26 de septiembre de 2010

Perlita

Perlita me ha mordido en la mano. En un lapso de tiempo breve, el par de segundos que me ha durado la convicción de ser más grande, más fuerte y, sobre todo, de hallarme avalado por razones humanitarias incuestionables, me ha clavado repetidas veces los caninos, pequeños y afilados, cuando intentaba rescatarla de entre las patas de la silla del dormitorio bajo la que se había refugiado desde anoche, cuando me la traje a casa.

Así que en un par de segundos la perrita y yo hemos equilibrado miedo, dolor y respeto. Eso me pasa por dedicarme a rescatar animales extraviados en el parque, pienso para mis adentros.

En el teléfono impreso en la fotocopia que arranqué de la farola no contesta nadie, ni anoche, ni esta mañana, ni tampoco al regresar al trabajo. Sujeto el móvil con la mano dolorida, que ahora noto un poco hinchada, miro hacia la puerta abierta del dormitorio y no oigo nada, pero intuyo que ella está atenta a cada uno de mis movimientos. Me acerco sigilosamente hasta el marco de la puerta del dormitorio y me asomo con cautela, agachado a ras de suelo. Ni siquiera tengo la certeza de que sea el animal que describe la leyenda debajo de la fotografía en blanco y negro: “Perdida perrita pequeña. Atiende por Perlita y es mayor y asustadiza. Si la encuentras contactar urgentemente al 639030734. Se gratificará.” Desde mi posición escruto el terreno cuidadosamente: Nada bajo las patas de la silla y la visual del resto de la habitación a bajo nivel no revela más que parquet desierto y asombrosos conglomerados de polvo dispersos e inertes bajo la cama. Dejando el sigilo a un lado me incorporo súbitamente presa de una desagradable intuición que halla confirmación inmediata en el subsiguiente y dramático cruce de miradas con Perlita, recostada sobre mi almohada, el cuello erguido y un leve balanceo nervioso de su cabeza fosca y permanentemente despeinada al tiempo que exhibe con impudicia unas encías cárdenas pletóricas de dientes cuya eficacia devastadora acabo de sufrir en carne propia. Nos miramos de hito en hito, en silencio tenso, hasta que me percato de la mancha oscura de fronteras imprecisas que parece emerger en el estampado étnico del edredón como un continente húmedo y extraño.

Apenas hemos comenzado a amagar hostilidades, Perlita ahora erguida sobre la almohada, gruñendo ásperamente y yo en plena alerta muscular, envenenado de adrenalina, cuando llaman a la puerta y se declara una tregua inopinada que interrumpe la escalada de violencia inminente.

El tipo me muestra un carné mugriento con una fotografía que pudiera ser la suya o tal vez no y se dirige a mí o tal vez no con la mirada vidriosa enfocada al fondo del salón o en cualquier caso lejos de donde yo me hallo. Lleva colgada del hombro una mochila de deportes verde que ha conocido mejores tiempos, aparentemente desinflada.

Buenos días caballero no quisiera yo interrumpirle pero yo le agradecería si pudiera usted dedicarme unos minutos de su atención gracias somos un grupo de jóvenes ex toxicómanos en proceso de rehabilitación y que hemos creado esta asociación con el fin de buscar oportunidades para reinsertarnos y volver a ser personas humanas útiles para sociedad y no volver a delinquir ni robar y llevar una vida digna y honrada y por eso yo le pediría si pudiera amablemente colaborar con nosotros mediante una pequeña ojo por pequeña que sea contri...

Un bulto peludo y gris se escurre entre las cuatro piernas como una exhalación. Las uñas derrapan y repiquetean sobre el mármol del pasillo en huida ciega hacia la puerta del ascensor. En las dos décimas de segundo que tardo en reaccionar, aparto a un lado al flaco cadavérico en plena letanía y me lanzo en pos del animal, móvil en ristre como el testigo de una carrera de relevos.

