23 de abril de 2013

La Dictadura de los Niños


      Vaya por delante que yo no tengo, así que aquellos Improbables Lectores que en su día no hayan hecho oídos sordos al llamado de la naturaleza y se hayan reproducido podrán recriminarme ignorancia supina, típica del Soltero Indomable que, por puro aburrimiento, no tiene otra cosa que hacer que escribir lo primero que se le ocurre cuando no anda drogado o deprimido o ambas cosas. Yo, por mi parte, dejaré constancia aquí de mi más enérgica protesta, Improbables Señorías. ¡Protesto! Y, con la venia, argumentaré en mi defensa que es precisamente mi propia y yerma unipersonalidad la que me proporciona distancia ecuánime y sosiego reflexivo necesario para ponerle las peras al cuarto a todos estos progenitores insolidarios que sacrifican innecesariamente libertad y recursos económicos en aras del sueño atroz de una familia de teleserie norteamericana en la que los padres y los hijos se quieren verbal y constantemente, ejercen la honestidad sincera a todas horas, dialogan constructivamente como tertulianos en un programa de La 2, coleguean en truños deportivos auspiciados por el colegio bilingüe de turno y degustan coca-colas y hamburguesas en la barbacoa del adosado los domingos. En fin, padres e hijos que comparten artificiosamente penas y alegrías haciendo gala de un colegueo de nuevo cuño en el que el axioma sociológico cuando seas padre comerás huevos ha sido repudiado por fascistoide y carcamal.

      “Te odio papá” o “te quiero, mamá” a edades indecentemente tempranas. Retórica infantil mamada de la globalización televisiva, de tantas y tantas películas con moralina tramposa urdidas en los estudios Disney. Las vidas de los niños metropolitanos transcurren edulcoradas y empalagosas entre risas enlatadas del mundo adulto que les rodea y se desvive por ellos, procurándoles toda la logística diabólica que demandan cumpleaños, comuniones, deberes a machamartillo, tutorías y, por supuesto, las innumerables actividades extracurriculares. De unos años a esta parte, las agendas de los críos exigen dedicación secretarial que los padres, tan modernos y didácticos ellos, proporcionan aun a costa de sacrificar la cicatera cuota de vida propia que les resta descontado el curro y las horas de sueño.

      No tengo buena memoria. Mi infancia y preadolescencia no alcanza a ser más que un revoltijo de recuerdos dislocados, sin coherencia temporal. Recuerdos dispersos sin duda retocados una y otra vez por el Instagram de la memoria. Tal vez algunos domingos mi padre y yo le pegábamos patadas a un balón de reglamento en la Casa de Campo y tal vez mi madre me leyera un cuento a la hora de dormir. Y tal vez poco más. El resto fue calle, primos y tebeos, muchos tebeos. Supongo que mis viejos, que eran jóvenes por aquel entonces, harían lo posible por vivir sus vidas adultas en la España del tardofranquismo; yo sinceramente espero no haberles robado más que el tiempo imprescindible que requería mi educación estrictamente considerada. Por otra parte les agradezco, también sinceramente, que no hayan interferido más de lo necesario en el desarrollo de un tiempo de mi vida pletórico de inocencia, costras y descalabros, un tiempo de barrio en invierno y playa o pueblo en verano. Una época simplona y asilvestrada, una infancia de artesanía, en la que nos malcriábamos a nuestra manera.

      Niños apaleados, niños manipuladores y niños cabrones los ha habido siempre, claro. La diferencia es que los niños del siglo XXI son, además, niños educados en la sofisticación del consumidor de gustos complejos. Niños que habitan un mundo globalizado y prefabricado a su medida y sufragado a costa del bolsillo de sus mayores: Papá Noel, Hallow'een, semanas blancas, disfraces, sagas interminables de dibujos animados, videoconsolas y demás quincalla tecnológica infantil, pizzas o hamburguesas, chuches, yincana (se lo juro por la RAE), centros comerciales, entrenos tutelados en este o aquel deporte, juguetes ad nauseam, barbacoas, cupcakes, Micropolix, Disneyworld y sin olvidar, por supuesto, las comuniones y los cumpleaños, que de celebraciones sencillas de misa y caramelo han pasado a ser superproducciones familiares ruinosas necesitadas de apalancamiento financiero en las que los padres, algunos voluntariamente y otros a regañadientes, compiten cual magnates rusos por el fasto más hortera.

