31 de mayo de 2015

Selfies


Somos criaturas eminentemente visuales, diseñadas para acceder y relacionarnos con el mundo que nos rodea a través de la mirada. Es la mirada el primer portal de nuestros prejuicios; la que filtra y cataloga lo bello, lo deseable y discrimina lo repugnante según patrones preestablecidos e interiorizados: venga a nosotros un jardín en primavera o las muchachas que anuncian perfumes caros en los espacios publicitarios del mobiliario urbano y no nos dejes caer en aquella caca de perro que alguien olvidó sobre la acera. Aparta, Señor, de nuestros sueños la sonrisa leporina de un expresidente del gobierno. Sí, claro, entendemos perfectamente eso de que no es oro todo lo que reluce, que las apariencias engañan y que lo esencial es invisible a los ojos, etc. Hasta somos capaces de argumentar y defender intelectualmente estas causas sin duda nobles y políticamente correctas, pero irremediablemente perdidas, porque a primer golpe de vista, lo feo, lo viejo y lo decrépito nos seguirá dando, cuanto menos, cosica, mientras que los colores alegres de un stand de gominolas o el galán de ojos verdes que coprotagoniza El Príncipe serán siempre bienvenidos al inventario de las cosas buenas que pueblan nuestro panorama mental, aunque las primeras sean un cóctel deleznable de conservantes y otros químicos (aunque legales) y el segundo trafique (en la serie de televisión, entiéndase) al por mayor con sustancias ilegales (aunque naturales).

Pero aunque el mundo nos entre por los ojos, paradójicamente, no nos es dado observarnos y juzgarnos, gustarnos y querernos de la misma forma en la que lo hacemos con nuestro entorno porque o miras o te miran, no queda otra, salvo el viaje astral. O un Selfie.

Ha llovido desde que Narciso se enamoró de su reflejo en las aguas de una fuente. Después fue el espejo que le hacía la pelota a la madrastra de Blancanieves, sin duda precursora de las MILF. Pienso también en los autorretratos de los pintores mercenarios que asimismo retrataban a sus patrones para la posteridad. Luego llegó la fotografía analógica y, con ella, la autocontemplación se transformó en posibilidad más o menos democrática y todos pudimos reconocernos como narcisos modernos en aquellos estanques químicos sobre papel plastificado que fueron las fotografías en color; un reconocimiento no exento de extrañeza -e incluso decepción- ante el descubrimiento de que nos suponíamos bastante más guapos y atractivos de lo que en realidad éramos; lo que a muchos feos (y feas) nos llevó a abrazar fervientemente las tesis de Saint-Exupéry y supongo que a otros feas (y feos) igualmente desencantados, aunque más ilustrados, las de Platón, y pertrecharse así para la batalla de las hormonas a la salida del instituto; batalla perdida de todas formas, pero transmutada en victoria moral del héroe que se rebela contra la adversidad y pierde como Dios manda. Fue entonces que el mundo empezó a poblarse de corazones rotos y románticos incurables.

Con el advenimiento de la telefonía inteligente llegan los autorretratos o la posibilidad de la gestión autónoma de la propia imagen. La era del Selfie, combinada con el virtuosismo tecnológico del retoque digital y la osadía descerebrada de los adolescentes ha resucitado vanidades latentes que ahora se ven capaces de multiplicar hasta el infinito su reflejo enamorado. Pasen y exploren la carpeta DCIM de cualquier teléfono móvil en la mochila o el pantalón cagado de un nativo digital y probablemente lo hallarán petado de Selfies cuyos propietarios se están amando locamenti, con un ego del tamaño de Godzilla comprimido en un chip de silicio.

Amar es compartir adquiere un nuevo significado de implicaciones desoladoras, casi siniestras, porque lo que ahora se comparte no son más que egos infatuados, mastodónticos e insaciables, envasados en paquetes con etiqueta mp4, jpg, avi o similar que proclaman a los cuatro vientos cuánto se aman. La solidaridad no es más que un click en “me gusta” y el prójimo se transmuta en seguidor de Twitter o amigo de Facebook; un prójimo devaluado, al servicio de quien no tiene otra ambición que convertirse en efímero Trending Topic.

El millón de amigos de Roberto Carlos ha dejando de ser metáfora musical para convertirse en objetivo mercadotécnico a la mayor gloria de Mark Zuckerberg. Miles de millones (1.000.000.000) de Selfies en busca de acólitos se autopromocionan emulando las estrategias publicitarias tradicionales pero a la inversa, porque aquí el producto estrella en oferta es el chavalote que, en pleno romance consigo mismo, se adosa cual Gnomo viajero a cualquier referente cultural con el objeto de colonizar las redes sociales por la vía de la saturación. Un Selfie con Mario Vaquerizo, embutido en un disfraz del Real Madrid o a lomos de un dromedario resabiado en Lanzarote; da igual: el caso es figurar, acaso con la secreta esperanza de invertir las tornas del juego publicitario y algún día vivir del cuento mientras dure la tontería, transmutado en reclamo-famosete por un golpe de fortuna (por ejemplo, como las hermanas Kardashian).