Arrinconada en la cabina del ascensor, Perlita gruñe y vuelve a mostrarme los dientes con saña mientras yo intento taponar posibles vías de escape con los brazos abiertos y las piernas semiflexionadas un poco a la manera de los guardametas en los partidos de fútbol. Por un instante retomamos el equilibrio agresivo e inmóvil de momentos atrás en mi dormitorio hasta que alguien llama el ascensor y yo me abalanzo instintivamente contra el mecanismo deslizante de la puerta de metal al tiempo que me sobreviene con lucidez devastadora el recuerdo de que la célula fotoeléctrica esta averiada. La debacle que se desata en ese momento no es fácil de describir y me resulta difícil poner orden en el caos absoluto en que se ha convertido mi vida en los últimos tres minutos: Aplastado por el impulso mecánico de la puerta del ascensor que intento en vano contener con la mano que me queda libre, mi pantorrilla se convierte en una prioridad dolorosa de primer orden porque Perlita me la está cosiendo a bocados desde el interior de la cabina sin tregua ni cuartel. Pateo ciegamente y a la desesperada  para librarme del hostigamiento del animal endemoniado mientras la puerta continua cerrándose inexorablemente sobre mí. Finalmente pierdo el equilibrio y me desplomo lentamente hasta el suelo con el cuerpo aprisionado equidistantemente entre el ascensor y el pasillo. Seguidamente tengo la dudosa oportunidad de experimentar de primera mano la sensación que experimenta un ojo humano al ser magullado por la pata de un perro en estampida. 

Providencialmente, el flaco cadavérico opta por tomar cartas en el asunto. Se acerca  y no sin cierta parsimonia limítrofe con la dejadez pulsa el botón de llamada del ascensor. Como por ensalmo la presión cede y la puerta retorna ordenadamente a su guarida en el hueco de la pared. Desde el suelo compruebo con el ojo sano que el tipo me observa sin opinar, con la mirada inexpresiva, un poco reptiliana, en la que no denoto empatía ni solidaridad de ninguna clase.

Desarbolado y humillado mascullo, no sin esfuerzo, unas muchas gracias por pura cortesía mecánica que el flaco cadavérico de todas formas no parece registrar. Acto seguido me lanzo en  carrera renqueante escaleras abajo, espoleado por una ira torrencial y vengativa en su estado más puro, rogando a fervientemente a Dios me dé la oportunidad de descuartizar con las manos desnudas a la pequeña bestia malevolente. Cuatro pisos más abajo, en el portal, no hay rastro del animal. Salgo a la calle en pleno estado de alteración disfuncional y de pronto me hallo en un escenario cotidiano en el que la existencia discurre con normalidad urbana, totalmente ajena a mi realidad truculenta y apaleada. De repente, escucho un frenazo súbito a la vuelta de la esquina, un exquisito arrastrar de neumáticos, que me colma de regocijo y esperanzas. Como puedo, recorro los escasos metros que me separan del final de la calle anticipando con una sonrisa satisfecha el justo desenlace de mi calvario de hoy e incluso me permito un detalle de caridad y condescendencia reconociendo que Perlita, a fin de cuentas, no era más que un animal ignorante de sus actos odiosos e ingratos hacia quien no había deseado más que su bien.

De regreso a casa, frustrado, dolorido, desconsolado y, sobre todo, decepcionado por lo que pudo haber sido y finalmente resultó no ser. Me encuentro con la puerta cerrada y ni rastro del flaco cadavérico. Me doy cuenta de que el móvil se ha convertido en una extensión natural de mi mano agarrotada, ahora con evidentes síntomas de inflamación preocupante. Marco el número del seguro y solicito que me envíen un cerrajero. La señorita que me atiende al otro lado de la línea me informa de que la cobertura de mi póliza no incluye este tipo de servicios si bien es posible contratar la ampliación correspondiente por un importe adicional de cincuenta euros, a lo cual yo le respondo afirmativamente y ella me recuerda que la llamada está siendo grabada, tras lo cual vuelve a pedirme confirmación, a lo que yo reitero que sí, joder, que he sufrido un accidente y que necesito, por favor, que se persone un cerrajero en mi domicilio con la mayor brevedad posible. La señorita puntualiza que los desplazamientos urgentes llevan un recargo adicional de setenta euros, Iva incluido. El párpado de mi ojo sano comienza a palpitar por su cuenta. Me siento un perdedor absoluto.

Cuando por fin el cerrajero se marcha tras haber reventado e inutilizado la cerradura con sutileza digna de un artificiero de los Tedax, hallo mi casa silenciosa y tranquila, igual que la había dejado cuando mi vida aún era normal, si descontamos la cartera, el portátil, una cámara digital y una minicadena de alta fidelidad que había adquirido recientemente contra la paga extra de verano.

Reflexiono con amargura que tal vez haya tenido suerte; quién sabe cuántos objetos más se hubiera podido tragar la bolsa de deportes verde. Suena el móvil.