     La sobreprotección es cara, pero quién no desea un futuro mejor para sus hijos. Vivimos en un mundo donde más siempre es mejor; un mundo plagado de estadísticas diabólicas en las que la probabilidad infinitesimal se transmuta en posibilidad inminente. Por si acaso, todos nos la cogemos con papel de fumar: Defender a nuestros pequeñuelos contra los pederastas de las redes sociales, los acosadores en las escuelas, la violencia callejera, las drogas, los dientes pa fuera, las malas influencias, el lenguaje soez, el sexo a destiempo, los accidentes de trafico, se ha convertido en una cruzada que todo progenitor que se precie ha de abrazar con celo fundamentalista, cueste lo que cueste.

      Atrás quedó el despotismo ilustrado, la disciplina inglesa, el come y calla y otros anacronismos reaccionarios. Hoy, toda familia moderna y estructurada que se precie es una democracia dialogante en la que vota hasta el gato desalmado, que también tiene sus derechos el pobre animalico. Los niños manejan con asombrosa destreza la cuota de poder que les es dada y se dedican a chantajear candorosamente a sus padres que, atrapados en la pesadilla buenrrollista de la familia ejemplar de teleserie norteamericana, se las comen dobladas una detrás de otra. Parece que aquí nunca nadie con responsabilidades familiares se leyó El Señor de las Moscas; o si lo hicieron no tomaron buena nota de las consecuencias indeseables que puede acarrear la proyección del mundo adulto en el territorio de la tierna infancia.


Aprovechando que probablemente no me lean ni hoy ni mañana ni nunca, les haré partícipes -que no cómplices- de una de mis bajezas musicales. ¿Cómo pude? Y lo que es peor, ¿cómo puedo aún?


16 de marzo de 2013

Lagartas


Lucen sus cuerpos sinuosos al pie de un lienzo gigante serigrafiado de reclamos publicitarios que a menudo desmerecen hasta el oprobio unos cuerpos que la sabia naturaleza no ha manufacturado para patrocinar embutidos, cajas de ahorros o productos lácteos. Inmóviles, gesto petrificado y pupilas inasequibles al bombardeo de los flashes, las lagartas enseñan muslo y escote mientras son ametralladas, clac, clac, clac, por una multitud indistinta de fotógrafos mercenarios y sus cámaras de variados calibres. Criaturas hermosas por definición son, precisamente por ello, capaces de mimetizarse armónicamente con los hombres que las poseen o las franquicias a las que se deben. Qué bien que te queda esa compresa en la mano, cariño, pero igual podía ser un salchichón, un gañán adinerado, un cepillo de dientes o un negro desnutrido. Las lagartas son a la vez sujetos de glamour y objetos de poder capaces de concitar atenciones, envidias, deseos y hasta disertaciones en blogs mediocres como este que ahora se toman la molestia de hojear.

Reptiles vagamente acomplejados, pareciera que las lagartas se afanasen en demostrar a quien les pregunte que el mundo las venera por razones equivocadas; que bajo el terso canalillo late un corazón de oro y que detrás de la mirada cautivadora, detrás de las caritas lavadas, hay tesón y talento a raudales. Que ese coño suyo no es un coño cualquiera; al contrario, es un coño solidario, un coño bondadoso, un coño con estudios, oiga. Escarben, Improbables Lectores, entre las líneas de cualquier entrevista o tertulia al uso y no hallarán otra cosa que esta reivindicación básica que, por otra parte, no evidencia más que esta o aquella lagarta han hecho los deberes según los dictados del manual imaginario que llevaría por título La Redención del Reptil o Como Sacar Petróleo de la Herencia Biológica de Dios.

