Escucho un tema de los Cranberries en AccuRadio, una de tantas emisoras digitales que he capturado con mi teléfono nuevo. La canción forma parte de una playlist denominada “Adult Rock”. Como es, a mi parecer, bastante blandita, me veo forzado a interpretar la relación entre los términos “adult” y “rock” ¿Rock viejuno? ¿Rock para pervertidos? ¿Rock para maduritos? Y ya de buena mañana empiezo a cuestionar mi encaje en el nicho social, la década de crisis a la que tengo derecho por edad y condición, las patologías mentales que me corresponden por trienios, las adicciones que me retratan, mi cuota de sesgos. Manuales de uniformidad. Por las noches, se me aparece en la pantalla del móvil un monje viejo, calvo y apacible, sentado a la turca con un tocho de sánscrito en su regazo que, en un inglés envidiable, consigue calentarle a uno la oreja a base de metáforas que ilustran lo sencillo que es apuntarse al nudismo espiritual. Los consejos del iluminado son perfectos pero, claro, para entrar en detalles en cuanto a su ejecución, recomienda apuntarse a su cursillo de felicidad en un mes. Los monjes también facturan. Y Dolores O’Riordan, por cierto, es un nombre precioso.
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