropa interior, dos pares de calcetines, el bañador, una gorra de béisbol y unas sandalias de repuesto. Seguro que se me olvida algo, pero así son las cosas cuando viajas. Luego descubres que lo olvidado, en realidad, no hacía tanta falta; e incluso te das cuenta de que llevas más cosas de las que necesitas.

Volviéndolo a pensar,  creo que también me llevaría un libro, que no ocupa demasiado espacio en la mochila. Entre sus páginas, aprovecharía para guardar tu fotografía (la única que tengo), una muy pequeña en la que llevas una toga y un birrete azul, de esas que os hacéis en el colegio. Cuando digo birrete, me refiero a ese sombrero con una extraña plataforma cuadrada encima que, por suerte, no tenéis que llevar a diario en la escuela, porque ya me contarás para qué sirve. Yo también me puse uno, uno negro que me prestaron para la ocasión, cuando me gradué en la universidad, hace ya unos cuantos años. Por tus cartas veo que ya escribes muy bien, debes de ser una niña muy lista, y seguro que algún día no muy lejano no tendrás más remedio que ponerte otro y mandarme otra fotografía con una nota que diga algo así como Antonio, que sepas que ya he terminado de estudiar todo lo que tenía que estudiar y ahora seguiré aprendiendo cosas por mi cuenta. Eso me alegraría mucho.

El caso es que con la mochila sin las cosas olvidadas, pero ahora con el libro y tu fotografía dentro, tomaría un tren hasta la costa, lo que me llevaría seguramente tres o cuatro horas, porque si miras en un mapa, Madrid -yo  vivo en Madrid- está muy dentro de España, casi en el centro, y el mar queda lejos, a unos cuatrocientos kilómetros. Después, un barco que me llevase hasta Puerto Cortés o La Ceiba. Eso son ocho mil kilómetros más, y ahí me sería útil la maquinilla de afeitar pues sin ella probablemente pisaría tierra con una barba como la de Hernán Cortés, que creo que fue el primero  en descubrir tu país, cuando no había maquinillas de afeitar ni mochilas ni cepillos de dientes ni nada parecido. Por cierto, que acabo de mirar cuadros antiguos del viejo Cortés y he visto que en casi todas sus conquistas lucía una abundante melena y debo decir que este no es mi caso. Todo lo contrario, yo soy más bien calvo, y suelo raparme cada semana los pocos pelos que se empeñan en asomar por los lados de la cabeza. Es cómodo, porque así no tengo que preocuparme de comprar champú en el supermercado pero, por otra parte, necesito llevar un gorro de lana en invierno para no resfriarme y en verano una gorra de béisbol para no achicharrarme la cabeza, y de ahí que sea una de las primeras cosas en las que piense cada vez que tengo que hacer la maleta para salir de viaje.  Sobre todo, si tuviera que ir a Honduras porque allí, por lo que he visto, hace mucho calor, ¿no? Hoy mismo, nada menos que treinta y cuatro grados. ¡Treinta y cuatro grados! Aquí, a estas alturas del año, tenemos que conformarnos con treinta grados menos, osea,  con unos miserables cuatro grados, qué le vamos a hacer.  Cuantos menos grados, más ropa: Botas,  calcetines gruesos, camiseta, camisa, suéter, bufanda, gorro y un buen abrigo; todo muy aparatoso y, desde luego, no cabría en una mochila pequeña. No me gusta el invierno, pasar el día encerrado en casa con la calefacción puesta mirando el televisor no es, precisamente, mi plato favorito; prefiero pasear, ver gente y, sobre todo, tomarme algo y leer el periódico o algún libro sentado en las mesas que los dueños de los bares sacan a las aceras de la  ciudad cuando el tiempo acompaña. Pero aún quedan unos cuantos meses para eso, así que no me queda más que resignarme, por lo menos hasta que llegue el mes de mayo.

Así que tú y yo estamos muy lejos y, pienso, llevamos vidas muy distintas. Yo trabajo en un rascacielos blanco, todo el día sentado, pensando, con un ordenador portátil, un teléfono y muchos papeles revueltos que en ocasiones me dan dolor de cabeza; unas veces es el ordenador, otras el teléfono y cuando no, son los papeles desordenados, aunque suelen ser los tres a la vez. Pienso que me gustaría llevar una gorra especial para eso (aunque fuera un birrete), pero por desgracia aún no la han inventado. Me gusta moverme o, lo que es lo mismo, no me gusta estar quieto así que cada dos por tres bostezo, estiro los brazos, me revuelvo en la silla y, en cuanto puedo, me levanto  y me acerco a la ventana, desde la que se ven otros rascacielos, algunos con grandes letreros que se iluminan cuando llega la noche. Mucho más lejos alcanzo a ver las montañas de piedra gris, que siempre me han parecido feas, incluso ahora, que están un poco cubiertas de nieve.