Noventa-sesenta-noventa es la tríada de números mágicos que delimita el umbral de discriminación estética que permitirá a las lagartas buenorras, aunque sin oficio ni beneficio, abrirse trocha en el mundo de los Hombres de Éxito con el consabido Par de Buenas Razones. Razones que constituyen un argumentario extremadamente simple pero eficaz y que, en último término, les garantizará la supervivencia, ligeritas de ropa, en la cubierta de una embarcación de recreo, un reportaje a todo color embutidas en faralaes durante la Semana Santa sevillana, el Todo Incluido entendido como estilo de vida por defecto y méritos curriculares sospechosos del tipo “modelo” o “empresaria”, pero suficientes para cubrir expediente en las revistas de mucho mirar y poco leer. Lagartas indolentes y afortunadas para las que siempre existirá un coleccionista de reptiles con posibles; por lo general un torero, un futbolista, un empresario, un político, un actor u otros oficios más o menos mediáticos en los que la fotogenia extrema es condición necesaria para las capitulaciones matrimoniales.

En las etapas más tempranas de su existencia debutan al calor de los focos de un Mundo Macho que consciente o inconscientemente se pasa por el arco del triunfo la igualdad de géneros porque, a fin de cuentas, la señorita se deja invitar y con toda naturalidad acepta fiestas, copas y drogas gratis y, llegado el caso, otros detalles golfos de mayor calado aunque si es lista (que no inteligente) una lagarta que se precie siempre se cuidará de reservar el derecho de admisión a la zona VIP allende sus bragas.

Seres efímeros como su belleza, las lagartas han de asegurarse cuanto antes el paso por la vicaría del Señor y la progenie que les procurará el sustento y la dignidad futuras, cuando la cirugía no pueda ya garantizar su hegemonía sexual en el terrario, forzándolas a abandonarlo discretamente pero con pensión alimenticia garantizada como señora de, serena divorciada o viuda del que fue, según los casos, y unas memorias que, bien por publicables o por impublicables, acaso valgan un dinerillo.

Claro que las hay que no se resignan a la decadencia y no aceptan la metamorfosis humillante e inevitable que determina el tránsito del reptil al mamífero. O de lagarta a vaca vieja, si se quiere. El final en estos últimos casos es previsible y por todos conocido, a pesar de lo cual les haré una breve síntesis: En un arrebato de furia tabloide la vaca vieja, con mayor o menor fortuna, se pone a su cirujano por montera, se traviste de lagarta recalcitrante y se arroja a una francachela de romance, sexo, caspa y botox. Las posibilidades comerciales de relanzar al estrellato mediático a la vaca vieja son cuidadosamente evaluadas en consejos editoriales y departamentos creativos. Una portada en el Interviú, tertuliana en un programa de chismorreo catódico, un cameo en alguna producción cinematográfica populachera, quizás la telerrealidad friki o, si todo lo demás falla, una corresponsalía o un tarot a deshoras en alguna teletienda. Y también -por qué no- la vana gloria de saberse ícono de jóvenes maricas de la vieja escuela.




7 de febrero de 2013

Crisis

Buenas noches estimados Lectores Improbables. Comienzo a escribir esta entrada en plena flojera espiritual por culpa de Bebo Valdés y su banda. Con lo que me cuesta ponerme a las teclas del ordenador, y los cubanos cabrones estos que me arrinconan en lugares de la cabeza donde las letras no significan nada, donde no hay más que desidia y deseo abstracto de convertirme en un objeto inanimado como un cenicero o un tomo del María Moliner y dejar que la música me llueva encima sin más. Ahora.

Descuiden, que no voy a explayarme a propósito de mis agonías estéticas. No es esa clase de crisis a la que me refiero con el título del encabezamiento. Les anticipo que esta noche escribiré o, mejor dicho, describiré mis impresiones sobre el mundo en el que vivo (que probablemente no coincida con el mundo en que viven ustedes) que, a mi modo de ver, se halla sumido en una crisis, entendida ésta en el mejor de los casos como situación dificultosa o complicada según la séptima acepción del término en el D.R.A.E.

Hay crisis cuando al cabo de su mandato el político -no importa su filiación- deja de servir, peor o mejor, a la comunidad y se reencarna en honrado traficante de influencias, de profesión asesor o consejero. Y esto a nadie le parece extraño, empezando por los medios de comunicación que, fieles a las verdaderas inquietudes de la ciudadanía, son mucho más receptivos, por ejemplo, a los problemas deportivos de un guardameta millonario con su millonario entrenador.