- Hola, tenía varias llamadas de ese número.
- Pues, la verdad, ahora mismo no se me ocurre...
- A lo mejor había llamado usted por la perrita, pero no se preocupe, que ya la hemos encontrado. Esta misma mañana ha regresado sola a casa ella sola.
- Ya...
 
El párpado vuelve a cobrar vida propia. Noto una flojera generalizada

-La verdad es que no; ¿para qué iba yo a llamar a ese número?. Joder, la verdad es que no tengo ni la menor idea... ¿y dice usted que varias? No. No. Eso es absurdo. Completamente imposible, me acordaría porque a mí no se me olvidan estas cosas. No, decididamente no. Habrá sido una equivocación, perdone.

Cuelgo el teléfono.

Me voy al médico.

2 de septiembre de 2010

Gominolas

Las niñas fronterizas pronto cumplirán trece años. A la salida del Metro, en los bancos de los parques, en las canchas de basket, las niñas fronterizas portan bolsas de plástico que rebosan gominolas de todos los tamaños, formas, texturas y colores. Gominolas adquiridas en un Chino cualquiera de un núcleo urbano cualquiera. Dependiendo de su extracción social, las niñas fronterizas son solidarias o  mancomunadas y, de una u otra forma, cuentan con el músculo financiero necesario para adquirir, intercambiar y compartir huevos fritos, sandías, delfines, moras, cerezas, lombrices, gajos de naranja, plátanos, fresas, ositos, estrellas, botellas y una multiplicidad de formas posibles en las que pueden encarnarse estas proteicas chucherías.

Con la mirada extraviada en la pantalla de sus teléfonos móviles, las niñas fronterizas esperan al autobús o pasean despreocupadas entre los escaparates de las grandes superficies comerciales mientras engullen distraídamente gominolas amalgamadas con azorrubina, glucosa, quinoleína, fructosa, sacarosa, tartracina y otras sustancias prodigiosas que sus cuerpos en ebullición metabolizarán silenciosamente cuando la golosina haya desplegado ya toda su crueldad química en el interior de los estómagos adolescentes.

Las niñas fronterizas van puestas hasta las cejas de glucógeno, aunque nadie les hará soplar a la salida de la bolera o al final del recreo. Glucógeno que no podrán reciclar en un Punto Limpio, pero sí permutar gratuitamente por un cinturón de tejido adiposo, una papadita o un par de cartucheras. O tal vez unas tetas desproporcionadas. Eso sí, los trueques siempre al otro lado de la frontera.

30 de agosto de 2010

El misterio del niño pixelado

El niño pixelado balbucea y reivindica sus derechos como puede y si no puede -mayormente por ser menor- se los reivindican otros, aunque no estoy demasiado seguro de cuáles sean las razones que impulsan a periodistas, cronistas y demás propaladores de infundios desinteresados, mentiras interesadas y resto de verdades sin interés.

Uno puede llegar a entender, incluso a apoyar fervientemente, la manipulación digital de ciertas imágenes que de otra forma abrasarían la sensibilidad del espectador patrio, curtido en mil batallas. Pongamos, por ejemplo, un primer plano de Lara Montiel. Coincidirán conmigo en que es higiénico y beneficioso para el cuerpo social entendido como un Todo Empanao aplicar el filtro adecuado, por supuesto sin reparar en costes tecnológicos. Sin embargo, uno se pregunta qué tendrán esas caritas peponas y angelicales que las hagan merecedoras de  idéntico tratamiento.

Aportaré aquí algunas hipótesis que se me ocurren y que, ciertamente, justifican por diversos motivos la aplicación de tratamientos pixelares a la chavalada inocente:

Uno. El profesional de los medios, tras consultar su Libro de Estilo, razona con muy buen criterio que los niños no van a desear ser identificados junto a ese par de cretinos progenitores, horteras a más no poder, que venden exclusivas familiares en el incomprensible marco de un hogar familiar estéticamente desestructurado (amén de otras cojeras). Me vienen a la cabeza los vástagos de Paqui Abascal, en la actualidad mocetones de mandíbula prognática y mirada extraviada o, cuanto menos, poco expresiva: Hieráticos y bronceados en su justo punto de sol, vestidos y depilados a la moda. Al igual que la progenie de Publio Iglesias (la de primera generación), los muchachos han tenido la mala fortuna de crecer en un mundo sin Photoshop, sobreexpuestos a la curiosidad mediática y por ello se han visto abocados por determinismo social a una vida pulcrita e inmisericorde, a montar a caballo y en yate, a calzar lustrosos zapatos castellanos sin calcetines en las discotecas de moda y a copular con pivones y madrastras (a ellas me referiré más adelante). Qué bien les habría venido un correctivo gaussiano sistemático en tantos y tantos reportajes de papel couché. Por desgracia hoy, y a estas alturas, sólo cabe esperar a que Tío de la Vara haga algo por ellos.