Por desgracia, no se puede estar al plato y a las tajadas. O miras o te miran, y el convertirse en figurante de la propia vida deja forzosamente un espacio vacío en la silla del director. Narciso se debe a su público hastiado e indiferente, dispara un Selfie detrás de otro y cada día se quiere más obiobi-obioba al tiempo que su ego se infla y flota igual que un globo de helio en una galaxia imaginaria, poblada de millones egos hipertrofiados y vistosos, igualmente huecos, predestinados algún día no muy lejano a tomar las riendas de lo real.


Puesto que igual que mis habilidades literarias mi cultura musical deja bastante que desear (no crean que no me doy cuenta, Estimados Improbables), a veces me resulta complicado seleccionar una canción para compensarles el mal trago de lo leído. En fin, quítense al Cigala de la cabeza y disfruten con las dos voces de la original.


29 de marzo de 2015

Panfletos, brujos y burdeles


He sido y sigo siendo devoto seguidor de un cierto tipo de propaganda callejera. Me refiero al panfleto de reducidas dimensiones que imagino replicado al por mayor en la oscuridad polvorienta de una imprenta clandestina, tecnológicamente más afín al ciclostilo del siglo pasado que al prospecto satinado de los restaurantes de comida basura que nos ofertan la caca de colores del siglo veintiuno.

Todo empezó con las hojitas que repartían hombres de piel oscura, africanos de patera, a la salida de la boca del Metro de Nuevos Ministerios. En ellas, un gran mago, vidente o profesor de nombre exótico nos ofrecía en formato rústico y tipografía desvaída la solución a un rosario de problemas y contrariedades: recuperar la pareja, detienedivorcios (sic) atraer a personas queridas, predicciones, problemas con la justicia, mal de ojo, impotencia sexual, florecimientos (también sic) para su empresa y negocios, amarres a distancia y demás tribulaciones a la medida del parado sin estudios ni dinero para recurrir a un abogado o un psicólogo, que es la opción habitual de los mortales de clase media con nómina a fin de mes.

Afirmaban los hechiceros ilustres que en todos los casos el resultado estaba garantizado al cien por cien en el improrrogable plazo de tres días y facilitaban un teléfono de contacto a pie de panfleto. Lo cierto es que me entretenía en leer los papeluchos de camino al trabajo o, mejor dicho, compararlos en busca de la diferencia: nuevos e imaginativos problemas no enumerados en los panfletos anteriores, grandes, ilustres y (e)videntes errores ortográficos africanos y, sobre todo, los nombres: Profesor Bafode, Profesor Kanllura, Profesor Souleymane, Profesor Mara, Maestro Casama, Profesor Touré y un vasto plantel de brujos titulados. Solía tirar el panfletillo a la papelera más cercana, hasta que una vez, probablemente al no hallar una papelera a mano, opté por introducirlo en el interior del libro que aquel día me acompañaba en el trayecto suburbano. Y ahí fue que empecé a guardarlos de forma dispersa y sin ningún orden: no se trata de coleccionismo en sentido estricto. Hoy, un número indeterminado de ellos yace sepultado en las entrañas de los libros que decoran las estanterías de mi casa.

Con el paso del tiempo, este tipo de propaganda esotérica de andar por casa empezó a vivir horas bajas o tal vez el libro electrónico -actualmente mi modo de lectura habitual- ya no se presta a albergar más hojitas en su interior desalmado. De todas formas, últimamente es raro que me ofrezcan alguna, y si la guardo en el bolsillo de la camisa lo más normal es que acabe olvidada y hecha pulpa en el tendedero de la ropa. Supongo que todos esos ilustres profesores y maestros remendones de nuestras cuitas más prosaicas habrán encontrado un nicho de negocio más rentable en la venta de complementos de moda apócrifos -y bien feos, por cierto- que son objeto del deseo de una sociedad en plena crisis económica y de valores.

Atrás quedó, pues, la época de los brujos visionarios, al tiempo que dejaron de multiplicarse los libros de papel en los anaqueles del salón de mi casa hipotecada. Sin embargo, mi debilidad por los panfletos de guerrilla quedó latente hasta una mejor ocasión que no ha tardado en llegar. A diferencia de lo que ocurría con las hojitas de los curanderos, éstas se materializan como por ensalmo atrapadas bajo los limpiaparabrisas o incrustadas en las ventanillas de los coches y nos ofertan sexo a precios muy competitivos, si tenemos en cuenta que por lo que cobra un fisioterapeuta de barrio puedes echar uno o dos polvos (según el atasco de cada cual) y tomarte además una copa. Aclarar aquí que conozco de primera mano las tarifas de un fisioterapeuta de barrio. Me pregunto si follar tan barato resultará rentable desde una perspectiva estrictamente empresarial o si simplemente se trata de un complemento salarial opaco con el que ciertas señoras maduras e independientes rebasan el fin de mes.