He decidido enviarte esto porque creo que tienes razón; no está bien que tu hermana Yeimi reciba cartas y a ti no te lleguen noticias mías, como si no hubiera nadie aquí que se alegrase de lo bien que escribes. Pues lo hay. Ya te lo dije al principio de esta carta y debo repetirlo: lo haces estupendamente y, aunque no te lo creas, casi mejor que yo, que soy zurdo y siempre me ha costado horrores agarrar el lápiz correctamente para poner una letra detrás de otra y que después se entendiera algo de lo que había escrito. Imagínate algo así como un oso perezoso (perezocito, creo que le llamáis allí) garabateando trabajosamente palabras con la zarpa izquierda. Por suerte, un día decidí apuntarme a una academia de mecanografía donde aprendí a escribir utilizando los diez dedos en lugar de la pezuña y en un par de meses, cada dedo a su letra, menos los pulgares que supongo que por ser los dedos más fuertes son los encargados de arrearle un empellón a cada palabra terminada y colocarla en su sitio, apartada de la anterior. Te cuento todo esto para que no te resulte extraño recibir una carta mecanografiada en lugar de otra manuscrita por Antonio, alias Zarpa Zurda.

Hay un problema, y es que no sé cómo diablos voy a arreglármelas para sacar esta carta del ordenador y hacer que llegue, pero seguro que tiene solución. Desde aquí hasta Honduras (los primeros ocho mil kilómetros, parece mentira) va a ser cosa fácil: comprimida como una especie de pelotilla electrónica, viajará a la velocidad del estornudo, pero una vez allí necesitaré que alguien desempaquete las letras y las coloque tal cual te las he escrito en una hoja de papel. Si en la escuela te han hablado de Internet, seguramente que sabrás lo que es una impresora y si no, pregúntale a tus maestros, que ellos te explicarán. Desde ahí, cómo llegue la carta hasta tu escuela va a ser un misterio. Cuando leas estas letras, acuérdate de darle las gracias en mi nombre (Zarpa Zurda, por supuesto) tanto al dueño de la impresora como a quien se haya tomado la molestia de acercártela hasta José Trinidad Reyes.

Sin más por el momento, recibe dos besos (uno por mejilla) y un abrazo (medio por cada brazo). Escribe pronto.


Antonio



[Sin olvidar que esto es un blog, a veces se hibrida un poco más con la realidad. Si alguno de ustedes, improbables lectores, tuviera el amalucado impulso de apadrinar a un niño por poco más de lo que cuestan tres cañas y unos pinchos de tortilla, no tienen más que hacer unos cuantos click en:


Les garantizo que el descalabro en su cuenta bancaria va a ser, francamente, inapreciable (sobre todo si no se empecinan en puntear los extractos).]


Y la canción de hoy, vaya por los amalucados impulsivos:


Que la disfruten.

27 de noviembre de 2010

Misterios de Ciencia-Micción


A estas alturas, aún me quedan misterios por resolver. No me refiero, por supuesto, a los grandes misterios de la vida: quiénes somos, a dónde vamos, de dónde venimos y sus variantes eruditas planteadas por filósofos, curas y tertulianos de Sálvame. Cuando se trata de dar respuestas, sospecho que cada cual hace de su capa un sayo, agarra el mundo por los cuernos y acaba justificando su existencia como buenamente puede: Yo soy yo y mi nómina, me encamino sin prisa pero sin pausa hacia otro fin de mes y vengo de vuelta de todo. El resto es un tupido velo y, detrás, tinieblas e incertidumbres innecesarias, por contraproducentes, para ir tirando. Bendita ignorancia, que nos hace libres.

Dejo, pues, las cuestiones trascendentales a un lado y ruego, por tanto, a los improbables lectores rebajen sustancialmente sus expectativas y se apresten, una vez más, a quedar defraudados por la escasa enjundia de las líneas por venir.