Dos. El profesional de los medios, tras consultar su Libro de Estilo, hace proyección mental de un futuro imperfecto que juzga inexorable y, con encomiable criterio, echa mano del aerógrafo como en los mejores tiempos de Stalin y procede a difuminar el rostro del nenuco rubio con la certidumbre moral de que el pequeño Fountleroy se habría resistido con uñas y dientes (de leche) a una sesión fotográfica de césped, piscina, palacete y jardín al lado de aquella Madrastra Cazadora que al cabo del tiempo acabará seguramente chuleándole al padre toda esa fortuna que tanto esfuerzo le está costado blanquear, con grave menoscabo de su futura herencia. Sólo Dios sabe cuántas noches de insomnio disgustado, cuántos consejos de administración en blanco, cuántas Opas hostiles, cuántos desplomes y repuntes gástricos le habrá ahorrado el aerógrafo compasivo al futuro millonario.

Tres. El profesional de los medios, tras consultar el Libro de Estilo, no halla a priori nada que le impida exhibir el rostro sonriente de los alumnos de primero de la E.S.O. (promoción 2010) de los  Escolapios Marianistas en ordenada formación alrededor del Padre Narciso, a quien casualmente el profesional de los medios tuvo el gusto de conocer en Tailandia tiempo atrás en compañía de otros alegres menores aunque, por decirlo de alguna forma, fuera del contexto de los ejercicios espirituales y las convivencias. A pesar de que la fotografía en cuestión va a publicarse en el XXVI Anuario de la Revista de Estudios Sociales Marianos, que es difusión limitada, el profesional de los medios tiene en cuenta los antecedentes particulares y opta cautelarmente por posterizar (filtro Naruto) al grueso de la promoción 2010. El Padre Narciso capitanea ahora una promoción de alumnos manga.

Si mi experiencia personal sirviera de algo, opino que de haberse divulgado las imágenes de mi Primera Comunión, vestido como el Pato Donald (con pantalones), y siendo como soy un tipo con desmesurado sentido del ridículo, no es descartable que tiempo atrás hubiera decidido acabar con mi existencia, y el mundo se habría ahorrado este blog pletórico de pesimismos y subjetivismo umbilical. Por fortuna, esas fotografías languidecen en algún álbum familiar olvidado. Si algún día cometo la locura de rescatarlo y escanearlas, juro pixelarme a conciencia, como Dios manda.

28 de agosto de 2010

Certidumbres ciclotímicas



Fear is the heart of love

(Excerpt from the lyrics of "I will follow you into the dark", written by Ben Gibbard)


25 de agosto de 2010

Enfermedades modernas



Recordatorio para moteros aquejados de discapacidad emocional

Circula a buena velocidad con el visor del casco abierto. Enseguida notarás cómo se te saltan las lágrimas.

- Diagnóstico: Discapacidad emocional benigna.
- Tratamiento: Inespecífico.

Lo tuyo tiene solución: Técnicamente estás capacitado para llorar.

24 de agosto de 2010

El cine

Mil novecientos ochenta y cuatro. Recuerdo el calor de finales del verano, recuerdo que tal vez fueran las cuatro de la tarde. Yo aún tenía pelo, aunque esto no sea un recuerdo y más bien la imagen lógica de lo que yo debía de haber sido a principios de los ochenta. Basta recurrir a los mecanismos de la razón para recuperar un sucedáneo de un recuerdo de mí mismo tan bueno como el original, como esas falsificaciones impecables que le compras a los manteros en Sol. Y no ocupa lugar en la memoria.

Sé que nunca hubiera aprobado aquellos exámenes porque ese verano, con la flojera de rigor, ni llegué a sacar los apuntes del cajón al que los había relegado a comienzos del mes de mayo, confirmando así la crónica de una debacle académica anunciada.