A pesar de tratarse de un negocio al margen de las zarpas recaudadoras de Cristóbal Montoro, en especial, e ilegal en general, algunos panfletos muestran una paradójica deferencia hacia la juventud inocente con una leyenda a pie de foto que reza “mayores de 18 años”, como en las máquinas de tabaco de los bares, aunque el cartel disuasorio “tú no debes comprar yo no puedo vender” admitiría una variante similar a “tú no puedes pagar, yo no te dejo follar”. La vida del graduado escolar y sus colegas es dura.

Las fotografías están cortadas por el mismo patrón: Blanco y negro de escasa resolución, rostro pixelado, lencería picarona, semidesnudos improvisados y poco imaginativos. Putas de saldo para hombres cutres que también tienen derecho a su pretty woman: La Cubana de los Últimos Días utiliza estrategias de marketing poco sofisticadas pero contundentes: “Tu buen polvo 20€”. Hay una Andaluza en Apuros y también una española supercompleta que por setenta euros (incluido taxi) debe de hacer todo tipo de guarrerías patrias a domicilio. Las nuevas amiguitas independientes piden y dan discreción (léase secreto profesional) y practican el francés natural hasta el final (léase felación a pelo). Mención aparte merece el culturista-masajista que desde un torso musculado sin cabeza (quiero decir que la cabeza del fornido queda cortada fuera del encuadre) ofrece sus servicios -sin especificar; probablemente algo prosaico con mucha vaselina- y advierte en letra mayúscula que no responde a SMSs anónimos ni a números ocultos, en la que yo percibo una amarga intrahistoria de chufla y escarnio telefónico.

Algunas ofertas, además de las prestaciones carnales de rigor, incluyen el piso propio a modo de valor añadido; lo que seguramente valorará y agradecerá el cliente más tradicional que busca desahogo entre las piernas de un putón hogareño. Supongo que en estos malos tiempos que corren el domicilio en propiedad conjura también el fantasma de un desahucio judicial inoportuno (léase en plena cosa).

Aunque todavía no ha invadido los buzones comunitarios, este fenómeno panfletario está ganando fuerza con el paso de los meses. El oficio más antiguo le roba terreno los que tradicionalmente habían venido sirviéndose de este tipo de propaganda. Cerrajeros, pintores y restaurantes chinos a domicilio viven sus horas más bajas, anegados por la marea creciente de freelancers del amor. Donde antes le pintaban el piso o le reformaban la cocina, ahora una legión de emprendedor@s sin página web ni Twitter que los parió le procuran una ñapa sexual sin IVA, pero con copa. No es de extrañar que en el extranjero odien a los españoles, porque somos sin duda un país en el que sobra vicio y, también -aunque sospecho que en menor medida- talento. Envidiosos.



Hoy, una canción de puticlub, porque la entrada lo merece.

9 de febrero de 2015

Tapones


Existen leyendas urbanas que sobrevuelan el imaginario colectivo y de ciento en viento aterrizan en las tertulias de bar transmutadas en tema de charleta y chascarrillo mientras unas cañas se van y las otras vienen: El perrito de Ricky Martin, la niña de la curva, las hebras del plátano fumadas, las melodías satánicas de los Zeppelin vueltas del revés, el enigma de los chinos difuntos, Walt Disney congelado y otros pseudomuertos tal que Jesús Gil o el Rey Elvis. Busquen en Internet y comprobarán que los frikis han dedicado tiempo y esfuerzos para categorizar y catalogar un sinfín de bulos y patrañas que tarde o temprano acabarán, ya digo, amenizando sus momentos de ocio y patatas bravas un domingo cualquiera por la mañana.

Quisiera dedicar esta entrada a una variante de las leyendas urbanas que, a diferencia de las anteriores, no sólo abandona el territorio de la paparrucha sino que, sorprendentemente, halla una respuesta masiva en el colectivo social, y a la que denominaré leyenda urbana solidaria.

