Un montón de anodinos se me acumula esta mañana. Me consuela saber que si escribo esto es porque algún día en un futuro lejano, o no tan lejano, me redescubriré, leyéndome, en mi mismidad. Paradójicamente (me ha sucedido con otros diarios extraviados) no me reconoceré en estas letras pero, a la vez, me veré reflejado en el pasar de los días del tipo que las escribió, como el que hibrida su sentir con un poema o con la letra de una canción que ha escrito otro. Anodinos amontonados. Mantenimiento de Roberta, por primera vez en sus doce años de vida. Una bicicleta adolescente. Un metro costurero en el Chino: al fin me decidí a tomar medidas precisas de mi talle, de la curvatura de la raja del culo y desde el ojal del ombligo hasta donde muere la entrepierna. Creo que eso me evitará disgustos a la hora de lucir pantalones de segunda mano y sentir que la prenda hace de mí el adefesio que no soy. Más anodinos amontonados. Una vez tuve un amigo muy supersticioso que, decía, siempre abandonaba la cama por las mañanas pisando primero con el pie derecho. Era eso o un día de mierda. Yo no creo en malos farios, pero, a ratos, cuando me acuerdo, me gusta concebirme como esclavo de esas pulsiones irracionales y, habiendo aterrizado aposta con el pie bueno tras despertar, evaluar el trascurso del día. La verdad, si no me olvido por estar a otras cosas, nunca he llegado a concluir que la jornada haya sido auspiciosa o funesta. Siempre un día sin sobresaltos reseñables, con sus más, pero también sus menos. Desde aquello del pie derecho, me gusta crear rutinas supersticiosas a mi medida que nunca se concretan en nada. Por ejemplo, tengo un cobertor de playa estampado con un mandala y un elefante grandote y azul. Un elefante hindú. Cuando rehago la cama cada mañana, deposito el trapo en el suelo de cualquier manera y me dedico a mullir el edredón y las almohadas. Remato el orden en mi pequeño dormitorio cerrando la ventana y ejecutando una suerte de verónica con el cobertor. El paquidermo se posa aleatoriamente del derecho o cabeza abajo. En ese momento fantaseo con la tentación de entregar mi modesto destino a las inercias del elefante. Hoy, por cierto, ha aterrizado de pie. Más anodinos amontonados. Expoliado un tallo de Planta del Dinero (Plectranthus verticillatus) en alcorque de barrio progre. Bienvenida al hogar.
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