14 de diciembre de 2014

El Trofeo



Lo que fui una vez -lo que de verdad fuimos una vez- queda irremediablemente deformado en el paisaje mental de la memoria privada. Miro sin ver, más allá de la pantalla del portátil, y se me aparece el niño Watjilpa, que habitó confiado y feliz en la inconsciencia del presente continuo de los años setenta, protegido por unos padres que hicieron todo lo necesario para simplificar la existencia de un niño simple: Días de verano, días de escuela, recreos y fútbol, tardes de tebeos, un poco de televisión y cenas desganadas (otra vez judías verdes). Por la noche, el sueño fácil y profundo de un crío extenuado sin culpa ni ansiedad, al amparo de la luz piadosa del cuarto de baño, luz que conjuraba mis temores y los de tantos otros niños. Miedo a la oscuridad, quizás como una metáfora infantil de la muerte, enquistada hasta una mejor ocasión muchos años después, ante cualquier pelotón de fusilamiento que la vida nos depare...

Eso vino a ser, a grandes rasgos, el niño Watjilpa al que evoco en estas líneas sirviéndome de un recuerdo desgastado mil veces por el oleaje del tiempo. Un niño con el pelo cortado a tazón, de esos que al decir de padres, monjas y maestros eran listos pero faltos de ese mínimo esfuerzo, esa punta de velocidad académica que les hubiera permitido descollar en la escuela.

Hasta ahí llega la historia oficial de mi infancia, cristalizada en un relato uniforme y plausible que, por desgracia, podría ser la historia de cualquier niño además de la mía. En abstracto no fui más que un niño del montón. No guardo recuerdo de anécdotas destacables, aventuras o travesuras de las que fuera protagonista. Ningún libro asombroso me transformó ni tampoco hubo suceso feliz o traumático que me haya ayudado a comprender un poco mejor el aquí y el ahora.

Una vez, al filo de los trece años, me dieron un trofeo en la clase de judo a la que acudía un par de días por semana por aquél entonces: una copa de latón corrugado sujeta con un tornillo a la base de un zócalo de madera barnizada, en una de cuyas caras había una chapa en la que rezaba la inscripción “a la constancia”.

Supongo que aquella humillación bienintencionada (así decidí entenderlo mucho tiempo después) puso el punto y final a una infancia como tantas otras. Dejé el judo aparcado, hice nuevas amistades peligrosas y, con ellas, empecé a vivir una adolescencia de barrio, gregaria y rebelde de pellas, drogas y pelusilla oscura en el labio superior que, combinado con los pitillos que les escamoteaba a mis padres, componían la estampa del menor macarrita con ínfulas de madurez a finales de los setenta: Otro capítulo de la historia oficial del niño Watjilpa, que ya tenía edad para montar solo en ascensor y ver programas dobles de según qué películas en cines que hoy son gimnasios, supermercados o franquicias de moda.

La copa de judo se ha instalado en mi como una metáfora explicativa de mis relaciones con el mundo: Fui un niño que acaso quiso, en abstracto, y no pudo. Cuarenta años después aún sigo queriendo, pero sin saber qué exactamente y, por tanto, sin poder. Si bien ya nadie me dará un trofeo a la constancia, la existencia puede aún depararme afrentas similares. Se me ocurre, por ejemplo, ser un Empleado del Mes; otro dudoso honor del que, por fortuna, aún no he sido merecedor.

La versión oficial del pasado impresa en mis recuerdos no me ofrece otras pistas que las que he esbozado más arriba; pistas incapaces de revelar otra cosa más que el tránsito de niño del montón a hombre del montón. Sin embargo, yo estoy seguro de que todos tenemos una historia secreta, un pasado fragmentado como un puzzle en cuyas piezas residen, revueltos e inconexos, hechos, claves y matices capaces de componer un retrato tridimensional de lo que fuimos y de lo que ahora somos. Desgraciadamente, las piezas del rompecabezas no son otra cosa que retazos en la memoria de aquellos que nos conocieron en algún momento de nuestras vidas. Hombres y mujeres dispersos en el tiempo y en el espacio que hacen imposible la reparación de un ego plagado de goteras, grietas y agujeros.