Como supondrán, queridos Improbables, el origen de la leyenda urbana solidaria admite todo tipo de especulaciones. Dejando a un lado la cuestión de su autoría, que como sucede con los chistes es lo de menos, el caso es que en algún momento, hace muchos años, en algún lugar de esta patria nuestra, algún sublime manipulador lanzó al viento la noción almodovariana de que la solidaridad bien entendida empieza por la ortopedia. Por absurda que pueda parecer a primera vista, esta ocurrencia delirante caló hondo en el inconsciente colectivo, que no tardó en aliñarla con ingredientes al gusto de los tiempos que corrían y que supongo -a su manera- aún corren; los mimbres castizos sobre los que se tejerá la leyenda urbana solidaria en sus múltiples variantes: De una parte, un niño tullido o gravemente impedido y, por supuesto, sin recursos económicos (angelico). De otra parte, la silla de ruedas entendida como sublime vehículo terapéutico que encarnaba el sueño dorado de todo minusválido más allá de la proverbial muleta de cojo: La solución bienintencionada de un país de Pepe Gotera y Otilio en el que la polio aún hacía estragos. Y por fin, el ingrediente surrealista de alto voltaje que eleva una humilde historia de buenismo parroquial a la prestigiosa categoría de leyenda urbana solidaria. Agárrense los machos: La clave para que el pobrecito niño tullido pudiera disfrutar de la silla de ruedas estribaba en reunir un kilo de esas delgadas fundas de plástico que envuelven los paquetes de tabaco (curiosamente denominados “chivatos” o “chivatas”, vayan ustedes a saber porqué). A lo largo de mi añorada juventud he tenido la oportunidad de conocer gente cabal que en uno u otro momento confesó ser coleccionista ocasional de estos chivatos y, por consiguiente, víctima del poder de la leyenda. Nadie nunca pudo darme razón del extraordinario proceso de alquimia comercial que era capaz de transmutar el plástico de la Tabacalera en ortopedia salvadora. Como suele ser habitual en el caso de toda leyenda urbana que se precie, cualquier sustrato de verdad se extravía irremediablemente a lo largo y ancho de una diabólica cartografía social de parentescos y relaciones que hace imposible contrastar los hechos. Puede que la verdad esté ahí fuera, pero tan lejos como el novio de la hermana de tu excuñado, o más allá.

El hecho de que la silla de ruedas tuviera un valor económico indeterminado -enigmático incluso- propiciaba el alivio de todo tipo de conciencias solidarias, sin distingo de clases sociales. El único requisito era fumar. Ducados o Winston daba igual; la materia prima capaz de obrar el milagro ortopédico abundaba entre las familias de los años ochenta, donde fumaba el padre, la madre, el hijo, la Tía Tula y hasta la abuela republicana.

Hoy todo eso ha cambiado. El tabaco cuesta un Congo y además es el demonio. Los niños, educados con amor en lo políticamente correcto repiten las consignas aprendidas en el colegio y chantajean sistemática y sentimentalmente a sus progenitores: Pap@ no corras. Pap@ no fumes. Si han seguido y comparten lo leído hasta ahora, queridos Improbables, entonces también coincidirán conmigo en que pareciera que la leyenda urbana solidaria de la silla de ruedas y los chivatos ha recibido una estocada mortal por la sencilla razón (como en alguna ocasión ya les he dicho que decía mi padre) de que el fin, por altruista y ortopédico que sea, no justifica el pecado nefando de fumar y fumar hasta el kilogramo reunir, aunque sólo sea por no oír la caca que dan los chiquillos con el asunto.

Sin embargo, la leyenda urbana solidaria ha demostrado una envidiable capacidad de adaptación a un nuevo entorno globalizado que ahora ensalza nuevas formas de consumo masivo comercializadas como estilos de vida saludables. En fin, que como siempre nos acaban vendiendo una moto que no sabíamos que íbamos a comprar. Ahora el padre, la madre, el hijo, la Tía Tula y hasta la abuela republicana van al gimnasio un par de veces por semana. Los mismos que antes fumaban, ahora beben agua, mucha agua, mucha litrona de Coca-Cola y también mucha bebida isotónica...

El cambio inducido de hábitos en la población genera un excedente de plásticos en general y de botellas de plástico en particular. Así las cosas, algún aventajado heredero del sublime manipulador del que les hablaba dos o tres párrafos más arriba ha perpetrado una astuta variante 2.0 de la leyenda urbana solidaria: Lo que antaño fueron chivatos son, ahora, tapones, y el pueblo noble y bruto (aunque no necesariamente por este orden), necesitado de causas facilonas por las que luchar, se lanza sin pensarlo dos veces a la colecta indiscriminada de tapones de todos los tamaños y colores destinados a costear esa silla de ruedas que salvará al pobre niño paralítico de su condena a las muletas antediluvianas.

Tapones a mansalva; toneladas de tapones usados que los bienhechores abducidos por la leyenda urbana solidaria acopian voluntariosamente con la ayuda de familiares y amigos, para después entregar con la satisfacción del deber cumplido en comercios de barrio adheridos también a la cruzada por la ortopedia. Todos esos tapones que probablemente se perderán como lágrimas en la lluvia (de desechos) en algún vertedero, como una metáfora de las buenas y pánfilas intenciones con las que los trileros alicatan el camino del infierno.


