25 de diciembre de 2025

Contiguas y condenadas

 

Todas las Navidades igual. Nunca falla. El discurso del Rey. El monarca decodificando la chuleta en el teleprompter. Una ristra de palabras engarzada con papel de fumar. Neutro, insípido y con un cierto tufillo a discurso de cena de empresa. Se intuye a la reina consorte en el salón de al lado, vestida de cocktail, departiendo amablemente con los cortesanos, tan serviles e impecables en un dress code monárquico-corporativo, a la espera de que el CEO cumpla con su obligación institucional y, después, cada cual a su palacio y sus vicios. Puestos a comulgar con el discurso buñuelo (que luego los medios, por no tener nada mejor que hacer en estas fechas, se encargarán de diseccionar y analizar hasta el asco) pienso que no le hubiera sentado nada mal el atrezzo tradicional que seguramente demanda la audiencia: el manto de armiño, el cetro, la corona de seis kilos, el trono de ciencia ficción, el indulto a Barrabás, mucho terciopelo rojo, etc. Y, la verdad, escribo ahora esto porque he tenido la mala ocurrencia de clickar por inercia en la portada del ABC antes de meterme en faena. En realidad, acababa de echarle un agua a las plantas y, en la terraza de abajo, la terraza pequeña, mientras las chorreaba un poco con la manguera, me he fijado en la extraña pareja que componen la Fatsia y la Schleffera. Me doy cuenta por primera vez, y mira que llevan años ahí plantadas, una al lado de la otra, que la composición vegetal, lejos de la armonía por defecto que se le supone a las plantas, deja bastante que desear, por no decir que se da de hostias. La Fatsia, tan agresiva ella en la desmesura de sus hojas recias y picudas, y la Schleffera, monjil y recatada, con su fronda de hojitas tropicales más redondeadas, agrupadas en corrillos de a cinco o más. Me pregunto si se llevarán bien, tan contiguas en sus respectivos macetones de barro, o si en mi condición de Dios omnipotente pero ignorante habré jugado sin saber con su destino, condenándolas a una vecindad incómoda de por vida bajo el hueco de la escalera. La verdad, no es nada fácil ejercer de Dios todopoderoso, caprichoso y cateto, sin teleprompter ni asesores, en un Edén venido a menos.

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