Esta mañana me duele todo. Todo absoluta y crónicamente inflamado: manos, muñecas, hombros, caderas, rodillas y también los pies. Renqueo, muy disciplinado, a mi clase de box. Después, al taller a recoger a Roberta, caminando despacito que las prisas no son buenas. Y ahora, aquí sentado, llegará el momento en que este robot mal engrasado tenga que levantar el culo de la silla y rezar para que las tuercas aguanten -que aguantarán- un día más sin lubricante químico (Ibuprofeno, Naproxeno, Enantium…). Creo que el único analgésico que me permito, como animal social y víctima del constructo navideño, es el alcohol en sus distintas manifestaciones (vermú, botellín, chupito…). En fin, no es este un buen momento para escribir, porque cualquier reflexión sobre el año en ciernes me conduce al dolor que ha venido ya para quedarse y hacerse cada vez más dueño de mi cuerpo. Al igual que me parece muy acertado presentarme como un tipo razonablemente infeliz, acomodaré mis expectativas de felicidad para el año entrante a la mera ausencia de dolor. Cada vez me conformo con menos. Momento Marco Aurelio.
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