No voy a dejarles abandonar el blog esta vez sin recomendar fervientemente que hagan por ver este soberbio vídeo firmado por Beatriz Sánchez en 2011 en el que la muchacha se coloca a los Guadalupe Plata por montera y hace un faenón visual merecedor de orejas, rabo y puerta grande:


14 de diciembre de 2014

El Trofeo



Lo que fui una vez -lo que de verdad fuimos una vez- queda irremediablemente deformado en el paisaje mental de la memoria privada. Miro, sin ver, más allá de la pantalla del portátil, y se me aparece el niño Watjilpa, que habitó confiado y feliz en la inconsciencia del presente continuo de los años setenta, protegido por unos padres que hicieron todo lo necesario para simplificar la existencia de un niño simple: días de verano, días de escuela, recreos y fútbol, tardes de tebeos, un poco de televisión y cenas desganadas (¡otra vez judías verdes!). Por la noche, el sueño fácil y profundo de un crío extenuado, sin culpa ni ansiedad, amparado por aquella luz piadosa del cuarto de baño que conjuraba mis temores y los de tantos otros niños. El miedo a la oscuridad, quizás como una metáfora infantil de la muerte, enquistada hasta una mejor ocasión, muchos años después, ante cualquier pelotón de fusilamiento que la vida nos depare...

Eso vino a ser, a grandes rasgos, el niño Watjilpa al que evoco en estas líneas sirviéndome de un recuerdo desgastado mil veces por el oleaje del tiempo. Un niño con el pelo cortado a tazón, de esos que al decir de padres, monjas y maestros eran listos pero faltos de ese mínimo esfuerzo, esa punta de velocidad académica que les hubiera permitido descollar en la escuela.

Hasta ahí la historia oficial de mi infancia, cristalizada en un relato uniforme que, supongo, podría ser la historia de cualquier niño. En abstracto, no fui más que un niño del montón. No guardo recuerdo de anécdotas destacables ni de aventuras o travesuras de las que fuera protagonista. Ningún libro asombroso me transformó ni tampoco hubo suceso feliz o traumático que me haya ayudado a comprender un poco mejor al adulto que aquí y ahora escribe estas líneas.

Al filo de los trece años, me dieron un trofeo en la clase de judo a la que acudía un par de días por semana por aquél entonces: una copa de latón corrugado atornillada a la base de un zócalo de madera barnizada, en una de cuyas caras había una chapa en la que rezaba la inscripción “a la constancia”. Aún lo conservo.

Supongo que aquella humillación bienintencionada (así decidí entenderlo mucho tiempo después) supuso el punto y final de mi infancia en el libro de la memoria. Segunda parte: Dejé el judo aparcado, hice nuevas amistades peligrosas y, con ellas, empecé a vivir una adolescencia de barrio gregaria y rebelde de pellas, drogas y pelusilla oscura en el labio superior que, combinado con los pitillos que les escamoteaba a mis padres, componían la estampa del menor suburbial con ínfulas de madurez a finales de los setenta: el niño Watjilpa ya tenía edad para montar solo en ascensor y ver programas dobles de según qué películas en cines que hoy son gimnasios, supermercados, franquicias de moda o espacios de coworking.
 

El trofeo de judo ha arraigado en mí como una metáfora explicativa de mis relaciones con el mundo. Creo que fui un niño que quiso -en abstracto- y no pudo. Cuarenta años después nada parece haber cambiado: aún sigo queriendo, pero sin saber exactamente qué y, por tanto, sin poder. Si bien ya nadie me dará un trofeo a la constancia, es posible que la existencia aún me depare afrentas similares. Se me ocurre, por ejemplo, ser un Empleado del Mes; otro dudoso honor del que, por fortuna, aún no he sido merecedor. Veremos.

La versión oficial del pasado impresa en mis escasos recuerdos no me ofrece otras pistas que las que he esbozado más arriba; pistas incapaces de revelar otra cosa más que el tránsito de niño del montón a hombre del montón. Sin embargo, estoy seguro de que todos tenemos una historia secreta. Un relato disgregado en una diáspora de recuerdos, revueltos e inconexos, que contiene hechos, claves y matices capaces de componer un retrato fiel y compacto de lo que fuimos y, por tanto, ofrecer respuestas a lo que ahora somos. Desgraciadamente, las piezas de esa suerte de rompecabezas yacen enterradas en la memoria de aquellos que nos conocieron en algún momento de nuestras vidas. Hombres y mujeres tan dispersos en el tiempo y en el espacio -algunos muertos ya- que se hace imposible cualquier trabajo de restauración de un ego plagado de goteras, grietas y agujeros.