Hace ya un tiempo, me encontré en el supermercado de un centro comercial con mi antigua maestra, la Señorita Mari Luz, que durante aquellos años de la Enseñanza General Básica impartía asignaturas diversas a un grupo de críos que aún no intuían las maldades del instituto ni mucho menos la tómbola que vendría después. Imagínense: Un adulto y una anciana abocados a condensar en el espacio de cuatro o cinco minutos un paréntesis de cuarenta años al pie de un mega-refrigerador industrial lleno de pizzas y embutidos envasados al vacío. Hablamos de los niños y niñas con los que compartí pupitre a principios de los setenta, y en aquel intercambio breve de memorias convergentes pude evocar a mis antiguos compañeros a través de los ojos grises y aún intensos de la Señorita Mari Luz, una maestra joven por aquel entonces, encargada de nuestra disciplina escolar y, a la vez, testigo privilegiado de lo que fue nuestro pequeño mundo simplón de juegos y afanes infantiles. Encaramado a la memoria de mi antigua Señorita pude asomarme fugazmente al panorama de nuestra infancia en las aulas y el patio de recreo; a una infancia reinterpretada en clave adulta, con atributos y cualidades que mi mirada de niño nunca alcanzó a ver, pero que indudablemente estaban ahí. Mari Luz me contó que, años después, Carlos G. había ido a visitarla con su hijo para que conociera a su maestra, la Seño que le daba clase cuando él era niño, y pensé que en verdad hay cosas que el dinero no puede pagar, cosas que el niño Watjilpa nunca se podrá permitir. Carlos G. venía de familia culta de izquierdas y su hermana mayor había salido desnuda en la portada del Interviú, pero por aquél entonces, y para mí, Carlos G. era el portero de nuestro equipo en el patio del colegio y además era más fuerte porque era un año mayor. Recordamos a Sebastián S. alias Sebi, un verdadero cerdo en la cancha de fútbol, que además de mayor era hijo del director del colegio y, por tanto (aunque sobre todo por lo primero), investido con el poder de patear el culo de cualquier disidente del curso inferior (yo). Sebi, en el relato de Mari Luz no era más que un niño inseguro. Inseguro. Coño, quién lo hubiera dicho... Por falta de tiempo, en el baúl del recuerdo compartido se quedó el resto de los niños. No hablamos de Rodolfo y Alberto G, los hermanos chapuzas, hijos de un arquitecto de prestigio y víctimas de un drama familiar soterrado de proporciones escalofriantes; ni tampoco de José Manuel O. aquel niño gallego tan ingenioso que, aunque me zurraba un poco más de la cuenta, fue mi mejor amigo durante aquellos años de inocencia, inventos y correrías descafeinadas. También, entre otros, quedaron inéditos el manso Fernando L, Maria Dolores P., alias Loli o Lolaza la Gordaza (así la motejaba Sebi con la cruel connivencia de todos), Alfonso C. y Marián B, de la que anduve secreta y castamente enamorado durante aquellos años, hoy funcionaria cincuentona, y a la que nunca he vuelto a ver para confesárselo. Y, claro, por pudor (mío), tampoco hablamos de mí.

Me despedí de ella con dos besos y continué comprando ya con desgana, invadido por una nostalgia de regusto amargo. Conduciendo de regreso a casa pensé en voz alta Señorita y supe que aún le encajaba como un guante. Para Mari Luz fuimos críos transparentes, probablemente catalogados en una serie de perfiles objetivos: críos extrovertidos, inseguros, distraídos, nerviosos, disciplinados, imaginativos, tímidos, nobles... Críos, a fin de cuentas, transparentes a los ojos del mundo adulto. Desde aquella tarde en el supermercado creo que si alguna vez alguien hubiera podido explicarme el porqué de la placa en aquel trofeo desangelado, esa habría sido mi maestra durante aquellos seis años de bendita y pánfila ignorancia.

De aquel encuentro conservo un pedazo de papel manuscrito con su dirección de Gmail y un borrador de correo electrónico dirigido a ella sin texto ni anexos titulado Un par de fotos fechado el veintiuno de diciembre de 2011.