Hay crisis cuando un monarca que en sus ratos libres se dedica, entre otros ocios, a cazar de gorra y (al parecer) en buena compañía aprovecha, según murmuran, para traficar con influencias con la loable finalidad de beneficiar a un consorcio de empresas españolas del ramo de la construcción; y de ahí -digo yo- que los empresarios agradecidos le regalen un barco al monarca de vez en cuando. Curiosamente, la llaga dolorosa que levanta quejidos y lamentos en el colectivo social no es el paradero de una nube de seis mil setecientos millones de Euros que la gestión cinegética de S.M. ha desviado hacia los cielos patrios; eso al parecer suscita escaso interés, sino que el Soberano se vaya de caza y cuernos ¡con la que está cayendo! Parece como si todos intuyéramos resignadamente que esa cantidad estratosférica de pasta se quedará ahí flotando, inerte, hasta que algún viento financiero la desplace discreta e inexorablemente hacia los bolsillos adecuados; probablemente bajo la chilaba de algún miembro de la familia real saudí o en las cajas de seguridad de una cuenta bancaria en suiza u otro paraíso fiscal administrada por un testaferro fiel a la Voz de su Amo. Hay crisis cuando a la inmensa mayoría de un pueblo en paro no le importa realmente para quién o para qué trabaja un Rey y, en su lugar, se abandona dócilmente un lunes al sol sí y otro también a especular dócilmente sobre los elefantes y la entrepierna.

El mediático pulpo con dotes adivinatorias fue sólo un aviso de que lo peor estaba por llegar. Y llegó: Un perro imprime su pata peluda en el Paseo de la Fama en Hollywood sin que ningún crítico cinematográfico ponga el grito en el cielo al constatar que el animal carece de filmografía de calidad contrastada que avale ese (ya dudoso) honor. Hace dos mil años, Cayo Calígula nombraba senador a su caballo Incitatus y todos los que habíamos visto el capítulo de Yo Claudio teníamos claro que la cosa andaba mal, muy mal, por el Imperio; que al loco de Calígula le quedaban, como quien dice, dos telediarios. Como de hecho así fue, por obra y gracia de la guardia pretoriana (por cierto que, a diferencia de lo que ocurre con algún que otro infame Senador bípedo implume, el bueno de Incitatus no se dedicó durante su mandato a malversar el pecunio ajeno). Pues eso, que entre pulpos clarividentes y perros protagonistas digo yo, que también vi Yo Claudio, que la cosa debe de andar, como poco, mal.

Estamos gravemente enfermos de estupidez; y la estupidez es contagiosa. La estupidez -y no el sida, la malaria o el cáncer- se revela como la gran pandemia de este siglo. Twitter, Facebook y Whatsapp han demostrado ser focos de infección indestructibles. The Walking Dead como metáfora velada de la realidad: Una realidad en el que seres humanos de toda laya y condición deambulan absortos en la contemplación de las pantallas de sus telefonillos-intercomunicadores, en un estado de ensimismamiento apardalado, probablemente sintomático de deficiencias en el desarrollo intelectual que sin duda pasarán factura a las generaciones venideras.

Vivimos en un mundo esperpéntico en el que la historia se escribe a golpe de trending topic en los Muros de Facebook; un mundo espasmódico en el que quien no corre, vuela. Maricón el último bien sea para que asegurar una pole position ante las puertas de los grandes almacenes en época de rebajas sin tener ni puta idea de qué vaya a comprarse uno o para juntar setecientas mil o un millón firmas a toda hostia u organizar una flashmob de zombies encabronados para apedrear la sede de un partido político de cuyo nombre no quiero acordarme sin más razón que una primicia difundida por un medio de comunicación que les recuerdo que hace un par de semanas publicó también en primera página la fotografía de un dictador entubado que  tuvo que retirar a toda PRISA (píllenme el chiste, se lo ruego).