Hace ya un tiempo me encontré en el supermercado de un centro comercial con mi antigua maestra, la Señorita Mari Luz, que durante aquellos años de la Enseñanza General Básica impartía asignaturas diversas a un grupo de críos que aún no intuían las maldades del instituto ni mucho menos la tómbola que vendría después. Imagínense: un adulto cuarentón y una maestra jubilada, abocados a condensar en el espacio de cuatro o cinco minutos de charla un paréntesis de cuarenta años, al pie de un mega-refrigerador industrial lleno de pizzas y embutidos envasados al vacío. Recordamos a los niños y niñas con los que compartí pupitre a principios de los setenta, y en aquel intercambio breve de memorias convergentes pude evocar a mis antiguos compañeros a través de los ojos grises y aún intensos de la Señorita Mari Luz, una maestra joven por aquel entonces, encargada de nuestra disciplina escolar y, por ello, testigo privilegiado de lo que fue nuestro pequeño mundo simplón de juegos y afanes infantiles. Encaramado a la memoria de mi antigua Señorita pude atisbar fugazmente el panorama de nuestra infancia en las aulas y el patio de recreo de aquel colegio en miniatura; a la infancia reinterpretada en clave adulta, con atributos y cualidades que mi mirada de niño nunca alcanzó a ver, pero que indudablemente estaban ahí. Así, Mari Luz me contó que, años después, Carlos G. había ido a visitarla con su hijo para que conociera a su maestra, la Seño que le daba clase cuando él era niño, y pensé que en verdad hay cosas que el dinero no puede pagar. Me acuerdo de Carlos G., que venía de familia culta de izquierdas. Arreciaba el Destape, y su hermana mayor había salido desnuda en la portada del Interviú. Claro que, por aquél entonces, y para mí, Carlos G. era el portero de nuestro equipo de fútbol de patio de colegio y, además, era más fuerte, porque era un año o dos mayor. Recordamos a Sebastián S. alias Sebi, un verdadero cerdo en la cancha de fútbol que, además de mayor, era hijo del director del colegio y, por tanto (aunque sobre todo por lo primero), investido con el poder de patear el culo de cualquier disidente de los cursos inferiores (yo, por ejemplo). Sebi, en el relato de Mari Luz, no era más que un niño inseguro. ¡Inseguro! Coño, quién lo hubiera dicho... Por falta de tiempo, en el baúl de recuerdos compartidos se quedó el resto de los niños. No hablamos de Rodolfo y Alberto G, los hermanos chapuzas, hijos de un prestigioso arquitecto y víctimas de un drama familiar soterrado de proporciones escalofriantes; ni tampoco de José Manuel O. aquel niño gallego tan ingenioso que, aunque me zurraba un poco más de la cuenta (cosas de críos, nada más), fue mi mejor amigo durante aquellos años de inocencia, inventos locos y correrías descafeinadas. También, entre otros, quedaron inéditos el manso Fernando L., Maria Dolores P., alias Loli o Lolaza la Gordaza (así la motejaba Sebi con la cruel connivencia de todos), Alfonso C., un crío rubio de reflejos increíbles, rápido como un rayo, imposible atajar en el regate y, también, Marián B, de la que anduve secreta y castamente enamorado durante aquellos años, hoy funcionaria cincuentona, y a la que nunca he vuelto a ver para confesárselo. Sobra decir que, por pudor (mío), no hablamos de mí. Una lástima, pero así han de ser las cosas.

Me despedí de ella con dos besos y continué comprando ya con desgana, invadido por esa especie de tristeza difusa que yo identifico con la nostalgia. Conduciendo de regreso a casa pensé en voz alta "Señorita" y me di cuenta que el sustantivo de otro tiempo le encajaba aún como un guante. Para Mari Luz fuimos críos transparentes, probablemente catalogables en una serie de perfiles objetivos: críos extrovertidos, inseguros, distraídos, nerviosos, disciplinados, imaginativos, tímidos, nobles... Críos, a fin de cuentas, transparentes a los ojos del mundo adulto. Desde aquella tarde en el supermercado creo que si alguna vez alguien hubiera podido explicarme el porqué de la placa en aquel trofeo desangelado, esa habría sido mi maestra durante aquellos seis años de bendita y pánfila ignorancia.

De aquel encuentro conservo un pedazo de papel manuscrito con su dirección de Gmail y un borrador de correo electrónico dirigido a ella sin texto ni anexos titulado Un par de fotos fechado el veintiuno de diciembre de 2011.








