Se me acaba el domingo. Llevo casi todo el día fuera de casa (o esa sensación tengo), y el tiempo que he pasado aquí dentro lo he empleado mayormente en sestear plácidamente mientras el sistema se reseteaba después de los botellines en Belmonte, donde he tenido la oportunidad de charlar con un matrimonio de joyeros que llevaban sesenta y ocho años casados. Lúcidos y tomándose un chatito de vino, él y un vermú, ella. Buena gente. Cuando se han recogido, he pegado la hebra con una mujer extraña, inexpresiva y más bien sin sangre, actriz, además de gallega de Pontevedra, que mataba el rato silenciosamente en una esquina del bar agarrada a un tercio de Estrella de Galicia, a la espera de acudir a su función de microteatro de quince minutos y un solo pase. Portaba una maleta vieja que, me decía, era atrezzo para la función. Por curiosidad, levanté la maleta. Estaba vacía. Poco tema de conversación. Introversión mutua: seguro que los dos fingíamos. Si fuese un mal escritor de novela negra, diría que la chica era sosa pero tenía buenas piernas. Alguien me invitó a un botellín. Por la mañana, aguanieve en El Rastro y yo en mis chanclas. Uno puede sentirse un tipo duro y gilipollas a la vez.
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