Así que andaba yo podrido de remordimientos por las aceras achicharradas de Madrid camino del cine Río, en la frontera de Vallecas. El cine Río era una de las pocas salas que aún exhibía en su cartelera programas dobles: vestigios de una época anegada tiempo atrás por la marea de la transición y, con ella, las formas nuevas de entender y de vender -y de cobrar- las cosas, aunque el Euro quedase aún lejos.

Tengo en el salón de mi casa hipotecada una urnita de vidrio verde llena de entradas viejas de cine de distintos tamaños y colores; una urnita rebosante de actos de cobardía dispersos a lo largo de quince, tal vez veinte, años.

Yo he sido –soy- un cobarde anónimo del montón, un cobarde de esos que conviven en paz con tantos otros héroes anónimos ninguneados por la vida real. No hay exigencias en el guión de la vida –bien pensado, no veo yo que la vida deba tener un guión- que impongan el resplandor de la verdad aunque duela ni finales tristes que le importen a alguien. No hay espectadores solidarios ni control de audiencias. Dios no existe y cada prójimo va a lo suyo. Anónimamente.

Cobarde anónimo que siempre fue solo al cine. Durante mi adolescencia y mi temprana juventud no llegué a compartir películas con los que por aquél entonces eran mis amigos por la sencilla razón de que ellos no tenían dinero, y yo sí. Las novias (por fortuna) nunca me duraron tanto como para hacer de ello un ir por ir. Abandoné y fui abandonado, creo, de forma equitativa. El caso es que el hastío del otro nunca llegó a convertirse en cine. Volviendo a los amigos, había cosas más importantes en las que invertir los escasos recursos disponibles: tabaco y alcohol y, cuando se podía, drogas blandas y no tan blandas. Y yo tenía para eso y, además,  un excedente de doscientas Pesetas para costearme una butaca de patio. Lo cierto es que el sobrante de dinero me delataba -ante mí mismo al menos- como vástago descarriado de una familia más acomodada y más culta. Niñato y, a la vez, hijo único depositario de expectativas y esperanzas ajenas que por extraños (o vulgares, qué se yo) mecanismos sicológicos convertía yo en la fuente inagotable del remordimiento y de la subsiguiente búsqueda de olvido y alivio en la oscuridad piadosa de una sala de cine.

En algún momento el cine dejó de ser refugio; supongo que debió de suceder de forma gradual, pero lo cierto que es que cada vez menos lo que veía en la pantalla grande me transportaba a otra parte: Las salas pequeñas, el cine de autor, las V.O. subtituladas de mi última época como espectador ya no conseguían sumirme en el olvido de lo mío y mi circunstancia. Por algún ignoto mecanismo mental se me había acabado el chollo de vivir vidas ajenas y, con ello, las benditas desconexiones, los fundidos en negro de mi realidad. En su lugar empecé a pedir explicaciones a lo visto, a buscar claves útiles, mapas indicadores, vidas ejemplares, vidas paralelas: Instrucciones para ser valiente y vivir sin remordimientos.

Quizás llegó un momento en el que ya fui incapaz de dejar de ver el guión detrás de la historia, el armazón de la tramoya, los hilos de la marioneta. Una transición gradual a lo que finalmente se convirtió en desconfianza hostil hacia las razones del deus ex machina que ya no llegaba a hacer mías. Al cabo del tiempo la urnita verde dejo de rebosar al tiempo que las entradas en su interior se iban apelmazando, transformándose en una mera pila de cartulinas descoloridas apenas legibles.

Tal vez fue la corrupción progresiva de la sensibilidad adolescente, finalmente embrutecida por la realidad prosaica de las cosas, lo que me llevó a volver la espalda al séptimo arte. Envidio de corazón a todos aquellos cobardes anónimos que encontraron algo al otro lado de los fotogramas y fueron capaces de conservarlo. Aquellos que hoy tienen algo que agradecer  al cine. Yo no.

El antiguo cine Río, dice Internet, es ahora una sala de ensayo del Centro Dramático Nacional. Aunque hace ya tiempo que dejé de ser estudiante y también me he convertido en otra cosa -sin pelo, por cierto- sigo arrastrando las sandalias por las aceras achicharradas de Madrid un fin de semana cualquiera de finales de verano, con el cerebro encorvado por los mismos remordimientos, y ya sin refugio de ningún tipo.

Todavía voy al cine de vez en cuando. Supongo que mi ego acabó por suplantar a aquella novia mía que nunca llegó para quedarse. Supongo que el hastío se convierte en cine y el descontento en blog. Y vamos tirando.