13 de julio de 2014

La Del Oro


Una multinacional tiene dos ritmos de trabajo bien diferenciados. Por un lado, el horario caótico y mercenario de los profesionales enfangados con hitos, reuniones,deadlines y marrones análogos impuestos por la dictadura de un cliente que donde paga, caga. No existe franja horaria que no haya sido desflorada por un equipo de trabajo en el altar de alguna transacción morrocotuda. Por otra parte, tenemos el horario sindicalmente preciso de secretarias y otros administrativos del montón, devotos a la fuerza del Convenio colectivo de oficinas y despachos, que marca el comienzo teórico de una jornada laboral improductiva desde las nueve de la mañana hasta una o dos horas después, cuando empieza a reincorporarse a sus despachos y praderas compartimentadas el contingente trasnochado de mandos intermedios con sus Blackberries en ristre, dispuestos a darlo todo un día más.

Quisiera situarles en esa franja de tiempo de nadie, tiempo laborable absolutamente improductivo, durante el cual un nutrido plantel de secretarias ociosas transita por Internet, chatea con sus compañeras de oficina, intercambia emoticonos, planifica sus compras del medio día en El Corte Inglés, habla de nada en especial (gratis) con sus familiares (generalmente la madre), cultiva sus amistades en el Whatsapp o, simplemente, vegeta en el puesto de trabajo.
 
Entre tanto, una marea invisible de correos electrónicos va anegando los servidores de la multinacional. Tarde o temprano llegará la hora de empezar a deglutir marrones y ganarse el pan de la jornada pero, por el momento, la situación es exactamente la que les describo en el párrafo anterior, lo que manifiesto aún a sabiendas del riesgo de perder alguna Lectora Improbable especialmente susceptible a los estereotipos o negacionista de las convenciones de género.

Cada mañana, digo, la escena se repite sin demasiadas variaciones en el guión: Los unos cazan moscas mientras los otros compensan las deshoras trabajadas con premeditada y rutinaria impuntualidad.

En días señalados, sin embargo, esa rutina que les acabo de describir da un vuelco extraño. La cosa sucede tal que así: Como cada mañana, la troupe de secretarias arriba religiosamente a su hora, arranca sus ordenadores y guarda su parafernalia personal (que incluye, entre otros, revistas, paraguas, tupperwares, neceseres, bolsos, bolsas auxiliares con el logotipo de Harrods, bestsellers, tickets-restaurante, par de zapatos alternativo y, por supuesto, el ejemplar gratuito del 20 Minutos) en armarios-zulo merecedores de una entrada aparte en este blog. Al cabo de unos minutos, de forma gradual, las secretarias comienzan a abandonar subrepticiamente sus puestos de trabajo hasta desaparecer por completo. A las nueve y veinte de la mañana la moqueta muda y los fluorescentes componen una desazonadora estampa de abandono profesional que acentúa el zumbido omnipresente de la climatización. La oficina queda inerte, los teléfonos astutamente desviados a centralita: Ha venido La Del Oro.

La cosa tiene tintes de ficción y, también, ancestrales y costumbristas. De ficción porque tenemos a una señora que ha sorteado los controles de acceso al edificio inteligente portando un maletín repleto de joyerío variado y libre de impuestos. Ancestrales y costumbristas, porque el negocio se va a transar en un espacio típicamente vedado al hombre; en el aseo de mujeres -donde no entra ni Felipe VI- y porque lo que probablemente allí tenga lugar será el enésimo remake de un ritual escenificado por ciertas mujeres a lo largo y ancho de la historia de la civilización; esta vez en la versión española del siglo veintiuno; costumbrismo de probador: ayyy, Mariiii, te queda genial, que retrata el pavoneo ancestral de nuestras hembras patrias ataviadas con un muestrario de sortijas, pendientes, esclavas y cadenitas que La Del Oro porta en su maletín. Puedo imaginar a las confabuladas absentistas encantadas de haberse conocido al calor del oro relumbrón, mientras se contemplan frente a un espejo mural junto a una fila de lavabos idénticos, en un espacio funcional y puntualmente desinfectado en el que por supuesto no quedará rastro del tufo rancio de la ceremonia una vez hayan cerrado tratos con la fenicia del maletín que, se comenta, lleva un registro manuscrito de los cobros aplazados de sus clientas de confianza, al margen de las transacciones electrónicas y, presumo, de ciertos afanes recaudatorios que no vienen al caso.

Las puertas automáticas del ascensor de la planta se cierran suavemente y el rastro de La Del Oro y su maletín pronto se confundirá, uno más entre el de tantos otros que abandonan el edificio para hacer sus gestiones, a la caza de clientes o, simplemente, a fumarse un pitillo en lo que viene a ser el contexto general de un día más de trabajo; la ida y vuelta de los negocios en el distrito financiero. Las secretarias se reincorporan discretamente a sus puestos de trabajo, algunas luciendo satisfechas el botín recién adquirido, mientras que otras lo reservan para una boda u otra mejor ocasión. Desbloquean sus portátiles, anulan los desvíos y se ensimisman en la lectura del correo electrónico entrante. La oficina recupera el pulso rutinario y estresado que caracteriza el comienzo de un día laborable cualquiera y, lógicamente, que marca el final de la entrada que aquí les dejo.


