Epifanía, eso sí, modesta, alrededor de las cuatro de la madrugada. Yo mantenía -aún lo tengo pero no lo mantengo- un blog. El blog de un usuario razonablemente infeliz. He cambiado poco con los años, o eso creo, porque qué podría decir uno cuando imagina, que no contempla, eso es imposible, cómo crece el bonsai de sí mismo. Inmovilidad, enquistamiento aparente. Pero, como probablemente todos los demás, soy un hombre en el que muchas cosas han debido de cambiar para que todo parezca seguir igual. Así que en mi desvelo de anoche pensé que lo mismo daba Watiblog que el Hombre de la Cáscara de Hierro, porque aunque se amontonen los años, quien escribe siendo el mismo, y dado que ni el blog ni las entradas en Instagram tienen propósitos concretos ni, creo, conflictivos en sus formas o enfoques, he decidido trasladar una copia de lo escrito para nadie en particular, a partir de hoy, al blog abandonado, en el que dejaré de escarbar en busca de pareceres míos más o menos publicables y, en su lugar, incrustaré una réplica de estos testimonios anodinos de mi pasar diario en aquella parte más umbría de la vida en la que no interactúo con terceros y que, como la antimateria, también es constituyente de la realidad. La cara B de mi vida.
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