El enigma que me ocupa es de aquellos cuya explicación exige, creo yo, grandes dosis de empatía, a la par que un profundo conocimiento del universo femenino. Yo carezco de ambos y, por contra, poseo amor propio o dignidad masculina en cantidad suficiente como para haber soslayado la cuestión cuando las circunstancias me han brindado la oportunidad -y han sido unas cuantas- de arrojar luz sobre esta escabrosa cuestión.

El water, la Wikipedia dixit, es un elemento sanitario utilizado para recoger y evacuar los excrementos humanos. Consta, entre otros elementos de una «taza» que suele poseer una tapadera doble abatible, cuyo elemento inferior sirve de asiento. Dicho lo cual, contamos con elementos descriptivos suficientes como para adentrarnos en el meollo del enigma, que reside en la equívoca dualidad de la tapadera y las distintas interpretaciones que propicia la movilidad articulada de ambas piezas.

La consigna universal, la ley no escrita pero de sobra conocida, asumida e interiorizada (¡casi un imperativo moral!) por el contingente social fiel a los protocolos y las manifestaciones de lo políticamente correcto resulta ser: “Baja la tapadera”; en especial, y por ejemplo, cuando se trata de usar el inodoro en la vivienda particular de una mujer a propósito de un guateque. Va de suyo que la anfitriona no va conminar a sus invitados a evitar infaustos pedos en la pista de baile improvisada, generalmente en el salón, o a abstenerse de plantar mocos mercenarios bajo la tapicería de las sillas o entre las costuras del sofá. Se trata en estos casos, huelga decirlo, de conductas manifiestamente reprobables de insospechado potencial vindicativo para pretendientes despechados, invitados subversivos, amistades rencorosas y demás desquites en el anonimato.

Pero ¿qué significa exactamente bajar la tapadera? Supongamos que se trata de desplazar ambas piezas -tapa y asiento- simultáneamente hasta clausurar el water en la más pura y tradicional lógica pandoriana. La metáfora salta a la vista, y no es difícil asimilar el séptico contenedor de loza con la legendaria caja cuyo nefasto contenido era capaz de contaminar el mundo de desgracias. Sin embargo, por muy ilustrativa o didáctica que pueda resultar esta tesis, además de formalmente impecable, la simple motivación cultural no ofrece una explicación mínimamente satisfactoria a algo cuya solución, sin duda, ha de residir en el terreno de la especulación práctica.

Descarto también aquí lo que podríamos denominar la Tesis Hermética, tanto por la notoria falta de estanqueidad de la pieza doble como por el hecho de que esos mefíticos efluvios capaces de contaminar el mundo de desgracias, inevitablemente (teoría cinética de los gases), invaden el recinto a priori, abortando cualquier tentativa posterior de contención.

La reflexión lógica me lleva a conclusiones diametralmente opuestas: Lo pertinente en estos casos sería precisamente dejar la tapa levantada, y no al contrario, si asumimos los planteamientos implícitos en la Hipótesis del Menor Riesgo, que me dispongo a exponer a continuación:

En primer lugar identificar el riesgo, de naturaleza estructural, consistente en la desagradable posibilidad de enfrentar a culo descubierto salpicaduras de orina fuera de control e incluso, en momentos álgidos de la fiesta, residuos regurgitados. O una combinación de ambos.

Sin demorarme en más explicaciones, me limitaré a decir que la siniestralidad por exposición directa al riesgo así entendido afecta en su gran mayoría a los traseros de las mujeres (excepción hecha de las que descargan en modalidad powerlifting), lo que explicaría cabalmente tanto la consigna de genero como la escasa concienciación de los varones que, por su constitución natural, cuentan con la indudable ventaja de la micción a distancia o telemicción, y una lógica inclinación a relativizar la importancia estratégica de la posición del elemento inferior de la tapadera.

Resulta cuanto menos sorprendente que, a la vista de la proverbial dejadez masculina en estas cuestiones, las mujeres encuentren razones para insistir en que la susodicha tapadera permanezca bajada y no todo lo contrario; osea, subida. Coincidirán conmigo en que en este último caso las posibilidades de una sentada en seco se incrementarían considerablemente, lo que a mi juicio viene a avalar de forma incontestable la Hipótesis del Menor Riesgo. Q.E.D.

