Bon Scott en toda su gloria. At. His. Best. No puedo -me es imposible- visualizar a Brian Johnson interpretando un tema como Ride On. Mientras me concentro en idear un símil que ilustre el contradiós, el sucedáneo de Spotify sigue desgranando éxitos de los ACDC vía Bluetooth. En realidad, la grandeza de este o aquel artista se calibra por contraste, por esas odiosas comparaciones a veces tan necesarias para discernir lo verdaderamente bueno de lo que no lo es tanto. Ha sido este un domingo de Rastro y un par de vinos en Belmonte, mirando a la gente pasar y, mayormente, el trasiego de africanos, a sus asuntos, enfundados en chándales de colores, yonkilata o porro de ganja en mano. Apostado en mi taburete junto al cristal del establecimiento, escuchaba también a los parroquianos (gente progre con aspecto de Alex de la Iglesia) debatir sobre las bondades de este o aquel vino, que si la uva vieja, que si tal o cual bodega, la añada o los taninos. Pareciera que el vino únicamente existe en la lengua o en el cielo del paladar, y que la enología no da para más. Y yo allí sentado, segunda copa en mano, pensaba que lo verdaderamente importante del vino son sus efectos en el espíritu de los hombres, los matices de la borrachera, la resaca de después. Pareciera que los únicos eruditos en esa materia son los funcionarios de la Dirección General de Tráfico. Lástima de mundo. Cuánto postureo.
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