13 de julio de 2014

La Del Oro


Una multinacional tiene dos ritmos de trabajo bien diferenciados. Por un lado, el horario caótico y mercenario de los profesionales enfangados con hitos, reuniones,deadlines y marrones análogos impuestos por la dictadura de un cliente que donde paga, caga. No existe franja horaria que no haya sido desflorada por un equipo de trabajo en el altar de alguna transacción morrocotuda. Por otra parte, tenemos el horario sindicalmente preciso de secretarias y otros administrativos del montón, devotos a la fuerza del Convenio colectivo de oficinas y despachos, que marca el comienzo teórico de una jornada laboral improductiva desde las nueve de la mañana hasta una o dos horas después, cuando empieza a reincorporarse a sus despachos y praderas compartimentadas el contingente trasnochado de mandos intermedios con sus Blackberries en ristre, dispuestos a darlo todo un día más.

Quisiera situarles en esa franja de tiempo de nadie, tiempo laborable absolutamente improductivo, durante el cual un nutrido plantel de secretarias ociosas transita por Internet, chatea con sus compañeras de oficina, intercambia emoticonos, planifica sus compras del medio día en El Corte Inglés, habla de nada en especial (gratis) con sus familiares (generalmente la madre), cultiva sus amistades en el Whatsapp o, simplemente, vegeta en el puesto de trabajo.
 
Entre tanto, una marea invisible de correos electrónicos va anegando los servidores de la multinacional. Tarde o temprano llegará la hora de empezar a deglutir marrones y ganarse el pan de la jornada pero, por el momento, la situación es exactamente la que les describo en el párrafo anterior, lo que manifiesto aún a sabiendas del riesgo de perder alguna Lectora Improbable especialmente susceptible a los estereotipos o negacionista de las convenciones de género.

Cada mañana, digo, la escena se repite sin demasiadas variaciones en el guión: Los unos cazan moscas mientras los otros compensan las deshoras trabajadas con premeditada y rutinaria impuntualidad.

En días señalados, sin embargo, esa rutina que les acabo de describir da un vuelco extraño. La cosa sucede tal que así: Como cada mañana, la troupe de secretarias arriba religiosamente a su hora, arranca sus ordenadores y guarda su parafernalia personal (que incluye, entre otros, revistas, paraguas, tupperwares, neceseres, bolsos, bolsas auxiliares con el logotipo de Harrods, bestsellers, tickets-restaurante, par de zapatos alternativo y, por supuesto, el ejemplar gratuito del 20 Minutos) en armarios-zulo merecedores de una entrada aparte en este blog. Al cabo de unos minutos, de forma gradual, las secretarias comienzan a abandonar subrepticiamente sus puestos de trabajo hasta desaparecer por completo. A las nueve y veinte de la mañana la moqueta muda y los fluorescentes componen una desazonadora estampa de abandono profesional que acentúa el zumbido omnipresente de la climatización. La oficina queda inerte, los teléfonos astutamente desviados a centralita: Ha venido La Del Oro.

La cosa tiene tintes de ficción y, también, ancestrales y costumbristas. De ficción porque tenemos a una señora que ha sorteado los controles de acceso al edificio inteligente portando un maletín repleto de joyerío variado y libre de impuestos. Ancestrales y costumbristas, porque el negocio se va a transar en un espacio típicamente vedado al hombre; en el aseo de mujeres -donde no entra ni Felipe VI- y porque lo que probablemente allí tenga lugar será el enésimo remake de un ritual escenificado por ciertas mujeres a lo largo y ancho de la historia de la civilización; esta vez en la versión española del siglo veintiuno; costumbrismo de probador: ayyy, Mariiii, te queda genial, que retrata el pavoneo ancestral de nuestras hembras patrias ataviadas con un muestrario de sortijas, pendientes, esclavas y cadenitas que La Del Oro porta en su maletín. Puedo imaginar a las confabuladas absentistas encantadas de haberse conocido al calor del oro relumbrón, mientras se contemplan frente a un espejo mural junto a una fila de lavabos idénticos, en un espacio funcional y puntualmente desinfectado en el que por supuesto no quedará rastro del tufo rancio de la ceremonia una vez hayan cerrado tratos con la fenicia del maletín que, se comenta, lleva un registro manuscrito de los cobros aplazados de sus clientas de confianza, al margen de las transacciones electrónicas y, presumo, de ciertos afanes recaudatorios que no vienen al caso.