En muchas ocasiones, el mero transcurrir del tiempo acaba, tarde o temprano, desvelando cuestiones tan trascendentales como el sabor de una teta o la mecánica de un tampón, previamente inéditas en la experiencia del individuo imberbe, pero cuyo conocimiento se le supone so pena de que éste se revele ante sus semejantes como un perfecto pardillo. Por suerte, como digo, la vida ya se encarga de echarnos (si bien discretamente) un capote que termina de una vez por todas con un sinfín de angustias y simulaciones embarazosas mediante un prodigioso mecanismo en el que es, contra todo pronóstico, la realidad la que termina acomodándose a la fantasmada en lugar de ponerla en evidencia.

No así en este caso.

Comprendan que a mis años no tenga ya fuerzas (ni amigas pacientes y comprensivas) para abordar el debate de una cuestión que, por no resuelta, quedará sepultada en mi particular panteón de los misterios cotidianos.



[La canción de hoy la firma Tom Waits, un tipo al que seguramente (como a la mayoría de ustedes) le importa un carajo dónde y cómo mee cada quien]


Hasta pronto.

16 de noviembre de 2010

Mirada


Helena es una mujer de costumbres. Se levanta a las siete y treinta minutos de la mañana, ni uno más ni uno menos, y se acomoda con una goma de pelo la masa de rizos desordenados a la manera griega. Fuera aún es de noche, pero en el interior de los bloques de apartamentos las ventanas comienzan paulatinamente a cobrar vida, anticipándose al amanecer en el anuncio de una nueva jornada.

Helena trastea por la habitación recién iluminada, tal vez emparejando unas zapatillas desubicadas al pie de la cama, o recomponiendo el desorden en la mesilla de noche. Sacude el edredón con violencia calculada hasta que éste se posa lánguido e impreciso en los linderos del colchón, aún tibio de sueños. El arco de su espalda es bello y perfecto.

Torpe y descalza, Helena se desvanece en la penumbra del pasillo y su cuerpo, desnudo y breve, se reviste con los ropajes agónicos del deseo en la imaginación. Al cabo de unos segundos, su silueta reaparece fugazmente en el umbral de otra habitación. Después queda el dormitorio inerte tras el marco de la ventana. Son las siete y treinta y cinco minutos.

En el exterior todo sigue oscuro y la temperatura es áspera, invernal. Abajo, en la calle, el tráfico fluye aún escaso y el pasar intermitente de los coches matiza el silencio de la ciudad dormida.

Helena reaparece envuelta en un batín satinado de color azul oscuro, coronada con una toalla de baño. Como cada mañana, alcanza el teléfono móvil y se lo acomoda con naturalidad entre el hombro y la cabeza ladeada mientras se desplaza del dormitorio a la habitación contigua y luego regresa, ensimismada en la conversación, recolocando al azar objetos aquí y allá, en una especie de ritual doméstico intrascendente. Los pliegues del batín, ceñido sin demasiado empeño, apenas excusan su vientre liso y airean a capricho el pecho en sus idas y venidas por el apartamento. Helena se detiene por un momento junto a la ventana del dormitorio y da por concluida la conferencia frente a su propio reflejo en el cristal. Su rostro resulta pequeño y escueto en todas sus facciones. Los ojos redondeados y poco vivaces confieren al conjunto una expresión de tristeza o de fracaso permanente, y no resulta fácil imaginar en su cara una sonrisa radiante, o la violencia de un orgasmo.

Ahora, de espaldas a la ventana, se despoja del batín y la toalla. Liberados, los rizos se desploman húmedos sobre sus hombros. Desliza los brazos entre los tirantes y con destreza rutinaria traba los corchetes del sostén. Apenas tapada por las hechuras delicadas del sujetador, Helena compone una figura involuntariamente obscena en el contraste brutal con la suave curvatura de las caderas desnudas y la sombra breve de un pubis escueto, probablemente recortado con esmero en la intimidad del aseo.

Del cajón de una cómoda extrae un par de bragas de licra que esta mañana resultan ser azules, y que no guardan relación alguna con el estampado del sujetador. De nuevo desaparece al fondo del pasillo. Las siete y cincuenta y dos minutos.

Cuando vuelve al dormitorio vestida de oficina, ya he dejado los prismáticos en su funda dentro de un cajón y el anorak en el armario, colgado de una percha. Más allá de la terraza, la luz grisácea del amanecer tiñe de realidad prosaica las calles y los edificios circundantes mientras huelo y espero a que la cafetera bombee con espasmos irregulares la savia oscura del primer café de la mañana.



[Por supuesto, la canción de hoy, para deleite de mis pacientes y sufridos (e improbables) lectores, propicia y justifica pasiones extrañas]

7 de noviembre de 2010

La Caída

Diego Forlán lleva dieciséis partidos sin marcar. Los periodistas deportivos achacan la sequía goleadora al agotamiento después del Mundial, pero yo creo que es por esa especie de peineta con la que se acomoda las guedejas uruguayas, que da mal fario. Pienso esto a propósito de mis deficiencias imaginarias e intento hallar una excusa fuera de mí que me evite el entonar el mea culpa por la ausencia de ideas estupendas que me permitirían sacar adelante con dignidad este blog anónimo en el que me he embarcado hace ya tres meses. Así que aquí y ahora escribo desde el banquillo de los suplentes, y me limito a sobrellevar la tediosa rutina de los entrenamientos con palabras, a la espera de que la musa (esa especie de mister, en mi caso, de los escritores de tercera regional) me devuelva la titularidad perdida hace ya dos o tres días. O a lo mejor es que he dicho ya todo lo que tenía -o podía- decir. Lo cierto es que cada click en el botón “publicar” es un salto al vacío, caída libre y aceleración uniforme entre tinieblas hasta que, en un momento dado,  aterrizo como puedo sobre, por ejemplo, un chino y una patata, aeródromo improvisado donde los haya.

Pero ahora, ni eso, así que me resigno a esta especie de barrena sin control que me ha tocado en suerte e intento agarrarme a cualquier palabra, recuerdo, imagen, clavo ardiendo o despojo sentimental que se me atraviese en medio de este desplome vertiginoso y extraño. Lo único que consigo es llevarme por delante pequeñas mierdecitas insignificantes, satélites parasitarios, que empiezan a gravitar a mi alrededor mientras mi estrella, a punto del colapso, continua su desplome errático hacia ninguna parte.

Arrastro en mi caída indolora a Bon Scott, el mejor cantante de rock de todos mis tiempos vivos, y sobre todo también de mis tiempos muertos. Me gustaría poder decir algo de él, pero la verdad es que a lo largo de nuestra relación de tantos años ha sido siempre el australiano tatuado el que ha llevado los pantalones (que se lo digan a Angus Young) y por supuesto la voz cantante en el salón de mi casa. La escena se repite una y otra vez y es, más o menos, así: La llave gira cuatro veces en la cerradura clackatack, clackatack, clackatack, clackatack-raack y entro en casa abatido, resignado y silencioso, rezumando aceras y Metro de Madrid, con el alma podrida de plomo, el nudo de la corbata descoyuntado y los platos aún sin fregar. Enciendo el estéreo, y que por pedir no quede: Ya sé que estoy abusando, pero haz el favor de cantarme algo que me convenza de lo contrario ahora mismo. Y cántamelo bien clarito, sin pelos en la garganta, que yo me entere otra vez de quién coño soy, porque se me ha vuelto a olvidar entre tanta mierda de correos electrónicos y pasillos de oficina. Y el tipo tira de repertorio y me recuerda que no hay deber cumplido sino, pura y simplemente, supervivencia ganada: 

(…) Asking nothing, leave me be
Taking everything in my stride
Don't need reason, don't need rhyme
Ain't nothing I would rather do
Going down (...)

Lo  confieso: Tengo un libro de poemas de Benedetti criando polvo encima de la mesilla de noche, pero para estos menesteres Bon Scott me vale madres. A fin de cuentas, por las noches estoy demasiado reventado para friegas espirituales; y recién levantado por las mañanas no tengo ojos ni voluntad más que para un zumo de naranja y el café resucitador. Me jode un poco que tuviera el mal gusto de morirse durmiendo la mona en un coche aparcado en algún lugar de Londres, pero así de perra es la vida, amigos. Por cierto que también tocaba la gaita, y nunca me quejé.

Sigamos cayendo. Enhorabuena: El (Excelentísimo) Ayuntamiento de Madrid acaba de cosechar un diezmo más en su campaña inmisericorde de recaudación con la que, intuyo, espera paliar el dispendio de los pasados fastos urbanísticos a costa de arañarles la faltriquera so cualquier pretexto a los siervos de la gleba del siglo veintiuno, entre los que por supuesto me cuento. Han sido cuarenta y cinco Euros por desplazarme un miércoles a eso de las cinco de la tarde hasta la calle Carlos Arniches, en las inmediaciones del Rastro, para comprar veinte kilos de abono enriquecido con aminoácidos naturales y extracto de algas que estimula la floración y la actividad fotosintética de todo tipo de plantas medicinales, aromáticas, alucinógenas y ornamentales. Y me lamento yo, cual cuitado Segismundo:

Apurar, cielos, pretendo,
ya que me tratáis así
qué delito cometí
contra vosotros pasando,
aunque si pasé ya entiendo
qué delito he cometido
Bastante causa ha tenido
vuestra justicia y rigor;
pues el delito mayor
del hombre es haber pasado.
Sólo quisiera saber
para apurar mis desvelos
(dejando a una parte, cielos,
el delito de pasar),
qué más os pude ofender
para castigarme más.
¿No pasaron los demás?
Pues si los demás pasaron,
¿qué privilegios tuvieron
qué yo no gocé jamás?

Si suponen que, además de parafrasear al triste recluso, me cago en su puta madre (en la del Excelentísimo), suponen bien.

El sexo, cuando sucede en días laborables y entrada la madrugada, tiene su precio, y lógicamente no me refiero a los cuarenta y cinco Euros ut supra. (Aunque, ahora que lo pienso, gustosamente los habría empleado en abonar una felación libre de impuestos en algún portal oscuro de la calle de la Ballesta, en lugar de esa especie de vejación anal inconsentida a la que recién me ha sometido el hipertrofiado Órgano Recaudador del (Excelentísimo) Consistorio de aquesta Villa y Corte. Perdón por el excurso y, dicho sea de paso, larga vida al Tea Party).

Como venía diciendo, el sexo a deshoras trae consecuencias imprevistas a la mañana siguiente, cuando la realidad postcoital sobreviene en toda su crudeza, y a la sierva de la gleba no le queda más cojones que abandonar el lecho a las seis de la mañana por esas cosas del trabajo mal remunerado, mientras que el siervo de la gleba que esto escribe agradece por un lado, entre sueños y legañas, la hora y media de extended play cortesía del Convenio Colectivo de Oficinas y Despachos y, por otro, aunque en menor medida, se compadece de la suerte de la otra. Quince minutos después y siete pisos más abajo, descamisado, sin ropa interior debajo de los vaqueros mal abrochados ni un par de calcetines que llevarse a las zapatillas, el siervo de la gleba experimenta una variedad extrema de autocompasión a pie de calle, al tiempo que libera a su compañera de ardores y fatigas del maquiavélico portal-trampa ideado por la Comunidad de Propietarios, que en realidad esconde un aquelarre de pendejos impotentes adoradores del diablo con delirios de poder.

         - Todo esto será tuyo si te postras y me adoras, viejo jubilado. Y además te haré presidente de la Comunidad de Propietarios.
         - ¿Seré inmortal?
         - No, pero si te esmeras tu labor será recordada por muchos años. Especialmente por el inquilino del 7A.

Perdónenme por el desorden de lo escrito, pero  recuerden que esto es caída libre y que el que ha saltado al vacío no es Greg Luganis, así que no esperen acrobacia, pirueta o experiencia plástica de ningún tipo. Aquí no hay más que tumbos, aspavientos e incoherencias. Si han tenido las tragaderas de continuar con la lectura de esto, es el momento de abandonar, porque me temo que la cosa no va ir a mejor. Más al contrario, porque se me acaba enganchar en el cuello una entrada del Blog de Diana Aller (un lugar de ocio y esparcimiento intelectual, para gilipollas como usted) cuya lectura encarecidamente desaconsejo, pero que publicaré aquí para beneficio de quienes a pesar de todo tengan a bien ser partícipes de mi desazón en vivo y en directo. Queden, no obstante, advertidos de que pulsar este hipervínculo les transportará a un lugar frívolo y bastante desagradable:



Sea como fuere, no hay mal que por bien no venga, y he de decir que  sus esclarecedores y didácticos contenidos han servido para revelar mi faceta -inédita hasta la fecha- de amante incondicional de la vida, aunque la vida sea follarse un sapo un día sí y otro también. Menos mal que nos queda Bon Scott y que un día de estos Diego Forlán se quitará la peineta y marcará un gol. Por ejemplo, mañana.

Y la canción de hoy, como no podía ser de otra forma:

Baby, please, don't go

A César, lo que es de César y a Bon... lo que es de Scott. Hasta otra.