Y qué más da si donde dije digo, digo Diego [rogaría a cierto amigo no se dé por aludido]; si lo verdaderamente importante es que pasen y jueguen en esta feria global donde todo el mundo gana menos el que pierde; esto último en letra pequeña. Esa letra pequeña que esconde tanta mentira desfachatada o, según se mire, en la que acecha la verdad ratonera que nos ocultan las grandes campañas publicitarias de los comerciantes, los discursos grandilocuentes de los políticos o los exabruptos de los contertulios televisivos en el prime time de baja estofa. Un mundo de mentiras y letra pequeña hecho a la medida de los necios.

Un mundo en crisis, ya digo, en el que se da pábulo a las voces equivocadas mientras que aquellos que tendrían que hablar, los que podrían explicar y tal vez justificarse, se parapetan tras el discurso institucional, tras el comunicado oficial, tras estadísticas que avalan esto pero también, y si conviene, lo otro. O simplemente permanecen cómodamente instalados en el anonimato, mientras en la pista central el foco mediático no escatima luz ni taquígrafos ni analistas para desvelar los dimes y diretes del ciclista que se dopaba, la cantante embarazada o el futbolista descontento. Las responsabilidades, entre tanto,  fluctúan etéreas, incomprensibles e inaprensibles y se entremezclan con el montón estratosférico de pasta de tres o cuatro párrafos más arriba hasta diluirse por desinterés, aburrimiento o -no será la primera ni la última vez- prescripción.

Un mundo en crisis que nos impele hacia el consumo implacable, sin descanso, día y noche, seven twenty four ; hay que comprar más váteres para que los trabajadores de Roca no se vayan a la calle, más coches para que los amos del cotarro no deslocalicen esta o aquella cadena de montaje; adquirir más periódicos y más libros para que las editoriales y los libreros no se vayan al carajo; hay que seguir yendo en masa hasta El Corte Inglés, que a lo que parece ha empezado ya a recortar sueldos a la plantilla. Dejarnos los cuartos en los pequeños comercios, que están, como quien dice, a la última pregunta. Reavivar el tejido industrial necrosado antes de que sea demasiado tarde: más electrodomésticos redundantes, congeladoras, robots de cocina, un aire acondicionado con bomba de calor, otra televisión... y ropa, mucha ropa, que no falte la ropa; viva la República de Zara. Importar y exportar turistas para dar de comer a los empleados de las agencias de viaje, a los hosteleros y a los camareros del sector. Hay que comprar deuda pública, acciones, bonos, fondos, invertir y, en definitiva, apuntalar el statu quo financiero. El ciudadano en crisis se transmuta en especulador de poca monta que, paradójicamente, no ceja en aborrecer y denunciar esas mismas prácticas cuando, ejecutadas a gran escala con know-how y guante blanco, enriquecen a bancos, multinacionales y grandes conglomerados corporativos que, por otra parte y al mismo tiempo, proporcionan sustento a todo un ecosistema humano de secretarias, ejecutivos, burócratas y chupatintas de medio pelo entre los que me cuento.

Y la conclusión desoladora es que el consumo deshumanizado, el consumo intensivo; el consumo puro y duro, resulta ser el único lenitivo plausible para este crisis. La vida modesta y simple es insolidaria con el prójimo desempleado y sólo conduce a la quiebra de lo que hay. Rehenes del sistema, indignados o no, no tenemos otra elección que abandonarnos a esta especie de orgía infernal de shopping sin fin. La existencia parece haber entrado en un bucle infinito en el que los Siete Días de Oro o la Semana Fantástica o el Día sin IVA se repiten sin cesar. Corren malos tiempos de ruido y de furia; de ruido mediático y furia financiera. Los malos actores, los cantantes mediocres, los políticos corruptos, los monarcas anacrónicos, los aviesos banqueros y, en general,  los artistas de la pista se pavonean y agitan fugazmente ante millones de idiotas de todas las razas, religiones y extracción social que escriben la historia con minúsculas dentro de los ciento cuarenta caracteres de un Twitter.

Algún día, rebasada la última frontera de la estupidez, agotado el último trending topic, exhaustos los recursos del planeta, supongo que nos llegará la Liquidación Final por Cierre y Agotamiento de Existencias. Mientras tanto, aquí les dejo empantanados en medio de esta crisis rampante que enfrenta a estafadores y estafados del primer mundo. Esa crisis relativa que acontece en medio de un fango moral que lo ensucia todo y confunde quién es quién a estas alturas de la película. Dónde acaba una vida digna y empieza una existencia de despilfarro vergonzante. Cuándo se ha cruzado la frontera de la avaricia.  Cuánto es, en el fondo, prescindible y si el fondo de lo prescindible está verdaderamente en el bolsillo o en el corazón. Hasta pronto.