Las puertas automáticas del ascensor de la planta se cierran suavemente y el rastro de La Del Oro y su maletín pronto se confundirá, uno más entre el de tantos otros que abandonan el edificio para hacer sus gestiones, a la caza de clientes o, simplemente, a fumarse un pitillo en lo que viene a ser el contexto general de un día más de trabajo; la ida y vuelta de los negocios en el distrito financiero. Las secretarias se reincorporan discretamente a sus puestos de trabajo, algunas luciendo satisfechas el botín recién adquirido, mientras que otras lo reservan para una boda u otra mejor ocasión. Desbloquean sus portátiles, anulan los desvíos y se ensimisman en la lectura del correo electrónico entrante. La oficina recupera el pulso rutinario y estresado que caracteriza el comienzo de un día laborable cualquiera y, lógicamente, que marca el final de la entrada que aquí les dejo.


Esta canción me produce, ante todo, deseos de bailar. Colateralmente diré que me gusta, aunque sospecho que esto último es un mero efecto secundario, algo así como la somnolencia del paracetamol:



26 de mayo de 2014

Mi voto



Buenas tardes, estimados Improbables. Empezaré esta breve entrada con una confesión: regreso de votar. A punto estuve de no hacerlo. Los ejercicios teóricos de responsabilidad ciudadana me aburren y además está esa sensación de futilidad, de que el voto minoritario, el voto desencantado, el voto radical no es más que el bocado de la hormiga en el escroto del elefante. Sufre, puta.

Porque, para qué. Para qué. Dicen las encuestas que volverán a ganar los mismos. Los de siempre. Los que ocupan las portadas de los periódicos día sí y día también, enfangados en cosas presuntas y asuntos demostrados (prescritos o no). Los que se descalifican, los que se acusan, los que malean los datos a su conveniencia y se autoproclaman, entre los aplausos de sus seguidores, valedores de los españoles en Europa, mientras la situación, entendida como burra grande, avanza inexorable hacia un futuro que cada vez da más miedo.

Me estoy haciendo viejo; y esto no es algo que venga de ahora. Llevo ya flojeando la tira de años. No les voy a engañar: Hago lo que me dicen. Soy un ciudadano dócil y obediente, rehén de su nómina. Reciclo la basura, pongo la música bajita y recojo la caca de mi perro. Pago mis impuestos. Soy aburrido y responsable, y por eso voto. Un buen día, hace mucho tiempo, tuve que elegir entre un pequeño sueldo y grandes ideales. Salvar mi culo o salvar el mundo. Como supondrán, dejé que Supermán se ocupase de esos menesteres a sabiendas de que Supermán no existe y yo, a lo mío. Lo mío que, por aquel entonces, era mochila pija por el mundo, copas y cine de autor los fines de semana, comics de culto en el Metro, deporte y, en general, diletancia descerebrada. Qué grande es ser joven, que dirían en El Corte Inglés... ya saben, been there, done that.

Tuve mi primera mala experiencia electoral en el 86. Nunca pude entender -sigo sin hacerlo- cómo demonios sucedió que acabamos refrendando la permanencia de nuestro país en la OTAN (paréntesis: organización a la que siempre he asociado con el entourage de Darth Vader; ya saben, esos tipos vestidos de gris que pululaban por los salones de mando en la Estrella de la Muerte), con un gobierno socialista que había apuntalado su ascenso al poder, entre otras mentiras, con el famoso eslogan “OTAN, de entrada no”. Mi Felipe. Por ahí anda mi Felipe; un poco gordo y abotargado, traficando con influencias; apesebrado en los consejos de administración de las empresas a las que probablemente un día favoreciese. En realidad, no es distinto de los demás padres jubilados de la patria, que pasan el cazo con idéntica desfachatez. Que cunda el ejemplo entre el resto de la ciudadanía. Bienvenidos a España. Disculpen la digresión.

Decía que tras conocer los resultados del referendum del 12 de marzo de 1986 supe con certeza que mi voto nunca cambiaría nada, como así ha sido hasta hoy, y como así será después de hoy. La verdad, no sé si la mía es una convicción democrática; probablemente no. Dios mío, parecía tan obvio, tan de cajón, tan John Lennon retozando entre las sábanas con la japonesa, con aliño floral y all we are saying is give peace a chance, etc... Entramos en la OTAN, pasaron los años y fui testigo de causas peores avaladas por colectivos mayoritarios, reelecciones imposibles de formaciones políticas plagadas de mentirosos, oportunistas, ladrones, delincuentes, prevaricadores, cínicos, chaqueteros. Adjetivos todos ellos que en un momento u otro he podido aplicar con precisión a esta u aquella persona pública con independencia del partido en que militara. Sin embargo, nunca he sido capaz de señalar con el dedo a un líder y decir de él que es honesto, coherente, dialogante, modesto, humano. Nunca he podido decir “en ti confío”, “a ti te voto, aunque te equivoques”.