Esta canción me produce, ante todo, deseos de bailar. Colateralmente diré que me gusta, aunque sospecho que esto último es un mero efecto secundario, algo así como la somnolencia del paracetamol:



26 de mayo de 2014

Mi voto



Buenas tardes, estimados Improbables. Empezaré esta breve entrada con una confesión: regreso de votar. A punto estuve de no hacerlo. Los ejercicios teóricos de responsabilidad ciudadana me aburren y además está esa sensación de futilidad, de que el voto minoritario, el voto desencantado, el voto radical no es más que el bocado de la hormiga en el escroto del elefante. Sufre, puta.

Porque, para qué. Para qué. Dicen las encuestas que volverán a ganar los mismos. Los de siempre. Los que ocupan las portadas de los periódicos día sí y día también, enfangados en cosas presuntas y asuntos demostrados (prescritos o no). Los que se descalifican, los que se acusan, los que malean los datos a su conveniencia y se autoproclaman, entre los aplausos de sus seguidores, valedores de los españoles en Europa, mientras la situación, entendida como burra grande, avanza inexorable hacia un futuro que cada vez da más miedo.

Me estoy haciendo viejo; y esto no es algo que venga de ahora. Llevo ya flojeando la tira de años. No les voy a engañar: Hago lo que me dicen. Soy un ciudadano dócil y obediente, rehén de su nómina. Reciclo la basura, pongo la música bajita y recojo la caca de mi perro. Pago mis impuestos. Soy aburrido y responsable, y por eso voto. Un buen día, hace mucho tiempo, tuve que elegir entre un pequeño sueldo y grandes ideales. Salvar mi culo o salvar el mundo. Como supondrán, dejé que Supermán se ocupase de esos menesteres a sabiendas de que Supermán no existe y yo, a lo mío. Lo mío que, por aquel entonces, era mochila pija por el mundo, copas y cine de autor los fines de semana, comics de culto en el Metro, deporte y, en general, diletancia descerebrada. Qué grande es ser joven, que dirían en El Corte Inglés... ya saben, been there, done that.

Tuve mi primera mala experiencia electoral en el 86. Nunca pude entender -sigo sin hacerlo- cómo demonios sucedió que acabamos refrendando la permanencia de nuestro país en la OTAN (paréntesis: organización a la que siempre he asociado con el entourage de Darth Vader; ya saben, esos tipos vestidos de gris que pululaban por los salones de mando en la Estrella de la Muerte), con un gobierno socialista que había apuntalado su ascenso al poder, entre otras mentiras, con el famoso eslogan “OTAN, de entrada no”. Mi Felipe. Por ahí anda mi Felipe; un poco gordo y abotargado, traficando con influencias; apesebrado en los consejos de administración de las empresas a las que probablemente un día favoreciese. En realidad, no es distinto de los demás padres jubilados de la patria, que pasan el cazo con idéntica desfachatez. Que cunda el ejemplo entre el resto de la ciudadanía. Bienvenidos a España. Disculpen la digresión.

Decía que tras conocer los resultados del referendum del 12 de marzo de 1986 supe con certeza que mi voto nunca cambiaría nada, como así ha sido hasta hoy, y como así será después de hoy. La verdad, no sé si la mía es una convicción democrática; probablemente no. Dios mío, parecía tan obvio, tan de cajón, tan John Lennon retozando entre las sábanas con la japonesa, con aliño floral y all we are saying is give peace a chance, etc... Entramos en la OTAN, pasaron los años y fui testigo de causas peores avaladas por colectivos mayoritarios, reelecciones imposibles de formaciones políticas plagadas de mentirosos, oportunistas, ladrones, delincuentes, prevaricadores, cínicos, chaqueteros. Adjetivos todos ellos que en un momento u otro he podido aplicar con precisión a esta u aquella persona pública con independencia del partido en que militara. Sin embargo, nunca he sido capaz de señalar con el dedo a un líder y decir de él que es honesto, coherente, dialogante, modesto, humano. Nunca he podido decir “en ti confío”, “a ti te voto, aunque te equivoques”.

Y a pesar de todo, regreso de votar. He metido mi papeleta en la urna, he votado a un cualquiera, sabiendo que no van a desaparecer, que van a seguir ahí, con sus corbatas y sus discursos prefabricados que hoy dicen esto y mañana lo contrario. Y me pregunto, estupefacto, quién les votará. No hallo respuesta, y mañana me levantaré un poquito más alejado de mis semejantes.






Esta me la encontré por casualidad en el Spotify. Me gustó, sin más, y aquí se la dejo, por si acaso les gustara también a ustedes, mis escasos, y cada vez más Improbables, Lectores