Con Vds, una hermosa canción que escuché por primera vez hace ya ¿veintitantos? años en la voz forastera de Harry Dean Stanton y que ahora devuelvo a sus legítimos orígenes. A César lo que es de César, híjole.









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27 de noviembre de 2012

Un gordo real o imaginario

Es hora de sincerarse con nuestras barrigas. Gordos y gordas del mundo civilizado, hagan el favor de desnudarse frente al espejo del cuarto de baño y déjense la ropa interior puesta para evitar distracciones innecesarias. Les concederé que la iluminación del water (cuando no está tuneada) no suele ser la más favorecedora; al contrario, entorpece cualquier intento de autojustificación corporal, devalúa los réditos del gimnasio y nos muestra en nuestra espléndida ordinariez de nalgas estriadas, ojeras, arrugas, lunares, vientre inflado y tetillas tristes. Vístanse o apaguen la luz, según, e intenten olvidar. Si se han visto no se acuerdan.


Dice Steven Pinker que la lectura de una novela proyecta al lector en la mente de otro y le permite vivir otras vidas. Me atrevo a añadir que la mirada del gordo real o imaginario traslada su cuerpo a través del papel couché y le permite colonizar, por ejemplo, el de David Beckham. Y hay que ver qué agustito que se está en el cuerpo de David Beckham.

Al Quijote se le fue la olla de tanto leer novelas de caballería; se proyectó más de la cuenta, que diría Steven Pinker; y el resto ya lo saben, queridos Lectores Improbables: confío en que, como yo, habrán leído al menos la versión infantil abreviada, tan socorrida para superar sin pena ni gloria los desafíos lectivos del Instituto. Hoy día el gordo real o imaginario lee poco pero mira mucho. Y cuanto más viaja a otros cuerpos gloriosos, más duro se hace el retorno al realismo sucio del espejo del cuarto de baño. Adoctrinado desde su más tierna infancia en el mito de las tres comidas diarias, la merienda, los tentempiés y el botellón de Cocacola fresquita en la puerta del refrigerador, el gordo real o imaginario, que tal vez no naciera para gordo, se hace gordo. Biológicamente ya lo ha dado todo; tiene los huevos negros y es capaz de transitar por la vida a velocidad de crucero sin suplementos alimenticios. Va sobrado de calorías que luego se le pudrirán camino del trabajo al volante de su primer coche de segunda mano y, en general, se le seguirán pudriendo imperceptiblemente mientras desgasta las neuronas frente a la pantalla del pecé desde el lunes hasta el viernes o mientras aniquila alienígenas en la videoconsola o embebe, uno tras otro, los Telediarios, las carreras y los encuentros de fútbol en esta o aquella cadena. El gordo real o imaginario se ha hecho mayor en un mundo en el que los tres Reyes Magos han abdicado en favor de una tríada de fuerzas más abstractas que representan el corolario moderno de anhelos que ocupan su razón y su corazón: Belleza, dinero y poder encarnan todo aquello que su reflejo en el cuarto de baño se empeña en negarle cada mañana de su vida adulta.

Pletórico de calorías infrautilizadas, sedentario y en un estado de deterioro que ya empieza a ser alarmante, el gordo real o imaginario se dedica a marear la perdiz y continua  proyectándose desde la poltrona del sofá en David Beckham, Cristiano Ronaldo o cualquier otro macho mediático. El gordo real o imaginario que cree que ya no cree en los Reyes Magos se apunta a un gimnasio, y un miércoles cualquiera empieza a consumir proteínas en polvo de un bidón de plástico que le han recomendado en una tienda de nutrición deportiva. Por la noche se acostará sin comer nada que le aproveche más allá de una loncha de pavo, un par de rebanadas de pan tostado industrial y una pieza de fruta. El miércoles siguiente, avalado por la experiencia que le proporciona una semana de entrenos y agujetas en el gimnasio, adoctrinará a sus compañeros de oficina sobre los beneficios de una dieta hipocalórica, a los que por supuesto ha renunciado el fin de semana (esto no lo comenta). Después, en el vestuario del gimnasio, ingerirá su empalagoso batido de proteínas y, de propina, dos barritas de muesli y una Cocacola cero. El gordo real o imaginario se masturbará esa noche con el estómago vacío de comida útil a la salud de alguna modelo de su devoción cuyos méritos genéticos -que no deportivos- le han otorgado un lugar de honor en las páginas centrales del Men's Health de ese mes.

Pasan las semanas y el peso de la báscula rivaliza con el tiempo del reloj como magnitud que da razón de la existencia rutinaria del gordo real o imaginario. Los kilos van y vienen de forma misteriosa. Cada cerveza, cada sauna, cada deposición computa en el debe o el haber de unas cuentas que nunca llegan a cuadrar delante del espejo acusador: La vida está llena de trampas y tapas, de cenas y sobremesas y de sábados por la noche en los que corre el alcohol. Los propósitos de enmienda del gordo real o imaginario pasan por un aumento del gasto en productos de farmacopea que han captado su atención durante los insomnios de Teletienda o en el escaparate de alguna parafarmacia que prometen resultados sin otro esfuerzo que el de deslizar la tarjeta de crédito por la raja del datáfono. Como es un hombre de criterio, descarta la dieta del sirope de arce porque le parece una mamarrachada y se decanta por el método que le promete ese cuerpazo que se merece sin pasar hambre.Porque puede hacer cinco comidas al día. ¡Cinco! Durante la próxima quincena, redoblará sus esfuerzos en el gimnasio y, a pie de taquilla, seguirá fiel al batido de proteínas, las barritas de muesli y la Cocacola cero. Y una manzana.

Aunque siga fallando fin de semana sí y al otro también, el gordo real o imaginario por lo menos ya no anda lampando los días laborables, aunque a veces pierda la cuenta de las comidas que hace. También se ha descargado un programa de control de calorías que ha instalado en su teléfono móvil. Los kilos llegan y se van mientras en su revistero se amontonan los ejemplares de Peso Perfecto que no tiene tiempo de leer. Una rotura fibrilar primero y un viaje de trabajo después le apartarán durante un tiempo del camino deportivo de virtud. Ya con la moral minada, seguirá haciendo las cinco comidas diarias aunque alguna de ellas sea de postre o café y chupito de hierbas. Sus comparecencias ante el espejo se limitan ahora a lo estrictamente necesario y las noticias de la báscula no resultan precisamente alentadoras. Decide sustituir la quinta comida por el batido de proteínas y la manzana, y traslada las barritas de muesli al desayuno junto con las tostadas, las dos piezas de fruta, el queso fresco, el jamón york y el café con leche desnatada. Lo cual tiene pleno sentido porque, aunque le queden cuatro, el desayuno es la comida más importante del día o, mejor dicho, del día en el que no comparte menú con los compañeros y si descontamos, claro está, algún que otro ágape dominical con sobremesa.

El retorno al gimnasio es un propósito de enmienda que aún tardará un par de semanas en materializarse porque el gordo, ahora un poco más real que imaginario, no está por la labor, no encuentra el momento. El sábado por la mañana temprano se va a correr al parque y a su regreso, desfallecido, decide reponer fuerzas con un copioso desayuno, que no es cuestión de jugarse la salud. Después, bajo el agua caliente de la ducha reconsidera la dieta del sirope de arce y decide que ese mismo lunes empezará a pasar hambre.

Llegados a este punto creo que es hora de abandonar a mi gordo imaginario a su suerte, a la espera de un lunes que permanecerá inédito sine die en los anales de este blog. La suya no es más que la historia de tantos gordos y gordas descontentos, cuando no indignados, consigo mismos al verse incapaces de alcanzar la belleza tantas veces prometida en un mundo en el que querer -eso dicen- es poder y el fracaso no existe salvo para los fracasados, que naturalmente son esos seres tristes, anodinos y dignos de compasión que viven atrapados para siempre en el espejo de un cuarto de baño cualquiera en una ciudad cualquiera.