Y a pesar de todo, regreso de votar. He metido mi papeleta en la urna, he votado a un cualquiera, sabiendo que no van a desaparecer, que van a seguir ahí, con sus corbatas y sus discursos prefabricados que hoy dicen esto y mañana lo contrario. Y me pregunto, estupefacto, quién les votará. No hallo respuesta, y mañana me levantaré un poquito más alejado de mis semejantes.






Esta me la encontré por casualidad en el Spotify. Me gustó, sin más, y aquí se la dejo, por si acaso les gustara también a ustedes, mis escasos, y cada vez más Improbables, Lectores



29 de abril de 2014

Los Criados

Trabajo en una empresa grande; una de esas corporaciones plagadas de profesionales titulados con un master en esto o en aquello, que miran compulsivamente sus Blackberries en los ascensores o practican el conference call mientras consultan de reojo el goteo incesante de correos electrónicos que arriban a sus ordenadores personales. Una corporación mastodóntica, enferma de acrónimos indescifrables que cobra caro a sus clientes y paga razonablemente bien a sus criados, siempre y cuando éstos se sometan sin rechistar a las leyes escritas y, sobre todo, a las leyes no escritas que ordenan la vida profesional en el interior de la corporación. El conocimiento de las leyes no escritas garantiza la supervivencia laboral en un territorio hostil para los sindicatos y los principios democráticos; un territorio en el que prevalece el hermetismo salarial y la hipocresía, entendida como variante sofisticada de la mentira:  Porque todos mienten a sabiendas en la corporación. Perdón. Todos mentimos a sabiendas porque en ello nos va el sueldo y porque buscarse la vida por ahí fuera debe de ser muy, muy jodido. Así que mentimos, qué se le va a hacer, y realizamos los cursillos de formación interna, cumplimentamos encuestas absurdas, damos feedback, cargamos las horas necesarias en nuestros códigos y proyectos para cumplir los objetivos del semestre y recibimos y borramos sin leer los correos electrónicos con pĺúmbeas noticias corporativas que nos hablan, precisamente, de ese gran espejismo multinacional edificado sobre un conglomerado de mentiras tempestivas, cinismos calculados y silencios oportunos.

La gran empresa se acicala y cuida con esmero su imagen y su marca de cara a la prensa económica y otras revistas especializadas;  se posiciona en los ranking de las escuelas de negocios de postín entre los lugares que escogerían para trabajar los licenciados de buena familia con contactos, que son quienes habitualmente superan los procesos de selección en el departamento de recursos humanos. La gran empresa se maquilla de cara a la galería y adopta protocolos medioambientales, medidas de buen gobierno, patrocina causas nobles, declara la guerra a la corrupción y a la discriminación en el trabajo. Todo muy loable, todo muy inofensivo y, desde luego, muy políticamente correcto.

En las alcobas de la corporación la historia es diferente. Los criados -somos muchos, somos la mayoría- sabemos de sobra que en todas partes se cuecen las mismas habas y que donde hay confianza da asco. Sabemos muchas cosas, pero no todas. Nuestra visión jerárquica es limitada y la cadena de mando se difumina primero entre departamentos, divisiones y líneas de servicio para perderse después fuera de nuestras fronteras, en algún lugar de Europa o de los Estados Unidos. Los resultados económicos de la corporación se miden, año tras año, en cifras que indican crecimiento sostenido en todas las áreas, y así se proclama en los medios de prensa. Pero los criados no celebramos porque sabemos que nuestros sueldos permanecerán congelados o se incrementarán estrictamente en lo que marque el Índice de Precios al Consumo. Aunque somos la fuerza de trabajo que vertebra la multinacional no somos productivos. Somos un gasto, un mal necesario: Secretarias, mensajería, administración, marketing, reprografía, mantenimiento, contabilidad, catering, y otros departamentos internos. Sobre nuestros lomos cabalgan los hidalgos, los hijos de alguien, para librar las guerras del dinero, las batallas por los resultados que en último término engrosarán las cifras de sus cuentas bancarias o los abocarán al ostracismo profesional que tarde o temprano acabará en un acuerdo económico más o menos honorable y el destierro de la corporación.

El caso de la servidumbre es diferente. El triunfo o el fracaso económico individual no es vara que mida la valía del criado que, a fin de cuentas, no compite por la  preciada cartera de clientes. Por otra parte, los años de experiencia me han revelado que el buen hacer, la responsabilidad, el compromiso, la eficacia o la diligencia son, en la multinacional, cuestiones tan irrelevantes como la desidia, la chapuza, la incompetencia o la falta de interés. 

Por mucho que en el departamento de recursos humanos se empeñen en proclamar lo contrario, meritocracia, promoción interna y carrera profesional son valores como poco relativos, por no decir directamente falsos. Para nosotros los criados sólo existe antigüedad e Índice de Precios al Consumo. Somos gasto, carga, coste, pasivo, debe; somos la antítesis del beneficio. Nuestros salarios lastran los resultados globales, restan enteros valiosos a esos porcentajes que determinan el triunfo de una empresa frente a sus competidores directos.

Los criados somos un desafío para el gestor eficaz del negocio. En las grandes corporaciones el gestor eficaz del negocio opera en un mundo simplificado de magnitudes analíticas y verdades matemáticas. Un mundo en el que no existe Isabel García ni su circunstancia; digamos, por ejemplo, un par de hijos, una hipoteca por cancelar y un marido en el paro. Para el gestor eficaz, Isabel García, Alejandro Recio, José Fuentes y otros criados del montón no son más que números anónimos enmarcados en las celdas de una hoja de cálculo. Números negros o números rojos, esa es la cuestión. Los números rojos no son rentables. Los números rojos desmerecen el desempeño del gestor eficaz; cuestionan el que haya de ser su bonus al final del ejercicio y, llegado el caso, su continuidad en la empresa. El gestor eficaz recalcula alternativas para cuadrar el desfase en la hoja de cálculo empleando para ello fórmulas complejas. En último término las matemáticas deciden el destino de los criados. Un criado puede ser eficaz, fiel, comprometido, vago o incluso un verdadero hijo de puta. Nada de eso es relevante. La hoja Excel ni siquiera puede confundir valor y precio, porque la valía no es una magnitud que tenga cabida en el código fuente del programa. Sólo el número puro y duro va a determinar el futuro de los criados. Un buen sueldo -quizás, aunque no siempre, un salario justo- es un arma de doble filo.  El buen sueldo del criado en una multinacional suele ser el fruto de muchos años de deglutir marrones a deshoras, de acomodarse a las prisas insensatas de los amos del dinero, de bajarse los pantalones con una sonrisa y de hacer gala de unas encomiables tragaderas. A pesar de todo lo anterior, nuestros sueldos crecerán al ritmo que marca el Índice de Precios al Consumo; acaso unas décimas más. Dentro del vientre de la corporación, los criados podemos hacernos viejos y relativamente pudientes, pero sólo hasta el límite que marca el número rojo, más allá del cual no cabe esperar más que muerte profesional y sustitución por alguien probablemente más joven y, seguramente, más barato.

Desde el despacho del gestor eficaz en Minneapolis, Nueva Delhi o Dusseldorf hasta las oficinas de la filial del grupo en Castellón hay un intrincado descenso en la cadena de mando a lo largo del cual se diluyen las razones empresariales -por no hablar de la responsabilidad moral- que pudieran justificar el cese de Isabel García (aunque podía haber sido José Fuentes o Alejandro Recio). Al final de la cadena, un criado senior del Departamento de Personal con cara de circunstancias le notificará el despido improcedente: Aquí lo que te corresponde por ley, Isabel, impecablemente calculado. Firma aquí, por favor. Te deseamos buena suerte.

En algún lugar de Minneapolis, Nueva Delhi o Dusseldorf, un ordenador portátil contiene dentro de sus múltiples directorios una subcarpeta que guarda en su interior diversas hojas de cálculo, en una de las cuales el debe y el haber están ahora compensados, una vez corregida la desviación en la celda conflictiva. Los servidores de la multinacional replican indiferentes la copia diaria de seguridad mientras que en algún lugar de la franja horaria el gestor eficaz continua su jornada, cena con su familia o descansa tranquilo.

Estimados Improbables, me pillan en pleno puente, con los ánimos flojetes y sin ganas de pensar demasiado, así que aquí les enlazo el primer tema que se me viene a la cabeza, a tono con las vacaciones: